Un día decidí volver al lugar de los recuerdos, aquel donde mis antepasados respiraron y con sus manos trabajaron el paisaje. El Río Negro narra sus memorias, las encauza en un fluir profundo, las disuelve y nuevamente salen a flote. Vuelvo al origen y me pregunto: ¿cómo es vivir en este lugar?

Abro las ventanas de mi casa y dejo que el sol entre de par en par. Escucho un paisaje que me es familiar, los pájaros; nuevamente estoy rodeado de todo lo que me inspira. Un camino de tierra dibuja mi destino, lo ando mientras la tarde cae y, distraído, llego al monte.

Amanece. Dispuesto y con miedo me pongo las botas, que seguro me protegerán de alguna yarará. Allá voy, recorro el misterio, lo vivo, lo respiro, lo observo. Traigo conmigo todas mis debilidades y espero que el monte me haga fuerte. Camino la costa sacando algunas fotos, intento captar algún color, sin muchas pretensiones.

En la arena, un señor mirando el río. Los perros me escuchan y pienso que ya no tengo escapatoria. Estático, evidentemente interrumpo al hombre, que enseguida se levanta a calmar a los perros.

Ayala no tiene edad, hombre curtido de sol con brazo de monte. Hace más de treinta años que vive sumergido en la profundidad de lo nativo. Un apretón de manos me conecta con mis ancestros. Aquí comienza la puja entre mi pasado y lo que quiero ser.

¿Por qué a un hombre que mira el río le tendrían que importar mis intenciones? ¿Quién soy yo para venir a entrometerme? Pero no; me escucha, escucha mis memorias contadas, y al parecer le interesan. Incluso recuerda haber escuchado sobre el viejo Calderón (mi bisabuelo). Es entonces que le propongo volver algún día, y con una sonrisa amable, asiente.

Las imágenes del encuentro quedan retumbando en mi mente: “brazo de monte”, pienso. Dejo que el lugar disponga de sus tiempos. Las hojas amarillean, el verano se va. Me alejo, hago otras cosas, me distraigo y de pronto me doy cuenta de que estoy evitando el reencuentro. ¿A qué le tengo miedo? “Mañana voy.”

Me pongo las botas, agarro mi cámara y salgo temprano. Cruzo de nuevo el camino de tierra, salto el alambrado y me adentro mirando el suelo, no vaya a ser que me encuentre a una yarará. Los árboles se irguen, viejos. A lo lejos, muy lejos, Ayala se confunde con el paisaje. Me detengo y lo miro caminar, va lento con sus perros atrás. Miro por la cámara, pongo todo el teleobjetivo para tratar de acercarme, y por más zoom que ponga, él sigue estando lejos.

Dejo pasar unos días y vuelvo. Limpia un banquito de madera y me lo da. De abajo de las cenizas saca dos troncos, unas brasas, y arma el fuego para calentar el agua. Nos sentamos un rato a tomar mate a la puerta del rancho. Parece que ya no soy un extraño para los perros. Pregunto, pregunto, pregunto y pregunto. Soy consciente de mi hambre, me interesa su rutina, qué come, si pesca, si trabaja. Pero no quiero abusar de su amabilidad, así que antes de que caiga la noche me despido. Pienso cuán agotado debo de haber dejado a este hombre, pero, para mi sorpresa, me agradece la visita y me invita a volver mañana, que va a hacer un poco de leña.

El frío me hace andar más suelto de cuerpo, sabiendo que por fin las yararás están invernando. Cada noche que llego a casa me doy cuenta de que no necesito tantas luces para vivir. En la oscuridad del cuarto, veo cómo Ayala es uno con el paisaje. Vuelvo al inicio, miro el material y cuánto de nuestros encuentros va quedando registrado en las fotografías.

Le dije que iba a volver una mañana temprano, así que me despierto cuando aún es de noche. Todo es helada y cerrazón. Poco a poco, el cielo se va aclarando y la primera luz del día me deja ver por donde camino. Las copas de los árboles comienzan a adquirir un tono naranja. Me detengo. Ínfimo en aquel espacio, soy parte de la helada mañana, mientras el sol derrite algunos de mis miedos.

Amanecer-campero
Amanecer Campero. Foto: Andrés Boero Madrid