«Tragedy

When you lose control and you got no soul

It’s tragedy

When the morning cries and you don’t know why»

Bee Gees

Llegaron a decir que había un rinoceronte. Mentira. Se comentaba eso en la época de los milicos, cuando el helipuerto estaba activo, cuando los camiones refrigerados de una confitería de Montevideo estacionaban, cada viernes al atardecer, frente al portón. En aquel tiempo los ruidos de grandes animales que nadie había visto bien, o que nadie sabía distinguir o nombrar, se oían durante toda la noche entreverados con los sonidos más chicos de la fiesta y con la música disco. También cuentan que dos por tres venía el Goyo con la mujer. Yo no recuerdo; es probable que eso sea un invento, como lo del rinoceronte. En esa época Porciúncula era el tercer hombre más rico de Uruguay. Eso era así, decían, no sólo por las arroceras (cada zafra se sembraban más hectáreas y se levantaban más silos), sino que el negocio más importante era el de la droga que venía de Brasil, hacía escala en Vergara y seguía, no sé si para Montevideo o para dónde.

Yo entré a trabajar en la casa en febrero del 81, cuando el tractor aplastó a Quique en la chacra. Nos habíamos casado hacía un mes. Creo que me tomaron con cama, estando embarazada, porque yo sabía que el accidente era culpa de la empresa, y creían que planeaba hacerles un pleito. La verdad, nunca tuve esas intenciones. En todo caso, alguna vez pensé que cuando naciera Gabriel o Violeta, cuando estuviera más grande, con lo que pudiese juntar, ya que teníamos casa y comida, me podría ir a Montevideo a estudiar inglés en el Inado.

Pero no fue así. Gabriel nació, creció y se lo llevaron los abuelos. Yo me fui quedando. Debe haber pasado que me gustaba aquello. Y no era para menos; a veces, cuando me paraba en un rincón oscuro (casi siempre era al lado de los parlantes negros que los de la discoteca llamaban columnas), pensaba que todo era alucinante, como un sueño o una fiebre. La gente que venía de Montevideo o de Porto Alegre casi todos los fines de semana no parecía de la misma especie que nosotros, que la gente que yo había visto en Vergara o en Treinta y Tres, o en Montevideo mismo. Las mujeres (las rubias platinadas, las negras retintas) eran más altas y más limpias. Los hombres (oficiales de uniforme verde oliva o blanco, bailarines que se movían como mujeres, también de trajes blancos, african look y camisas con jabot) eran como más definidos, como dibujados con líneas más marcadas y precisas. Era como que la vida en Vergara fuese en blanco y negro, y lo que pasaba durante aquellas noches, un sábado sí y otro también, fuese La fiesta inolvidable: los vestidos verdes, rojos o azules de las modelos o de las reinas de la juventud, el lamé de las mujeres brillosas de los milicos bajo la bola de espejos. También me gustaba la música, que era la que había estado de moda hacía unos años, cuando Porciúncula era más joven. Hasta ahora es mi música preferida: Boney M, Tabares, Abba, Giorgio, Tina Charles, y un conjunto de negros que nunca me acuerdo el nombre, que tocaban un tema llamado «September». Cuando aquella música empezaba a sonar fuerte, los bichos del parque empezaban a rugir: los doberman, el san bernardo, el puma, y, sobre todo, el cocodrilo. Repito que no había ningún rinoceronte. El ruido del cocodrilo parecía el de una moto de alta cilindrada, pero se llama lloro. Porciúncula bailaba muy bien. «I love to love, but my baby just love to dance»,eso decía la canción que más le gustaba. Él siempre estaba muy elegante, y (cuando no tenía que atender a algún consejero de Estado o al ministro Aznárez) rodeado de mujeres. Es verdad que nunca se llevaba ninguna al cuarto, ni al invernáculo, ni al parque, al lado de la laguna artificial del cocodrilo. Por eso lo tenían por puto. Pero yo creo que era como me dijo mi tía Pachacha: era impotente, por la consanguinidad. Él es Porciúncula Porciúncula Porciúncula Porciúncula.

Cuando terminó la dictadura ya hacía tiempo que todo había empezado a decaer. Creo que las cosas se habían complicado por un lío de plata grande que hubo en el 82. Y después, cuando la seca y lo de la soja en el 89, se fue todo el personal de la casa. Menos yo, claro, que me quedé por casa y comida. Dicen que embargaron casi todos los campos, el ganado y los secadores. Y lo que no embargaron se vendió mal o se lo comieron los abogados (algunos de los que antes habían venido a tomar champagne y a bailar como John Travolta). En poco tiempo también se vendió el helicóptero, el puma y el san bernardo. Después el Estado compró los terrenos del parque, y así fue que quedó este armatoste que parece un transatlántico o una ciudad en el medio de las casas de Mevir. Los caserones viejos del centro se vuelven más respetables cuando envejecen y se arruinan. Pero una casa como esta (dice la tía Pachacha que la hicieron en el 65), con los cromados, el parquet y el monolítico, no está hecha para envejecer. Es como si se muriera y se pudriera. Yo nunca intenté hacer nada, porque me di cuenta de que una mujer sola no podría nunca. Hubiera sido para enloquecerse. Además estaba el tema del cocodrilo. En los buenos tiempos, don Méndez, el Luis y el negro Tripa Gorda se encargaban de los animales. Nosotras (yo y cuatro sirvientas más) estábamos sólo para la limpieza y ayudar a los mozos cuando la reunión era muy grande. Cuando quedé sola hice lo que pude, porque casi todo el tiempo se me iba en conseguir comida para el bicho. Había llegado a armar una especie de red de gurises (y no tan gurises) de la Cuchilla que me traían perros, gatos y otras carnes imposibles de identificar.

Ahora Porciúncula se pasa en la silla de ruedas. Hasta duerme sentado. No sé si no habla porque no quiere o porque no puede. A veces hace como un ruidito para que le acomode la sonda o le seque la baba, o le haga masajes en el muñón. Cuando le doy la pastilla para el dolor fantasma y pongo el disco de los Bee Gees, me queda mirando como resentido. Parece que me reprocha haber hecho venir la policía que ametralló al cocodrilo y lo llevó en un camión del municipio. Pero, sobre todo, creo que me acusa de haberlo ayudado a salir, aquel mediodía en que, arriesgando mi propia vida, saqué lo que quedaba de él de la laguneta mugrienta. A veces pienso que tenía que haber dejado que el cocodrilo lo deshiciera. Hasta ahora me erizo cuando me acuerdo de aquel caldo de barro y sangre, de los alaridos de Porciúncula, de los lloros del cocodrilo y de los chillidos de Tina Charles, que él había puesto en el pasadiscos antes de tirarse al agua.