Sale a los montes desde que tenía 20, ahora tiene 71: la cuenta da 51 años de cazador, el que lleva más tiempo en el rubro, o esa es su fama. Cruza los brazos llevando las manos abiertas debajo de las axilas, como quien se prepara para recordar un gran relato: “Vení, vení, te voy a contar algunas mentiras para que veas que algunas son verdaderas”. Así es como aparecen despacito las historias del Paco Perdomo montado en un jabalí, los legendarios perros el Tigre y el Suerte, las cruceras enroscadas en el pasto caliente del verano, las oscuridades del pajonal.

No vas a encontrar a un cazador o pescador que no sea un mentiroso, me advirtieron Carlos Nieto y sus amigos de Río Branco. Siempre a la presa difunta se le van agregando unos quilos por año y todos dicen haber cazado al “cojudo” más grande, al “padrillo” más pesado.

Luego de la cacería, algunos suben el bicho entero con las patas atadas a lo largo y ancho del capot del jeep y lo pasean por el pueblo frente al espanto de las vecinas. La cabeza del jabalí se la lleva de premio el cazador cuyos perros sufrieron más en la pelea, porque el que no tiene testigos o trofeos no existe. Y el que no compadrea no es cazador.

Un gran cuadro muestra a Carlos Nieto de joven, bigote bien armado y ropa de ocasión, junto a otros cazadores; los cuchillos en alto con el filo brillando al sol y las escopetas alineadas al cuerpo, sus tantos perros y el botín de guerra: las tres cabras a las que dieron caza sobre las rocas de Zapicán, en Lavalleja. Les corre cabeza abajo un hilo rojo en la lana bien blanca.

Las fotos viejas siempre incluyen perros, o chanchos enormes colgando de algún árbol al lado del cazador que –orgulloso– brinda una escala del tamaño del animal. Pero no sólo las fotos y trofeos perpetúan la anécdota en el tiempo. También los versos de los juglares que Carlos lleva consigo, para memoria de los que estuvieron y de los que no: “Hombre bicho diablo/ violento por naturaleza/ que enfrenta peligros aunque no le parezca/ Cazar jabalí no es tarea fácil/ es bicho fuerte con buenas presas/ cuando se siente acorralado juega su vida con mucha destreza/ cortando perros o el que aparezca/ defendiendo su libertad que al hombre molesta/ Montes y bañados son su residencia natural/ a nosotros barra ‘Los Caciques’ nos tocó enfrentar a este terrible animal/ Cortó perros y fue muerto a puñal/ nos queda el recuerdo de esa batalla campal”.

*

Es sabido que la mejor época para cazar jabalíes es el invierno, cuando el calor no aprieta y no hay riesgo de pisar cruceras enroscadas “como tortas” entre los yuyos, o sufrir el ataque de los mosquitos o los tábanos, fieras peores si se presentan en grupo. Si la noche descubre a los cazadores a quilómetros del campamento toca hacer un pozo en la arena y cubrirse de ella más algunas ramas para atajarse a veces del frío y otras de los insectos. En el monte también hay que saber esquivar con astucia las uñas de gato, esa maleza de espinas enroscadas que se van incrustando en el cuerpo, y de las que tirar es peor. O la greda negra que absorbe a los hombres como la arena movediza en el cine.

Se sabe también que las mejores salidas son las que menos se planean. Sólo alcanzan los perros, los cuchillos afilados, algo que comer y tomar durante el fin de semana (Carlos es famoso por llevar una magnífica combinación de dulce, queso y leche a los campamentos). Y bolsas de papas, fideos, la cachaça brasileña, varios litros, para que no se ponga fría la noche y nunca falten las historias de fogón.

Ahora son los mismos dueños de los campos los que llaman a los cazadores para que acudan a hacerles un “servicio” porque los chanchos les están comiendo las ovejas o destrozan los cultivos. Los jabalíes son locos por el sorgo, la soja, las plantaciones de papas o boniatos, las de choclo. Corren por los maizales dejando el surco a gran velocidad, cortando a puro hocico la caña por la mitad hasta derribar el fruto, porque también se sabe que las patas cortas (“cortito como patada e’chancho”) no les permiten llegar hasta allá arriba donde está el marlo.

Otra verdad: nunca dos cacerías se presentan iguales, jamás. Y como “corredores de chanchos hay muchos, pero cazadores son pocos”, Carlos dice que hay que saber seguirles el rastro. En el monte, en la pradera, en el bañado todo es un indicio: las huellas de las pezuñas que van dejando el trillo, los echaderos, las hozadas, los revolcaderos en el barro (allí se dibuja la horma del animal y por lo tanto su tamaño), los árboles que usan como frotadero o los colmillos marcados en los troncos, señal de un jabalí marcando territorio.

El jabalí siempre prefiere huir antes que atacar, es más bien arisco. “El que diga que el jabalí es agresivo, es porque se metió en la vida de él”, asegura Carlos. Pero si es que se sienten realmente acorralados se defenderán de abajo hacia arriba, buscando cortar con los colmillos a cuanto perro se le cruce. Y si el objetivo es un humano, mucho peor, allí el chancho levanta la cabeza con violencia apuntando a la entrepierna. La hembra “jabaliza”, en cambio, busca morder o atropellar hacia adelante.

“El macho se resiste más, es mucho más feroz”, resume Carlos. En seguida le vuelve la adrenalina al cuerpo y recuerda aquella vez, en Tupambaé, con 16 perros y un “jabalí cruza” tan grande y viejo que el Paco Perdomo, subido a caballo del animal y con una 44 en la mano, no lograba que ninguna de las balas atravesara el grueso cartílago de la cabeza (“quedaba el plomito afuera”), hasta que apareció otro mengano que lo volteó con un tiro en el medio de la oreja. Al caballo se le doblaban las piernas cuando le tocó cargar al bicho encima.

Los más baqueanos saben diferenciar: el chancho jabalí es ancho de adelante, bajo de atrás, corto, y si es puro difícilmente supere los 170 quilos, mientras que si es cruza puede llegar a los 200. Si la jornada anduvo bien, al final del día habrá carne roja, oscura y magra para poner al fuego. Y más adelante, lejos del campamento, no faltarán jamones ahumados, milanesas, chorizos frescos, salames, bondiolas. La carne de los jabalíes más veteranos –y por lo tanto menos tiernos– destinada a la parrilla se dejará marinar por un par de días en vino o en un adobo fuerte, o descansará junto a cebollas, ajos, tomates, sal, pimienta y más vino en un estofado de los dioses.

Un jabalí atrapado durante la última cacería. Lo sueltan cada tanto y así entrenan a los perros. FOTO: Agustín Fernández
Un jabalí atrapado durante la última cacería. Lo sueltan cada tanto y así entrenan a los perros. FOTO: Agustín Fernández

Carlos Nieto vive un poco en todas partes. De mañana y de tarde viaja a trabajar hasta el local de remates que lleva su nombre, en Río Branco, frente al hospital del pueblo.

Al mediodía la tierra de las calles vuela de aquí para allá. Basta con que pase un solo auto por hora para que la polvareda invada la nariz, se pegue en la piel y los veintipocos grados de temperatura parezcan treintalargos. Uno entra a desear que una llovizna leve aplaque un poco aquella nube.

Pueblo de frontera, lengua de frontera, comida de frontera. En un galpón gigante se amontonan muebles viejos, armarios nuevos de madera brasileña, sillas de reliquia (todas diferentes), cocinas de hierro, heladeras, platitos con pocillos de colores, y todo se deja ver a través de un pasillo finito que no admite varios recorridos. Arriba varios carteles pintados a mano avisan: “Compre y pague con cosas usadas”. La gente saluda y pregunta por “lo que te encargué la semana pasada”, y recibe a cambio un “todavía no ha llegado”.

“¡Víctor! ¡Víctor!, Sacá estas mesas para afuera”, “¡Victor! Poné el nylon para que no entre el polvo”, le dice Carlos a su ayudante en el local, y sin chistar allá va su amigo Víctor a colocar, como todas las mañanas, los paneles caseros construidos con nylon para atajar la polvareda de la calle.

“Algunos se preguntan por qué me paso todo el día acá, entre todas estas cosas, si no me hace falta el dinero, pero a mí me gusta, yo soy así”. El año que viene se jubila con un gran remate final, porque “es lindo llegar a esta edad chiveando” pero “a mí no me quedan muchos años” repite apocalíptico, aunque su estado físico y su vida de cazador le hayan impreso una estampa que derrocha juventud.

Cazando, la semana pasada, Carlos perdió su celular en un arroyo, pero desde el teléfono de su improvisada oficina puede controlar el mundo: “ahora vamos a llamar a fulano, que cazó conmigo y no me deja mentir”. Desde arriba del escritorio, una cabeza de jabalí petrificada y amurada a un gran escudo de madera nos mira a todos sin rencor, con la boca abierta, los colmillos aún afilados y esos ojos disecados que vieron aquella vez, como ven ahora, al cazador que le dio muerte. Al cazador que ahora recibe manso a las visitas.

A la noche regresa a su casa de Yaguarón, ciudad de calles empinadas y viviendas de dos pisos como máximo. Ya han pasado aquellas épocas donde cruzaba el puente para vender cigarros baratos de frontera, o el perfume Tabú que “se le sentía a las mujeres a 500 metros de distancia”. Su familia, toda brasileña, incluye en una misma casa a esposa, hija y los dos nietos de su fascinación: Giulia de siete años, hermosa jugadora de truco y dueña de las adivinanzas más complejas (y que con su portugués agrega más dificultad al forastero) e Inácio de 11, con grandes habilidades para el salto a caballo. Su abuelo cree que el entrenamiento como jinete lo prepara para ser un gran cazador, un nieto digno de Nieto.

También está la casa de descanso en la Laguna Merín, que parece chica por fuera pero es inmensa por dentro. Le gusta porque puede tirar anzuelos a tan sólo dos cuadras. Con la crecida de las últimas lluvias la laguna no tiene costa, casi no hay arena y el agua dulce golpetea contra el murito de las casas que tienen el privilegio –y el infortunio– de chocar de frente con el mar.
“Você não vai encontrar outro Carlos Nieto”, nos dice despidiéndose su mujer Isabel, y probablemente tenga razón.

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Fue el viejo don Aarón de Anchorena quien tuvo el capricho de introducir el jabalí (Sus Scrofa según su nombre científico) en su estancia con fines de caza, en los años 20 del siglo pasado. Dicen que los animales fueron importados desde la zona del Cáucaso europeo en su propio barco El Pampa (también tenía un globo aerostático bautizado El Pampero) directamente hacia Colonia.

Además de la fina estancia con estilos Normando y Tudor, Anchorena encargó el diseño del parque que rodea la casa a un paisajista alemán: introdujo allí el jabalí y el ciervo axis, mandó a traer diferentes especies exóticas y su estancia se convirtió en un importante coto de caza de la región. Soltaron o se escaparon algunos ejemplares de chancho jabalí y fueron tomando el Río Negro y afluentes hasta expandirse a todo el territorio nacional. La explosión demográfica de esta especie contó con un ambiente favorable –bosques, pradera, palmares, pajonales, bañados–, la inexistencia de depredadores naturales y la flexibilidad genética propia de su especie que le permite adaptarse casi a cualquier hábitat. Hoy existen tres tipos de animales en el país: el cerdo salvaje, el “chancho cruza” y el jabalí puro.1

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“Vení, vení que te voy a contar esta historia: los chanchos jabalíes adultos nadan que es una cosa increíble. Hace diez años mi hermano El Meco salió con el loco Walter Farias, agarraron la lancha y yo me quedé en el campamento. Les dije que agarraran salvavidas, y me gritaron ‘¡Andá, maricón de mierda!’ El arroyo estaba malo ese invierno, el Tacuarí muy arriba, muy crecido… Se fueron en la lancha y al retorno venían a favor de la creciente a una velocidad impresionante, de repente pechan un tronco, la lancha se dobla y vuelca. Manotean unos gajos. Walter queda ahí en el medio del río. Y a mi hermano se lo lleva la corriente, a unos metros consigue prenderse de una ramita y ahí se agarra. Esto fue de noche, a las diez: pasaron esa noche, la mañana y parte de la tarde bajo agua. Cuando llegamos a su campamento y sólo volaban las moscas me di cuenta que la cosa no estaba pa’ bromas: eran las diez de la mañana y ellos sin volver. Fuimos hasta Vergara y con otra lancha salimos a buscarlos. Conseguimos encontrarlos a los dos, cuando yo ya los hacía muertos, re muertos.”

El propio involucrado, el Meco, contaría más tarde que efectivamente estuvieron 15 horas en el agua helada, agarrados de un gajo de un árbol, a un quilómetro de distancia entre ellos, “sin saber si el otro estaba vivo o no”. Meco tenía un pie lastimado, las piernas hinchadas y la mano que lo sujetaba adormecida por el frío. Nunca más se subió a un bote y ya no quiso cazar.

El animal al que le dió muerte una vez, ahora le cuida las espaldas. FOTO; Federico Gutiérrez
FOTO: Agustín Fernández

“Cuando llegamos al campamento llorábamos abrazados”, sigue Carlos. “Pero todo para contarte esto: mi hermano se acuerda que mientras estaba en el medio de aquella corriente terrible, al lado de él y como ironía de la vida, pasa un ‘monstro’, un jabalí enorme que le roza las piernas en el medio de la creciente. Esos bichos nadan y nadan, no es joda”.

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La mejor cruza de perros es la de dogo argentino, venadero y galgo. Una mezcla perfecta entre agarre, olfato y velocidad, dice Carlos con el orgullo de un alquimista que ha experimentado con las mejores combinaciones genéticas. Son los perros los que se encargan de rastrear, encontrar y agarrar al jabalí, y la caza bajo esa modalidad es la más utilizada en nuestro país.

Pero tienen que estar bien entrenados, porque un perro “dañino” es contraproducente. Si alguien lleva “un perrito desordenado que manotea una vaca”, dice Carlos, todos los otros canes educados lo van a seguir. Y ahí se tiene lío con el dueño del campo: conservar la autorización y la confianza de los dueños de las haciendas es el punto número uno en el manual del cazador, al menos del que es responsable (“Yo no entro a ningún campo si no tengo el permiso, hasta ahora nunca nadie me lo negó.”). En cambio, muchos cazadores “queman los permisos” con perros inexperientes, se quejan los más viejos.

Los dos mejores perros de caza que el Uruguay ha conocido son el Tigre y el Suerte, cuenta Carlos, modestia aparte. El Tigre nació cruza de perro criollo con venadero; no era guapo pa’ agarrar, era jodido, chiquito pero de buen olfato y ágil para meterse dentro de los “sarandices” y la mugre del monte. Salía el Tigre a olfatear y a perseguir al chancho con un ladrido finito. El jabalí muerto de risa veía como lo perseguía este perro chico, se daba vuelta para enfrentarlo, hasta que de repente el Tigre cambiaba el ladrido. Era una invitación para el Suerte, que se venía aguantando al lado de su dueño esperando la señal. El Suerte era un dogo calmo pero implacable a la hora de prendérsele al chancho por la nuca, un perro grande de buena presa. “Ahí la pelea estaba hecha. Salíamos sólo con dos perros”.

Carlos trae a cuento una vieja historia de verano junto a su familia. FOTO: Agustín Fernández
Carlos trae a cuento una vieja historia de verano junto a su familia. FOTO: Agustín Fernández

Una vez, cerca de Santa Clara del Olimar, entrando rumbo a Arévalo (“ahí en lo de Evetelvina Saravia Saravia más conocida como la Tota”), un jabalí andaba en un pajonal. De un momento al otro saltó de la nada. El dueño largó a el Suerte y el jabalí le metió el colmillo en la berija, se lo sacó en la paleta y le rompió la pleura. El otro navajazo casi lo degüella, cerca de la yugular, al ladito de la muerte. En aquella vuelta bien podría haber andado por ahí Valkiria –la que caza como un hombre–, pero el que sí estaba seguro era Ubaldo, que advirtió a su amigo: “mirá que se te muere”. Al rato el bicho bebía su propia sangre a lengüetazos, como para hidratarse. Carlos pensó para sí mismo: “Este bicho no se me muere” y salieron con el perro herido hasta el veterinario de Santa Clara.

Después de aquella vez los chanchos lo cortaron mil veces pero el Suerte murió de viejo, como para dejar leyenda.

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“Somos sanguinarios nosotros los cazadores –reconoce Carlos–, hacemos un deporte que entendemos cruel. Costo alto el de la satisfacción humana, porque estamos judeando a los bichos, a los perros y a los propios chanchos. No matás para comer, acá no existe cazador que cace para saciar el hambre. Pero todas las especies se terminan unas a las otras, ¿no? Tanto abajo del agua como arriba de la tierra, un bicho se come al otro. Es la cadena alimenticia. El jabalí no tiene otro depredador, solo estamos nosotros los cazadores para mantener un equilibrio ecológico.

Y yo ya estoy aflojando para la gurisada que pueda venir, las nuevas generaciones. Ya no corro con ellos los 20 quilómetros que corría cuando tenía 50 años y comía los huevos de codorniz crudos y tibiecitos del campo cuando pasábamos todo un día sin parar ni para cenar. Ahora los acompaño atrás, caminando suave. Todo tiene un tiempo, el mío está pasando, aunque creo que el tiempo no nos pasa por arriba sino que nosotros pasamos por arriba del tiempo”.

El viernes de tardecita fuimos a pescar a la Laguna Merín con una línea, tres anzuelos y en la punta tres lombrices flacas. Ahí, al lado de esas casas que hoy con la crecida tienen riesgo de derrumbe. Pesaba menos de 100 gramos el bagre bigotudo que sacamos, pero a los fines de esta historia ya pesa como ocho quilos. Y dentro de un mes pesará nueve, quizás ya ni siquiera se trate de uno sino de tres, o de un surubí mediano tirando a grande y así sucesivamente. A creer o reventar, señores.

 

1.R. Lombardi, R. Berrini, F. Achaval, C. Wayson. El jabalí en Uruguay. Centro Interdisciplinario para el Desarrollo, Montevideo, 2009.


La culpa no siempre es del chancho

Según el décimo artículo del decreto 164/996 de mayo de 1996, el jabalí es una especie libre de caza, por lo tanto quienes lo persiguen no necesitan permiso. Es considerado plaga nacional por no ser una especie autóctona, dañino para la agricultura y peligroso para el hombre. La cacería humana es la forma de control más eficaz para evitar su acelerada reproducción.

Pero la bióloga Rossana Berrini (Biodiversidad y Áreas Protegidas de la DINAMA, experta en el estudio del jabalí) relativiza su mala fama: los define como una especie exótica, invasiva y con gran velocidad de reproducción, pero no los considera plaga. Es que luego de un proyecto de investigación de varios años en la zona de Mariscala (Lavalleja), comprobaron que en las estancias el daño mayor era producido por los perros que mataban a los lanares, aunque luego venían los chanchos a comerse la carroña y se llevaban la culpa. Además, las pruebas que hicieron con trampas demostraron que a las jaulas con carniza no entraban los jabalíes; sí los perros.

En resumen, Berrini cree que hoy se le adjudica al chancho todo el prejuicio que en otras épocas se le adjudicaba al zorro.

Su colega de investigación, el biólogo Raúl Lombardi, coincide que una especie puede dejar de ser considerada plaga cuando se le encuentra su potencial como fuente de divisas para el país, en este caso a partir de la carne y el cuero –ambos de excelente calidad– o la promoción del turismo de caza deportiva para extranjeros.

Por otra parte, Lombardi confirmó que este año hay tres novedades respecto a la caza del jabalí en nuestro país: la primera es que las empresas forestales están dejando entrar a los grupos de cazadores a sus predios por el aumento de denuncias de los vecinos; la segunda es que se está trabajando en un registro nacional de cazadores para que puedan ingresar libremente a todos los predios con un carné que los identifique (en el caso de que ocurra algo fuera de lo previsto el dueño del campo sabrá contra quién dirigir la denuncia). La tercera es que ya se está intentado sacar rédito económico de la actividad promoviendo que los cazadores entreguen el cuero de los jabalíes a las escuelas o liceos, y capacitando a los jóvenes para curtirlo de forma artesanal y luego comercializarlo.