Quiénes son, qué sueñan, qué hacen, qué les gusta y qué no les gusta de sus comunidades. Libre como Ajena, Futuro Interior es una sección con dos consignas: ser joven y tener ganas de contarnos algo de la comunidad donde viven.

1. Minas, ciudad del Interior. Me detengo por un momento en esa palabra: “interior”, que así, mirada en su desnudez, alude a lo profundo, lo misterioso, lo que subyace, justifica y sostiene el peso mudo de los eventos y las apariencias. Forzando un poco la metáfora podría pensarse en Montevideo como símbolo de esa apariencia, la carne visible del país, el cuerpo donde las cosas capitales ocurren. El Interior sería, pues, como el alma de ese cuerpo protagonista y en movimiento, el lenguaje capaz de decirlo y brindarle una interpretación, una vida, un sentido desde afuera. Un afuera que viene desde adentro. No obstante, antes de darse al cuerpo el alma debe reconocerse como tal y estar dispuesta a enfrentarse a sí misma. Minas tendría que “minarse”, ponerse en riesgo para por fin conocerse y crear su propio lenguaje; pero basta andar por la calle para entender que ha optado por ser un alma perezosa que ronda los contornos de su voz.

¿Cómo hallar esa voz? ¿Dónde está el interior del Interior?

2. Aunque muda, la ciudad habla sin cesar. Se diría que no hace otra cosa más que eso, hablar, porque ni siquiera escucha. ¿Cuál es el origen de las habladurías? ¿Cómo se explica que dos mujeres se detengan en la esquina para difamar a quien ayer les trajo información fresca de otro vecino? ¿Cómo alguna gente puede vivir toda la vida inserta en esa red de conspiraciones, donde todos son víctimas y victimarios? La primera respuesta que se me ocurre es la siguiente: en un contexto empobrecido resulta más fácil crecer y desarrollarse aplastando al de al lado, en vez de engrandecerse por mérito propio. Crecer implica trabajo, disciplina, abnegación, entablar una carrera contra sí mismo, aceptar límites y alcances… y eso a veces duele demasiado.
También puede pensarse en términos narrativos. Digamos que cada uno de nosotros es el autor de su propia novela, el encargado de escribir con su vida la mejor historia posible. Ya se sabe que la altura de una historia está determinada por el estatus de su peripecia. Sin problema no hay narración. Para vivir una vida digna hay que lanzarse a la experiencia del problema, pero el asunto está en que no todos se hallan dispuestos a asumir ese desafío. ¿Qué hago entonces? Fácil: me apropio de la historia del otro, compenso mi cobardía dando un zarpazo a su destino, le robo su coraje y su fracaso y su aventura y su vergüenza y sus secretos. No para ser él, sino para hacerlo mío. Integrarlo a mi nada.

3. Sentado en la represa me asalta una pregunta: ¿de dónde proviene esta sensación de que las mejores cosas ocurren cuando no ocurre nada?

4. Salgo a caminar. Busco un lugar de refugio. Antes de llegar al Puente Fierro me detengo a fumar en la glorieta. Saludé a no menos de veinte personas en el camino, y estoy furioso. No sé cuántas veces después de haber tomado la decisión de no responder al saludo de algunos hipócritas, me veo cediendo al imperativo social. Respondo, asiento, sonrío, tiendo mi mano, contesto a sus preguntas, entro en el juego. Me descubro tan hipócrita como el otro, y hasta podría decirse que, entre iguales, el saludo se siente como un gesto natural y necesario. En días como estos me reprocho ser cortés. La cortesía me funde al enemigo, entronca la distancia en un lazo casi fraterno pero íntimamente herido. Sin embargo, sólo yo siento la herida de la traición. A diferencia del otro, soy un hipócrita a conciencia. Él, por tanto, es quien debiera retirarme el saludo.

5. Las minas de Minas. Mucha gente que viene de visita elogia a las mujeres de la ciudad. Pero lo que el extranjero califica de belleza para el minuano no es más que un milagro soso y repetido, una estrella provisoria. Imposible no ver a la misma mujer cada dos o tres días, cuando no dos o tres veces la misma tarde. Aquí no hay lugar para amores platónicos. Los hombres son testigos desgraciados de un proceso fatal que, a fuerza de tiempo y frecuentación, marchita la carne y hasta la gracia de la más bella.

6. Caminar y repasar mi historia. Hallar dos o tres momentos verdaderos. Sin explicación. Tres instantes de un instante que obligan a decir, ahora y en voz baja, fue real. Levanto la cabeza. Tres pájaros cruzan por el sol, su brillo los traspasa y los absorbe. Desaparecen. Son reales.

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Ilustración: Javier Gómez