Toda vida es digna de ser contada. De eso saben los Ignacios –Bajter e Iturrioz– que retratan aquí a Francisco, hombre de risa profunda y mirada aguda, baqueano de mil oficios. Estirpe en extinción,  y habitante de un pueblo donde sólo quedan “los obsoletos, los locos pacíficos, los capciosos, pocas mujeres”.

A principios de mayo aún se hablaba de lo que había pasado hacía semanas: dos desconocidos entraron al atardecer en uno de los almacenes del pueblo, amenazaron y ataron a quienes atendían, cargaron cigarrillos, whisky y dinero y huyeron en moto por la peligrosa, empozada ruta 98 que separa a Isla Patrulla de Treinta y Tres. Los ladrones no tardaron en ser “prendidos” y en el pueblo quedó la idea de que el almacenero se había entregado con demasiada facilidad a la amenaza de un supuesto revólver de juguete y un cuchillo. Francisco Oyambure, habitante de “la Isla”, seguía la historia desde un rincón y hacía comentarios concisos, desinteresados: “El malandraje es pícaro”. Para cerrar esa historia dijo que “el tema del comerciante es morir o matar”, y contó (con una risa rotunda y entrecortada, potente y profunda como su voz) las indicaciones que le dio al almacenero: dónde llevar un arma y en qué momento gatillar. El buen hombre, que en el suceso había perdido tres revólveres viejos, estaba sorprendido por la idea, que tomó en serio, y exclamaba: “¡Regio!, ¡soberbio!”. Francisco había entrado tarde en la conversación sobre el robo del almacén y quería salir. Obligado, fue la única vez que se refirió a algo cotidiano en la vida del pueblo y con poco mostró su temperamento. Ya que el tema casual del encuentro era concreto, pasó a hablar del trabajo de conseguir en la ciudad un reloj Hokusai (“¿los conoce?”) y de la falta de bombachas en las tiendas: “Usté las busca y no las halla”.

La casa de Francisco en Isla Patrulla.
La casa de Francisco en Isla Patrulla.

En Isla Patrulla hay pocas casas, espaciadas, repartidas en quince manzanas. El entorno está abierto a la extensión de la campaña. Desde la altura de la ruta el horizonte da al noreste, a los campos que a lo lejos parecen un misterio. El pueblo tiene alrededor de doscientos habitantes y el ruido, esporádico, lo genera el paso de los camiones que suben caliza a Brasil. En la Isla quedan pocos: “los obsoletos, los locos pacíficos, los capciosos, pocas mujeres”, dice Oyambure, observador privilegiado desde la línea donde Isla Patrulla se acaba. La conversación fue haciéndose de lugares y gentes que ya no existen. “Ahí vivía Damiana Cruz”, y señala un espacio vacío, un fondo con una trama de árboles. El hombre no pierde las referencias del lugar, baqueano, y se desplaza en el tiempo. No es alguien de historias cerradas sino de episodios abiertos, de imágenes que junta para sostener y hacer apacible la vida del presente. Salió de su casa “con una maleta al hombro”, y ha vuelto, desde entonces, a este lugar de partida. Llama a las tierras por sus nombres y da la idea de que reconoce por olfato los campos más allá de Isla Patrulla: “Puntas de Leoncio, rumbo a Vergara, Rincón de Ramírez y después los brasileros”, enseña camino a su casa.

“Soy arisco –había dicho al rato de presentarse–, no me entrego.” No era cierto a la hora de hablar, de crear intimidad. Francisco pasó la tarde y buena parte del otro día “proseando” sin pudor sobre temas provechosos, riéndose con franqueza y docilidad. Sabía que en el principio de nuestro trato estaba la serie de fotografías de Ignacio Iturrioz, que esos retratos eran el motivo de la visita de un extraño al que recibía con hospitalidad en su rancho, obra manual de barro y ladrillo, con techo de paja. Él mismo contó el origen de una amistad perdurable: en 2009 Iturrioz llegó a Isla Patrulla, con su cámara de fotos, y en el pueblo se sospechó que era un espía. Estaba instalado el rumor de que había oro en los alrededores. De manera retumbante Francisco se ríe de la ocurrencia, la fantasía ajena. Para él fue simple: conoció al fotógrafo y no tardó en darle cobijo. Quedaron atrás los tiempos de entrar en la noche hasta el amanecer, de tomar caña y fumar tabaco negro, y ahí está el hombre, íntegro, igual a hace unos años, ahora fiel a su buena salud. “No hay vicio, hay costumbre”, dice.
Este parece el mejor lugar para conocer a una estirpe en extinción y para describir, en las apreciaciones de un habitante, el cauce de un pueblo de modesto pasado y dificilísimo porvenir. Como la conversación había empezado imprevistamente por un caso policial, le pedí historias de armas, no muy lejos, que ahora recuerde. Habla de una muerte alevosa, por la espalda, a fuego, originada por el orgullo, y de otra por rencor y dignidad, de frente y a filo. Pasa por la galería de “los viejos guerreros de antes”, un relato que incluso es familiar (su abuelo le dio un tiro al bisabuelo) y en el que nada nunca es porque sí, sino que todo se levanta en la fuerza de un argumento. Como los hombres entrenados en matar a un animal, Oyambure piensa la justicia como una relación entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se piensa y cómo se procede. No deja de observar el porqué de actitudes y de palabras, la manera que toma aquello que alguien decide hacer, la naturaleza de un acto. La reacción feroz del negro que recibió una cachetada de un capo de estancia está bien; la reacción trágica de un marido engañado, contra su mujer y el amante, está mal. Rebelarse, cortar amarras está bien; despreciar y molestar a la gente está mal. Pesar todo, de manera constante, es su modo de vivir con los pies sobre la tierra y de mantener la buena fe.

El hombre está hecho del hábito del madrugón y del trabajo. Este año Oyambure cumple 50 de vida
El hombre está hecho del hábito del madrugón y del trabajo. Este año Oyambure cumple 50 de vida.

¿Por qué tanto empeño en buscar un reloj pulsera cuando mide el día por la luz? El hombre está hecho del hábito del madrugón y del trabajo. Este año Oyambure cumple 50 de vida independiente. A los 11 dejó su casa y se largó a los más variados y discontinuos oficios. ¿De dónde eran sus padres? Va hasta la puerta del rancho y responde por sus antepasados. Señala una casa, que se ve no muy lejos: “Ahí nació y se crió mi madre, con mis tías”. Más tarde habla del padre, anciano, solo, que vive cerca de allí. Para Francisco todos los lugares del mundo, incluido el suyo como origen, están a la vista y son pocos. Treinta y Tres aparece como una posibilidad de encontrar algo, y el resto es nada, tal vez un recuerdo, algo que no preocupa ni existe. Lo importante de vivir en el límite que separa al pueblo de la intemperie es la vastedad del campo. Hasta no hace mucho lo importante era hacerse fuerte en el trabajo, tener voluntad y dureza. Oyambure es pasional, alegre y claro. Habla del campo como una forma de ser y de arreglarse, dignísima, no como una extensión de tierra cuyo futuro es “forestación y minería”. “Esto se va a liquidar, se va a acabar”, dice. Si se siguen sus previsiones, razonables, se puede suponer que un pueblo como Isla Patrulla está condenado al olvido: su razón de ser era un mundo que está casi liquidado. “Ya no queda el que junte ganao, el que enlace una vaca”, dice Oyambure. Quedan uno o dos de aquellos (la frase es de Javier de Viana) “cien gauchos viejos curtidos a guascazos en las perrerías de la vida”. Los jóvenes hábiles para el trabajo, que salieron de peones, fueron reclutados por una metalúrgica de Montevideo. Los echa en falta y los distingue del común uruguayo, de la numerosa clase de “haraganes y comodistas”.

Francisco ha pasado de campo en campo como el peón en un tablero de ajedrez. Y lo ha hecho todo: alambrador, monteador, tropero, chacrero, esquilador y guasquero (“trabajo en cuerda, pa’ decirlo suave”), carrero, cocinero y domador. Hizo de todo, “menos robar”, una vez que se largó de “cotorrero”. “No pongas eso, decí ‘corredor de loras’”, dice. El trabajo de ahuyentar la plaga fue una tarea que asumió en la chacra de Casiano Fuentes. Los nombres que circulan en la conversación de Oyambure, como las canciones y los recitados que tiene en mente, son desconocidos más allá de la línea Isla Patrulla-Treinta y Tres, parecen tener poca densidad cultural fuera de su memoria: Curbelo (payador), Pereira (cantor), Luca López (guitarrista), otros (larga serie) no anotados. Le pregunté si había escrito algo, alguna vez, y buscó unas décimas que un primo le dedicó a su abuelo, el hombre que disparó el revólver contra el suegro. Con la ventaja de quien vive rodeado de lo esencial, Francisco encontró rápido el papel, le puso la vista y se quejó de haber perdido “memoria y visibilidad”. Habló de la época de las reuniones en las que se cantaba y se tocaba la guitarra (“todos eran buenos”), en la que se buscaba, si estaba cerca, la inspiración del admirado, ya desde joven, Numa Moraes: “Dame letra, reventao”, le dijo alguno.

Cuando entró en la atmósfera de las canciones había caído el sol y era la noche. Leyó de una hoja a la que llegaba, apenas, la luz de una lamparilla blanca que se alimenta de un panel solar clavado en la tierra. Desde afuera del rancho esa luz se veía potente; desde adentro, baja, escasa, débil, tragada por la oscuridad del campo. A las 6 de la tarde éramos unas cabezas que se adivinaban, voces que iban de un lado a otro en la cocina de un lugar acogedor. Oyambure hablaba con vivacidad y si quería simulaba, con alta precisión, el sonido y el espíritu del portugués de los gauchos riograndenses. A esa altura hablaba de los tiempos de contrabando artesanal, una tarea de días a caballo. Las formas de mover caña y azúcar desde la frontera eran las mismas del XIX, aunque corrieran los años setenta del siglo pasado. El viaje de ida era una aventura y el de la vuelta un riesgo. Sabía de los procedimientos duros de la Policía Federal de Brasil, fuerza que extendió la fama de aplicar su ley. “Nunca tuve un problema con un milico –dice–, ni de un lao ni del otro.”

Perfil Foto 2  IGNACIO ITURRIÓZ
“Soy arisco –había dicho al rato de presentarse–, no me entrego.” No era cierto a la hora de hablar, de crear.

No había manera de salir (ni de aburrirse) entre el vaivén de las andanzas solitarias, lejanas, y la vida que se ponía por delante. Oyambure pasaba de la organización de los sobrevivientes ilegales, contrabandistas hace cuarenta años, a los signos de las especies de pájaros que daban vueltas por el plantío de la quinta. Sus observaciones eran agudas como la de un naturalista y las curiosidades que recibía de vuelta carecían de rigor. Varias veces dijo que el animal, sobre todo el caballo, “es como el cristiano”, manso si se lo trata con dedicación y afecto. Francisco encontraba cualquier ocasión para despachar simpatía y para reírse con generosidad, como si todo no fuese más que la comedia del hombre atacado por la naturaleza. Toda salida, toda solución es poética, armada a partir de una gran curiosidad. Le quedó grabado aquello de que el gato es “el ave que caza ratas”, y explicó, yendo a lo práctico, que si un pájaro o un insecto se ensaña con una planta él le sigue los pasos, estudia sigilosamente sus movimientos. “La gente l’erra cuando dice que la hormiga come. La hormiga no come, traslada, vive del gas que produce lo que carga.” Compartió la receta de un remedio anestésico para calmar el dolor de muelas (mezcla de tierra de hormiguero con agua y sal). “Por eso en África querían llevar hormigas de acá, ¿nunca oíste?”

Habría que ver cuál es la ocupación mental y afectiva de un hombre que vive solo en la orilla del campo. Si baja el sol y no hay visitas prende la radio y escucha una emisora de Treinta y Tres. El aparato parece archivado, inútil, separado de los hábitos del rancho. Es difícil imaginar a Oyambure quieto, escuchando radio. Es probable que si baja el sol y no hay visitas cocine y duerma, ajeno al sonido de la radio y de la noche. Antes del amanecer es seguro que ha vuelto a poner en marcha el mate y las investigaciones caseras. A media mañana está vestido con pulcritud, prolijo, nos ve saltar los pozos y avanza hacia nosotros, en las cercanías de su casa, con un sentimiento efusivo. Camina, da indicaciones, improvisa señales. Al atender a su alrededor, con las manos en la espalda, el mundo se le revela: “¿Aquella nube qué significa?”, pregunta, mirando a lo lejos. Ayer había dejado sin explicar su regla primera, salir al campo antes de que aclare, y había pasado rápido, sin detenerse, por un melindre con las vacas: no ordeñar a la luz del sol. Queda mucho sin conocerse a fondo porque este encuentro se da como una posibilidad a futuro (habrá con el tiempo otras visitas, nos encargaremos de “traer gente al rancho”). Mientras tanto se suman retratos y recortes del paisaje. A Francisco le gusta ser fotografiado y para eso es desenvuelto como los brasileros. Podría rendir (el fotógrafo lo acepta) en una película sobre la artesanía y la voluntad de un hombre que pasa apenas los 60 años y para pensar es rápido como una liebre. Está en la línea de algunos personajes de Morosoli, incluso, de a ratos, de Quiroga.

Es probable que si baja el sol y no hay visitas Francisco cocine y duerma, ajeno al sonido de la radio y de la noche.
Es probable que si baja el sol y no hay visitas Francisco cocine y duerma, ajeno al sonido de la radio y de la noche.

El domingo a pleno día Oyambure está lleno de proyectos. Camina por la “avenida Uruguay” (una recta que cruza por un costado del rancho, trazada entre dos alambrados, húmeda, llena de pasto crecido) y dice que habría que hacerla doble vía, con un jardín al medio, “un bulevar”, se burla. Nos lleva a ver la Golondrina, que domó su nieto, de 12 años, y no deja de hablar con un pasto en la boca: “A Facundo le tiraron la petisa y la terminó domando. Salió dedicao pal’ caballo”. Vuelve a la quinta y muestra dónde enterrará cada semilla. De la última cosecha, antes de enfermarse, guardó cabezas de ajo del tamaño de un puño. Cuando se recupere hará dar vuelta la tierra y volverá a empezar, se plantará en la espera, estudiará los pájaros y adivinará tormentas. Hará todo con modestia y amor propio “pa’ no ser un tipo abandonao”. Se cultivará como el suelo y se entregará a su virtud. Ser preciso y “hablar bien”, con una elocuencia a la vez parca, es todo. Pero el paréntesis de la conversación aquí no se da siempre. El tiempo largo es de la soledad.

—Si me pongo a pensar mucho me complico la vida, ¿viste? Si pensás mucho la quedás.
—¿El problema es qué hacer con los pensamientos?
—El problema es que si te ponés a pensar se te originan problemas, te hacés imaginaciones que no es… Y tas obligao a resolver el problema que se generó.
—¿Y cómo detiene eso, cómo deja de pensar?
—Salgo a caminar, me distraigo… Yo a esta etapa (lleva un poco más de 20 años) la supero así: camino, voy a la casa de un amigo, que acá es muy contao…
—¿Y qué pasa cuando vuelve?
—Es bravo… no es muy bueno. El cristiano solo solo no pasa bien. Hasta pa’ comer es bravo.

La casa de Francisco en Isla Patrulla. Una obra de barro y ladrillo,  con techo de paja.
La casa de Francisco en Isla Patrulla. Una obra de barro y ladrillo, con techo de paja.

A la manera del fotógrafo, a quien tiene al lado, Francisco Oyambure lleva la mirada más allá de sí. Y afuera no se pierde: puede llegar a cualquier parte y hacer el camino de regreso. “Despejarse” es observar con lentitud, mientras dura la luz, un caballo, un pájaro, una piedra. “Hay que hacer así mismo si no la cosa es brava”, dice. Una lamparilla y una linterna alcanzan, al final del día, para contener la oscuridad.

Fotografía: Ignacio Iturrioz