Allí donde en viejas fotos de los años noventa aparecía gente y más gente –familias de trabajadores con niños, habitantes de la zona, solidarios varios– con letreros que decían, por ejemplo, “No privatizar El Espinillar”, hoy surge la nada misma. El esqueleto de la nada misma, dice un poblador. El ingenio azucarero que se levantaba en el paraje, hoy casi que desolado, llegó a emplear al 37 por ciento de los activos de una Villa Constitución que por entonces se consideraba próspera y al 36 por ciento de los de su prima hermana Belén: más de 1.200 personas trabajaban directamente en la mole erguida en medio del campo y en sus alrededores, y bastantes más dependían de ella. Constitución superaba los 3.500 habitantes, casi que llegaba a los 4.000 –dicen que fueron 6.000–, que encogieron y encogieron cuando el gobierno de Luis Lacalle padre la cerró. Se fueron los jóvenes. Se fueron los de edad media, en muchos casos familias enteras. El ingenio abarcaba al cierre unas 4.600 hectáreas. Había llegado a las 10 mil, pero la construcción de Salto Grande inundó buena parte de esas tierras y provocó que la propia Constitución se corriera hacia un costado. El nuevo trazado de la ruta hizo que la ciudad se alejara una veintena de quilómetros más de Salto capital y quedara aislada de otras poblaciones. Fue el primer vaciamiento, la primera desolación –insospechada unos años antes– del dulce territorio azucarero.

Hoy esos parajes siguen buscando destino. Lo han encontrado por partes, en proyectos que le han dado una vida rara. Una cárcel especial, llamada Tacuabé, prácticamente a cielo abierto, se construyó en cerca de 40 hectáreas de terreno de lo que fuera el ingenio. Allí, en las casas que habitaba personal de El Espinillar, viven cuatro presos, con sus parejas y sus hijos. Cuando se terminen de recuperar todas las viviendas, de lo que se encargan los propios detenidos, serán 11 las familias. No hay calabozos. Hay sí vacas y gallinas y terneros, que los internos crían. Hay también una huerta. Y una policlínica. Y habrá un aserradero. A un lado de esa cárcel “modélica” para presos ya rehabilitados está la escuela rural donde van los más chicos de los hijos de los internos. Y después campo y agua. Una gran extensión de campo, por donde podrían fácilmente escapar estos detenidos. Si quisieran. Pero no quieren. La villa está lejos, a unos 20 quilómetros de allí, y por el lado de acá del gran portón de entrada –que junto a una empalizada es la única frontera de la cárcel– serpentea una ruta que ningún ómnibus transita. Pura soledad.

El Espinillar 3 -Foto FEDERICO GUTIÉRREZ
Una vieja oficina también monologa sobre el “desperdicio” del que todos hablan. FOTO: Federico Gutiérrez

Cuando se levantó la cárcel, hace más de año y medio, los vecinos la resistieron. La veían como una imposición más de las tantas que se le hicieron al pueblo desde la oficina lejana de algún burócrata, montevideano o no, como los que decidieron construir Salto Grande sin consultarlos –ni a ellos ni a ningún habitante de estas zonas de Salto– ni analizar las consecuencias que tendría para la villa toda esa agua, o como los que liquidaron el ingenio sin reemplazarlo por algo tangible, trabajable, y a los vecinos los dejaron mendigando o forzados a emigrar. Ahora Tacuabé se instaló, sin provocar mayores problemas, y es parte del extraño paisaje. Siete vecinos de Constitución designados por sorteo trabajan como aprendices de operadores carcelarios, y eso, al parecer, ayudó a construir vínculos.

Pero los habitantes de la villa aspiraban a otra cosa. Por mucho tiempo soñaron con que alguien, algún día, rehabilitara el ingenio. Se lo prometieron. Tabaré Vázquez hace no tanto. Ni modo. Se habla también de un complejo termal en el predio: las condiciones hidrogeológicas (en volumen y temperatura del agua) serían adecuadas, incluso ideales, y la propia mole abandonada del ingenio podría reciclarse. Pero ahí sigue la mole. Una gigantesca construcción metálica ya casi sin vidrios, vaciada de todo, rodeada de vegetación, de restos de aparatos, de máquinas herrumbradas, con un guinche a un lado que ya no levanta ni un pelo y un tanque de agua que chorrea líquido desde lo alto por un agujero que le hizo el tiempo. La maquinaria fue vendida como chatarra y funciona hoy en ingenios de Argentina y Paraguay; por un turbogenerador un chatarrero sacó diez veces más de dinero del que invirtió en su compra. “Fue un vilipendio a la propiedad pública”, dice el alcalde de Constitución. Más allá, muy cerca, aparece un puente que comunicaba el ingenio con el arroyo, también herrumbrado.

El mismo paisaje industrial ruinoso y abandonado de los frigoríficos y las textiles y los talleres ferroviarios, dejados como cadáveres del Uruguay industrial.

Y bandadas de loros y cotorras. Después las plantaciones de cítricos, mandarinas, naranjas, limones, el actual y monocorde recurso agridulce de Constitución y Belén, que le ha cambiado, que le ha acentuado el olor a la zona.

Las ventanas desvencijadas del gigantón. FOTO: Federico Gutiérrez

A mediados de la década pasada su hija Maiana le pidió a Jean Paul Bidegain que volviera al lugar donde había trabajado por años siendo joven. El antiguo cura obrero, que estuvo preso acusado de vínculos con el MLN y luego marchó al exilio en el País Vasco francés –un retorno a los orígenes para la familia– fue peón en El Espinillar en los sesenta y participó en las luchas gremiales en el ingenio. En un pasaje del documental Memorias de lucha, Bidegain se cuela por las ventanas desvencijadas del gigantón, lo recorre por dentro, se pasea por los alrededores, por el lago, por el río, recuerda cuando trabajaba en la carpera, en el riego, en la zafra, el corte y la cargada de la caña de azúcar. Se proyecta décadas atrás, cuenta que allí pasó los mejores años de su vida, que allí “conoció el trabajo”. Le parece increíble que todo eso ya no esté, ese desperdicio. Piensa que se lo puede reactivar. Insiste en el desperdicio. Se sienta en uno de los bancos de cemento que dan a la soledad acuática y dice: “este río, este lago, este cielo, estos atardeceres hacen suspirar”. Y luego: “sigue habiendo tanto para hacer…”

Galería de imágenes: Federico Gutiérrez