Algo más de una década de trabajo en la escuela alcanzó para que los padres de sus alumnos la llamen en broma “roba hijos”. Esta maestra de Treinta y Tres, que duerme en la escuela de lunes a viernes, se ganó el mote a fuerza de dedicación. Los alumnos viajan de lejos para tenerla como docente. Hace mucho que encontró su vocación y el lugar perfecto para cultivarla.

Rincón de los Francos no figura en el mapa ni el GPS lo reconoce como el caserío que es, a 30 quilómetros de la ciudad de Treinta y Tres. En esta localidad se levanta la escuela rural número 37, rodeada de flores y frondosos árboles, con el pasto cortado, con su escudo y sus banderas. Nada más entrar en el único salón de clase se ven dos globos terráqueos, un gran mapamundi colgado y un papelógrafo con las latitudes, los hemisferios y los puntos cardinales dibujados con marcador. Quizás el mundo no sepa que allí hay una escuela, pero sus alumnos saben exactamente dónde están, y su maestra hace tiempo que comprendió cuál es su lugar en el mundo.

Cada mañana, entre el lunes y el viernes, los niños de esta escuela recorren un lento camino de piedras incómodas, de pozos y de polvo. Dos de ellos son los hermanos Soledad y Francisco Cela, de 6 y 8 años, quienes viajan en moto 14 quilómetros, de ida y de vuelta, contemplando un paisaje sereno que apenas rompe su monotonía con algún puñado de vacas, de ovejas pastando o de ñandúes atletas que corren aprisa hacia no se sabe dónde. A Soledad y a Francisco los lleva Cecilia, su madre. Ella cuenta que hay una escuela a cinco quilómetros de la estancia en la que su marido es peón y en la que armaron su hogar, sin embargo hacen el largo recorrido hasta Rincón de los Francos. Algo parecido dice Daniela, madre de Diego Lima, de 5 años, cuya casa queda a 23 quilómetros; y también lo dice la madre de Bahía de los Santos. Lo que las lleva a preferir esta escuela es su maestra, Lilián Pereira.

A las diez de la mañana, con su túnica blanca inmaculada y sin ninguna arruga, Lilián Pereira recibe a sus seis alumnos de entre 5 y 10 años. Ya en el aula, se pasea entre dos mesas ovaladas alrededor de las cuales se sientan los niños. Hoy en la clase hay mucha concentración. Están ejercitando matemáticas y la maestra tiene dos frentes abiertos. Los más grandes hacen fracciones, los más pequeños aprenden los números contando monedas. Ella se acerca a cada uno y le hace una pregunta. Va y vuelve. Los deja pensando. Diego, el más pequeño, la mira de ojos bien abiertos, con las manos sujetando sus cachetes colorados.

En la otra ala de la habitación hay un espacio para sillones, juguetes y una biblioteca. La variedad de objetos que se encuentran en el salón va desde peces vivitos y nadando hasta insectos disecados, desde maniquíes para lecciones de anatomía hasta afiches sobre cómo emplear la coma. También está la imagen de Varela colocada encima de la estufa a leña, y hay varios Artigas desperdigados por las paredes. Todo está en orden.

Lilián es una mujer bonita, de pelo castaño, ojos verdes, mirada clara y sonrisa franca. Tiene 43 años y hace 12 que llegó a Rincón de los Francos. No es de campaña, pero se siente a sus anchas en ella. Los veranos de su infancia los vivió rodeada de campo: su tío la pasaba a buscar el mismo día que empezaban las vacaciones para ir a campaña. Eligió magisterio y estudió en la ciudad de Treinta y Tres. Ejerce desde hace dos décadas. Siempre trabajó en escuelas rurales. Siempre eligió trabajar en escuelas rurales.

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Foto: Artigas Pessio.

Para optar por la enseñanza en zonas rurales tuvo que renunciar a dormir todos los días en su casa, ubicada en la ciudad. Duerme en la escuela de lunes a viernes. El terreno de Primaria tiene una casa con una sencilla cocina, una sala de estar y los dormitorios. No hay ningún lujo, sólo los implementos básicos para funcionar. Recién los viernes a las tres de la tarde Lilián se sube en su camioneta, que ese día también carga con los alumnos a los que va entregando a sus padres por el camino, y se va a su casa, donde vive con Manuel, su marido.

A Manuel lo conoció cuando ella estaba por recibirse. Se ennoviaron y se casaron viéndose sólo los fines de semana. Él es bombero y trabaja en un régimen de guardia de 24 horas y libra otras 48, lo que le permite visitarla con frecuencia. Le ayuda en las tareas de reparación de la escuela y colabora en lo que haya que hacer. No tienen hijos.

La historia del nombre del lugar no está claro, pero se sospecha que en la zona se instaló un tal Franco, y cuando tras su muerte se repartió el terreno entre los herederos, el apellido se pluralizó. Hay muchos Franco en la zona, pero hay sólo dos grandes estancias y tienen otro apellido. Una arrendada por un brasileño y otra comprada por un argentino que no vive allí, sino que tiene un administrador que la gestiona. Nunca vieron a los estancieros, no saben quiénes son, admite la maestra.

Por el contrario, sí conoce bien a los padres de sus alumnos. Todos son peones de estancia o pequeños productores rurales, como don Lima, padre de Álvaro, el único alumno que vive relativamente cerca. Los siete hijos de Lima estudiaron en esta escuela y los cuatro menores cursaron con Lilián. Lima cuida una vaca y una chancha de la maestra, y la ayuda en lo que está a su alcance. Al igual que todos los padres. Y viceversa: Lilián busca trasmitirles lo que sabe, lo que aprende. Hace unos meses hizo un curso en el Sistema de Información Ganadera sobre la trazabilidad de los animales y ahora quiere explicarles a los vecinos lo que aprendió. También les enseña computación a las madres de sus alumnos.

“La maestra se aquerenció acá”, dice Jackeline, la ayudante de la escuela con quien Lilián se arremanga la camisa para que las instalaciones estén siempre en buenas condiciones. Jackeline asegura que la actitud enérgica y emprendedora de la maestra llevó a superar muchas adversidades. “Antes era todo chircas y no había ni luz ni agua.” A los dos años de haber llegado Lilián, instalaron la electricidad. De a poco, junto a los padres, se fueron arreglando techos, pintando paredes, cortando el pasto. También se construyó un lugar para tener animales de granja. El agua de OSE llegó el año pasado.

Jackeline habla de “Lili” con admiración y cariño. Le está muy agradecida porque Flavia, la menor de sus dos hijas, prácticamente vivió con la docente durante la primaria. Llegaba los lunes a la escuela y se iba los viernes. Jackeline en ese entonces vivía muy lejos (ahora se construyó una casa en el terreno del suegro, que vive en la localidad). Flavia ya es una joven de 17 años que reside en la ciudad. “Yo siempre digo que es una roba hijos, porque los niños no se quieren ir de acá, la adoran.” Se fue Flavia y llegó Esteban, sobrino y alumno de Lilián, que acaba de cumplir los 10 años. Esteban se queda de lunes a viernes en la escuela. Retornará definitivamente a la ciudad cuando empiece el liceo.

Las clases multigrado son el método de enseñanza extendido en el mundo para combatir el aislamiento de las zonas rurales. En el aula, cualquier área del conocimiento se aborda a partir de un tema muy general, apto para todos, y luego cada uno de los niños profundiza de acuerdo con su grado. Una metodología que Lilián considera estimulante para los alumnos: “Ellos comparten los saberes. A veces el de jardinera quiere contestar lo que se le pregunta al de segundo año, la niña de primero se pone a estudiar como loca las tablas de multiplicar, también se estimula en la lectura. He comprobado que juntar niños de distintas edades tiene una gran fortaleza”.

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Fotos: Artigas Pessio.

Ella está en desacuerdo con las críticas que se le hacen a este sistema, por los problemas que pueda padecer un alumno al tener siempre a la misma maestra: “Lo veo como una riqueza, porque cada año sé dónde continuar, sé lo que más les gusta y por dónde ir. Los conozco muy bien”. Ha constatado sin embargo que si los niños son pocos, no hay estímulos. Por eso teme que no haya renovación del grupo. Pero además de los pocos niños, una de las dificultades de las escuelas rurales es que no hay muchas maestras que opten por enseñar en estos centros. En Rincón de Gadea, por ejemplo, localidad cercana a Rincón de los Francos, los alumnos han pasado meses sin clase.

A las materias obligatorias Lilián incorporó la crianza de animales y el trabajo en la huerta. “Quiero rescatar los saberes de la zona y verlos de otra manera en el aula, convertirlos en algo científico.” Si un animal está enfermo, entonces investigan cómo se llama esa enfermedad, qué la provocó y qué remedio existe. También propone sembrar de acuerdo a las estaciones y conocer más sobre la variedad climática. La idea de criar animales surgió cuando los padres empezaron a regalarle ovejas guachas, terneros, pollitos y lechones. A ensayo y error fue conociendo cómo trabajar en el campo, pero también fue discípula de sus propios alumnos. Aprendió, por ejemplo, que es un crimen que una chancha muera de vieja, así que hace de tripas corazón y se la come.

Aunque ese día a la hora del almuerzo hay milanesas de pollo, y aunque tienen sabor casero, no son de su propio gallinero. Los niños se sientan en el comedor, Jackeline le sirve a cada uno su plato y todos comen con mucho juicio.

También hay postre: boniatos en almíbar preparados por la madre de Lilián. Terminan de almorzar, se cepillan los dientes y van al recreo durante media hora. Se suben a los árboles, juegan a la pelota, montan el subibaja. Corren. Corren. Corren.

De vuelta en el salón, no tan peinados como en la mañana, se sientan a redactar y leer.

—Maestra, ¿qué dijo que tenemos que hacer? –preguntan casi en coro.

—Leé cuál es el tema, Soledad –pide Lilián.

—Lll-oo-ss-aa-grrr-ooo-too-xi-cooos. Los agrotóxicos –afirma Soledad, y mira a Bahía, que está a su lado.

—¿Y qué son los agrotóxicos? –les pregunta.

Responden desordenados y recuerdan la jornada que tuvieron la semana pasada en otra escuela para hablar de este tema (por lo general, se realizan cuatro encuentros entre las cuatro escuelas de la zona para que los niños estén en contacto con otros pares). Los tres alumnos mayores escriben en sus XO sobre la experiencia; los más pequeños juegan a una especie de ludo gigante en el que tienen que ir avanzando en los casilleros a medida que van conversando, entre otros asuntos, sobre la importancia de lavarse las manos cuando se usa un antipulgas para el perro o de poner una etiqueta cuando se coloca uno de esos productos en una botella de refresco. Lilián se ríe mucho. Está de buen humor.

El respeto de los alumnos hacia la maestra es absoluto. Ella opina que el que la traten de usted es un poco antiguo, pero en el fondo lo que más le gusta es que la llamen así. “No es porque me sienta superior, sino porque soy orgullosamente maestra, que me digan ‘la maestra Lilián’ para mí es lo más lindo.” Siente una profunda vocación. “He tenido muchas gratificaciones, me han traído niños de otros lugares y me han dicho que ha sido por mí. Eso me hace muy feliz y me hace seguir en esto.”

La docente no quiere un traslado a otro centro educativo. Cuando la tratan de convencer de que se mude a una escuela en la ciudad para estar más cómoda o para ascender de grado, no duda de la respuesta: “¿Para qué? ¿Para irme y estar desconforme? Si yo estoy feliz acá, ¿me voy a ir para que me aumenten cinco, seis mil pesos y luego andar llorando por los rincones? Acá tengo mis dificultades, pero las prefiero. Elijo estos problemas. Eso lo tengo claro, claro, claro”.

Aunque reconoce que le gustaría tener más contacto con otros docentes, nunca se ha sentido aislada: “Por el hecho de estar acá, nunca me sentí sola. Nunca”.

El arraigo al lugar le hace temer el cierre de la escuela. “Siento que esta es mi casa. A veces mi esposo me recuerda que esta escuela no es mía, porque cree que si me tuviera que ir sufriría mucho. A mí me da miedo, pero eso no dependerá de mí sino de la matrícula.” Si tuviera que irse, ya sería para su casa: “He conseguido una cantidad de cosas, hemos acondicionado mucho el lugar, ahora tenemos luz y agua, tengo muy buenos materiales didácticos para trabajar. Volver a pelear por esas cosas ya no quiero. Este es mi lugar”.

A las tres de la tarde termina la jornada escolar. Lilián les pide a los niños que vayan guardando las cosas. Ella sale a alimentar a los animales, de túnica puesta. Los niños se van a jugar, pero nadie tiene prisa por irse. Las madres van llegando y a las cuatro de la tarde Lilián le ofrece un trozo de torta a cada uno, también a las madres. Se quedan conversando y disfrutando del sol casi primaveral. Algunas veces la extra-hora es hasta el otro día, si la lluvia vuelve intransitables los caminos o si los padres se demoran en la ciudad por algún motivo. A los niños les gusta dormir allí.

¿Será cierto lo de roba hijos? “No es mi intención que se queden, sino ayudar. A mis alumnos quiero darles lo que puedo para que mañana sean hombres y mujeres de bien. Eso sí, lo que corresponde a la escuela, porque la educación depende de los padres.” Con la voz un poco quebrada confiesa el principal legado que quiere dejar en sus alumnos: “Que cuando lleguen a la ciudad, cuando vayan al liceo, se sientan orgullosos de ser rurales. Que sientan orgullo de haber tenido todas las oportunidades”.

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Foto: Artigas Pessio.