Tenía que encontrar una palabra, se me hacía difícil, y en ese momento me di cuenta que nunca miramos a nuestro interior, hablamos sí, pero hablamos de esas cosas sin ningún sentido, de lo mal que están las veredas, de que la gente que pide limosna no se fija en el horario. Sí, a veces lo dicen sin darse cuenta que el hambre y los niños pican a cualquier hora.

Hay veces que viene “gente extraña” y nos rompe los esquemas, como una vez que Durazno quedó inundado de miedo por un fantasma que vivía en el museo de Rivera.

¿Qué somos, entonces? ¿Sencillos, simples? No lo creo, porque si bien no se escuchan quejas por el hecho de que no haya cine, cuando en la plaza Sarandí se encuentra una hoja que se desprendió de un árbol viejo, se escucha una revolución de pensamientos: “¡Ay! Acá nadie cuida nada”.

¡Qué sé yo!, cuando esas cosas pasan creo que somos complicados, no sencillos.

Es muy habitual escuchar a los estudiantes decir que cuando tengan hijos los criaran acá, y entonces propongo la palabra maternal –“tierra propicia”– para formar una familia.

Lo cierto es que cada habitante de este pueblo está enamorado de él, de este lugar donde se sienten parte del mundo, donde cada domingo se va a la casa de la abuela a comer ravioles, donde se aplaude cada vez que se sirve asado los sábados, donde el lunes nos quejamos todos y saltamos de alegría el viernes, donde para los jóvenes ir a la plaza Independencia o a la avenida es suficiente; donde casi todos entendieron que no hay que correr hasta la felicidad, porque si corrés muy rápido, la podés pasar.

Sí, eso es, un lugar en el mundo, chiquito, pero para qué darnos más, si así estamos contentos; cada cosa que nos mueve el suelo queda en nuestro pensamiento un tiempo, es como la energía que nos hace vivir, pero con la rutina también somos felices.

Y si, tal vez nos sorprendemos con muy poco, o nos disgustamos y gastamos tiempo en cosas innecesarias, pero según dicen los sabios de por aquí, la vida es eso, una montaña rusa: todas las partes hacen que al bajarte sonrías.

Quizá a esto sólo lo apreciemos nosotros, quizás nadie más lo entienda, pero ahí es cuando entra lo mágico, es como en las cartas y sus lados diferentes; al mundo le mostramos una imagen aburrida, llena de huecos, de nadas, pero para nosotros el pueblito es intocable, es puro. “Perfecto” quizás no, pero “maravilloso” le queda algo chico.

Una de las cosas que pone los pelos de punta a los duraznenses es escuchar a alguien de la capital decir “me voy para afuera” cuando geográficamente te estás yendo para adentro. Son esas cosas chiquitas, que duelen muy poquito, comparadas a las que acongojan un montón, como cuando la familia sueña con que su hijo se reciba, por ejemplo. Supongo que en departamentos universitarios no es lo mismo, ya que nunca se perdió el vínculo: cada semana, las madres en Durazno están orgullosas de sí mismas por no morirse de tristeza por tener el nene allá, y de ellos por seguir adelante en su sueño de ser alguien. Qué cosa loca es acá esa idea, que remonta por sobre todas las otras, que no se pregunta: se da por hecho que el sueño de toda persona es el de “ser alguien”. Tanto fue así que muchas veces cuando la persona elegía un oficio no del todo profesional, era como un insulto a toda la educación que había recibido. Claro que no pasa en todas las familias, y de a poco vamos saliendo de esa mala costumbre.

¿Un pueblo viejo? Si, puede ser, muchos de los jóvenes duraznenses están estudiando en la capital, y después seguramente se queden por ahí nomás, pero es parte de lo que nos enseñan cada día, desde que vas al jardín te dicen que cuando seas grande vas a estudiar una linda carrera que te guste. Y así acaban por acostumbrarse, la madre, los hijos, la abuela, todos; digo madre y abuela no porque sea una sociedad machista, sino porque a los hombres no se les escucha hablar sobre la angustia del nene tan lejos, y no es que no lo sientan, pero no lo trasmiten.

Estoy segura, retomando todo lo dicho, que de hacer una ecuación entre lo positivo y lo negativo, el resultado daría una gran vida.


Abril tiene 14 años, nació en Durazno y allí vive. Cursa tercer año de ciclo básico y espera convertirse en actriz. Planea ir a Montevideo en el futuro y estudiar teatro en la Emad, también Ciencias de la educación y politología. Hace un año comenzó a escribir pequeños ensayos, y ahora le gusta mucho el género.


Dibujo: Silva Bros

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