Preocupado por el futuro de la pesca artesanal, y convencido de la necesidad de conservar el mar y la vida marina, Álvaro García parte desde Kiyú a navegar las aguas bravas del Río de la Plata desde hace 16 años. Es el único pescador artesanal que queda en el balneario.

Álvaro “Popo” García es un tipo entrañable. Con 41 años cumplidos, hace 16 que está instalado en la boca del arroyo Mauricio, una pequeña línea de agua que serpentea por el sur de tierras josefinas hasta desembocar en el Río de la Plata. Hasta ayer nomás allí estaba el límite imaginario del balneario Kiyú, pero ahora el arroyo es parte integral a causa del crecimiento que el balneario tuvo en los últimos años, provocado por el boom inmobiliario que vive el sur de San José.

Pareciera como si los propietarios de nuevas casas de veraneo hubiesen decidido seguir los pasos de este pescador de sonrisa amplia y escaso pelo, casado con María Laura Barrios, con quien tiene tres hijos –Mónica Daniela de 17 años, Thalía Marilyn de 15 y Álvaro Matías de 8 años–, y que luego de deambular por varios oficios se decidió por lo que le gustaba: compró una barca y se instaló precariamente en ese punto del ahora muy popular arroyo, pero que fue un espacio desolado hasta los últimos años del siglo que pasó.

“Estuve metido en los tambos”, dice “el Popo” al hablar de sus trabajos anteriores a la pesca. Piensa un momento, rebobina y recuerda que su primera tarea fue la venta de diarios, y que luego pasó por los hornos de ladrillo, por la construcción –en Montevideo, aclara–, también fabricó palets y trabajó con la leche en la empresa láctea llamada Silvana, que ahora se denomina Lactosan y es propiedad de capitales daneses.

Claro que no llegó a la pesca como simple último recurso ante la malaria económica. Tenía contacto con el agua y sus pormenores desde la niñez, siempre estuvo allí, presente, como una referencia ciertamente familiar. Su hermano trabajó toda la vida en el rubro y siempre tuvo en su entorno gente “vinculada a la vida en los barcos”. En una ocasión, difícil de recordar cuanto tiempo atrás, Popo viajó en excursión a Río Branco y lo único que se le ocurrió traerse fue un trasmallo “de contrabando”, dice y ríe como si hubiese cometido una gran “bandideada”, de esas que se cuentan en las largas jornadas de asado.

Su vinculación definitiva con el oficio y con el río –o el océano, si fuera necesario–, se produjo luego de un accidente laboral en la construcción. Le dieron la “prejubilación” y para no estar sin hacer nada un primo lo invitó a “salirle a la pesca”. Popo, que no le escapó nunca al trabajo, dio el sí de inmediato y hoy sólo se baja de su barca para descansar o cuando las condiciones del tiempo le impiden navegar. Cuando no hay pesca le sale a la tala de árboles, corta pasto en las casas de alquiler, las cuida de las visitas inoportunas y atiende el almacén familiar.

Álvaro “Popo” García no es un pescador nómade como lo son la mayoría de quienes se dedican a esta sacrificada profesión. Pesca en las aguas de Kiyú y en la medida de lo posible no va más allá, aunque ahora no queda más alternativa que quebrar su propia regla y hacerse al río a unos 20 y tantos quilómetros de su lugar, porque en el balneario hace mucho que no está saliendo nada. “Me tuve que mover sí o sí; este año lo tuve que hacer obligado”, dice casi avergonzado, agachando la cabeza, acodado en la Popo 8303 de color naranja, su barca. Popo habla con Ajena en un punto perdido de Ciudad del Plata, lugar desde el que, antes de tiempo, van saliendo las últimas barcas porque el viento en el río sopla ahora más de la cuenta. En la suya ya se trabaja en la revisión de las redes, que a simple vista exhiben poco.

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Hace 16 años que Popo, el pescador, está asentado en Kiyú. Foto: Leónidas Martínez

Todo tiene un porqué y el de Popo es claro: “respeto a quienes están pescando en otros lugares, me gustaría que respetaran mi lugar, no quiero tener un trasmallo en ‘la boca’ y que vengan y me pongan otro al lado”, dice el pescador que cuando llegó a la zona se instaló a unos pocos metros del agua en un vehículo viejo, rudimentariamente adaptado como vivienda, sin mucha idea de qué iba a pasar con él y su naciente familia.

Los sacrificios que ha pasado para tener cerca a su familia, le hacen ser desconfiado de los barcos que van y vienen buscando la pesca rápida. Hubo épocas en que las barcas llegaron a ser más de 40; gente nómade, dice, gente que va hacia donde hay peces, algo que Popo no comparte. No es que mantenga mala relación con los pescadores que se arriman por el balneario, muy por el contrario es consciente que necesitan unos de otros. Cuando en pleno invierno por Kiyú no se asoma un solo visitante (o como mucho alguno va a tomar mate el domingo de tarde), el almacén a cargo de su esposa María Laura, los tiene como principales clientes. Ella un día perdió la cuenta de cuántas milanesas al pan completas hizo para los pecadores que llegaron y con los que, por supuesto, había entablado contacto y amistad.

El 19 de junio de 2013 fue una fecha de quiebre para la familia de Álvaro García, ya que luego de 15 años de vivir separados –su esposa y sus hijos estaban a 17 quilómetros, en Libertad– todos se mudaron a la casa que de a poco construyó y que terminó sustituyendo al vehículo que utilizaba como vivienda. “Tengo a mi familia cerca, hoy por hoy hice mi casa en Kiyú, tengo mi comercio, tengo todo, estamos todos juntos”, cuenta en declaración que parece de hombre realizado. Más si le suma que sus hijas, que no andaban bien en el liceo (muchas distracciones, según el severo padre), ahora en la escuela rural, donde tienen séptimo, octavo y noveno, tienen buenas calificaciones.
Popo el pescador, se ríe de esos visitantes de verano que muy sueltos de cuerpo le dicen “pero qué vida agradable que llevás acá abajo. Ellos no saben de la soledad del invierno”, dice y uno se lo corrobora con la cabeza, porque somos muchos los habitantes del departamento que alguna vez buscamos esa soledad en Kiyú, por los más disímiles motivos.

Dieciséis años mirando hacia las aguas del Río de la Plata le dan la suficiente experiencia como para decir en cada momento lo que puede pescarse.

—Si bien es Río de la Plata, estamos en plena boca del océano, tanto entra agua salada como dulce. Si viene viento del este, sureste, entra agua salada y con ella la corvina, la anchoa, la palometa, la pescadilla, la lisa, el mochuelo; todos pescados de agua salada. Si viene agua dulce, entra el sábalo, la carpa, el chancho armado, el dorado, el lenguado, el pejerrey, muchas variedades. “Kiyú le abre las puertas a todo”. Ahora, por ejemplo, es tiempo de pejerrey y por ello el primer fin de semana de agosto hubo un campeonato de pesca en uno de los paradores del balneario (¡no salió un solo pejerrey!), y por ello también es que el pescador espera que vaya aumentando el número de pescadores presentes en Kiyú.

La larga experiencia le permite saber lo que el mar trae pero también lo que puede llevarse, y por eso tiene claro cuándo salir. Antes de embarcar mira el río, observa con atención; para él no hay pescado que valga arriesgar su vida con tres hijos por criar.

A la impropia hora de las dos y media sale de su casa, si es que debe ir a Ciudad del Plata; estando en Kiyú, se levanta a las 5. Observa el río y por mensaje le avisa al tripulante: “salgo” o “no salgo”. En ese ritual tan simple, puede estar la diferencia entre la vida y la muerte.

Trabajando junto a su esposa María Laura en la barca Popo 8303.
Trabajando junto a su esposa María Laura en la barca Popo 8303. Foto: LEÓNIDAS MARTÍNEZ

Piensa mucho antes de decirlo con soltura, pero no cree haber pasado por una situación en que su vida haya estado realmente en juego dentro del agua. Alguna vez se quedó sin motor, y hasta lo agarraron sudestadas grandes que le causaron temor, pero nunca sintió la presencia del peligro. Al de arriba le pidió más de una vez: “sacame de acá” y lo sacó, porque al pensar y por más que no lo quiera reconocer, más de una vez se le complicó bastante.
Popo hace otro silencio antes de explicar que nunca tuvo clara su religiosidad, pero en la soledad del mar cuando tuvo que pedirle a Él que lo sacara, lo sacó. “Contra el agua no hay quien pueda. Al fuego quizás lo pares, pero al agua no la parás. Ella va y va, por más que vos le pongas un muro”, sentencia y esa misma idea es la que lo hace asirse hasta de lo que no está seguro.

El Popo es un tipo de características muy singulares en su rubro, reconocido incluso allende las costas del balneario. Hace ya algunos años –tal vez 2006 o 2007– encalló una tortuga marina cerca de la “base de operaciones” del pescador y éste armó un auténtico revuelo en el balneario y más allá. Así es que se contactó con la organización Karumbé (tortuga, en guaraní), cuyo objetivo central es proteger la biodiversidad marina en peligro, principalmente a las tortugas y sus hábitats.

El contacto fue fructífero al punto que los especialistas de Karumbé “desembarcaron” en Kiyú para salvar a la tortuga gravemente herida, y lo lograron. La llevaron a Maldonado donde tienen la sede, la bautizaron con el nombre de Zoe y la devolvieron al océano, no sin antes colocarle un chip en su caparazón para estudiar su ruta y comportamiento. Popo dice que siguen recibiendo su señal, aunque los propios técnicos de Karumbé ya en 2009, decían que el chip había dejado de funcionar, igualmente lo habían considerado más que positivo porque les sirvió para analizar muchos aspectos de su comportamiento. Pero los datos de Popo dicen que luego de llegar a Australia ahora Zoe está volviendo para esta zona del planeta.

Karumbé y Zoe le ayudaron a “abrir la cabeza” y le permitieron salir de Kiyú. Gracias a su amiga la tortuga, participó de congresos en Piriápolis, en El Sauce y en Colonia. Hay argentinos que conoció en congresos y charlas a los que fue invitado por la organización, y cuando van navegando cerca de Kiyú, lo llaman para saludarlo y decirle que andan en su zona. “Yo les digo, en broma, ‘no se me lleven todo el pescado’”. Pero el conocimiento que le dieron Karumbé y Zoe son apenas consecuencias de un convencimiento personal de la necesidad de ayudar y conservar las “existencias” marinas.

—Hoy vivo del mar, sin el mar no soy nada, preciso del agua, por eso siempre digo que el agua te da y te saca, pero vos también devolvele al agua, ¿por qué no devolver al agua un delfín o una tortuga?; la tortuga siete quillas por ejemplo, sólo come aguavivas y hay gente que es alérgica a las aguavivas, entonces por qué vamos a matarla si puede salvar vidas humanas, comiendo aguavivas.

“Devolverle al agua un bicho que es del agua, es bueno. Qué te hace un delfín a vos; nada, entonces por qué lo vas a matar”, resume el pescador, que sabe que si llama a los referentes de Karumbé de inmediato los tiene en Kiyú cuando un animal marino aparece muerto o herido en las arenas. “¿Qué tenés, Popo?”, preguntan cuando él los llama, sin necesidad de mediar un hola.

El último de los animales asistido por Álvaro García, fue una ballena de siete toneladas, que encalló, ya muerta, en las arenas de Kiyú el último mayo y que fue motivo de notas y visitas por doquier en una semana en que la agenda de los medios, a no ser por las elecciones internas, parecía estar vacía de novedades. Popo junto a la ballena estuvieron en el “top five” de las noticias más comentadas, según él mismo recuerda con cierto orgullo.

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Popo sueña con crear un museo para exponer las piezas que le regala el mar. Foto: LEÓNIDAS MARTÍNEZ

Uno de sus sueños locos es crear una especie de museo marítimo en el balneario. Cuenta con varias piezas para donar a ese museo, y ha hablado con decenas de propietarios de casas en el balneario que dicen también tener y estar dispuestos a donarlas. Habrá que pensar en la financiación de ese proyecto y el pescador sonríe y dice, atento al teléfono y los gritos de sus tripulantes que se quieren volver a casa: “la Intendencia se va a tener que poner”.

El particular respeto que tiene García hacia el mar y sus habitantes le hace ver con preocupación creciente la presencia de depredadores, barcos piratas, brasileños y argentinos que invaden las aguas territoriales uruguayas, aunque también hay barcos uruguayos que pasan para el otro lado. La depredación o la pesca industrial y los grandes proyectos como la búsqueda de petróleo, la construcción de la regasificadora en Montevideo o el puerto de aguas profundas en La Paloma, son sus mayores preocupaciones al hablar del futuro de la pesca. Hay menos pescado y seguirá habiendo menos, según percibe, en la medida que esos proyectos sigan consolidándose.

Que aparezca un cardumen ahora no quiere decir que haya pescado, son cardúmenes que vienen y se van. No hay pescado los 365 días del año, ni acá, ni en el este, ni en el norte, dice con preocupación, mientras recuenta el puñado de corvinas que su ayudante logró sacar de las redes.

En el último contacto que mantuvo con técnicos de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos, llegados para ver la ballena muerta, le preguntaron si le parecía que había menos pescado y se generó este diálogo:

—Claro que hay menos –dijo él.

—Pero nuestros estudios dicen que hay más –refutó el técnico.

—¿Dónde hay más? –le contestó–. En el escritorio es mucho el pescado que hay, pero vayan a la costa, estén con los pescadores, conversen con ellos, pídanle las boletas de lo que vendieron.
Con dolor, este pescador de corazón abierto ve que los que viven de la costa, del agua, van para atrás, cree que a nadie le importa la vida del pescador artesanal y se siente parte de una especie en extinción. “Termina una temporada de pescado y hay 200 barcas para vender”, dice para ejemplificar los pesares del pescador artesanal. Pese a todas las vicisitudes le da para vivir, aunque, claro está, con conducta, porque hay zafras buenas que pueden dar mucho dinero junto y rachas malas, en las que no sale nada. Por eso García insiste mucho en la necesidad de “guardar para cuando no hay”, en este caso, peces que pescar. Su idea es salir hasta que el cuerpo aguante, y aspira a crecer porque sabe que un día no podrá salir más. Para ese momento quiere tener más barcas trabajando para él, por eso piensa seguir invirtiendo en el agua; pagando lo que hay que pagar, porque bien sabe lo que es el sacrificio.
Con convencimiento dice que a su marinero, le da el 30 por ciento de la ganancia; hay quienes le dicen que paga demasiado, pero valora la vida de los demás y cree que es justo que su ayudante gane bien si se arriesga tanto como él.

Las charlas con el Popo son interminables. Queda claro que en su forma rápida, ligera y hasta atropellada de comunicarse, se encuentran reflejados aquellos inviernos que pasó solo, con frío, y deseando que alguien se diera una vuelta para conversar con él, al menos un rato.

El pescador conservacionista y preocupado por los frutos del mar, siempre tiene algo más para decir al momento de la despedida. Se entretiene con las notas de sus hijas y en alabanzas a la educación en la escuela rural, donde no se utilizan las fotocopias (en este caso porque la más cercana fotocopiadora puede quedar a 10 o 12 quilómetros), pero seguir escribiendo podría ser redundante; si anda por Kiyú, pregunte por “la boca” y lo guiarán; siguiendo el camino hasta el final se encontrará con el almacén del Popo. Comience usted la conversación en el exacto punto en que queda ésta, el Popo conversa siempre con quien se le acerque.

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A veces las aguas calmas no son buenas. Ese día la bajante impidió la salida. Foto: LEÓNIDAS MARTÍNEZ

 

Aquel intento cooperativo

Hoy Álvaro García es casi el único pescador que reside y trabaja en Kiyú, pero en algún momento, no hace más de ocho o diez años atrás, hubo un pequeño grupo de pescadores viviendo y juntos tuvieron una cámara de frío para mantener el producto de la pesca. Finalmente el proyecto quedó en nada. En Uruguay hay sólo tres cooperativas de pescadores.

Es que, según Popo, el pescador es muy bohemio, tiene que andar por todos lados, y eso dificulta la unión. “El pescador picotea, ahora nomás yo estoy con gente de Río Negro y ahora se vienen para Kiyú por el sábalo, que ya empezó a salir”, dice.

También su esposa intentó hacer algo más elaborado y estuvo aprendiendo todo lo referente al procesamiento del pescado. Hacían chorizos de pescado, hamburguesas, tartas, pero las exigencias de Bromatología hicieron inviable continuar con el emprendimiento, aunque en la casa y entre los amigos, aún se disfrutan los resultados de aquel aprendizaje.


La seguridad

Cada salida al mar debe estar bien preparada y con todos los elementos de seguridad básicos. Los elementos más importantes según Popo, son el llamado “hombre al agua”, un salvavidas con forma de aro que va con una piola agarrado al cuerpo, uno se mete dentro del aro y eso impide el hundimiento. El aro que utiliza Popo aguanta hasta 150 quilos.

“Los chalecos también aguantan según el quilaje, en mi caso aguanta hasta 120 kilos. También tenés que salir con las luces de bengala, con el botiquín completo porque nunca sabés lo que te va a pasar dentro del agua”. Bengalas, espejo de señales y pito para niebla, extinguidores de incendios, bombas de achique, linterna, ancla, una esponja grande, radio VHF, o teléfono celular, son los otros elementos a considerar por el pescador a la hora de hacerse al agua.


Costos de la embarcación

Para poner una barca en el agua se necesitan unos 210.000 pesos, según los números que maneja el pescador artesanal. El casco puede salir 30.000 pesos; la barca completa, sin la herramienta, hasta 80.000 pesos. A eso hay que agregarle el costo del motor, que nuevo sale unos 115.000 pesos. Luego hay que añadir las redes y los materiales de seguridad. Popo a esta altura de su vida tiene un capital importante: 40 redes metidas en el agua, cuyo costo asciende a 5.000 pesos cada una. “Yo vine con un bote de lata y me he capitalizado, no me puedo quejar”, dice el único pescador artesanal de Kiyú.


Una jornada

La Popo 8303, es una barca pequeña de color naranja, en la que va el timonel (en este caso es el propio Popo) y un tripulante, aunque la embarcación soporta un tercer ocupante. Llevan las redes enroscadas en el fondo de la nave y una vez determinado el lugar en que las tirarán, cumplen la tarea entre ambos. Para marcar el lugar en que están sus redes utiliza banderines naranjas.

Si hay pesca, la jornada se puede extender por todo el día; si no se pesca nada o arrecia el viento, puede terminar en una hora. Pero el trabajo no termina con la salida del agua, hay que sacar los pescados de las redes, ponerlos en cajas y mientras Popo negocia con los dueños de los camiones refrigerados que los esperan en la orilla para llevar la mercadería a las fábricas o a los comercios, el tripulante acomoda todo el material de la barca para la próxima salida, que puede ocurrir a las horas de haber llegado a tierra o luego de varios días, dependiendo del clima.