En el rincón más angosto de la mística porción de tierra que llamamos Uruguay se encuentra Salto, tierra de ocasos y azahares, de fogones y guitarras, donde las temperaturas son más fuertes que los temperamentos de los habitantes, y las aguas del río, refrescantes y cambiantes, sólo se comparan con los vientos salvajes de las risas salteñas.

Desde las paredes resquebrajadas del chalé Las Nubes, con sus arrullos y sus historias, hasta los pilares relucientes del Muelle Negro, con todas sus expectativas y rebosando posibilidades, Salto cuenta una historia a quienes estén dispuestos a escucharla. Un lugar apacible y alejado, al cual la prisa del mundo parece no haber alcanzado, donde las personas aún salen los domingos por la tarde a tomar mate a la costanera mientras los niños juegan al “fúbol” y gritan acalorados con las mejillas enrojecidas por el esfuerzo y la rabia.

Lo increíblemente enervante del lugar, no importa si recorres los caminillos escondidos del parque Harriague o te dejas llevar por el encanto de las puestas de sol en la costanera, es que sea casi imposible encontrar quienes contemplen silenciosa y meditativamente el paisaje que lo envuelve, pues suelen dar la espalda a las azaleas, al sol haciendo de oro el agua del río, a las aves que surcan los cielos índigos del anochecer, al atractivo de la vida. Van de espaldas a la vida misma, demasiado concentrados en quién puede o no pasar por ese lugar usando qué y acompañado de quién. Por aquí y allá se encuentra a algún conocido, y mediante sonrisas frías y carentes de cualquier cariño se cumple con el protocolo y se procede al escrutinio de sus ropajes. Es increíble cómo, sin quererlo, uno consigue caer en las redes invisibles de la hipocresía de la que con tanto empeño intenta huir, en la falsa sensación de que cumpliendo con la inclinación de cabeza en señal de reconocimiento, e incluso con esa media sonrisa que no alcanza a los ojos, puede uno ser perdonado de todo pecado cometido y librado de todo juicio.

Es ahí donde reside el error, pues el juicio está presente sin importar lo que hagas. Es en general un pasatiempo que muchos se enorgullecen de ejercer, y como parte de una ciudad relativamente pequeña no puedo, aunque desee, desprenderme de esta danza sin fin en la que habilidosamente se desenvuelve la gente, y que lejos de brindarme orgullo me ha concedido más de una noche en vela.

Pero hasta cierto punto esto llega a resultar positivo. El juicio constante emitido por la mayoría de la población provoca en algunos la necesidad de comportarse. O, al menos, de controlar su desenfreno en busca de un castigo social menos pesado, lo que ha sacado a más de uno de grandes aprietos. Debido al propio “chimento” uno se ve envuelto en un sentimiento de importancia y pertenencia, de relevancia social y en cierto modo de seguridad, porque nos provee una certeza de vigilia constante, de la idea de que sin importar el contexto o la situación siempre hay alguien observando y dispuesto a dar una mano, con un “hoy por ti mañana por mí” grabado a fuego en la mirada, con el pausado andar propio del Interior, carente del urticante apuro al que se someten los capitalinos y que les resulta casi natural. Aquí la gente no corre como en las grandes ciudades, y el apuro y la emergencia parecen fluir más lentamente. Pero es allí donde reside el conflicto, es lo que atrae y repele: es la tranquilidad del lugar, es lo apacible de la gente lo que llama la atención, lo accesible de las distancias, la decencia de las escuelas, las calles son limpias y las plazas tranquilas, es un lindo lugar para criar niños…

Es la falta de iniciativa, de empuje, de entusiasmo, es la felicidad inmaculada que se encuentra en lo ordinario. Y si la ignorancia no es felicidad, es sin duda mucho más sencilla que la carga –a veces dolorosa– del conocimiento; es la propia contracara del condenado chisme. En lugar de estimular el progreso, la mejora, la brillantez, a cualquiera que vuele más alto, que se pruebe mejor, menos conforme, en lugar de facilitarle el camino e incitarlo a superarse, se le atan las manos, se le mira con desprecio y se le intenta sabotear. Son los celos, la envidia y la conformidad los que te empujan hacia adelante, los que te llevan a querer dejar este lugar y transformarlo en nada más que un recuerdo, sólo otra línea en ese libro que se escribe día a día, otro punto rojo en el mapa de tu pasado.


Valentina tiene 17 años. Nació en Gainesville, en el estado de Florida, Estados Unidos y desde los 3 meses vive en Salto. Actualmente cursa sexto año de liceo, opción agronomía y “el plan” es continuar luego los estudios en Estados Unidos.

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Ilustración: Eugenia Assanelli