Según un antiguo relato, Chamangá debe su nombre a la deformación de “Tía Mangá”, el apodo de una china vieja y bruja, que por 1880 tenía su rancho en las cercanías del arroyo que hoy lleva ese nombre. Hay también quienes dicen que es una palabra de origen guaraní que significa “camino sombrío”.

La localidad rupestre de Chamangá forma parte del geoparque Grutas del Palacio, y se extiende por 120 quilómetros cuadrados en Flores, al este de la ciudad de Trinidad y próxima al límite entre Durazno y Florida. Está comprendida por la cuenca del arroyo Chamangá y sus afluentes: los arroyos Molles, Tala y Duraznito. Para llegar hay que recorrer un camino vecinal que se encuentra a la altura del quilómetro 164 de la ruta 3.

Praderas naturales y cadenas rocosas son los paisajes más frecuentes del lugar. Abundan también los pastizales, refugio ideal de especies silvestres, como mulitas, zorros, carpinchos y ñandúes. Aquí se han registrado más de cien especies de aves; entre las más comunes: el churrinche, la garza blanca y el chajá.

Generalmente los afloramientos de rocas (principalmente granito) acompañan los principales cursos de agua –Chamangá y Molles–, que aún conservan el bosque de galería nativo en gran parte de sus riberas. Pero lo que hace al lugar más atractivo es la historia que esconden muchas de esas piedras, lienzos donde hombres de otro tiempo hicieron representaciones pictóricas con trazos y figuras geométricas abstractas. Se trata, nada más ni nada menos, de las huellas que dejó la población que ocupó el territorio uruguayo hace más de 1.500 años. Son además las pinturas más antiguas de que se tiene registro en el país. Dispersas en 200 quilómetros cuadrados, hay que tener buen ojo para ver algunas de ellas, ya que suelen pasar inadvertidas, incluso para los que conocen el lugar.

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El arte rupestre se esparce por más de 200 quilómetros cuadrados en el departamento de Flores. FOTO: Artigas Pessio

Según el arqueólogo e investigador Andrés Florines, “ya en la década del 70 del siglo XIX se empezaron a conocer las primeras pinturas al sur del Río Negro; desde entonces se han descubierto unas 75, de las cuales 43 están en Chamangá”, además de otras diez en el resto del departamento de Flores.

En general el arte rupestre se ubica en afloramientos de rocas, con la particularidad de que las pinturas se encuentran al aire libre, es decir, no están protegidas de agentes externos que puedan deteriorarlas, por lo cual se requiere una atención que asegure su preservación en el tiempo.

Los primeros registros en esta zona son de 1905, fueron hechos por Agustín Larrauri, un arqueólogo local. A lo largo del tiempo las pinturas sufrieron numerosas amenazas (incluso muchas fueron destruidas) a partir de la irrupción en el área de canteras para la explotación de granito. Sobre finales de la década del 90 se le negó el permiso a una empresa minera que pretendía explotar una cantera ubicada muy cerca del arroyo Chamangá; y tras ello llegó finalmente la decisión de proteger la zona mediante la conformación de la Comisión Especial de Chamangá, en el año 1999.

Su función fue preservar el acervo rupestre de la zona frente a las amenazas provenientes tanto de los humanos como de factores climáticos o de otro tipo. A su labor se debe que el 12 de enero de 2010 fuera aprobado el ingreso del área al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP), en la categoría de paisaje protegido.

En los últimos años el lugar cobró importancia científica y se inició una serie de investigaciones para conocer más sobre su historia.

El área tiene la particularidad de ser la única ubicada en su totalidad en terrenos privados, y desde su ingreso al SNAP es asiduamente visitada por personas y grupos interesados en conocerlas.

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A la pintura color sangre utilizada se la conoce como hematita, un mineral de óxido de hierro. FOTO: Artigas Pessio

Con respecto a las pictografías, “se trata de figuras geométricas –cruces, escaleras– asociadas al estilo grecas, muy característico de la región sur del continente; un modo minimalista combinado en ocasiones con diseños complejos que se repiten o a veces aparecen aislados”, señala Florines.

Según los investigadores, al material de la pintura color sangre utilizada por aquellos hombres prehistóricos se le conoce como hematita, un mineral de óxido de hierro presente en la zona, al que mezclaban con elementos orgánicos, como grasas animales o vegetales.

Según Florines no es posible adjudicar a un grupo específico la autoría de las pictografías.

Hace 6 mil años habitaban nuestro país dos grupos importantes: el primero construyó los cerritos de indios habituales en la zona de Rocha, el segundo se ubicaba del otro lado del territorio y lo conformaban los alfareros del litoral, en las cuencas bajas de los ríos Paraná y Uruguay; ambos eran muy diferentes a los grupos nómades que luego conocimos como charrúas o minuanes.

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FOTO: Artigas Pessio

El arte rupestre se ubica en un territorio en pugna entre esos dos grupos, al menos esa es una de las hipótesis de trabajo en Chamangá, así lo dice Florines, aunque aclara: “aún estamos en esta parte más dura de la investigación, que es precisamente averiguar sobre la vida de aquellos hombres y mujeres”.

Los investigadores y expertos en general señalan que el arte rupestre “está condenado en el mundo”, porque es muy difícil de preservar.

La principal amenaza es el vandalismo cometido de manera voluntaria, además de otras acciones perjudiciales provocadas por el hombre (canteras industriales, elaboración de materiales de piedra, como los postes, uso indiscriminado de agroquímicos), pero también sufre los embates de otros agentes externos que lo afectan.
El ingeniero agrónomo Horacio Irazábal, integrante de la Comisión Asesora Especial de Chamangá, señala en este sentido: “los líquenes y otros tipos de hongos que se depositan sobre las rocas se han transformado en un serio problema para su conservación, ya que las van invadiendo y tapando”.

Desde la comisión destacan también el potencial de Chamangá como zona para el desarrollo turístico-cultural; y al respecto la directora del área, la arquitecta Margarita Etchegaray, menciona como objetivos clave: “preservación, investigación, educación ambiental, recreación y turismo sostenible, esto último como una experiencia social y también emocional”.

Gracias al pionero doctor Larrauri, primero, y a la voluntad asumida por diversos actores, después, se está intentando proteger el único registro pictográfico que tenemos de nuestros antepasados prehistóricos. Felizmente hoy las piedras de Chamangá continúan resistiendo el paso del tiempo, como fieles testigos de un pasado muy lejano. Está en nosotros mismos como sociedad aprender a valorar y cuidar de ellos.