La naturaleza es pródiga, y la declaración de área protegida ayuda. Entre arroyos serpenteantes y paisajes escarpados, varios apicultores de la Quebrada de los Cuervos apuestan a la producción orgánica de miel. Lo hacen sin químicos, alentando el respeto de los ritmos productivos de la abeja y la preservación del ecosistema que habitan. Para algunos es también una apuesta al desarrollo productivo de la zona, e incluso a la soberanía alimentaria.

La inmensidad. Mires donde mires, hay árboles. Te rodean, murmuran y cantan. Tu respiración va al unísono. Diminuto. Sos parte de un ecosistema, pero sentís que sos nada. Insignificante. La Quebrada de los Cuervos fue, en 2008, la primera área considerada paisaje protegido de Uruguay por el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP). La variedad de especies de fauna y flora que allí habitan cuenta con resguardo legal, y cualquier producción que se desarrolle en ese contexto tiene un valor agregado. La apicultura orgánica encuentra aquí un lugar de destaque.

Un camino entre pastizales lleva a descubrir una choza en construcción y un campamento en silencio, vacío. Allí pasa sus horas Pablo Costa. Va y viene desde la ciudad de Treinta y Tres hasta la Cerrillada, así llama él a su lugar en el mundo. Fue curioso conocer ese hábitat antes que a él, indagar en su modo de vida desde adentro pero en su ausencia. Hay pistas que hablan de un hombre en paz y equilibrado. La necesidad de conectarse con la tierra, de escapar de la ciudad, y la austeridad son características que flotan en un aire tan puro como el lugar. “El silencio es lo que permite la conexión con el ambiente. Acá no hay ruidos; los sonidos que se escuchan son los de la naturaleza, los pájaros, los bichos”, describió el anfitrión.

Hace cinco años Costa se asentó en la Quebrada de los Cuervos, de donde su familia es originaria. “Vine buscando una alternativa a la vorágine de la vida cotidiana, rutinaria”, explica. Siempre estuvo vinculado al ámbito rural, y viviera donde viviera tenía unos metros de tierra para cultivar.

Antes de llegar a la apicultura Pablo Costa tuvo acercamientos claves con la agricultura. El primero fue a través de la frutilla, en Tacuarembó. Comenzó trabajando con un sistema integrado que implica la aplicación de productos sistémicos, como fungicidas y antivirales, que penetran en el sistema inmunológico de la planta y crean resistencias a algunas enfermedades, tal como lo hacen las vacunas en el ser humano. El método hace que sea necesario esperar varios días para recolectar e ingerir los productos. La experiencia llegó a su fin cuando un día, relata, “termino de aplicar el producto, va mi gurisa (que le encantaban las frutillas) agarra una y se la come. Ahí pensé que yo no podía plantar más de esa manera, y me pasé al sistema orgánico”.

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En la Quebrada habita la abeja criolla naturalizada, originaria de Europa. FOTO: Mauricio Kühne

Costa es crítico con el sistema convencional de producción, y también del integrado que utilizó en esa ocasión. “Ahí la planta utiliza el suelo sólo como soporte para las raíces, porque al aplicar fertilizantes químicos matás todos los microorganismos del suelo”. Mientras que en esos sistemas los cultivos adquieren la fuerza a través de los fertilizantes, en el sistema orgánico, en cambio, el suelo es visto como un organismo vivo, y es lo que le da fuerza al cultivo.”

La biodiversidad presente en el área protegida la convierte en una zona estratégica para la producción de miel. Costa tiene ocho colmenas, y su filosofía de trabajo privilegia el respeto hacia ellas y el ambiente. “La producción orgánica la llevo en el inconsciente”, dice, y explica que actúa “imitando” lo que pasa en la naturaleza; “a veces te va bien con lo que hacés y otras no, pero me manejo mucho por el instinto”.

Además de su vocación de productor orgánico, y de su intención de cuidar la calidad del producto y del ambiente, cuenta con la ventaja de que la protección legal dada a la Quebrada de los Cuervos impide que en ese territorio se asiente el modelo de producción extractivista, como lo es el de la soja, el arroz o la forestación. Sin embargo, la protección que otorga el SNAP alcanza sólo dentro de esas fronteras, y no impide que otros productores de fuera se vean en dificultades para lograr un manejo agroecológico de su cosecha: en ocasiones se ven obligados a aplicar productos químicos para eliminar plagas derivadas del sistema extractivista. Es que Treinta y Tres no queda fuera de la producción sojera y de la aplicación de agrotóxicos fuertes, que matan a las abejas y contaminan las flores que ellas polinizan.

Un factor positivo es que en la zona habita la abeja criolla naturalizada, la especie del lugar que Costa cría y multiplica: “Reproduzco la abeja para crear un nuevo panal, o cazo algún enjambre. No es productivo desde el inicio”, porque esas no son tareas sencillas y hay que “respetar los tiempos de la abeja”. Pero fiel a su filosofía, prefiere la espera a “traer abejas de afuera”, que podrían ser portadoras de enfermedades que afecten a todo el ecosistema.

Sobre este punto también opinó José Puigdewall, quien vive en la ciudad de Treinta y Tres y arrienda en las cercanías de Costa unos predios que pertenecen a un terrateniente francés. Puigdewall también es apicultor y pertenece a la ONG Pindó Azul que trabaja con los productores locales. Ellos proponen el desarrollo de la zona en base a los recursos genéticos locales existentes, enfocándose en la revalorización de la salud de los ecosistemas. Para Puigdewall tener la posibilidad de manejar los procesos de desarrollo a partir de la genética local otorga un gran componente de soberanía “en cuanto a que nosotros tomemos las decisiones y no que vengan con soluciones químicas de afuera a generar desarrollo con sus lógicas”, indicó.

Las abejas existentes en la Quebrada viven en un ambiente muy saludable y biodiverso: “La colonia tiene polen de muchas especies, todo el ambiente está equilibrado y ella puede afrontar con cierta salud cualquier problema ocasionado por ataques de plagas o enfermedades”. De hecho, estos productores nunca perdieron una colmena.

Costa entabló con las abejas un vínculo a todas luces especial, visita todos los días su apiario y afirma que ellas lo reconocen. “Es un insecto muy organizado, hay que conservarlo, trasmitir el conocimiento de uno en la región donde vive, intercambiar con productores que tienen otro tipo de manejo y concientizar a la gente sobre los productos orgánicos”, apuntó el apicultor. Trabaja solo en su predio y utiliza a las colmenas como “una vaca lechera”, ya que extrae la miel en la medida que la necesita para su consumo o para intercambiar con otros productores; “la miel –está convencido– es un alimento que puede pasar mil años en un frasco y mantiene las propiedades”.

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Una abeja poliniza una flor de carqueja en la Quebrada de los Cuervos. FOTO: Mauricio Kühne

Con una narración suave y pausada, Costa habla sobre las particularidades de la biodiversidad en la zona, a medida que avanza en la bajada hasta el arroyo Yerbal Chico. Una planta de tamaño pequeño y flores blancas acompaña el recorrido: la carelia es una especie endémica de la Quebrada. Vive muchos años y es la responsable de otorgarle cierto sabor a vainilla a la miel. Otra especie aun más restringida es la caámyrin que significa “yerba chica” en guaraní.

El ingreso al SNAP en 2008 ha sido de gran importancia. Puigdewall dejó en claro que “la conservación no es una tranca al desarrollo, sino que a futuro será lo que lo sostenga”.

Desde el Parque Nacional de la Quebrada de los Cuervos apuntan a un ecoturismo educativo, donde se brindan elementos para la interpretación ambiental y la sensibilización de los visitantes. El cometido es presentar la cultura que se genera entre el poblador local y la biodiversidad. Desde que esta zona ingresó al SNAP cada vez más gente la visita, lo que favorece a la producción local. Muchos vecinos producen frutas autóctonas, vinos de fruta, mieles y así tienen la oportunidad de vender sus productos. “Podemos generar recursos conservando y atendiendo el paisaje ecosocial, donde la biodiversidad forma parte del desarrollo”, agregó.

Asimismo aseguró que hay lugares que quedan reservados y que “no se presentan a los visitantes porque son de alta fragilidad y no está bueno que se destruyan debido a una gran frecuencia de visitas”.

En el predio de Juan Carlos Rochinha y Shirley Fontes en la Cañada del Sauce, a unos 40 quilómetros de la Quebrada de los Cuervos, se entremezclan gallinas con gatos, perros y ovejas, pero las principales protagonistas del trabajo diario están apartadas del resto.

Esta pareja hace 19 años que se dedica a la producción de miel. Él lo lleva en la sangre: su bisabuelo era apicultor, Rochinha se crió en un apiario familiar y siempre quiso vivir de esa actividad. En un curso del Centro Cooperativista Uruguayo donde se capacitó a varios vecinos rurales, aprendieron sobre la producción de miel y a elaborar todos los elementos que se precisan, desde delantales hasta cajones y cuadros de madera para las colmenas.

Además de ser productores tienen una sala de extracción de miel habilitada, requisito necesario para poder vender la miel. Allí reciben colmenas de unos 18 productores. En la sala retiran los opérculos, raspan los cuadros de cera con un tenedor y luego los colocan en una centrifugadora que va desprendiendo la miel.

“Abajo de ese eucalipto estaban las primeras colmenas”, señala Fontes mientras su esposo revisa cómo va la producción. Les aplica humo para evitar que lo piquen: al sentir el humo perciben el peligro, entonces las abejas se llenan de miel y salen de la colmena. Al tener tanta miel en su interior les cuesta mucho curvarse sobre su vientre, lo que les impide picar.

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Campello muestra una abeja reina, de mayor tamaño que las obreras y los zánganos. FOTO: Mauricio Kühne

“En lo económico hay un antes y un después. Teníamos un ranchito, habíamos comprado unos ticholos para agrandar la casa y cuando empezamos con este emprendimiento los ticholos se fueron todos a servir de base en las colmenas”, comentó Shirley. Ellos, además de vender su miel, también cobran un porcentaje por el servicio de extracción de miel a los otros productores.

“No puedo decir que somos productores orgánicos porque curamos las colmenas en el invierno y además estamos rodeados de soja y arroceras” que contaminan, confesó Rochinha. Las intenciones de trabajar de forma orgánica quedaron por el camino porque “lleva mucho más tiempo. Toda la semana tenés que estar en la colmena, y como es un trabajo que se hace en invierno, si destapás la colmena todas las semanas al final no te da resultado porque se mueren muchas abejas” y por tanto disminuye la producción.

Según Puigdewall se pueden implementar soluciones a problemas puntuales desde el punto de vista del control biológico, pero “no desde la concepción reduccionista de decir ‘me saco este problema de arriba y termino contaminando’”.

En este sentido, diferenció: “Una cosa es tener una visión productivista, cuyo interés es sacar más miel, otra es pretender una buena calidad de miel. Quizás la tenga que vender más cara, pero pretendo mantener la salud ambiental y por tanto no me puedo desarrollar donde hay problemas de contaminación”.

A más de 300 quilómetros de distancia se encuentra el productor Ruben Campello, en Libertad, departamento de San José. Campello cría abejas reinas en un sistema de colmenas baby que él mismo inventó. En su predio de una hectárea y cuarto también tiene colmenas para cosechar miel. Hace algunos años tuvo que negociar con el alcalde y unos productores de soja para que no fumigaran en época de floración. En ese momento tenía 360 colmenas que corrían riesgo de contaminarse por los agrotóxicos. Actualmente vive de la venta de reinas, las produce mediante un celdario artificial que coloca en los panales para que pongan allí los huevos y los alimenta con jalea real (ver recuadro).

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La protección legal convierte a la Quebrada en un lugar estratégico para la apicultura orgánica. FOTO: Mauricio Kühne.

Rochinha tiene unas 230 colmenas dispersas en su predio de cinco hectáreas; no se puede tener más de 50 colmenas en un radio de tres quilómetros, que es la distancia que llega a recorrer la abeja buscando flores. Cuenta que una colmena con cuadros grandes da en promedio unos 20 quilos de miel, pero que algunas llegaron a dar 70 quilos. De acuerdo a su experiencia, cuanto más agresiva es la abeja, más trabaja. “Dejamos que tengan su miel para el invierno; hay apicultores que le sacan todo y después la alimentan con azúcar, y así el proceso que hace la abeja no es el mismo.”

En este sentido también hay dos tipos de manejo. Uno, más allá de la aplicación de químicos, es la explotación de la colmena buscando producir más miel de la que naturalmente ésta puede dar. Eso se hace a través de la estimulación con azúcar, y con proteínas o caseína de leche como sustituto de proteína, lo que provoca un desequilibrio total. “Los productores tienen muchas fórmulas para que la reina empiece a poner fuertemente y desarrollar bien los nidos de postura para aprovechar y cosechar más miel: una lógica completamente perversa, antibiológica, de estímulo para producir más miel y hacer más plata”, comentó.

En cambio, el apicultor natural acompaña la colonia, contempla su salud pero interviniendo lo menos posible en su desarrollo natural. “Ellas pasan muy bien, quedan con su reserva de miel, es un manejo muy amigable con las abejas”, indicó Costa.

Con respecto a la sala de extracción, Costa y Puigdewall coinciden en que no es algo a implementar por todos los productores de miel, depende mucho de su producción. Para Costa no es redituable debido a la poca miel que él trabaja, por lo que opta por extraerla él mismo. “La idea es tener un apiario de unas 20 colmenas como para que me pueda generar algún ingreso.” Por su parte, Puigdewall tiene 60 colmenas repartidas en diversos puntos, las cosecha todas a la vez y las envía a la sala de Rochinha para extraer la miel.

Igualmente considera que este sistema de salas de extracción “no atiende a la concepción de la soberanía alimentaria ni al abastecimiento de los sistemas alimentarios locales” sino que se enfoca en el exportador. “Nosotros no queremos eso, no quiero mandar mi miel a Alemania”, y le parece un despropósito tener que pagar a una certificadora siendo productor orgánico.

Ni Costa ni Puigdewall viven exclusivamente de la producción orgánica; Piugdewall incluso trabaja en el ramo comercial del agua, ingreso que complementa con la miel y oficiando de guía de senderismo.

Quisieran vivir de la producción de miel pero no les reditúa como para poder hacerlo, al menos en esta etapa inicial de su proceso de elaboración agroecológica. Este tipo de producción no sólo requiere sensibilidad y respeto hacia el ambiente y la salud de la colmena para obtener una miel de mayor valor nutritivo, también requiere una formación técnica que no está disponible en el saber académico, ni en la usanza. El sistema comercial dominante –que por cierto atraviesa todas las lógicas del campo– busca generar conductas de dependencia de los productores con respecto a diferentes insumos externos, y de alguna manera es más fácil, rápido y lucrativo.


Trabajo real

Las reinas crecen con una alimentación diferente a las obreras, que comen papilla (polen mezclado con miel). Las alimentan con jalea real, lo que produce una metamorfosis que las convierte en reinas. Las reinas son las que ponen los huevos que van a formar la colonia. “Podés diferenciar una reina joven de una vieja por cómo ponen huevos, la primera lo hace de forma circular y la reina más vieja lo hace más salteado”, detalló Campello.

La reina es la única que puede poner huevos que contengan obreras, ya que para formarlas se requieren sus óvulos y el esperma de un zángano. La reina secreta una enzima por toda la colmena que es percibida por las obreras y les bloquea la posibilidad de poner huevos. Cuando muere la reina, a los dos días aproximadamente, las obreras sienten la orfandad y empiezan a poner huevos, pero dado que no están fecundados sólo forman zánganos. Esto se conoce como colmena zanganera, y desaparecerá a mediano plazo.

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En la Quebrada habita la abeja criolla naturalizada, originaria de Europa. FOTO: Mauricio Kühne.

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