Siempre quiso saber qué había al otro lado de los cerros. A los 16 años se casó con el dueño de un circo y partió a conocer el mundo. Trabajó como peona rural a la par de los hombres. Luchó para que se reabriera la escuela de La Coronilla cerrada por la reforma. Siempre tuvo un propósito: que el casco de estancia de su bisabuelo, en donde se ejecutó la última pena de muerte legal en Uruguay, fuera declarado de interés histórico y recordatorio de los derechos humanos.

Alba Silveira mira a través de la puerta abierta que enmarca el paso nervioso de unas gallinas custodiadas de cerca por un gallo altanero, un tramo de la ruta 39 y el fondo de las serranías de Aiguá.

―Yo siempre quise saber qué había detrás de aquellos cerros. Siempre fui curiosa, inquieta –dice, y levanta leve la mirada hacia el horizonte escabroso.

A los 16 años se casó para poder huir de La Coronilla y cumplir con su sueño de aprender un mundo que sabía más ancho.

―Para una mujer, entonces no era fácil. La autoridad paterna era la autoridad paterna. Pero me las arreglé para que los del juzgado, que eran compañeros políticos de mi padre, le presentaran los papeles de autorización para que los firmara. Los firmó, pero su enojo fue tan grande que el día que me casé se fue para San Carlos o Maldonado, no lo sé.

El esposo de Alba era el dueño de un circo-teatro que se había asentado temporariamente en la región.

―Después del casamiento partimos y recorrimos todos los santos pueblos de Treinta y Tres, de Cerro Largo, hasta de Rivera. Yo actuaba, bailaba y cantaba. En aquellos tiempos era muy bonita. Y ese fue el problema. Apenas un mozo me hablaba, mi esposo se las agarraba conmigo. Yo era muy bonita y él era muy celoso. Como no estaba dispuesta a aceptar malos tratos, me fugué y me volví para La Coronilla.

Alba tuvo seis hijos en cinco partos.

―Dos son mellizos. También tengo un hijo de crianza –dice, y recuerda que para mantenerlos tuvo que trabajar como un hombre.

―He hecho de todo en mi vida. A veces ni lo cuento porque a los muchachos de ahora se les ha de hacer difícil de creer. Trabajé como peón rural con el ganado; en las cosechas, en partidas en las que era la única mujer. El patrón, por las dudas de que hubiera algún desubicado, les advertía: “A Alba me la tratan con respeto. Trabaja a la par de un hombre y merece el respeto. Aquí nadie le regala el sueldo”.

Actualmente es propietaria de un almacén allí, en el paraje La Coronilla, departamento de Maldonado. Piso de hormigón, estanterías que desbordan austeridad de campaña; provisión de viajantes, camioneros y peones rurales; tabaco, cerveza fría, vino tinto y un reloj de pared moroso, acompasado a una región sin tevé cable ni zapping, en donde el arte de prosear tiene la urgencia de ese gato que ahora se despereza al sol y al borde de la ruta.

Ella es bastante más que la almacenera local. Es una caudilla civil. Una mujer fuerte. A su voluntad se debe que la escuela local se reabriera luego de permanecer largo tiempo cerrada, cuando la reforma educativa y el achique de los costos del Estado así lo impusieron. La misma voluntad que en ese entonces la llevó a dar refugio y leche caliente a los niños que esperaban ateridos el ómnibus que los trasladara a la escuela de Las Cañas.

Alba Silveira nació y creció en una tenaz casa de piedra, la casa familiar erigida contra los vientos, en una cima desde donde la vista abarca el paisaje abrupto, de tierras duras, pedregosas, un capricho que tan pronto se abate en un valle fértil surcado por cañadas de aguas transparentes, como, de golpe, repecha en un cerro coronado por centinelas de granito.

A unos cincuenta metros de la casa, cerro abajo, hay un inmemorial corral de piedra que las inclemencias, los animales, unos coronillas y el descuido han ido menguando.

―Desde el corral se veía “la pena de muerte”, yo nací y crecí junto a “la pena de muerte” –sentencia.

“La pena de muerte” es como los vecinos le llaman a la tapera que fuera el casco de estancia de Adolfo Silveira, bisabuelo de Alba, asesinado en 1901 junto a su esposa, dos peones y un niño de 10 años. Y es “la pena de muerte” porque esas paredes de piedra casi ocultas por la maleza también fueron testigos de la ejecución de Manuel Páez y Aureliano González, fusilados en el sitio por disposición de la justicia.

“1902. Último fusilamiento civil.” Caracteres rotundos y escolares en pintura blanca, avisa un tablón arqueado, suspendido de un alambre entre dos postes que también sirven de entrada a un potrero, al otro lado del alambrado de ley que separa del camino. Ninguna otra mención.

Junto a la tranquera hay un cartel deslavado que advierte: “Propiedad privada. No pasar”, y añade lo que parece un 099 algo. Cuanto más necesaria es la foto, el teléfono del encargado más ininteligible se torna. ¿A quién puede hacer mal una fotografía de “la pena de muerte”?

Cuando el alambre de la tranquera ya cede, una voz bien plantada surge desde una isla de árboles. Luego asoma el hombre, boina sobre los ojos, armado de tabaco en la boca. El encargado.

―¿A dónde van? No se puede pasar –dice sin alarma.

No hay argumento en el mundo que conmueva o haga cambiar de parecer a un encargado de campo. La tozudez mansa es parte del perfil del cargo. Que son órdenes de la patrona. Que ya le han hecho cualquier desastre. Le han carneado corderos. Además se acaba de sembrar. Que lo lamenta. Que entiende, pero que no se puede pasar.

Aunque tal vez más tarde, con la ayuda de Alba…

Tres hombres y dos muchachos han hecho un alto en las tareas rurales. Descienden de una camioneta cuatro por cuatro y uno a uno van estirando saludos de manos blandas, presentándose con el apellido. Tienen sed, piden cerveza; el almacén torna en boliche.

Se prosea sobre jineteadas.

Alba señala a uno de ellos, robusto, de unos 40 años, como un jinete diestro. Lo recuerda de muchacho joven. Era uno de los que se refugiaban en el almacén a la espera del ómnibus que lo conduciría a la escuela. El hombre dice que ya no jinetea. Tuvo una rodada fea y su columna vertebral ya no es la que era. Recuerdan que él fue uno de los que participó en las jineteadas, pencas y bailes de campaña con los que se fue recolectando el dinero para las mejoras del local en el que se reabrió la escuela.

A la salida de uno de esos “beneficios” –recuerdan ahora– un policía de La Coronilla le “hizo dedo” a la cachila de un vecino que se dirigía hacia Aiguá. Para su sorpresa, en lugar de disminuir la velocidad, el vehículo aceleró, describió una curva, cruzó la carretera, derribó una portera y terminó entre las chircas, dando varias vueltas sobre sí mismo. Cuentan que el policía corrió como un poseso en auxilio del accidentado, pero cuando llegó a la cachila vio que no había nadie a bordo. Por fuerza, el conductor tenía que haber salido despedido. Comenzó a buscarlo entre las chircas…

Vuelven a romper en carcajadas al evocar al propietario de la cachila por la bajada de la ruta, damajuana de vino debajo del brazo, preguntando si alguien había visto en dónde había dejado su coche.

―Animal, lo había dejado sin el freno de mano –dice uno.

―¡Y qué enojado quedó ese milico! –apunta otro.

Cuando los hombres se van, Alba desaparece tras la heladera y retorna con un álbum entre sus manos. Allí reúne documentos, fotografías, recortes de prensa amarillentos. Es una obsesiva historiadora familiar.

Cuenta que de niña, siempre próximo a los fines de años, su padre reunía a todos sus hermanos y les relataba la historia del horrible crimen de Adolfo Silveira.

―No sé por qué, pero siempre me interesó aquello que había sucedido. A mis hermanos no tanto, pero a mí siempre me movió a curiosidad, era algo que yo quería que se mantuviera en la memoria, que se conociera.

El bisabuelo de Alba llegó desde Brasil y compró un enorme territorio que se extendía desde Lavalleja hasta el arroyo Alférez, en Maldonado. Adolfo Silveira era un hombre trabajador y ahorrativo que con esfuerzo había conquistado una enorme fortuna.

―Ahora se habla mucho de inseguridad, pero ¿cuándo no fue inseguro? Por algo, si usted mira las casas de las sierras, las taperas viejas, va a ver que eran todas de piedra y ventanas chicas y enrejadas, para defenderse.

Alba cuenta que hay quienes dicen que su bisabuelo era mezquino, muy aferrado al dinero, pero que ella cree que no es así. Y dice contar con pruebas: en su familia siempre se mantuvo una narración según la cual Adolfo Silveira pagó el traslado al cementerio de San Carlos de “tres negritas” asesinadas por una partida en uno de los alzamientos finales del siglo XIX.

―Y ha de ser cierto, porque yo misma limpiando matorrales en los fondos de la escuela vieja me encontré con los restos de tres cruces de fierro. Él quiso que recibieran cristiana sepultura.

Alba cuenta también que en tiempos de su bisabuelo era corriente esconder el dinero en el campo, bajo un ombú, entre las piedras, muchas veces lejos de “las casas”, y que su muerte violenta se debió a la traición de un hombre en el que había depositado su confianza: Manuel Páez.

El 5 de mayo de 1901, antes del amanecer, cuatro jinetes parten del caserío de Castillos. Al frente cabalga Manuel Páez en un picazo. Es un hombre corpulento, matón y asesino, diestro con el facón, implacable con el Mauser, mano de obra desocupada de las degollinas de las últimas montoneras del siglo XIX. Sobre sus espaldas carga con las muertes de un sargento de la policía de Rocha y de un soldado que, tiempo atrás, habían intentado detenerlo.

“A poco tiempo de hallarse en libertad, según se ha podido saber, volteó del caballo, con una carabina, a seis cuadras de distancia, a un tal Inocencio o Isabelino Sosa, para robarle.”

Ese es Manuel Páez, que para entonces ronda los 28 años de edad.

De cerca, montado en un moro, lo acompaña su amigo Aurelio González, alto, delgado, trigueño, también ejercitado en el oficio de dar muerte: había servido junto a su padre y su hermano en la revolución de 1897.

“Este individuo [Aurelio González], según comprobamos, era un año menor que Páez, o sea que tendría 27 años. Este cómplice, como veremos más adelante, quizá fuera más ‘hombre’ que Páez, aunque no menos sanguinario. Su padre, Marcelo González, era uno de esos caudillejos de ‘horca y cuchillo’, con fama igualmente de asesino. Hemos leído que este individuo, aprovechando las contingencias revolucionarias, reunía malevos en sus pagos rochenses, para entregarse al robo y al pillaje. No pareció sin embargo desmerecer su fama de arrojado y valiente en los campos de batalla, durante las contiendas armadas de las guerras civiles. Y, ya veremos más adelante, cómo perdida la esperanza de conmutación de la pena capital para los reos asesinos, se confiaba, por último, en la intervención violenta de este personaje para obtener la liberación.”

Páez, el cabecilla, y Aurelio González, su asociado, son seguidos por Isaías, hermano de Aurelio, que monta en un pangaré, y por Juan Carlos Cabrera, que cabalga un cebruno. Estos dos últimos ignoraban cuál era la finalidad de aquella cabalgata.

“[Cabrera], hombre de solar conocido, de unos 40 años de edad, casado, padre de varios hijos, y sin malos antecedentes, al parecer. Se dedicaba a la producción pecuaria. Tenido por hombre de trabajo y de vida pacífica, era sin embargo un individuo de temperamento voluble, débil y manejable, lo que el vulgo suele llamar ‘un pobre desgraciado’.

En cuanto a Isaías González, hermano de Aurelio, era un joven de unos 20 años, casado desde hacía un mes.”

El relato de Alba, recibido de la tradición oral familiar, coincide con el de los historiadores y las crónicas del diario El Día.

Manuel Páez había tenido trato comercial con Adolfo Silveira y se había ganado su confianza. Páez también se desempeñaba como contrabandista y traía yerba y tabaco desde Brasil. Silveira muchas veces le había adelantado dinero para aquellas operaciones.

De un modo u otro, Páez estaba en conocimiento de que Silveira acababa de vender 500 novillos a un águila de oro por cabeza. Una fortuna a la que estaba dispuesto a ampararse aunque ello significara sentenciar a muerte a Silveira y a cuanto testigo se interpusiese. La suerte del bisabuelo de Alba ya estaba echada en la madrugada del 5 de mayo de 1901.

En la puerta de su casa almacén, con sus hijos y nietos.
En la puerta de su casa almacén, con sus hijos y nietos.

El 6 de mayo los cuatro jinetes lo pasaron en viaje a través de la sierra, haciendo un alto para descansar las cabalgaduras y dormitar de ojo abierto. El 7 de mayo se emboscaron en una isla de árboles próxima al casco de la estancia de Silveira.

Aurelio González, el primero en quebrarse en los interrogatorios policiales al oír el llanto de su hermano menor, declaró que “cerca de la puesta de sol, él y Páez, por ser conocidos de Silveira, salieron de la isla y llegaron a la casa de éste, donde desensillaron sus caballos y tendieron una carona como señal, para indicar a Cabrera y al otro cómplice que podían acercarse sin temor, ya que el golpe se daría sobre seguro”.

―Silveira se alegró de ver a su amigo, lo convidó a desensillar y a cenar, le pidió a mi bisabuela que pusiera el mantel en la mesa para recibirlo –cuenta Alba–. El mantel perdió a los asesinos, ya va a ver por qué –adelanta.

Los documentos judiciales refieren: “[…] que aceptada la invitación, se sentaron a dicha mesa, de modo que Páez quedó al lado de los dos peones del establecimiento, Aurelio González lo hizo al lado del dueño de casa, mientras tanto Cabrera e Isaías González vigilaban por afuera. De pronto Páez infirió una puñalada con su daga de gran tamaño a uno de los peones, repitiendo lo mismo con el otro. Y como don Adolfo Silveira se levantara para agredir, defendiéndose, Aurelio González le dio a su vez una puñalada, falleciendo en el acto las tres personas referidas. Que en tal situación llegaron a la casa Isaías González y Juan Carlos Cabrera, y fue degollado el niño de 10 años de edad Irineo Alonzo”.

―Como decía, el mantel los perdió. Sólo se ponía mantel en las ocasiones que Manuel Páez visitaba la estancia. Tal el distingo con que se le trataba –afirma Alba.

También recuerda que la suerte de su bisabuela fue aun más terrible que la de Adolfo Silveira.

―Según el relato que se mantuvo en la familia, la cortaron y le dieron puntazos con los facones para que indicara en dónde estaban escondidas las monedas de oro. Pero mi bisabuela no sabía nada. En aquellos tiempos el hombre no daba cuenta a la mujer de donde tenía su dinero. Finalmente, también fue degollada.

Entre actividad y actividad Alma encuentra tiempo para el bordado.
Entre actividad y actividad Alma encuentra tiempo para el bordado.

La investigación judicial establece que “entonces Páez y Cabrera, con sus dagas respectivas, hicieron excavaciones en los pisos de la casa para encontrar el dinero, hallando cinco medias águilas americanas y un peso y dieciséis centésimos que sacaron del bolsillo de don Adolfo Silveira”.

―La tapera la han dado vuelta cien veces en busca del tesoro. Modernamente, han venido hasta con esas máquinas detectoras de metales. Pero que se sepa, nunca han hallado nada –narra.
Alba recuerda que en su infancia ella misma fue fascinada por la atracción del tesoro escondido en la sierra. Pero está convencida de que no es buena cosa buscar la fortuna que perteneció a otra persona. Cree firmemente que no se debe usufructuar de otros bienes que no sean los obtenidos con el propio esfuerzo.

―Una vez mi padre me vio desde las casas. Yo andaba rebuscando entre las piedras de los corrales. Ni levantada que me pegó. “Mocita, no ande buscando lo que no es suyo”, me dijo.

Los cuerpos del matrimonio Silveira, de los dos peones y del niño fueron encontrados por uno de los hijos del bisabuelo de Alba. Éste dio aviso a la Policía y depositó una sospecha: el asesino debía de ser Páez, puesto que el mantel sólo se utilizaba cuando éste visitaba la estancia.

Páez y sus tres cómplices fueron detenidos en Castillos y trasladados a Maldonado. El asunto pasó a las autoridades del departamento, que por entonces no contaba con más de 4 mil habitantes. Probablemente porque se temía que el padre de Aurelio González, caudillo de gauchos alzados, intentara recuperar a los prisioneros por la fuerza, se trasladó al cuarteto a Montevideo.

Finalmente, el tribunal determinó que Páez y González enfrentaran un pelotón de fusilamiento en el escenario de sus crímenes, el casco de la estancia de Silveira. Isaías González, hermano de Aurelio, y Juan Carlos Cabrera, fueron sentenciados a 15 años de prisión.

―Los trajeron en barco hasta Punta del Este y después hasta La Coronilla, en carreta, enjaulados –cuenta Alba.

Siempre bajo el alerta de que los prisioneros pudieran ser liberados por la fuerza por sus ex compañeros de alzamientos políticos, Páez y González fueron llevados al puerto de Punta del Este en la cañonera General Rivera y escoltados hasta el Aiguá por 25 soldados del cuerpo de elite 2º Regimiento de Cazadores.

Cuando el alambre de la tranquera ya cede, una voz bien plantada surge desde una isla de árboles. “¿A dónde van? No se puede pasar.”
Cuando el alambre de la tranquera ya cede, una voz bien plantada surge desde una isla de árboles. “¿A dónde van? No se puede pasar.”

El 29 de setiembre de 1902, a las 11 de la mañana, ocho soldados se acercaron a cuatro metros de González y Páez. Los prisioneros ya habían desayunado asado, bebido caña y comulgado profusamente.

El sable del oficial se alzó en el aire. Los soldados apuntaron. González, el sombrero requintado, tuvo tiempo para decir:

―Apunten bien, no vayan a errar, muchachos.

Cuando el sable se abatió, las armas atronaron el patio de la casa de los Silveira. Otros dos soldados se aproximaron y remataron a Páez y a González con sendos tiros de Remington.

La ejecución había reunido a una multitud endomingada. Caminando o de a caballo, la gente había ido llegando para presenciar el acto.

Cuando los detenidos fueron abatidos, la multitud rompió en alegres vivas que fueron interrumpidos por un sacerdote. “Entonces salió de la habitación donde se había formado la capilla el padre Pons, quien, dirigiéndose a quienes ocupaban los techos, dijo estas palabras: ‘Pueblo estúpido, pueblo bárbaro, ¿no comprendéis que son nuestros hermanos, que tienen madres que en este momento lloran angustiadas por la desgracia de sus hijos?’.”

―Yo estoy contra la pena de muerte –afirma Alba Silveira–. Pienso que no se puede hacer pagar un crimen con otro crimen. Matar siempre es un crimen.

De la misma manera que salvó a la escuela local, con idéntica obstinación, Alba desea que el viejo casco de los Silveira sea declarado de interés histórico nacional.

―No es que quiera sólo homenajear a mi bisabuelo, sino que es importante recordar que por última vez, en ese sitio, se le quitó la vida a seres humanos legalmente. Es un tema de derechos humanos –dice–. Esto se trató hace años en la Junta Departamental de Maldonado y se aprobó. Pero se ve que se quedó en algún cajón, por ahí.

Los archivos de la Junta Departamental registran una propuesta del edil Luis Huelmo, en la sesión ordinaria del 4 de abril de 2003, que lleva por título: “Última condena con pena de muerte ocurrida en nuestro departamento, declaración de interés histórico del lugar en que acaeciera, según ley nº 14.040”.

El edil fundamenta su propuesta y dice que “para lograrlo, como es un lugar privado, debemos coincidir con el señor Eleuterio Moreno, actual propietario del campo, y proponer, de acuerdo a la ley nº 14.040, reglamentada por el decreto nº 536 del año 1972, que se declare de interés histórico, a los efectos de concederle las exoneraciones legales previstas y poder utilizar este preciado espacio como de interés turístico departamental”, y solicita que sus “palabras pasen a la Comisión de Turismo de esta Junta, a la Dirección de Turismo de la Intendencia, a la Comisión del Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural de la Nación y a la señora Alba Silveira, familiar del señor Adolfo Silveira, que vive en ruta 39, quilómetro 68”.

La casa familiar hecha de piedra hoy está abandonada, pero los recuerdos perduran.
La casa familiar hecha de piedra hoy está abandonada, pero los recuerdos perduran.

La propuesta fue aprobada por 17 votos afirmativos en 19.

―Pero nunca pasó nada. Nunca se logró. Se ve que en alguna parte la cosa se trancó. Y es una pena. Ni siquiera hay un cartel en la ruta que indique lo que aquí pasó, no porque pasara aquí sino porque fue la última vez que se ejecutó a personas legalmente –insiste Alba.

Un parroquiano entra al almacén, pide una caña. Alba vuelve a su tarea.


Nota: Los trozos entrecomillados fueron extraídos de La pena de muerte en el Uruguay. El fusilamiento de Páez y González, del profesor E Artigas Orce Pereira. Intendencia Municipal de Maldonado, edición a cargo del profesor Gabriel di Leone y Gonzalo Fonseca.

Fotografías: Mauricio Kühne