Cruces, tumbas, panteones escondidos en el monte o destacando en la desolada pradera. El campo uruguayo guarda vestigios de un tiempo que ya no es y lo ofrenda ahora a modo de singular paisaje.

En verdad es un paisaje extraño. Las lluvias del verano dieron al pasto un color verde intenso y el gris de aquellas paredes se funde con las nubes que prometen seguirá cayendo agua. Desde el alambrado, sólo la cruz recostada en el cielo permite asegurar que llegamos. Salvo por algunas lomas, el paisaje se dibuja igual hasta el horizonte: plano, verde y sin árboles. Esto es, verdaderamente, la pampa.

En medio de la desolación están los panteones. Las paredes semiderruidas de uno  se asemejan al desgaste infatigable que sobre las rocas en el mar hacen años de lluvia y de viento, de agua y de sol. Pero es sólo abandono o, en el mejor de los casos, el roce del batallón de vacas curiosas que custodia el lugar. Los campos de la patria guardan esos tesoros: tumbas sin nombre, cruces y panteones difíciles de fechar, pequeños cementerios abandonados y hoy ganados por el color del musgo. Si antes tuvieron un fin práctico, hoy perduran para regalar un paisaje de elocuente belleza.

Martín Caparrós pensó en los cementerios. Se topó con varios en su recorrida por el interior argentino. Caparrós no iba en busca de ellos sino de “la Argentina”, un objetivo bastante más complejo y difícil de hallar que esta aventura de fin de semana. Pero salió a recorrerla, quién sabe cuánto anduvo, y el resultado fue la publicación de un formidable libro que se llama, precisamente, El Interior. “La muerte imita a la vida”, dice allí, y cuenta que los muertos “ya no están urbanizados, no reposan en templetes familiares rococó o barrios de sepulcros rastreros unipersonales o monoblocks de tumbas en propiedad horizontal, como en las ciudades de los vivos, sino que duermen su justo sueño en una especie de country hecho de césped y lápidas dispersas”. “La muerte imita a la vida”, y parada frente a estos panteones, en medio de un silencio que sólo interrumpe el viento, me pregunto qué vida imitan estos entierros.

La improvisada cruz señala el lugar donde hace muchas décadas fue enterrado un hombre.
La improvisada cruz señala el lugar donde hace muchas décadas fue enterrado un hombre.

“Si el camino por el que llegaron está así ahora ‒dice Alejandro Costa‒ imaginate lo que sería hace cien años, cuando encima había que hacerlo en carro.” Costa es el propietario de la estancia La Cuchilla, cuyo casco supo ser el hospital de sangre durante la batalla de Tupambaé. En el episodio murieron alrededor de 2.300 orientales, en lo que se conoce como uno de los enfrentamientos más sangrientos de la Revolución de 1904, cuando las tropas del general Aparicio Saravia lucharon contra el ejército del presidente José Batlle y Ordóñez. “Ahí te morías, ahí te enterraban”, explicó Costa para graficar lo dificultoso de “sacar” un muerto de aquellas tierras y hacer con él “cuarenta quilómetros hasta Melo” para darle sepultura.

Por siglos esa dinámica valió tanto para los soldados como para las familias que vivían en campaña. Los mejor posicionados hicieron pequeños cementerios familiares en sus tierras, con importantes panteones y cruces de hierro preciosamente trabajadas; muchas veces permitieron que otros vecinos fueran enterrados en sus predios. Otros tienen la simpleza de una cruz de madera en un pique, como aquel hombre que murió a facón limpio en mitad del campo, y su lugar de descanso apenas se deja ver desde el alambrado a metros de donde está enterrado. De niño, cuando su familia era dueña del campo del infortunio, si Alejandro Costa veía la cruz del desconocido torcida, la enderezaba en señal de respeto.

Hoy ya nadie entierra a sus muertos fuera de los cementerios. Pero con paciencia pueden encontrarse sepulturas, por ejemplo la de José Díaz, que murió a la vera de un arroyo sin nombre en 1752. Su muerte sirvió para un bautismo: Fraile Muerto se llama hoy el arroyo ‒y también el pueblo en su orilla‒, en honor a este religioso de la Orden de Paula de Portugal. Sobre la margen derecha de Fraile Muerto, cercano a un vado, descansan todavía sus restos señalados tan sólo por una gran cruz de hierro. Al morir, sin embargo, se colocó una enorme piedra tallada en castellano arcaico: “1753 M. AQUI JASOP JOSE DIAS – C.P.E. CAQPDD PAL” (1753 marzo. Aquí yace el padre José Díaz, confesor perteneciente a la Orden de Paula de Portugal). Esa lápida, la más antigua de un religioso por estas tierras, en 1893 inexplicablemente fue trasladada a Montevideo, donde permaneció como pieza de museo por más de cien años. Hoy, gracias a que los vecinos la recuperaron, se puede ver a la entrada de la iglesia de la ciudad.1

Lo más parecido a una profanación, si es que cabe la palabra, es la naturaleza adentrándose.
Lo más parecido a una profanación, si es que cabe la palabra, es la naturaleza adentrándose.

Benito Rosas da trancos largos, cruza el alambrado y, al llegar, en un gesto rápido se quita la boina. Eucaliptos forestados rodean el pequeño cementerio familiar del siglo XIX y que nadie, ni siquiera los empresarios que compraron el campo ‒El Ocalito‒, se atrevió a demoler. Aquí lo más parecido a una profanación, si es que cabe la palabra, es la naturaleza adentrándose. Ramas que agujerean techos y atraviesan paredes, árboles que nacen en el centro mismo de un panteón derrumbado. Es, curiosamente, vida penetrando en la muerte. Por lo demás, el abandono sólo significa ausencia de gente.

En los campos de José Sarli ‒donde se encuentran los panteones del comienzo de esta nota‒ tres montoncitos de huesos coronados con sus respectivos cráneos descansan en un panteón. Los muertos no pertenecen a la familia del propietario, ni éste sabe quiénes son ni de qué tiempo datan los panteones. Pero hay allí algunas flores de tela que no acaban de perder su color, restos de velas y un envase plástico haciendo de florero; todo da a entender que en un tiempo no tan lejano hubo una visita.

Rosas es capataz. Hace tres años que trabaja en El Ocalito y los dos primeros los durmió en una pieza hecha con ladrillos del cementerio. Un panteón derrumbado pero con sus antiguos ladrillos intactos sirvió de materia prima para un hogar del que no se queja. Dos domadores que llegaron desde Brasil sin embargo dijeron que no, que ahí a dormir ni locos se quedaban. “No sé si es para todos, hay gente a la que se le han aparecido, pero a mí no”, dice con una sonrisa entre pícara y respetuosa, en clara referencia a las almas que por allí pudieran andar. Ciertamente no es para cualquiera. Hay que imaginar esas noches cerradas, en pleno campo y en soledad, rodeado ahora de inmensos eucaliptos, buen escondite para almas en pena, u otras muy alegres, y uno durmiendo entre los ladrillos del otrora panteón de un muerto, que para peor ni familiar ni amigo era. Y si se le diera por aparecer seguro no va a andar cuidando que el vivo no se asuste ni se muera. Aunque si esto último fuera a ocurrir, qué mejor que hacerlo en un espacio verde como éste, donde todo el entorno asegura lo indispensable: el descanso en paz.

1. Información tomada de Origen del nombre Fraile Muerto, del profesor Marcos Hernández Desplats, oriundo del lugar.

Los campos visitados para esta nota se encuentran en Cerro Largo, en el eje de ruta 7, entre las ciudades de Santa Clara de Olimar (Treinta y Tres) y Fraile Muerto.

Fotografías: Ignacio Iturrioz