No es fácil decidir radicarse en el Interior. Los problemas estructurales, las dinámicas culturales y  muchos prejuicios arraigados desestimulan el desembarco de los profesionales fuera de la capital. Algunos de quienes aceptaron la apuesta relataron para Ajena sus experiencias. Más alejadas de la quimera montevideana, pero también más cerca de la gente.

Los médicos nacidos en Montevideo quieren trabajar en Montevideo. Los nacidos en el Interior también. Puede resultar sencillo imaginar el desbalance que esto provoca en el sistema sanitario, pero entender las razones de esa realidad resulta un poco más complejo. En la capital hay 80 médicos cada 10 mil habitantes, en el Interior la relación cae a 22, según datos del Ministerio de Salud Pública (MSP) correspondientes a 2011. En el Interior vive el 60 por ciento de la población.

La práctica de la medicina en la capital o en el Interior implica diferentes desafíos, (in)certidumbres, así como difieren las recompensas económicas, académicas y sociales. Y detrás de la opción de cada quien hay una maraña de motivos. Muchos de ellos fueron abordados en una investigación publicada por la Universidad de la República en 2012 la falta de anonimato en las comunidades pequeñas y estar “disponible” las 24 horas del día, la ausencia de movida cultural, el estrés laboral que implica ejercer la profesión con la infraestructura deficitaria que presenta el Interior y la soledad en la asunción de responsabilidades desestimulan la radicación fuera de Montevideo. También el temor a la desactualización profesional y las dificultades para compatibilizar trabajo y estudios de especialización, dado que la capital tiene prácticamente el monopolio, hacen que los médicos opten por quedarse.

A partir de las realidades se construyen imaginarios. En el documento universitario se concluye que entre los profesionales de Montevideo “está presente la idea” de que “los médicos radicados en el Interior muestran cierto desinterés ante la formación y actualización profesional”, y con relación a ellos “prima la imagen del ‘achanchamiento profesional’”, generalización un tanto o muy injusta. Vivir en el Interior, entonces, trae aparejada la pérdida de un capital simbólico relevante para los médicos. De todos modos, aunque los problemas están identificados, y pese a que se han hecho y se hacen incontables intentos de mejorar la situación, el tema sigue vigente.

Aquí, tres historias tan distintas como similares. Las cuentan médicos que decidieron trabajar en pueblos o ciudades del Interior, porque de allá eran o por el interés de transitar otros caminos. Con más o con menos años, formados mayormente en Montevideo o en el Interior, con ganas de seguir trabajando “afuera” o de volver a la capital. Entre anécdotas –buenas y de las otras–, las dificultades y las ventajas de ser un médico en el Interior.

Santiago González estudió en Cuba y volvió para trabajar en Tala, ciudad donde nació.
Santiago González estudió en Cuba y volvió para trabajar en Tala, ciudad donde nació. FOTO: Ignacio Iturrioz.

El punto de encuentro es en la plaza de Tala, Canelones. Llega, estaciona el auto, y a la pasada atiende una consulta ambulatoria. Es una mujer que le habla de los resultados de un análisis de un familiar. Santiago González es un médico joven, amable y de muchas palabras. Durante la conversación con Ajena, dos paralelismos se harán presentes, traducidos apenas en un par de palabras: “allá” y “acá”. Montevideo e Interior; Cuba y Uruguay.

“De acá a Montevideo hay 80 quilómetros. Tal vez lo podría haber solucionado de otra manera, pero en mi familia somos cuatro hermanos y se hacía difícil. Era mucho más sencillo que estudiara allá.” Santiago pertenece a la segunda camada de jóvenes que fueron a Cuba para convertirse en médicos, cuando todavía ni se pensaba en que las becas cesaran. Mientras duró, se formaron en la isla unos 40 médicos por año en promedio; la mayoría del Interior. Ese era uno de los criterios que la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay priorizaba al evaluar a los postulantes. A igual nivel socioeconómico, entre uno de Montevideo y otro del Interior, la balanza se inclinaba por el que naturalmente tendría mayores dificultades de acceso a una educación concentrada en la capital.

«La gente de Tala estaba muy contenta de que estudiara en Cuba. Saben que mis padres son obreros y todas las dificultades que habíamos pasado para que viajara. El pueblo se sensibilizó con eso. Y cuando volví, todo el mundo se sintió parte».
Santiago González

Santiago partió en 2004 y regresó en 2010. Se fue a los 18 y ahora tiene 28 años. Recuerda el día que atendió a su primer paciente, la fecha en que lo contrataron en cada uno de sus trabajos. Esos recuerdos desembocan en un análisis sobre la precariedad del trabajo médico, y salta el dato de que la mayoría de sus compañeros viven de suplencias, cobran a través de una unipersonal y no tienen derechos laborales. Eso pasa, dice, tanto en el Interior como en Montevideo. (Al fin una semejanza.) Pero no es su caso.

“Tuve mucha suerte. En el pueblo somos pocos, y en general, si el colega te abre las puertas o entiende la necesidad de que un médico de aquí trabaje en la comunidad, es más sencillo. Pero si vivís en lugares más grandes como Montevideo o Paysandú, por ejemplo, nadie se compromete. Es difícil insertarse porque venís de otro país, con un sistema totalmente distinto.

Quedarse en Cuba no fue una opción, tampoco trabajar en un lugar alejado de su pueblo. “Cuba ya tiene un sistema de salud accesible, entonces la idea es que vuelvas a ayudar a tu comunidad.” Su plan, aunque lejano todavía, es estudiar una especialidad que sea útil en Tala. Le gustaría hacer medicina interna, que es, dice, “la madre de todas las clínicas”. Pero no le ve una aplicación práctica en su pueblo, al menos no con el enfoque que le da el sistema de salud uruguayo. Por eso, y porque también le gusta, piensa ser cardiólogo. No hay ningún médico con esa especialidad radicado en Tala. De hecho, allí sólo residen médicos generales, además de una pediatra y un ginecólogo. O sea, el equipo básico está. El mayor problema se encuentra en el resto de las especialidades.

Como la mayoría de los médicos en el Interior, Santiago trabaja en el subsector público y en el privado, y nota las diferencias: “Si bien ASSE tiene mayor accesibilidad y una planta física mejor equipada, la cantidad de usuarios es tan grande que es difícil de manejar. Las demoras con los especialistas son impresionantes. Lo mismo pasa con la coordinación de estudios que no son urgentes, pero que sí es necesario hacer a la brevedad. En el sector privado las demoras son más tolerables”.

El hospital de ASSE es, sin embargo, “el único con capacidad real para tratar una emergencia”, dice el médico. “Es el que tiene la infraestructura, los materiales y el personal; nada del otro mundo porque es un primer nivel de atención.” Una de cal y otra de arena: no tiene servicio de urgencia a domicilio, un trabajo extra que en los hechos se ve obligado a cubrir el médico. “La gente te viene a buscar a tu casa, lo cual es entendible, pero eso a veces trastoca mucho la vida normal en familia. En Montevideo no pasa porque está la línea 105; y en el sector privado de acá lo cubre el médico de retén. Entonces, cuando hay un paciente de Salud Pública y no puede moverse, los familiares van por las casas de los médicos buscando a alguno que vaya a ver al enfermo. Nunca trabajé en Montevideo, pero supongo que cuando volvés a tu casa no te van buscar, porque ni siquiera saben dónde vivís.”

Para Santiago, como para tantos, el mayor problema de radicarse fuera de la capital es el acceso a la formación: “El médico que se va al Interior, si se deja estar se desactualiza, y el conocimiento que se desactualiza se pierde. Soy consciente de que hace ya tres años que me recibí y cada vez será más difícil hacer una especialidad. Vas contrayendo vínculos laborales más difíciles de quebrar, y compatibilizar el trabajo con un posgrado también se hace difícil; con una residencia es directamente imposible, y lo que pagan es muy poco. Tenés que mudarte, tenés que irte. Eso lleva a que la distribución de médicos en el país sea desigual”. Ese no es el único tema a la hora de analizar la desbalanceada distribución de los médicos. “Una capital es distinta desde el punto de vista cultural, intelectual, educativo. Lo cosmopolita que puede llegar a ser una capital, y lo anodino que puede llegar a ser un pueblo como éste… A una persona que nació y creció en un pueblo, en Montevideo se le abren un montón de puertas, y se puede llegar a abrumar por todo lo que nunca había visto. Me pasó en Cuba. Vivir allá te genera un apego que después no querés dejar. A veces extraño la movida cultural, charlar con la gente, el paisaje, la rambla.”

Si bien nunca pensó que iba a ganar ese concurso recién recibida, y pese a que había vivido toda su vida en Montevideo, Lucía Antía tuvo su primer empleo como médica en Mariscala, Lavalleja. “Sabía que era en la ruta 8, pero apenas había pasado por ahí. Mis compañeros, mi familia, mis amigos, todos me dijeron que estaba loca. Pero yo estaba fascinada. Llegué con el sobre de dormir y la mochila, sin saber dónde me iba a quedar.” Esa misma noche consiguió asilo en la casa de una compañera. Al poco tiempo empezó a trabajar también en una mutualista de la zona. Entre cuatro médicos cubrían Mariscala, Pirarajá, Poblado Aramendía y Poblado Colón.

Cuando llegó el movimiento en el pueblo era casi nulo, así que su consulta siempre estaba llena: una médica venida desde Montevideo era todo un acontecimiento. “Iban a la consulta a ver qué opinaba de los colegas o a ver si yo les proponía algún tratamiento diferente. Después se quedaron conmigo o no, pero al principio todos quisieron pasar por mi consulta.”

Hizo el posgrado de medicina familiar en la Universidad de Montevideo, muy a su pesar, tras convencerse de que la Universidad de la República no podía ofrecerle un esquema de estudios compatible con su trabajo en el Interior. “Sólo como médica general no podía quedarme, así que logré concentrar mis 36 horas de trabajo de lunes a jueves, para venirme los viernes a estudiar a Montevideo. La experiencia fue muy buena porque todos mis compañeros estaban en la misma: trabajaban en el Interior, querían seguir estudiando y no encontraban la manera. También era una forma de sobrevivir a un pueblo chico: si no me iba los fines de semana, moría.”

«Lo que aprendí allá [en Mariscala] no lo aprendí durante toda la carrera. Es estar en la cancha, actuar y resolver sola. Acá estás acostumbrada a tener una infraestructura diferente».
Lucía Antía

En Lucía conviven las dos miradas, la del médico de Montevideo y la del médico del Interior, y su historia resume varias de las conclusiones a las que llega la investigación de la Universidad de la República. Allí se analiza que la idea de trabajar en el Interior genera –en la mirada de los profesionales de Montevideo– una “sensación de no contar con respaldo para la práctica médica”, lo que opera como un “desestímulo a la radicación en el Interior”, asociado al “estrés laboral que implica el ejercicio profesional en función de las condiciones existentes”. En contraste con “la imagen de una medicina sencilla, casera y elemental” que imaginan los montevideanos, el documento señala que los profesionales del Interior reivindican el “ejercicio de una medicina con una capacidad resolutiva que no es tecnológico-dependiente, sino que por el contrario se sustenta fuertemente en el conocimiento y la experiencia adquirida”. Lucía lo plantea así: “Lo que aprendí allá [Mariscala] no lo aprendí durante toda la carrera. Es estar en la cancha, actuar y resolver sola. Acá estás acostumbrada a tener una infraestructura diferente. A diez días de estar allá atendí un parto sin nada, ni siquiera me pude poner la túnica. Como estudiante había atendido partos en el Pereira, con parteras, enfermeras, nurse, ginecólogos… con veinte personas. Allá estás sola”. La contracara de la experiencia es sentirse sin respaldo: “Acá [en Montevideo] te sentís mucho más protegido”.

Pese a los desestímulos, Lucía entiende que “en medicina general estamos bastante bien, pero a los especialistas les cuesta muchísimo salir de Montevideo. ¡Urología! Allá había un urólogo para Maldonado y Lavalleja, el día que tenía consulta el buen hombre atendía gente de todos lados, veía una millonada de pacientes. Traumatología era peor. Lo mismo en anestesia”.

Finalmente, los desestímulos también actuaron en ella y el desgaste pesó a la hora de tomar una decisión. Lucía se resolvió a volver. Fue gracias a otro concurso –para el que tampoco se tenía fe– pero esta vez para trabajar en Montevideo. Un día en medio de la consulta sonó el teléfono. La noticia fue precedida de una intempestiva exigencia: necesitaban la respuesta inmediatamente. Otra vez, sin pensarlo mucho, hizo las valijas y volvió a cambiar su vida. Ahora trabaja en Santiago Vázquez y lo siente como un paso intermedio entre el pueblo y la ciudad. Tiene 37 años, y al menos por el momento, no extraña trabajar en Mariscala ni tiene en mente volver a ejercer en el Interior.

medicina interior Falero - Foto IGNACIO ITURRIÓZ - p lateral
Mari Falero hace 25 años que está radicada en Santa Clara de Olimar, Treinta y Tres. FOTO: Ignacio Iturrioz.

A los 11 años se fue de Paso Pereira, su pequeño pueblo en Treinta y Tres donde no había liceo. Tenía familia en Montevideo, y ese fue el destino natural. Volvió ya como médica a trabajar en Tupambaé y al poquito tiempo arrancó en Santa Clara de Olimar. Hace cuántos años fue todo eso no recuerda exactamente. Unos veinticinco, calcula Mari Falero, que ahora tiene 50.

“Cuando empecé a trabajar, lo único que tenía era el bolso, el estetoscopio y una bicicleta que me prestaron. Después fue que mis padres pudieron comprarme un fusquita, que era lo que usaba para ir a las policlínicas rurales en la zona que nací. Era médica y mensajera: traía carne, leche, cartas. Era el contacto con el pueblo. Después de a poquito me hice la casa, y vino todo lo demás. No estoy arrepentida de nada, me gusta lo que hago y me gusta poder ayudar a la gente, pero es un trabajo de por vida, cuando me jubile me van a venir a buscar igual.” Mientras lo cuenta, resurge su advertencia: la entrevista podría interrumpirse abruptamente. “Si me llaman, me tengo que ir”, había anunciado Mari. El pueblo, más largo que ancho, está inquieto ese día. Hay jornada de vacunación en la mutualista y se están tomando las pruebas de manejo en la calle principal. Cuando Mari logra poner un paréntesis al trabajo, subimos a su camioneta equipada casi como una ambulancia y salimos a recorrer el pueblo. A los cinco minutos suena el teléfono. La periodista tiembla, pero es una falsa alarma, sólo una de las muchas consultas telefónicas que recibirá durante el almuerzo.

“Acabo de salir de la policlínica, salgo para comer y seguro tengo a alguien sentado en la puerta de mi casa esperándome.” El augurio se cumple. Estaciona la camioneta y se asoma una mujer, que le avisa que va a llegar tarde a la consulta porque tiene hora para sacar la libreta de conducir. “Vienen a hacerme consultas médicas o a hacerme cualquier preguntita social.” Los médicos –en Santa Clara hay tres– son grandes referentes en los pueblos chicos. Mari, con calma y humildad, comparte la apreciación.

Cuando está de licencia tiene que huir del pueblo. “Si ven una ventana abierta, aunque haya otro médico de guardia, vienen a consultarme, por eso me tengo que ir, si no, no tengo licencia. Y después están enojados porque apagaste el celular. No entienden que llaman y no atiendo porque me estoy bañando.” Suena el teléfono y Mari da un diagnóstico: “Cayó del caballo, tiene traumatismo”. Continúa la entrevista. “Esto es todo el día así y también de noche.” Pero nunca deja de atender: “Lo que pasa es que te pueden llamar para hacer una pregunta o por un herido de bala. Entonces siempre estás alerta”. Eso fue lo que la levantó de la cama la noche anterior: un herido de bala, algo bastante común en Santa Clara. No habla mucho de casos particulares, pero sí cuenta que en Santa Clara de Olimar siempre hubo problemas de violencia. “Creemos que está asociado al tema del alcoholismo. En campaña se da mucho. Ahora tenemos psiquiatras y psicólogos que vienen, tratamos de tener apoyo para que esos temas sean tratados. También hay una asistente social, y en la comisaría hay gente especializada en violencia doméstica”.

Como cuentan el resto de los médicos, Mari se detiene en el vínculo estrecho que tiene con los pacientes. En su caso se añade el componente de los años: “El trato acá es muy familiar. Muchos me conocen desde que nací. A algunas pacientes les hice el control de sus embarazos y ahora controlo el embarazo de sus hijas”.

Si bien ella proclama que todos los pacientes son iguales, porque “es la misma gente conocida, se atiendan donde se atiendan”, Mari cuenta que “el trabajo en ASSE es más luchador. No tenés acceso a lo mismo que en la mutualista. Son más difíciles las coordinaciones, el acceso a los especialistas, falta la medicación. Siempre tratás de solucionar los problemas para todos; es más, a veces tratás de solucionar problemas de los pacientes de ASSE pidiendo favores a los especialistas que vienen a la mutualista”.

«Al comienzo lo único que tenía era el bolso, el estetoscopio y una bicicleta. Después mis padres pudieron comprarme un fusquita, que usaba para hacer las policlínicas rurales. Era médica y mensajera: traía carne, leche, cartas. Era el contacto con el pueblo».
Mari Falero

Mari cursó dos posgrados en la capital, aunque los abandonó por el camino. Hace siete, el de medicina interna: “Cursé todos los años pero al final no entregué la monografía por un problema familiar”. Y hace tres años cursó seis meses de medicina familiar, un posgrado más corto que se ofreció a médicos del Interior con experiencia. “Hice un reciclaje en pediatría y después psiquiatría infantil. Me vino muy bien, me sirvió pila. Fui a dar la prueba y no me animé. No es lo mismo dar un examen a los 20 o 30 años que casi a los 50. Me sentía muy comprometida, no quería decir ningún disparate.” Igual cuenta que no ha pasado año que no concurra a cursos de actualización en Montevideo, y ahora también hace cursos on line. “Te dejás estar si querés”, dice.

Para Mari la mayor dificultad de un médico del Interior es que “estás solo para resolver todo, te cae un parto en podálica, de mellizos, un bebé que pesa más de cinco quilos, y tenés que resolver. Como cuando te toca ir a campaña y atender un parto en la carretera”. Ya perdió la cuenta de cuántos partos asistió, son muchos, y dice: “Mientras salga todo bien, bárbaro. Pero si sale mal la culpa es del doctor y acá te conocen por nombre propio. Por suerte nunca me pasó, pero es mucha responsabilidad. Me acuerdo una vez que vino una paciente de campaña con desprendimiento prematuro de placenta y yo no tenía ambulancia… esa impotencia, esa desesperación de no tener nada. Le puse la vía, el suero, la puse en la caja de mi camioneta a la pobre mujer. En Montevideo eso no se da”.

Pero lo que más le pesa a Mari ahora son los años. “Cuando llegás a esta altura de tu vida estás más vulnerable, más afectado, más desgastado. Tenés apego a la gente. Ahora se me mueren mis viejitos, que hace 25 años que los estoy viendo, y vivo el duelo junto a las familias. A esta altura de mi vida voy a tener que pensar en renunciar a algún trabajo.”

El panorama para el recambio no es muy alentador. Irse para no volver es una constante en el Interior. Montevideo, con todas sus “comodidades”, está lejos. “La gente joven, ¿qué va a venir a hacer acá? Tenés que estar muy acostumbrado a vivir en campaña para venirte. Venís sólo a trabajar, no tenés un cine, no tenés nada. Hay chiquilines de acá que ya se han recibido de médicos pero no han querido volver”, reflexionó Mari.

Montevideo, Canelones y Maldonado son los departamentos que más retienen a los profesionales médicos oriundos. A la inversa, Treinta y Tres y Durazno “pueden ser consideradas zonas de expulsión” debido a que “prácticamente seis de cada diez de los nacidos en estas localidades ya no residen en el lugar”; de esos seis, cuatro fueron a parar a Montevideo y dos a otros departamentos.

Las personas nacidas en Treinta y Tres, donde trabaja Mari, y que cursaron carreras vinculadas a la salud configuran el 1,9 por ciento del total, mientras que las que logró radicar el departamento representan el 0,4 por ciento, según datos del MSP. En el resto del país la situación es similar.

No parece que el salario sea lo que más pesa en la decisión; de hecho en el Interior se gana mejor. Solamente Durazno tiene un promedio salarial para las especialidades básicas por debajo de Montevideo. El resto de los departamentos está 20 por ciento por arriba; en Cerro Largo es 50 por ciento más alto. Treinta y Tres, para seguir con el ejemplo de Mari, paga en promedio 33 por ciento por encima de Montevideo.

Los médicos que suplen a Mari cuando está de licencia “vienen por dos o tres días, no aguantan más que eso. Una vez vino un suplente y me dijo: ‘Yo no vengo más, si acá lo único que tenés es un cuchillo y un tenedor’”. Los especialistas viajan de Melo y de Treinta y Tres: pediatra cada diez días, ginecólogo cada quince, el resto una vez al mes. Eso en la mutualista. “En ASSE venía una ginecóloga que no viene más y hay un pediatra que viene una vez cada tres meses; no sé ni si está viniendo.”

Si no es el salario, entonces el precio que pagan los médicos es otro. Montevideo, con todas sus “comodidades”, está lejos.

De vuelta a la capital, mi compañera de asiento, una adolescente de Fraile Muerto que detesta viajar en ómnibus, protesta y dice algo que parecería resumir el conflicto: “¿Por qué Montevideo tiene que quedar en el último rincón del país?”.

Fotografías: Ignacio Iturrióz