I     En este pueblo, enclavado tercamente hace cerca de 100 años en un lugar absurdo, el tiempo transcurre como algo espeso que fluye con su propio ritmo, que se deja llevar por algún capricho oculto, que corre o se frena indefinidamente esperando en las esquinas, deteniendo las noches, prolongando los gestos. Es Tarariras un conjunto de hombres y mujeres, y calles y casas, un lugar mitológico donde los muertos y sus historias conviven con los vivos, que se vuelven a repetir con otros nombres y en otros lugares, los mismos lugares.

Es posible que sus orígenes y su misma fundación sean consecuencia de un tren que quedó varado en las vías, dejando a todos sus ocupantes a merced de su propia suerte y forzándolos a construir barracas, bancos, boticas, bares oscuros de mostradores gastados.

Pero también es factible que todo esto sea mentira, pura blasfemia, y que la verdadera génesis de este lugar se remonte a una sola y mágica aparición momentánea. El advenimiento instantáneo de un centenar de casas y de un millar de habitantes desconcertados, pero que como personas discretas, jamás hicieron demasiado revuelo por lo brusco de este suceso, como tampoco invirtieron su tiempo preguntándole al cura del pueblo el origen de tal rareza.
A mí me gustaría pensar esto último. Creer que formamos parte de un modesto suceso bíblico aún no puesto en palabras, ni cantado, ni alabado. Un anónimo gesto de Dios, como el alzamiento de una mano, como un parpadeo.

II Tarariras todavía insiste en una figura acabada. Y hay una brisa de pradera inmensa que lucha y que cruza el pueblo a lo ancho y largo, un aire liviano que nace en los campos, aire de caballos y de tibios soles de ocasos. De parajes perdidos, de montes, de estío. La misma brisa que pule los ásperos bordes de las veredas. La que empuja los límites del pueblo, que se difumina hacia los márgenes en casas desperdigadas, en una forma inconclusa, ralas figuras.
Muchas veces es esta brisa la que nos confunde y desorienta por las noches, la que nos cambia los rostros y nos obliga al otro día a buscarnos en los demás, a reencontrarnos en los otros, como frente a un espejo.

Nos pasamos la vida entre estos juegos y trampas que nos acechan a la vuelta de la esquina. Hay años que consumimos de golpe, se los traga todos juntos, se los apura como un vaso de caña; o por el contrario, se los deja libres para que nos desmenucen lentamente, que se disgreguen en mil hechos. Y hay vidas como estacas en la tierra; y otras como álbumes de fotos, como vacaciones en la playa, hechas de instantes perfectos, de momentos para coleccionar, filatelias.

III Deambulan por las calles de la ciudad centenares de fantasmas, siempre inocentes y discretos, misteriosamente avergonzados. Algunos al comienzo apenas se diferencian de los vivos, e incluso por un tiempo mantienen sus mismas ocupaciones y asisten a los mismos lugares de los que eran habituales. Con el paso de los años, poco a poco se van tornando más livianos e insustanciales, y desaparecen con gestos de desgano, despidiéndose de las casas en tono de reproche y disculpa.

Pero para aquellos que se muestran completamente negados a alejarse de estas tierras, se les permite quedarse en una vieja tapera a las afueras del pueblo, donde pueden interactuar entre ellos, replicar los gestos mínimos y perfectos de la vida cotidiana y hacerse visibles una vez al día para preguntarle a algún transeúnte sobre el clima, o simplemente saludarlo.

Todo esto lo sabe cualquier habitante del pueblo; como también intuye que más allá de las mil formas de la muerte, existen otras formas de la vida. Que hay un estar en los demás. Que viviremos siempre acá por más que estemos a quilómetros de distancia y nuestro propio recuerdo del pueblo sea difuso; aunque la tierra nos haya abrazado. Viviremos y moriremos siempre acá, en el eco que choca las paredes, en las palabras que horadan las copas, y en las bocas que nos nombran solapadamente, en las mil formas de la memoria.

base tarariras(previa)
Ilustración: MATÍAS BERVEJILLO