Los toros se pelean. Se desafían, y sin que medie en apariencia ningún desencadenante claro, escarban la tierra levantando una pequeña nube de polvo y se lanzan a la batalla. El desafiante y el que acepta el reto luchan por el liderazgo o por ver a cuál le toca servir a la siguiente vaquillona.

Tendrá que ver la genética o el carácter, pero hay toros que no soportan la sombra de otro toro en su rodeo e intentan cada tanto dejar claro quién es quién. Y cuando se desata la pelea, la escena suele ser de gran violencia en el silencio del campo: se oyen bramidos y ruidos secos, como latigazos, del choque de los cuernos y las embestidas. Los demás animales miran de lejos, sin meterse. En principio ninguna de las moles cede terreno y protagonizan un baile furioso cabeza con cabeza, cruzando misiles con la mirada. A pesar del tamaño y el peso de estos cuadrúpedos reproductores, son animales muy potentes y ágiles, con reacciones veloces y explosivas. Y cuando ‒como dicen en campaña‒ se les “calienta la sangre”, o cuando huelen a sangre, arman un escándalo de berridos y bramidos con resultado imprevisible. El espectáculo es en verdad impresionante aunque la pelea termine sin heridos. Porque es raro que la lucha sea a muerte: cuando uno de los contendientes se ve perdido, se retira sin dejar dudas de su derrota y la pelea termina.

Este toro ‒el de la foto‒ tenía una vieja rivalidad con un toro cebú más grande y más fuerte. En la pelea anterior, impulsado por una furibunda embestida del cebú, había terminado del otro lado del alambre. Los habían separado de potrero un par de veces, pero se volvían a reunir tras el botín de las hembras alborotadas. Porque al toro no hay mucho con qué sujetarlo, si quiere pasar pasa, o salta el alambrado o lo tira… y si quiere huir, mejor hacerse a un lado.

Ese día llovía y no hubo nube de polvo, pero sí bramidos y embestidas. Como siempre el toro colorado perdió la contienda y se fue lejos del rodeo, a la parte más baja del campo grande, cerca de la portera, de lengua afuera y ojos inyectados, tropeando cansado su derrota. Eso fue como a las seis, cuando el cielo era una toldería plomiza y una neblina gruesa entristecía el fin de la tarde. Amaneció muerto, de ojos abiertos y sin ninguna herida visible. Sólo después de cuerearlo apareció un gran hematoma en un costado de la cabeza.

Ya sin cuero ni voluntad, tirado en el suelo y sin remedio, alimentará por unos días su propio ecosistema: en las noches los perros y los zorros comerán de su musculatura y sus vísceras hasta el cansancio. Durante el día, el sol y los gusanos harán su trabajo de descomposición y hasta sus ojos serán manjar para los caranchos que lo sobrevuelan.

El toro está muerto y cuereado en la foto, pero aún parece vivo. Hay algo en sus ojos abiertos y en las pinceladas azules de la carne desnuda lavada por la lluvia que le da una atmósfera extraña a la imagen, como de vida dentro de la muerte.

Hay decenas de osamentas desperdigadas por ahí, huesos pegados a un cuero seco de algún otro animal que murió afiebrado, el medio esqueleto de una vaca que mal parió y el del ternero que nunca alcanzó a mamar, el de un corderito atacado por los zorrillos, o el cuerpo aún bello de una potranca que se enredó en el alambre, o el de su madre que enfermó de tristeza tras cinco días de velarla, sin comer hasta morir…  Hay caparazones, dientes, cabezas, quijadas, restos traídos por las aguas que atraviesan el campo cuando se desbordan las cañadas. Si el pasto está alto se vuelven invisibles, y con la seca vuelven a florecer; cuando las praderas ralean y la tierra se abre en grietas, la erosión y el viento los desentierra, tan blancos y simbólicos.

Pero el tema es esta foto. Como un trofeo de caza de un cazador de cuerpos muertos, no cuerpos latiendo, corriendo, comiendo, no cuerpos para matar, un cazador de imágenes que contengan la muerte, que la expresen, que la cuenten. Hay ‒como queda dicho‒ muchas formas para retratar la muerte por aquí. Pero es raro poder atraparla así, tan viva. Sin retoques.

Toro muerto. Foto: Daniel Erosa
Toro muerto. Foto: Daniel Erosa