¿Saben qué es el fumo? Es como se conoce, en los departamentos de la frontera uruguaya con Brasil, a la superficie total de cerca de doscientas hectáreas donde actualmente perviven, sorteando los pesares, las últimas plantaciones de tabaco del país.

Sí, el Uruguay profiláctico, regentado por un oncólogo empedernido y festejado a nivel internacional por haberse convertido en un férreo oponente de la gran pandemia de la nicotina, también alberga en el árido norte –su entraña más desolada– a poco más de 50 pequeños productores familiares de Artigas y Rivera (con un promedio histórico de dos hectáreas de cultivo cada uno) que atesoran la materia prima del humo maldito.

Artigas encabeza la lista de los departamentos más pobres del país. Sus indicadores de desarrollo social han sido históricamente pésimos respecto del resto, y usualmente las noticias que llegan desde allí son tercas embajadoras de esta realidad. Las cifras de pobreza en el medio rural también son, para variar, las más elevadas del país. Para asimilar la gravedad de esta situación, pero en 1969, huelgan las descripciones. Ese año las plantas de tabaco espigaron por primera vez en suelo norteño, de la mano de una empresa tabacalera nacional que estudió el suelo de la zona rural inmediata a la capital departamental, y ensayó con media hectárea. A los meses las plantas rebasaron la altura media de un hombre. La empresa, de nombre Monte Paz, no perdió tiempo y se asentó en el lugar. Entonces las vecindades rurales de Artigas eran un desierto agreste trillado por troperos, peones, zafreros y changadores varios, de cuyas vidas la historia mentida del departamento no guarda memoria alguna. Muchos de ellos, a partir de entonces y al amparo de la empresa, fueron mutando en agricultores. E hicieron escuela.

Compañía Industrial de Tabacos Monte Paz SA. es la chapa de la empresa tabacalera que se convirtió en la más grande del país. Compra toda la producción de tabaco artiguense desde hace 45 años. Desde aquel iniciático año 69 no pasó demasiado tiempo para que se erigiera como el meollo económico local de la zona. La certeza de que hace medio siglo que provee a las familias de un sustento que ninguna administración municipal ni nacional ha conseguido, anima a Monte Paz a atribuirse la gesta magnánima de haber salvado a los lugareños de la miseria, y de haber hecho progresar a estos parajes olvidados, que según la versión empresarial, antes de su mesiánico arribo sólo eran un montón de ranchos de barro y tacuara.

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Doscientas hectáreas de plantaciones de tabaco se distribuyen entre Artigas y Rivera. FOTO: Héctor Piastri.

En 2009 el Frente Amplio ganó la intendencia departamental por vez primera. Tal vez por ese estigma partidario difícil de ocultar –el de la guerra declarada al tabaquismo que promovió el gobierno de esa divisa a nivel nacional–, la administración de Patricia Ayala embistió contra la pequeña industria tabacalera del departamento, lanzándose contra la relación que Monte Paz mantiene con los productores, a la que su gestión califica como “dependencia de corte paternalista”. Como respuesta ideó algunas alternativas a las plantaciones de tabaco destinadas a que los productores cambien de aire, pero no a todos satisface la oferta, y son cuestionados por no soltar la teta de la empresa. Y como la jactancia empresarial sólo es equiparable a jactancia político-partidaria, el problema se resiste a concluir. En tanto, las familias tabacaleras artiguenses siguen adictas a la actividad que desde hace décadas les llena la olla.

Delmar Suárez interrumpió su mañana habitual. Sentado a la mesa del líving de su chacra, no puede impedir que al disertar un finísimo chillido bronquial le ahogue las frases largas. Apura el aire y continúa. Es el presidente de la Asociación de Plantadores de Tabaco de Artigas, organización que nuclea a algunos de los productores de la zona, pero quisiera nuclearlos a todos. Hace más de 40 años que lidia con el cultivo de tabaco. Y hace casi el mismo tiempo que dio la primera pitada. Mientras con un gesto de la mirada señala el techo que lo alberga junto a su familia en la zona rural de la ciudad de Artigas, certifica:

—Todo lo que tenemos fue hecho con tabaco.

La composición de la frase no es premeditada. Simboliza una realidad a la que varios pobladores de los alrededores se adscriben. Como muchos de ellos, Delmar comenzó a plantar junto a sus padres, y más tarde asumió el legado. Hoy domina los pormenores del oficio, tanto como el resto de su familia.

Ajena llegó en tiempo de cosecha. Ésta anuncia el fin de las etapas de producción, que ocupan la mayor parte del año. Pero la zafra comienza a inicios del invierno. Se empieza por acondicionar los almácigos, que son contenedores iniciales para el desarrollo germinal de las semillas (en Artigas se siembra la variedad Virginia, para mezclas de cigarrillos rubios). A comienzos de la primavera se procede a trasplantar, es decir, a llevar el plantín al campo. Las siguientes etapas del desarrollo se suceden entre movidas del suelo, carpidas, fertilización, cuidados contra plagas, etcétera. El inicio del verano trae las primeras hojas. Las llaman “bajeras”, por su ubicación rasante al suelo. La maduración total de la planta se sucede conforme avanza el verano, y su indicio es un color a limón que adquieren las hojas, antes verdes y de una apariencia rugosa y longeva. Es cuando sobreviene la cosecha. A partir de ese momento, la dedicación –que hasta entonces sólo implicaba cuidados leves o rutinarios– aumenta, y la mano de obra familiar comienza a requerir apoyo.

Por eso en tiempo de cosecha se contrata mano de obra: una forma ampulosa de llamar a un puñado de changadores, casi siempre adolescentes, que recorren las chacras de la zona y se hacen el día trabajando alternativamente, por un jornal de unos pocos pesos, ora en las plantaciones de tabaco, ora en las de arroz, ora donde cuadre. Según Delmar, últimamente no es fácil conseguir ayudantes: “Esos que están acá hoy, Mañana no se sabe dónde van a estar. Se hacen los pesos que quieren y después no aparecen más. Van donde los llamen primero. Hay que buscar engancharlos”. Se refiere a los gurises que, mientras conversamos, están cosechando afuera, al sol aún no del todo fatídico de la mañana. Ataviados con ropas viejas y mugrientas, la “mano de obra” del tabacal artiguense intercambia cuentas de Facebook con el fotógrafo de Ajena.

—Yo era un adolescente cuando arranqué, ya hace 44 años. Mis hijos no. Con mi esposa tratamos de que ellos buscaran otro trabajo, que estudiaran. No hicimos hincapié en que trabajaran de esto. Porque desde el noventa y pico, al dos mil y algo, el tabaco en Artigas funcionó; hasta en los almacenes cuando decías que eras tabacalero te abrían la puerta; con o sin plata te vendían. Después vinieron las dificultades.

Lo percibimos al llegar: Delmar y su familia ya tienen una pequeña porción de tierra rebosante de zapallos. Pero, opina él, cualquier cultivo que no sea el tabaco en Artigas presenta el mismo problema: la venta y el precio. Con Monte Paz eso está asegurado. Y funciona así: los contratos se firman por año, al finalizar el cultivo; con cada contrato la empresa asegura, a modo de garantía, que el productor va a obtener como mínimo lo mismo que obtuvo en la última zafra. Además la empresa brinda adelantos por cada etapa del cultivo para los gastos del productor; asesoramiento técnico; y en ocasiones hasta apoyos financieros adicionales. Todo se descuenta al final de la zafra. De boca de un dirigente de los trabajadores organizados, la opinión de Delmar acerca de la empresa es llamativamente condescendiente. Sin embargo, habla con la verdad del agricultor:

—Lo de la dependencia es también una campaña política que se hace. Dependemos de la empresa porque es el único rubro que estás trabajando en tu casa, ganás bien o ganás mal (depende cómo te vaya), y tenés un precio fijo por el producto, y la venta segura.

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Monte Paz vende a los productores equipos de protección para el trabajo. “Tratamos de no regalar nada”, dijeron desde la empresa. FOTO: Héctor Piastri.

Entre las propuestas concretas de la Intendencia de Artigas para la diversificación del tabaco y para acabar con la subordinación de los productores a Monte Paz, se destaca principalmente la promoción del cultivo de boniato para producir alcohol, a través de una microdestilería; buscando que los productores tengan un destino seguro para lo que cultivan. Delmar, al respecto, se anima a salir al cruce:

—No es rentable para el productor. Hay quienes sacaron once mil pesos en una hectárea de boniatos. ¡La cantidad de tierra que necesitás!, mano de obra, trabajo, dedicación. ¡Y al final de la zafra tenés la misma plata que sacás con media hectárea de tabaco! Y la Intendencia te da once mil pesos por cada hectárea de boniatos, como adelanto, pero después para la comida, para lo que sea, arreglate con lo que tengas. Con Monte Paz ponés la comida en la olla antes de plantar.

Patricia Ayala, intendenta de Artigas electa en 2009 por el Frente Amplio, asumió recientemente como senadora de la República. No obstante, ya es candidata a la reelección departamental. El día de su renuncia al sillón municipal para asumir como senadora, Ajena fue a su encuentro en un paraje a diez quilómetros de la capital departamental, donde completaba una jornada de balances y despedidas: la primera administración frenteamplista –presidida por una mujer, hija de presos políticos– en el departamento más pobre del país con una tradición conservadora de más de 100 años.

“Nunca les propusimos a los productores terminar con el cultivo de tabaco”, se atajó la jerarca, que en medio de valoraciones del período que termina y la proximidad de la campaña electoral por la reelección, esgrime un discurso aderezado. Explica que la idea de su gestión desde siempre fue diversificar la producción, presentando otras opciones a los productores.

—Evidentemente Monte Paz ofrece más comodidad a los productores: es una multinacional. La Intendencia no puede darle las mismas garantías o los mismos sustentos al productor. Pero [el boniato alcoholero] es una iniciativa válida, y a los productores que supieron aceptarla les ha ido muy bien, y les ha dejado muy buena rentabilidad. Quizás no la rentabilidad que ellos esperan. Nosotros no estamos imponiendo nada, simplemente abrimos esa posibilidad. Evidentemente sólo podemos brindar cierta parte de beneficios o de apoyaturas.

Las críticas de la Intendencia al vínculo de Monte Paz con los productores estriban en que existe allí un grado de dependencia “que no es el mejor”. Sin embargo, se reconoce que el cultivo les ha dado de comer a esas familias durante décadas, lo que dificulta las posibilidades de romper lo que consideran un “círculo vicioso”. Pero según Ayala las opciones están sobre la mesa. Algo que no le impide fustigar:

—Sigue siendo posible. El tema es que mientras no cambiemos nuestros esquemas mentales y tengamos siempre la chiquitez de “yo quiero vender más”, o “yo quiero vender mejor”, y no ver el conjunto, las cosas no van a marchar. Si vamos todos juntos avanzamos todos juntos, y nos desarrollamos todos juntos. Ahora, si vos para vender más y mejor pisás al otro, así las cosas no van a marchar, porque nos matamos todos.

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Cada familia productora tiene un promedio de plantación de dos hectáreas. FOTO: Héctor Piastri.

Ayala ya es senadora de la república. Desde allí promete seguir trabajando. Pasará a recibir por ello un salario nominal mensual casi igual al que una familia tabacalera promedio gana durante un año de trabajo.

Después de la cosecha, la etapa siguiente es el secado. Para ello se utilizan grandes estufas de ladrillo del tamaño de una habitación. En los primeros años de cultivo las estufas solían ser las edificaciones más dignas que había en los domicilio de las familias tabacaleras. Se trata de un cuarto oscuro e hirviente, donde las hojas cuelgan como murciélagos dorados en un ambiente que las cuece meticulosamente a unos setenta grados centígrados. Alrededor, un tufo apenas soportable sofoca y abraza los cuerpos. El olor del tabaco en esta etapa es dulzón e intenso; fundido en los destellos de la leña quemada, compone un vaho espeso que domina el lugar y se impone a la respiración. Digamos que no es fácil librarse de él. Un error en la regulación de la temperatura del recinto es un perjuicio en la calidad de la hoja, y así las cuentas no cierran. Por ello, y a pesar de un termómetro que continuamente registra el proceso, la estufa es la razón de la prolongada vigilia de los productores, que en esta etapa si acaso alcanzan a dormir lo necesario.

En la casa de Hugo Tafernaberry ya no quedan estufas, ni plantas, ni máquina alguna vinculada al tabaco, salvo una pila de semilleros viejos amontonados al costado de la vivienda y el recuerdo no del todo agradable de su época en el fumo. Él y su familia ya no plantan, y cuando lo hicieron siempre fue en tierra ajena. Y ésta es, a su juicio, la principal razón por la que el cultivo agoniza. Zafó de una gran deuda con Monte Paz y abandonó. Hoy cree que el repliegue de los productores tiene que ver principalmente con la tenencia de la tierra: los que van quedando son productores dueños de su suelo. Los que no, por tener que saldar rentas y liquidaciones con la empresa, dan números rojos y renuncian. Ya fuera del ruedo, Hugo nos advierte:

—Estoy seguro de que la gente los ve a ustedes y los atiende con un pie atrás. Piensan que vienen contra la empresa.

Y hoy en día nadie va a dar la cara y hablar mal de la empresa.

Muchos productores están agradecidos con Monte Paz. No es difícil de comprender. Otros abrigan silenciosas inquietudes. “La gente es conformista”, suelta Hugo, animado por una súbita reflexión acerca de la forma en que una empresa millonaria amoldó las aspiraciones de varias generaciones de productores pobres, algunos de los cuales –esto no lo dice– hasta la veneran por la oportunidad de pagar el estudio de sus hijos, de tener un vehículo propio, o de contar con un sueldo promedio apenas por encima de la media artiguense.

Para los arrendatarios, obtener una buena zafra y no dar pérdida es un dolor de cabeza. Gonzalo Fernández paga por unas hectáreas en Estiva, y confirma las dificultades. Las lluvias frecuentes son un factor que suele arruinar el cultivo. Aun así, Monte Paz paga (más barato, claro) por cualquier hoja, señala Gonzalo, mientras sostiene una, estropeada y ennegrecida: “Si meto esto en la estufa y lo llevo, me compran”, dice. Sin embargo, poner a secar las hojas machucadas no paga el precio de la leña que el productor gasta para mantener la estufa activa noche y día. Cálculos del oficio.

Las hojas están mojadas. Según los productores, aún destilan químicos. “Yo no puedo cosechar una hoja mojada, así como está. No paro de vomitar, y me ataca el hígado. Y te aseguro que si vos te mojás, eso te tira en la cama por un par de días”, nos asegura Hugo. Los productores conocen el riesgo, pero no son del todo obedientes. En plena cosecha, Gonzalo (cuya única protección estriba en unos guantes de carga, un pantalón, y una campera deportiva que le esconde los brazos) advierte de los efectos perjudiciales para el que, primerizo en la tarea, tenga un primer contacto con las hojas. Unos pocos años de experiencia, de acuerdo a su propia opinión, le infundieron valor y algo de inconsciencia para lidiar con el cultivo y el asecho enfermante de los químicos. Agraciado con una dudosa inmunidad en la que ni siquiera él parece confiar, sujeta bajo el sobaco una pila de hojas que acaba de cortar y que más tarde reunirá con el montón. Está descalzo. A su espalda, un pibe cuya disposición de adulto no oculta el perfil cuasi púber de sus facciones, corta silenciosamente las hojas con una habilidad de perito; sin protección alguna contra los químicos que contraríe su flaca paga del día, en pocos segundos ha rebanado toda una fila de la siembra. De espaldas, Gonzalo –el patrón– nos explica el peligro de todas las porquerías que es necesario echarle al plantío para que crezca, huela, amarillee, no muera. Y aprovecha para opinar:

—Que el cultivo de tabaco te intoxica, que el tabaco esto, que el tabaco aquello. Y bueno, para cambiar, ¿qué beneficios tenemos? Porque si las opciones son negocio, es lógico que todos queremos mejorar, y progresar. Si me ofrecen plantar zapallos, papas, o juntar piedras, si gano más que con el tabaco, voy a ir. Pero de eso no me hablan.

A su lado, Hugo dispara:
—La empresa mueve platales. Yo conozco gente que trabaja ahí, con su vehículo particular, sus ocho horas con todos los derechos asegurados, y uno a veces no tiene ni BPS. Nos matamos trabajando para enriquecer a los otros, y uno siempre en lo mismo. Acá lo que hace falta es una buena organización.
Luego del secado, sigue la clasificación de las hojas, y su enfardado para la venta.

Monte Paz juega sus fichas. Emprende trabajos de caminería, entrega dinero para beneficencias locales, compra la producción en tiempo y forma, y dispensa prebendas generosas. Hasta le ofrece al agricultor empobrecido el anhelo idílico de abrazar por fin un pedazo de tierra con su nombre, mediante empréstitos suculentos cuyo único riesgo para el beneficiario es perecer en un mar de deudas. Hugo, que ya no planta, y que hasta hace un rato despotricaba contra la falta de organización y el sindicato amarillista, asume, sin embargo, que si la empresa hoy le ofrece dinero para comprar un campo lo va a “hacer pensar”:
—Por más que ande tapado de mugre y oliendo químicos. Pero voy a tener lo que es mío– agrega con la mirada perdida y la actitud resignada de quien parece verse obligado a recurrir a viejos conocidos.

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Jornaleros en tiempo de cosecha. FOTO: Héctor Piastri.

Los agricultores del norte producen menos del 10 por ciento del total de lo procesado por Monte Paz. El resto se importa. Hace algunos años, a raíz del pleito que el Estado mantiene con la multinacional Philip Morris, la empresa demoró la firma de contratos, y se mantuvo a la expectativa por temor a que la situación le redundara en perjuicios económicos. Finalmente todo se normalizó. Una fuente gerencial de la empresa implicada directamente con el cultivo, que prefirió no dar su nombre y se empecinó en solicitar que este informe no resultara “agresivo” en su contra, dijo a Ajena que no fue nada grave. Consultado –de acuerdo a lo informado por los productores– acerca de si existen intereses en pugna dentro de Monte Paz por la permanencia o no del cultivo de tabaco norteño (dada su insignificancia para la empresa en término de grandes números), prefirió no hacer comentarios. No obstante aseguró: “Yo no soy el que va a decidir, va a ser la empresa. Por ahora no me han dicho nada. Te podría decir que está todo tranquilo”. Respecto al manejo de los agroquímicos, la fuente manifestó que la empresa brinda charlas y vende equipos de protección (“tratamos de no regalar nada”). Al igual que la Intendencia, no especificó otras medidas. El representante de Monte Paz dijo estar de acuerdo con la diversificación propuesta por la Intendencia, pero agregó: “Yo lo que veo es que en Artigas hay un tema social importante. Si dejás de plantar tabaco tiene que haber un suplemento. Si no esas familias, ¿qué hacen? Se deja bastante plata en esa zona”. Opinó además que el tema de fondo es el mercado de los productos. La Intendencia difiere en el análisis, y estima que muchos productores se niegan al cambio que su administración propone por anhelar mayores ganancias.

“¿Sabés qué? ¡Plantaremos marihuana en vez de tabaco y terminamos el problema!”–bromea la ex intendenta, y el chiste es festejado alegremente por un par de asesores que la secundan–. Mientras tanto los productores artiguenses siguen caminando por el pretil. Invitados a estar alerta. En sus problemas de organización parece estar la posibilidad de que esta historia no sea más la de los trabajadores cuyo futuro depende de tímidos programas municipales, o de la voluntad amenazante de oscuros accionistas.


Olvido

En 2010 el senador colorado Tabaré Viera, impulsado por algunos agricultores, propuso en el Parlamento la creación de un fondo económico financiado por el 0,3 por ciento de las recaudaciones del Impuesto Específico Interno (IMESI), que se aplica a los cigarrillos, con el fin de apoyar la diversificación de los productores de tabaco. El pedido nunca entró a discusión en la Cámara y se encuentra archivado.