Era uno de esos días de paseo por las sierras, y desde Villa Serrana tomamos rumbo al Penitente.

Al borde del camino, recostado a un alambrado y con su caballo al costado, se encontraba él. Cuidaba el ganado que pastaba tranquilamente en los alrededores.

Yo, que circulaba con la cámara a cuestas pensando en personajes que fueran sumándose a mi serie de retratados, que terminarían siendo mi “paisaje interior”, no dudé en que él debía estar.

Me bajé del auto y me fui acercando lentamente.

Él casi ni se movió.

Cuando me encontraba a corta distancia, le dije:

—Buenas tardes, ¿me permite tomarle una foto?
A lo cual me contestó:

—¿Y cuánto me va a costar?

Compartí mi sorpresa con una mirada hacia Suci, mi compañera, que observaba a unos metros y que con una leve sonrisa me indicaba que ella también había escuchado lo dicho.

A partir de entonces se sucedió un diálogo muy particular, de esos que transforman las palabras en otras, por el simple hecho de una aparente sordera, que yo le atribuí a él.

Era un hombre muy viejo, y se sentía frágil, su estampa me hacía imaginar que se había escapado de un cuadro de Blanes.

El poncho que tenía puesto parecía haber sobrevivido a mil batallas, no sé de qué tipo, quizá contra un ejército de polillas asesinas, o simplemente al paso del tiempo y los inviernos más crudos.

Una de esas cosas que él no me escuchaba era que yo le pedía que se quedara en el alambrado, tal como lo había visto cuando llegué, pero él se ponía pegado al caballo, agarrándolo de las riendas…

Y yo me frustré con la situación.

Pero finalmente se dio: el caballo quedó al costado y me sesgué lo suficiente para que él quedara solo contra el alambrado.

Fueron muy pocas las fotos que le saqué, pues la cámara era una de formato medio analógico, que me permitía sacar doce fotos por rollo. Y el proceso de sacar una foto con este tipo de cámaras es mucho más lento que el ágil de una réflex digital.

Finalmente, para despedirme, le pregunté su nombre, lo que no había hecho hasta ese momento.

—Juvenil Acosta –me dijo.

“Qué nombre tan particular. ¿O me habrá dicho Juvenal?”, pensé, pero la dejé por esa.

Le di las gracias y la mano, y seguimos viaje.

Meses después, en Villa Serrana, el primero de año del 2008, fotografiando a Artigas González, alambrador él, en una reunión con lugareños muestro la foto de Juvenil, pues la había copiado junto con otros retratos, para andar mostrando a los futuros fotografiados e ir ganando su confianza en el asunto.

Entonces dice uno de ellos:

—Mirá, es Tito Perdomo.

—No, Juvenil –digo yo.

—No –me dicen–, ese es Tito Perdomo, que vive para ahí arriba, saliendo para el Penitente, cerca de la escuela.

Enseguida pensé que cuando lo volviera a ver le iba a preguntar, con voz clara y fuerte, nuevamente su nombre, y que haría todo lo posible por poner toda la atención debida en su respuesta. Quería confirmar quién era verdaderamente el sordo. Y cuál era definitivamente su nombre.

Eso nunca pudo ser, al tiempo me enteré de que él había fallecido.

Tito Perdomo - ÁLVARO PERCOVICH
Tito Perdomo por Álvaro Percovich.