Le dicen gruta pero es quebrada. El campo viene ondeado, suave como siempre, hasta el instante en que la tierra se abre como alguna vez lo hicieron los mares. Los verdes, que a la distancia parecen unos montecitos achaparrados e insignificantes son en realidad la punta del iceberg de la vegetación frondosa que nace en la fosa de más de siete metros, y cuya base no se descubre si una no se anima al descenso.

La Gruta de los Helechos corta zigzagueante el campo tacuaremboense por más de un quilómetro y forma parte de un capricho de la naturaleza mucho más amplio: las quebradas del norte. Vienen desde Brasil y entran al país por Rivera, pasan por Tacuarembó, se extienden hasta Salto y Artigas atravesando la cuchilla de Santa Ana, la cuchilla Negra y la de Haedo.

UNESCO las declaró este año Reserva de la Biósfera, y señaló lo siguiente: “Esta reserva tiene una superficie de 110.882 hectáreas y comprende un mosaico de ecosistemas variados, entre los que figura un bosque primario de selva subtropical. Los ecosistemas de la pampa comprenden praderas templadas y constituyen una zona de nidificación importante para numerosas especies de aves. Actualmente, pesan graves amenazas sobre la conservación de las praderas y sólo un porcentaje muy reducido de ellas (0,7 por ciento) goza de protección. La región posee algunas especies raras de anfibios, como el sapo de Uruguay (hyla uruguaya) o el de Devincenzi (melanophryniscus devincenzii), y también de reptiles como la serpiente cascabel sudamericana (crotalus durissus terrificus). El sitio cuenta con una población reducida dedicada a actividades agrarias. Uno de los objetivos de esta reserva de biosfera consiste en reforzar las tradiciones de los gauchos, pastores de ganado de la pampa.”
Andrés Berrutti, ingeniero agrónomo, conocedor de la zona y promotor inicial de su preservación, dice que la declaración abarca sólo a las quebradas de Rivera, algo que considera “demencial” porque impone un “límite político a un ecosistema que comparte biodiversidad y paisaje”.

FOTO 1 - principal - PARAJES - IGNACIO ITURRIÓZ
Los líquenes que cuelgan de los árboles le dan aspecto encantado al paisaje. Foto: IGNACIO ITURRIOZ

A lo lejos, los cerros. La Gruta de los Helechos está en las últimas estribaciones de la cuchilla de Haedo, y Berrutti junto a Luis de los Santos, un amigo que durante años cuidó los predios (son de propiedad privada), le puso nombre a esas elevaciones: Cerro de los Capitanes es uno, la Mesa de los Vientos es otro. En ellos, y a lo lejos también, se ve el perao, una zona empedrada que les sobresale y donde crece el monte de cornisa con especies que no se ven en la quebrada ni tampoco en el monte serrano. Años atrás, Berrutti fue contratado como técnico y junto a su amigo organizaron senderos para los visitantes a través de un Proyecto de Producción Responsable financiado por el Ministerio de Ganadería, pero renunció cuando vio que pasado un año el Ministerio no se había siquiera interesado en saber si el dinero había sido bien empleado. En ese tiempo hicieron las sendas y marcaron puntos de observación del paisaje, que no sólo es la gruta sino todo su entorno. En la superficie, por ejemplo, se observan grandes rocas de base arenosa, vestigios de cuando esta zona no era otra cosa que el desierto de Botucatú, hace más de 150 millones de años. La naturaleza jugó de manera tal que por momentos pareciera que la arena se hizo piedra en el preciso instante en que el viento la iba arrastrando.

Pero lo mejor está abajo, en la grieta húmeda convertida en barrizal por las lluvias de invierno. La bajada es escarpada. Hay que desentreverarse de las ramas, y al tiempo también asirse a ellas para no caer. Abajo se pisa sobre el “mantillo”, esa capa de suelo hecha de la acumulación imparable de hojas caducas que nutre la exuberancia vegetal y que hoy se entrevera con el barro; si el pie se equivoca, el riesgo de enterrarse hasta la mitad de la pantorrilla es bastante alto.

Abajo está la base de todo. Aquí nace la yerba mate, silvestre, como en casi ningún punto del país; se entrecruza con las raíces del arrayán y la pitanga, la quina de campo (la que Rómulo Mangini mezcló con cáscara de naranja cuando se le dio por inventar la tónica Paso de los Toros), la espina corona, la envira (usada para cestería), el chalchal, (“no podemos poner todas porque no nos da el día”, dice Andrés, y sigue enumerando): camino de vaca, tembetarí, palo látex (al cortar la hoja se desprenden gotitas de un líquido blanco y pegajoso “que de chicos poníamos en los alambres para cazar pajaritos”), calaguala, algunas palmeras pindó. Hasta un mandarino creció en plena quebrada. Y entre todos ellos cuelgan las barbas de viejo y la usnea, dos curiosidades más de la naturaleza que le dan al espacio el aspecto de bosque encantado.

PARAJES - Foto 3 IGNACIO ITURRIOZ
La naturaleza naciendo en la Gruta de los Helechos. Foto: IGNACIO ITURRIOZ

La gruta toma su nombre de las plantas. El ingeniero Carlos Brussa relevó 80 especies de helechos en el área, pero son, sin duda, los helechos de tronco (dicksonia sellowiana) los que se llevan todas las palmas. Hay que andar un rato para encontrarlos, un rato sin desperdicio caminando entre las paredes de piedra que se funden con troncos y raíces de la vegetación queriendo llegar a la superficie, hay que detenerse a mirar los “hongos saprófitos de madera muerta” que parecen mariposas adheridas a los troncos, o detectar un nuevo brote vegetal naciendo entre el mantillo. Al final, allí está la sellowiana, con sus hojas que alcanzan dos metros de largo y cuyo tronco raíz, también conocido como xaxim, es utilizado para hacer macetas debido a que conservan mucho la humedad. Necesita un ambiente muy especial para crecer, mezcla de humedad excesiva y buen resguardo, y la quebrada es uno de los pocos lugares en Uruguay que se lo ofrece.

Al menos por ahora el helecho gigante puede verse: la idea de las macetas, tanto aquí como en Brasil provocó la sensible baja en el número de plantas, al punto de que su comercialización está prohibida, aunque es bastante común verlas en ferias. La depredación es el motivo principal por el que el dueño del campo ya no permite la visita del público, aunque la llegada a la gruta –ajena a todos los mecanismos de protección de áreas naturales del país– no cueste más que el esfuerzo de saltar un alambrado.