Un pueblito rural al norte del país, de apenas 200 habitantes, es escenario hace cuatro décadas de una experiencia autogestionaria casi desconocida. Atraídos por ese espíritu, fuimos a su encuentro.

Cerro Pelado es un pueblito esencialmente ganadero casi que montado sobre la ruta 27, en el centro mismo de Rivera, a 73 quilómetros de la capital departamental. Hay allí pequeñas y medianas extensiones de campo raramente mejorado, alguna gran estancia, un tambo y una escuela agraria en la cercanía, casas blancas de material, poquitos ranchos, una escuela pública, un liceo ídem y bien particular, una antena de ANTEL, un galpón que hace las veces de centro social, un hogar estudiantil, un juzgado, un puesto policial. Al norte de la ruta, a lo lejos y tirando hacia la frontera, aparecen los grandes latifundios, los cultivos de sorgo, de soja, los arrozales…

Lo que distingue sobre todo a Cerro Pelado ‒lo que lo distingue acaso del resto del Uruguay rural‒ es la cabeza de sus algo menos de 200 pobladores. Y muchas de sus iniciativas.

A Cerro Pelado sus habitantes lo llaman comunidad de Cerro Pelado, casi que poniéndole mayúscula a comunidad, aunque así no figure en ningún papel oficial. “Es una sociedad comunitaria sin fines de lucro, acá todo depende de nosotros mismos y nos organizamos lo más colectivamente que podemos”, dice Ramón Iglesias, 73 años, alto, entrador, estampa de gaucho, uno de los pioneros del lugar.

Cuando Ajena desembarcó la comunidad acababa de perder a su alma máter, su “padre fundador”. Tomás Berrutti, “Tomasito”, llegó al pueblo cuando ni pueblo era, a comienzos de los sesenta. Estaba vinculado a la Pastoral de la Tierra, a los Grupos del Bien Común, un sector de la Iglesia muy influenciado por Guido Lebret, “cura obrero” francés que intervino en la formación de varios de quienes serían estandartes de la teología de la liberación en América Latina. “Esto era puro rancherío suelto, pura miseria”, agita la mano Iglesias, “y a Tomás le preocupaba que la gente se iba del campo y estaba alimentando los cantegriles de las ciudades”. Berrutti fue el factótum de lo que se llamó el grupo de El Fogón, una quincena de vecinos que se reunieron para “entre todos combatir la pobreza y radicar a la gente, aceptando los que más tenían que algo debían ceder a los que estaban en la mala para mover la economía del lugar. Había en el grupo inicial productores laneros, peones, capataces, algunos estancieros”, contó Daniela Acuña, trabajadora social que hizo su tesis de grado sobre la experiencia de Cerro Pelado. Esa idea de amplio interclasismo se fue decantando. Quedaron los medianos y los pequeños: productores apícolas y ganaderos, peones y tractoristas, gente que ofrece servicios. Y sus hijos, todos escolarizados.

En el galpón –obra del ingeniero Eladio Dieste– funciona ahora la radio comunitaria El Chasque.
En el galpón –obra del ingeniero Eladio Dieste– funciona ahora la radio comunitaria El Chasque. Fotografías: Federico Gutiérrez

El grupo de El Fogón se movió para conseguir tierras donde establecer una pequeña población con gente de la zona y comenzar su proyecto. Plinio Berrutti, padre de Tomasito, donó 45 hectáreas, la gente fue construyendo sus viviendas en el marco del Plan Mevir, se hizo un abasto cooperativo, una carnicería cooperativa, un taller mecánico, una posta policial. Y se pensó de inmediato en la escuela, que levantaron ellos mismos, igual que la policlínica. “Todos éramos creyentes, pero no hicimos una iglesia como en otros lados. Quien quería rezar, abajo del árbol tenía lugar. La fe es privada. Como la política. Lo primero era comer, lo segundo aprender.”

Las casas comenzaron siendo veinte, al tiempo se redujeron a once, y cuando la cosa empezó a funcionar volvieron los que se habían ido y se pasó a unas cuarenta. “Es toda gente con familia. Hay viviendas de dos, tres, cuatro dormitorios. Iguales pero bien hechas. Prolijas”, muestra Iglesias.

La mayoría de los habitantes, según el viejo Ramón, son “diezmilpesistas”, “pero siempre se las ingenian para inventar algo. Crecimos con eso de no esperar nada sino de nosotros mismos”  (el artiguismo es la fuente de esta comunidad, repiten todos) “y no nos gusta salir a pedigüeñar al Estado”. A lo sumo microcréditos, “porque qué banco te va a prestar 5.000, 6.000 pesos para comprar una máquina de coser, como hizo una señora de acá”. Una comisión decide quién está en condiciones de recibir los préstamos, y cuando alguien no puede devolverlo lo cubren entre todos. Casi no tienen morosidad. En 2007 el Fondo Interamericano de Desarrollo Agropecuario premió al “sistema de microcréditos por autogestión de Cerro Pelado por su metodología de gestión participativa y por la demostración de un uso eficiente y sostenible de la herramienta del microcrédito orientada a una población pobre”.

Pablo, hijo de Tomasito, un militante social que anduvo un poco por todos lados y allí donde fue actuó con la filosofía “cooperativa, solidaria, peleadora” que “aprendió en el pueblo”, apunta que de todas las iniciativas similares surgidas a partir de la Pastoral de la Tierra la riverense es la única que sobrevive. “La de Cerro Pelado en un momento fracasó, pero encontró la manera de construir un recambio.”

El fracaso se dio cuando en 1988 quebró la cooperativa Mi Rancho, a nombre de la cual estaban los terrenos. Las 45 hectáreas donadas por Plinio Berrutti fueron embargadas. “Era como para liquidar a cualquiera. Los vecinos nos reunimos en asamblea y marchamos a Rivera a recomprar los campos en un remate judicial”, se entusiasma todavía Ramón Iglesias. Para la recompra cada cual puso lo que pudo, pero a la hora de tomar las decisiones todos siguieron contando como iguales. Ismael ‒ingeniero agrónomo, 45 años, otro de los Berrutti‒ piensa que la quiebra de la cooperativa “consolidó, sin embargo, las bases fundacionales. Fomentó una cultura de lucha, de tirar para adelante. Y fuimos a más”.

El surgimiento del liceo en 1990 ‒con un proyecto educativo comunitario que se puso al hombro Pedro Riera, un profesor que pasó por los Scouts y a quien en el pueblo recuerdan como voluntarista, sensible, algo autoritario, soñador: ideal para enganchar en Cerro Pelado‒ fue todo un hito para el conjunto de la zona.

A los alumnos hubo que salir a buscarlos casa por casa. “No bastaba con los gurises de acá para montar a largo plazo un liceo. Había que traerlos de Tres Puentes, Amarillo, Blanquillo, Ataques, Moirones… Y se tuvo que convencer a los padres. ¿Qué era eso de un liceo participativo? Riera se manejaba con la misma filosofía que nosotros, y además se alimentaba de ideas pedagógicas revolucionarias para el norte. Su plan fue convertir a este liceo en el primero comunitario de Uruguay, y lo logró”, cuenta Ismael Berrutti. (“Eso es lo bueno de Cerro Pelado: se han concretado cosas que en lugares con más medios quedaron en la teoría”, acuerda Daniela Acuña.)

El liceo creció con una divisa: “vale la pena”, y una definición de sí mismo: “democrático, participativo y mimoso”. “Riera apuntaba a fomentarles la autoestima a los chiquilines, los incentivaba a que tomaran en sus manos la marcha de las clases y de las actividades para la comunidad. Los gurises se sentían protagonistas y responsables”, dice Ismael. Por el año 2000 el director organizó a los alumnos en grupos, en función de los intereses de cada uno. Los llamó “los guardianes”. Se formaron guardianes de la biblioteca, de mantenimiento, del comedor, de comunicación, de una granja comunitaria, de recreación. Gestionaban y cuidaban el liceo, en acuerdo con la dirección y los docentes, y se encargaban de tareas de extensión.

Hoy el liceo tiene unos 170 alumnos que llegan de hasta 60 quilómetros a la redonda. Dos micros especiales los llevan y los traen. Para los de más lejos hay un hogar estudiantil. “La equidistancia de Cerro Pelado ayuda a que sea un imán regional. Pero lo que más ayuda es el proyecto educativo y los buenos resultados. Los índices de repetición son casi nulos, y la deserción también”, cuenta Carolina Erramún, modista, pareja de Ismael Berrutti y madre de tres egresados.

Más alumnos vendrían si el proyecto se hubiera mantenido tal cual, piensa Ismael. Riera murió hace tres años y la dirección actual “se ajusta más a los cánones de Secundaria, que rechaza lo que está fuera de la norma. Antes los alumnos ‘salían’ a la comunidad con sus proyectos. Ya no. Iban a clase vestidos de bombacha y botas, podían tomar mate; ahora van de uniforme, y de mate nada. Y tenían proyectos, como uno de cría de cerdos, con los que podían ganar plata, no por la plata en sí sino para aprender a gestionar algo globalmente. Pero en Secundaria no puede haber un chancho que no tenga dueño, tiene que ser inventariado como propiedad de alguien. Con la dirección de liceos rurales no se puede hablar, no entienden nada. Y funciona en Montevideo. Al campo ni lo han pisado”.

De los guardianes de comunicación nació en 2004 El Chasque FM, la única radio comunitaria rural de todo el norte. Dirigida desde el vamos por un ex alumno y actual docente, Julio Correa, El Chasque “es uno de los mayores atractivos para los jóvenes”, de acuerdo a Erramún. Correa rota su equipo todos los años a partir del interés de los liceales. Ya han pasado más de 50, que han hecho de locutores, operadores, reporteros. Los programas los definen ellos y por lo general tienen que ver con “cuestiones de la comunidad”. Se han trasmitido en directo talleres sobre biodiversidad, adicciones, manejo de recursos naturales, se promocionan las actividades de los propios jóvenes (criollas, bailes, rifas, campeonatos de fútbol), de la escuela agraria de las cercanías, y la enfermera tiene una audición sobre promoción de salud. El Chasque llega bastante más allá de Cerro Pelado: a unas 16 localidades habitadas por 3.000 personas, que ‒según un documento que Correa hizo llegar a Ajena‒ en un 90 por ciento  “tienen sólo primaria” (la mayoría son peones zafrales) y en sus casas “no cuentan con más de cinco electrodomésticos, pero sí con al menos una radio”. “Asume una función integradora que capaz que sólo las fiestas populares igualan”, dice Ismael Berrutti. Futura, la división comunitaria de la brasileña Globo, acaba de sumar a El Chasque a su proyecto audiovisual “Diz aí fronteira”.

Tres generaciones que siguen apostando al proyecto de Cerro Pelado.
Tres generaciones que siguen apostando al proyecto de Cerro Pelado. Fotografías: Federico Gutiérrez

El Chasque funciona en el gran galpón de Cerro Pelado. Construido en el 70 por Eladio Dieste (“le vienen a sacar fotos, al principio nos preguntábamos por qué”), el galpón surgió como depósito de lana. Pero ahora es “el alma social de todos los pueblos de por aquí”, según Ramón Iglesias. Allí se hacen las fiestas ‒hay una por mes‒, y las asambleas y las reuniones. Allí se pasaron los partidos de las eliminatorias en pantalla gigante (“eso fue muy importante; conseguimos un equipo satelital con los canales uruguayos, antes sólo veíamos los brasileños”). Y en el galpón se recibe a las delegaciones extranjeras. “Somos más conocidos fuera que dentro de Uruguay: fuimos sede de una reunión de mujeres rurales del Mercosur y nos han visitado de Brasil, Venezuela, Bolivia, hasta de Europa, para conocer la experiencia del pueblo. Les tirábamos colchones y sacos de dormir en el galpón y se quedaban días”, dice, retirándose, Ramón Iglesias.

Los jóvenes no se quieren ir, y eso es muy raro para un pueblito. Pablo (21) marchó hace tres años a Tacuarembó a estudiar una tecnicatura en gestión agropecuaria, pero ya tiene planificada la vuelta. “Voy a ayudar a mi padre, que es productor. Y me tira lo comunitario. Uno sale de aquí con autoestima. En otro lado te sentís un número. Acá, en cambio, los jóvenes participamos, decidimos. Y tenemos todas las comodidades: con aquella antena grande de ANTEL podemos acceder a Internet.”

Marcos (19) estudia para sacerdote en Rivera. Dice que pasó un año “jodiendo por ahí. Después me entró a picar la unión que se vive acá, y preferí esto a estar al pedo. No hay delincuencia, no hay violencia ‒el policía ni trabajo tiene‒, vivís tranquilo, todos se ayudan”. La mayoría de los jóvenes se quiere quedar, repite. Algunos porque les da pereza probar otra cosa y acá la tienen fácil, o porque sus padres les machacan “quedate en el campo”, pero los más “ponen en la balanza lo que pierden y lo que ganan”. Unos veinte muchachos de la zona de entre quince y veintipocos años se juntaron en un grupo. Le llamaron Pidiendo Riendas, “porque la idea es soltarse”, cuenta Pablo. ¿Soltarse para qué? “Por ahora pensamos en organizar cosas para financiar a la comunidad.” ¿Y para ver qué pasa afuera? “No, para la comunidad.” “No somos tan tradicionales como dicen que somos los jóvenes rurales: nos gustan las criollas, los caballos, la doma, trabajar en el campo, rock poco, el nacional, cumbia sí, y folclore, pero las redes sociales ya han cambiado las cabezas de muchos, no te creas”, susurra Marcos.
Pablo Berrutti rescata la capacidad de regeneración del pueblito. “Partieron del individualismo centenario, del paternalismo de patrones y políticos y llegaron a entender que las cosas dependen de ellos mismos. Es un montón de camino recorrido, más aun en una cultura como la del norte, muy tradicional. Van en la tercera generación de esto.” Lo bueno de su padre, de “Tata”, dice, “es que concretó lo que se planteó y se corrió a tiempo, mucho antes de morir. Y acá se levantó una experiencia bien original. Orejana, sin manual. Los jóvenes ya le pondrán su sello”.
De afuera

Amalia Iglesias –hija de Ramón Iglesias– vive hace muchos años en Montevideo, pero cada tanto marcha al pueblo. “Creo que la comunidad funciona porque tienen incorporados esos ideales de compartir todo lo material. Son como un islote de comunismo primitivo, le tiro a mi viejo cada vez que lo veo. Seguramente porque son artiguistas, pero están más conectados a Marx, o a los anarcos, de lo que él cree, le digo. Él es un gaucho pícaro, colorado casi que a su pesar. Me escucha y no responde, sólo sonríe.”

Daniela Acuña terminó su tesis en 2006, poco antes de que “Tomasito” enfermara y se retirara a Rivera. “Hay siempre un padre fundador en estas historias que se hacen con caudillos antes de horizontalizarse. Y Berrutti era especial: decía que hasta que algo no fuera compartido por todos mejor no aplicarlo. Pasan días discutiendo. En el grupo fundador lo hacían entre hombres, porque la mujer no contaba, y ahora entre todos, con los jóvenes metiendo cuchara. En lo social los jóvenes son conservadores, sí, por la base religiosa, quizás porque vienen de familias nucleares, de esas que van desapareciendo, pero se van abriendo y ya van a cambiar.”

Acuña cree haber conocido en Cerro Pelado una historia “lindísima, alentadora, y muy mexicana”.
—¿Mexicana?
—Sí, zapatista. ¿Viste esos municipios rebeldes de Chiapas, los caracoles? Nadie tiene el poder allí, lo tienen todos. En Cerro Pelado también. Son como un caracol zapatista.

 

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