Cada tanto recorro el país, mi profesión me lo exige amigablemente pero sin chance: tengo que hacerlo ya que parte de mi dedicación como fotógrafo es la realización de libros sobre Uruguay.

Desde que en 1875 G E Hudson escribiera su novela La tierra purpúrea, hasta hoy, son miles los cuentos, anécdotas, historias que transcurren en el interior de nuestro país.

El fútbol, que como tantas otras cosas llegó de la mano de los ingleses, se adhirió a Uruguay hasta los tuétanos, casi hasta sospechar si ya no se jugaba antes de que ellos llegaran.

Todo pasa por una simple pelota –del latín pilotellus, diminutivo de pila (balón)–. Las primeras pelotas de cuero fueron inventadas por los chinos en el siglo IV a C. Las rellenaban con cuerdas e iban forradas en cuero. Desde su invención hasta hoy no hemos dejado de jugar con ellas, es “el objeto” Homo ludens por excelencia: fútbol, béisbol, básquetbol, hóckey, golf, vóleibol, tenis, paleta, etcétera. Hay pelotas grandes, pelotas chicas, medianas, duras, blandas, de diferentes colores, lisas, texturadas, rápidas, lentas, en fin, cada deporte necesita una pelota diferente de acuerdo a sus características.

Un partido de “pelota pie” en las mismas tierras purpúreas de Hudson, a orillas de la ruta entre Rivera y Artigas… Veo el corte de pelo a lo Neymar, veo camisetas de Uruguay y de Brasil, veo un picado de frontera, donde conviven dos países y un solo objetivo: que la vieja pelota atraviese los tres palos.

Foto: Diego Velázco.
Foto: Diego Velázco.