Ajena llega con este número a su séptima edición y, como todo buen caminante, sabe que cuánto más viaja, más grande se vuelve lo que ignora. El Uruguay, enano irrenunciable, es sin embargo vastísimo. Esta edición abre tangentes para todos lados y mientras el editorialista se autoinflige la fútil obligación de la unidad, las páginas saltan de una cosa a otra sin mayor preocupación. El trabajo rural infantil y adolescente, por ejemplo, da pie a un informe que sigue las rutinas de una familia de Puntas de Maciel, en Florida, y contrasta lo que ésta piensa sobre la delgada línea que separa a la “ayuda en casa” del trabajo obligado, con lo que al respecto tiene para decir la ley. Otra nota viaja a Estación Solís, un poblado cercano a Minas, en día de elecciones: donde hoy viven poco más de 50 personas el padrón se abre a unas 400. Es que muchos pretextan en el voto la posibilidad del reencuentro con el pueblo, la familia, los amigos. Un veterano cazador de jabalíes, en Río Branco, no piensa renunciar a sus mentiras verdaderas: sobre la caza y su técnica, sobre el propio jabalí, sobre los perros que le ayudan a darle muerte. Y un paraje insospechado en Salto, esa “nada misma” que es hoy el edificio de El Espinillar, el viejo ingenio azucarero. Fantasmagórica también la foto del “Clic” del número: se las ingenia para retratar a un pueblo sin que comparezca frente a los ojos de nadie. Por último, y en franca discordancia con lo que han sido algunos de los textos anteriores escritos por jóvenes desde y sobre sus pagos, una futura actriz escribe que “‘perfecto’ quizás no, pero ‘maravilloso’ le queda chico”. Habla de su lugar, de Durazno.

TAPA AJENA - El Espinillar - FEDERICO GUTIÉRREZ
A la intemperie, fuera del viejo edificio de El Espinillar en Salto, una caja con tornillos y bulones acusa el paso del tiempo. FOTO: Federico Gutiérrez