Bajo llave, en un espacio que lleva al campanario, duerme un singular Cristo tallado en madera. Durante tres décadas presidió el altar de la iglesia San Pedro, en Durazno, pero un grupo de fieles, bajo el argumento de ver “símbolos satánicos” en la obra, logró que fuera bajado. Quienes se opusieron a la medida afirman que el estanciero Santiago Bordaberry, hijo del extinto dictador y ferviente católico antiliberal, fue quien lideró la “cruzada”. Diez años después la polémica sigue dando vueltas, y no sólo entre los fieles.

La escultura representa a Jesús en la cruz, resucitando: para simbolizar su ascenso al cielo los brazos no están abiertos sino pegados al cuerpo. Tiene rasgos indígenas y un pantalón de pescador. Luego de tres décadas presidiendo el templo, la iglesia decidió bajarlo del altar. En su lugar colocó un Cristo crucificado, más pequeño, estándar. Diez inviernos va a cumplir la cruzada: el cambio de escultura se realizó una gélida noche de agosto de 2005. La defendió un párroco colombiano, Ramiro López, recién llegadito a la ciudad, y tuvo el amén del entonces obispo de Florida y Durazno, Raúl Scarrone.

Indignados, algunos feligreses protestaron dejando de asistir a misa. La prensa local amplificó la polémica, en la que participaron periodistas, artistas locales, miembros de la Comisión de Patrimonio local y hasta algunos clérigos. El retiro fue en nombre del párroco, pero no pocos duraznenses señalaron a Santiago Bordaberry
–ultraconservador católico “sospechado” de carlista– como su principal promotor.

El alboroto llegó a oídos del primer gobierno de Tabaré Vázquez que en enero de 2006, mediante una resolución presidencial, declaró a la obra monumento histórico nacional, ordenó que permaneciera en el templo y estableció que fuera ubicada en el altar, tal como previó el artista plástico Claudio Silveira Silva al tallarla. Y ardió la ciudad.
El obispo Scarrone consideró la decisión como una intromisión del Estado en los asuntos eclesiásticos, y no tardó en mover sus contactos. No menos rápido, Bordaberry ayudó a reunir 240 firmas para respaldar una denuncia penal contra tamaña resolución. Pero no fue necesaria: tres meses después Vázquez revocó la obligación de que la escultura volviera al altar; aunque mantuvo su carácter de monumento histórico.

Tal distinción exige que la obra sea expuesta en un sitio digno y abierto al público. Sin embargo, el Cristo continúa bajo llave en una salita de paso que la iglesia califica sin ironía de “museo parroquial”. Prácticamente en solitario, la escultura sigue como recostada en penitencia sobre una escalera que conduce al campanario. Una rajadura parte en dos el rostro indígena de Jesús. No existía antes de que fuera bajada del altar.

En 1967 un incendio arrasó el interior de la iglesia San Pedro. Para reconstruirlo convocaron al ingeniero Eladio Dieste, que aplicó la técnica de la “cerámica armada” por la cual es estudiado en varias universidades del mundo.
Al igual que el templo moderno que propuso Dieste para la reconstrucción, la escultura de Silveira Silva pareció coronar el impulso renovador de ciertos sectores de la Iglesia Católica tras el aggiornamento que propició el Concilio Vaticano II. Eran tiempos de crisis económica, de revueltas sociales, de guerrillas y de golpes de Estado en Latinoamérica. La escultura no quedó al margen de esa ebullición. Cuando fue colocada en el altar en 1971 –con una misa a la que asistió toda la jerarquía católica–, llevaba más de un año envuelta en la polémica. A pedido del párroco el artista talló en 1969 en un tronco de naranjo el Cristo que presidiría el altar. Antes de colocarlo allí, lo expuso en un galpón que casualmente está ubicado frente a lo que será el museo Claudio Silveira Silva que se inaugurará este año.
Como el artista simpatizaba con la izquierda –aunque no integraba ningún grupo político–, hubo quienes vieron en el Cristo un mensaje revolucionario: el rostro indoamericano y los brazos pegados al cuerpo evocaban la imagen del cadáver del Che Guevara, asesinado en 1967, y el pantalón de pescador era un guiño a la lucha de los cañeros de Bella Unión.

Esas interpretaciones sorprendieron al propio Silveira Silva, y cuando se popularizaron hubo quienes reclamaron la intervención de otros escultores para decidir la suerte de la obra. Molesto, el artista decidió llevarse la escultura a su taller. Consideró la posibilidad de llevarla a Brasil o, como sugirió su padre, de construirle una capilla en Yaguarón, según contó el ex intendente blanco Raúl Iturria al defender la obra y criticar su retiro del altar en una extensa misiva que publicó el periódico local El Acontecer en 2005.

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En el lugar ideado por Dieste para el Cristo de Silveira cuelga otro, martirizado, clásico. FOTO: Ignacio Iturrioz.

Allí detalló que a comienzos de la década de 1970 el escultor se encontró con Dieste en la agencia de Onda en Durazno. Ese día el ingeniero habría convencido al escultor de que el Cristo debía presidir el altar, lo que es puesto en duda por los detractores de la obra. Como prueba del acuerdo, el círculo más íntimo del artista argumenta que fue el propio Dieste quien diseñó el soporte de hierro que sostuvo la pesada escultura de dos mil quilos.

Fue en la Semana Santa de 2005 que el párroco colombiano Ramiro López cubrió con un lienzo el Cristo. Lo hacía, justificó, retomando una vieja tradición eclesiástica de tapar las imágenes en señal de luto.

En junio, sin más explicación, volvió a cubrirlo. La polémica, que ya estaba insinuada, se coló a la prensa. Tres décadas en el altar de la principal iglesia de Durazno habían convertido a la singular escultura en un ícono artístico de la ciudad. El obispo Scarrone sin embargo respaldó la decisión del párroco, y a través de una carta pública lamentó que “gente ajena a la comunidad católica se entrometa con sus opiniones a distorsionar la acción pastoral y evangelizadora de la Iglesia”.

No todos los clérigos opinaron lo mismo. El presbítero Gabriel González, párroco en la iglesia San Pedro hasta 2003, argumentó, también en una carta pública, a favor de que el Cristo se mantuviera visible en el altar. Y el pastor metodista Rodolfo Míguez consideró legítima la decisión de las autoridades católicas, pero defendió la obra como el único Cristo ecuménico de Uruguay que auspiciaba un punto de encuentro entre católicos y protestantes.

En su carta, Iturria opinó que “cubrir la obra con un paño es peor que descolgarla”. Le valió un altercado verbal con Juan María Bordaberry  y con su hijo Santiago, como también dio cuenta la prensa. En ese clima, a fines de agosto de 2005 el Cristo de la discordia fue descolgado. Poco después el padre Ramiro regresó a Colombia, sin explicar cómo se las ingenió para retirar una escultura de dos mil quilos, aunque argumentó que lo hizo a pedido de los parroquianos. Sin embargo, varios fieles que asistían a la iglesia enviaron una carta al obispo, también publicada en la prensa, en la que cuestionaron no haber sido consultados y acusaron a un “cerrado grupo” de fieles de promover el retiro de la obra.

A instancias de la Comisión de Patrimonio de Durazno la Intendencia declaró al Cristo monumento histórico departamental en diciembre de 2005. Un mes después el gobierno de Vázquez lo haría a nivel nacional.
El artista Silveira Silva, radicado en Barcelona, falleció poco después. Uno de sus hijos, Héctor Silveira, recordó a Ajena que su padre estaba muy enfermo cuando se enteró de los hechos. “Fue un gran disgusto. Porque si bien el Cristo quedó adentro de la iglesia, permaneció bajo llave y sin exhibirse al público.”

En 1969 su padre firmó con la Iglesia un documento que condicionó la donación de la escultura a que se mantuviera en el altar. De lo contrario, consignaron las partes, volvería a manos de su creador. Durante un homenaje realizado al artista luego de que falleciera en enero de 2007, su hijo le entregó el documento al entonces intendente Carmelo Vidalín. “El Cristo es de la familia –dice el hijo del escultor-. Desde que se bajó, la Iglesia incumplió un compromiso escrito con mi padre.” A pesar de ello, nunca reclamó la obra porque confía en que la Iglesia, en algún momento, la vuelva a colocar en el altar.

Una “alianza tácita” entre la jerarquía eclesiástica y los feligreses más conservadores del templo -representados por Santiago Bordaberry- se habría configurado en 2005, repiten a Ajena quienes se opusieron al retiro del Cristo.
Bordaberry asiste a misa todos los domingos y su familia está vinculada a las tareas cotidianas de la parroquia. Forma parte de una influyente familia de ganaderos dueños de dos emblemáticas estancias en las cercanías del pueblo Carlos Reyles, y sus páteres familia han estado vinculados a los sectores ruralistas de los partidos tradicionales.

Consultado, Bordaberry apenas admitió a Ajena que lo señalan como el promotor del retiro del Cristo, pero descargó la responsabilidad en las autoridades eclesiásticas. No obstante, para una cobertura periodística sobre la polémica que realizó  Búsqueda (25-V-06), opinó que el Cristo no era una imagen “adecuada” porque se vinculaba a símbolos satánicos. “Para los satanistas –argumentó- el Cristo con los brazos al costado es el Cristo vencido, el Cristo que está derrotado por el mal.” En cambio, el Cristo crucificado y con los brazos abiertos está triunfante, “abrazando al mundo”. Criticó los pantalones como un símbolo “impropio de la época” y cuestionó que la obra presentara “un cadáver que está no sólo muerto, sino demacrado, ofendido”. Y advirtió: “estamos llenos de demostraciones en todo el mundo de cultores del satanismo”.

En ese sentido el Cristo se vincula con “enemigos de la Iglesia de hace mucho tiempo, que le dan suma importancia a los aspectos simbólicos”. Para rematar, cuestionó: “¿Por qué la masonería local le da tanta importancia a que se quite de la cruz?”.

Es vox pópuli entre los duraznenses que Santiago Bordaberry –al igual que su padre- adhiere con convicción al Carlismo, un movimiento político conservador que surgió en el siglo XIX para colocar en el trono español a una rama alternativa de la dinastía de los Borbones. Antiliberales y antirrevolucionarios, los carlistas realizan una interpretación tradicional del cristianismo.

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El interior de la iglesia fue diseñado por Eladio Dieste, luego de que el edificio se incendiara. FOTO: Ignacio Iturrioz.

Dos posturas conviven hoy entre quienes se opusieron al retiro de la escultura. Por un lado, los que sostienen que el Estado debe exigir a la Iglesia que el Cristo, en tanto patrimonio histórico, sea entregado a un museo y deje de estar invisibilizado. Por el otro, quienes insisten en que la iglesia Católica tiene la obligación de reincorporar la obra al altar de un templo que, también patrimonio histórico, ha sido “amputado”.

Esta última posición es la que comparten los allegados al escultor, y la Intendencia: “Sacarle la escultura a la Iglesia, es sacarle el problema. Para nosotros es cuestión de tiempo para que la obra sea reintegrada al altar. Mientras esté bajo llave en una sala del templo, la Iglesia tendrá que seguir explicando una y otra vez por qué la tiene allí. Si insistimos para que el Cristo salga de la iglesia estamos avalando la mutilación del templo que diseñó Dieste”, razonó un jerarca que pidió mantener en reserva su nombre.

Por su parte, cuando en 2007 asumió el actual obispo de Florida y Durazno, Martín Pérez Scremini, admitió a los integrantes de la Comisión de Patrimonio que fue un error la forma en que su antecesor avaló el retiro de la obra. Y hasta reconoció que él no la hubiera quitado del altar, generando ciertas expectativas sobre el regreso del Cristo a su ubicación original.

“Cuando llegué a la diócesis, el Cristo ya había sido bajado”, dijo el obispo, aunque ante Ajena prefirió no abrir juicio “sobre la manera en la que se bajó el Cristo ni si fue la mejor decisión”. Tampoco quiso opinar sobre los símbolos satánicos que le atribuyeron algunos fieles como Bordaberry ni en qué medida incidieron para bajar la obra. Y a contrapelo de las expectativas que generó al asumir hace ocho años, no dudó en afirmar: “No tenemos pensado volver a colocar el Cristo en el altar. Fue un momento conflictivo que se vivió en Durazno y no creo que sea conveniente revivirlo. Con el párroco que vino a continuación se aquietaron un poco las aguas, no sería bueno removerlas”.
Más bien parece que el obispo es afín a que la obra salga de la iglesia: “Desde el punto de vista artístico, es una obra muy importante. No tendría problema en que sea expuesta en el museo del artista que se está por inaugurar. Amerita que una obra así la puedan ver todos. Pero ninguna autoridad ha hecho la gestión para trasladarla allí”. Ni la hará: la Intendencia no tiene previsto llevar el Cristo al museo. “La iglesia algún día tendrá que darle un lugar en el interior del templo, no en un museo”, dijo a Ajena el historiador Óscar Padrón, director de Museos de Durazno.
A pesar de que lleva diez años guardado bajo llave, quienes pugnan porque el Cristo vuelva a presidir el altar de la iglesia coinciden en señalar que la polémica fue una “excelente oportunidad” para revalorizar la escultura y aferrarla al patrimonio local. Pero si se respeta el lugar para el que fue creada: la iglesia San Pedro que reconstruyó Dieste. “La escultura –explicó Padrón- forma una unidad con la iglesia desde que se la inauguró en 1971. No es un agregado posterior, sino que fue el propio Dieste el que acondicionó el espacio para que el Cristo estuviera en el altar. El templo sin ese Cristo está incompleto.”

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Cristo tallado en madera de naranjo, de Claudio Silveira Silva. FOTO: Ignacio Iturrioz.

 


El templo que reconstruyó Eladio Dieste

Tras el incendio de 1967, sólo el frente de la iglesia San Pedro quedó en pie. Con gran creatividad, Eladio Dieste (1917-2000) reconstruyó su interior con paredes y techos sinuosos revestidos de ladrillo armado. El ingeniero utilizó el mínimo de hormigón posible para darle amplitud y liviandad al templo. El efecto de la luz, que se introduce a través de formas geométricas, parece darle movimiento a una estructura que se sostiene sin columnas. El presbiterio, iluminado por un potente foco de luz natural que desciende del cielo, está separado apenas por un pequeño escalón del espacio comunitario, más oscuro pero también sin ninguna barrera. En la unión de ambos espacios, que simboliza la conexión entre lo terrestre y lo divino, estuvo durante tres décadas el Cristo de Claudio Silveira Silva. El soporte de hierro que creó Dieste para sostener la escultura no se veía de frente, lo que daba la sensación de que el Cristo se mantenía suspendido en el aire, ascendiendo al cielo, resucitando.


Génesis del Cristo de la discordia

El artista fue contactado en 1969 por el párroco de la iglesia para que decorara el templo con tallas de madera no convencionales que estuvieran a tono con la reconstrucción moderna pensada por Dieste. El proyecto era más ambicioso de lo que resultó: incluía tallar el ambón con los cuatro evangelistas, el altar con los doce apóstoles, la pila bautismal, y las puertas con figuras de los profetas. El párroco le pidió al artista que hiciera un Cristo que no estuviera “agonizante”, sino “triunfal y glorioso”, según contó el ex intendente Raúl Iturria. “Tampoco quiero un Cristo en pañales” (en alusión al clásico taparrabo), le habría dicho el párroco, relató un amigo del artista a Ajena, de ahí el pantalón de pescador. Silveira Silva viajó a la estancia de su padre, en la frontera con Brasil, para tallar la obra en el tronco de un inusual naranjo de más de cuatro metros que habría crecido en un monte nativo (los naranjos, según Iturria, no suelen tener más de un metro y medio de altura). Para tallar la obra en un único tronco, el artista decidió hacerlo con los brazos a los costados y simbolizar entonces la resurrección. La cruz la hizo con otros dos troncos de naranjo que pintó de verde (en alusión a la esperanza) y rojo (para simbolizar el amor). El párroco aprobó la obra, pero murió sin verla en el altar.


Claudio Silveira Silva (1935-2007)

Nació en Río Branco, pero desde muy joven se radicó en Durazno. Es un referente ineludible del arte departamental, como lo prueban las dos salas de la Casa de la Cultura que tienen sus tallas o el monumento al peón rural, frente a la base aérea. Fue docente del liceo departamental y del Taller Municipal de Artes Plásticas. Durante la dictadura se radicó en Barcelona. Reconocido en Europa, algunas de sus obras también se encuentran en templos del Interior. En 2012 el Cristo fue expuesto en una amplia muestra de sus obras en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo. Al inaugurar la exposición, el entonces ministro Ricardo Ehrlich anunció que el Estado daría en comodato una finca para instalar el Museo Claudio Silveira Silva en Durazno, que se inaugurará en el primer semestre de este año.