En el Interior es más difícil ver cine que en Montevideo. Más difícil todavía es acceder a películas por fuera del circuito hollywoodense. Sin embargo, mientras que en la capital las salas no asociadas al sector de las grandes multinacionales han sido engullidas por éste, en el resto del país porfían emprendimientos –algunos comerciales, otros autogestionados– que se proponen, a pesar de las dificultades impuestas, que la experiencia de ver cine no muera.

En la Ciudad Vieja de Montevideo, bajando por la calle Ituzaingó y subiendo por el maltrecho ascensor que lleva al cuarto piso de un edificio a dos pasos del mar, casi en el zaguán de un apartamento bien iluminado, descansa una máquina, alta como una persona, que se encarga de dirigir, en simultáneo, cuatro pantallas de cine a cientos de quilómetros de distancia: una en Artigas, otra en Castillos, otra en Fray Bentos, y otra en Florida. Todas gobernadas desde esta oficina –la cabeza del pulpo– que, a través de su servidor informático, le envía a cada sala un archivo con la película; al instante, en la otra punta del país, bastará un clic para hundirse en la butaca y dar comienzo a la función.
La industria cinematográfica vivió un temblor en los últimos años, signado por la extinción (a impulso de los grandes estudios de Hollywood) del viejo formato de proyección en cinta de 35 milímetros, y la irrupción del formato digital bajo total control de sus mentores. Lo que significa que cualquiera que quiso exhibir sus películas tuvo que hacerse de la tecnología acorde, e ingresar de lleno en un sistema que no hace sino reafirmar la posición dominante de estas grandes compañías en el sector. Las películas ya no son cintas que pasan frente a un lente, sino archivos en un disco duro, con configuraciones adheridas y claves de seguridad.

El cuartel general de la Red de Salas Digitales del Mercosur opera en la Ciudad Vieja desde 2013. Su instalación es consecuencia de la aplicación del programa Mercosur Audiovisual, que promovió, con financiamiento mayoritario de la Unión Europea, la implementación de 30 salas de proyección de cine digital distribuidas entre los países del bloque, con el objetivo de difundir contenidos de la región. Cinco le tocaron a Uruguay, y cuatro de ellas se instalaron en el interior del país. Este año comenzaron a funcionar.

Sin embargo, fuera de la capital no muchos más corrieron con la suerte de acomodarse a los nuevos vientos. Las grandes salas del Interior que paladearon épocas doradas, y más recientes trances de decadencia, viven hoy un presente de suspenso ante la posibilidad de desaparecer junto con los 35 milímetros o subirse, a los ponchazos, al último tren del digital, conducido por los popes de la industria. En tanto, en algunos departamentos, varios obstinados por el cine al margen de las grandes carteleras buscan labrar su propio camino y prueban que el sismo tecnológico ha dejado más de un sobreviviente.

Habría que decir, en rigor, que el mandato tecnológico de la gran industria no provocó que todas las salas de cine fuera de Montevideo pasaran un mal rato. Hay actualmente una serie de espacios, distribuidos en varias localidades del país, que son vanguardia en la reconversión. Es el caso del Grupo Macri en Salto y Paysandú, Starlight, en Colonia, y el Grupo Cine en Rivera. Cada complejo, propiedad de estas grandes empresas, abarca varias salas de proyección con todas las de la ley, oportunamente digitalizadas gracias a exoneraciones tributarias concedidas por el Ministerio de Economía en el marco de la ley de inversiones. Se conocen en el sector como “multisalas”. Si hubiera que clasificar los espacios de exhibición de cine en el interior del país, éstas configurarían uno de ellos: algunas funcionan en centros comerciales, y en sus pantallas refulgen las deidades de Hollywood en películas que son adquiridas a instancias de los distribuidores locales (Moviecenter y Life), que operan como sucursales de las grandes compañías internacionales. La impronta de estos espacios no tiene que ver necesariamente con el cine, sino más bien con el modelo de entretenimiento que los acompaña.

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El proyector del Cine Club de Rocha no es compatible con los formatos oficiales. FOTO: Héctor Piastri

En segundo lugar, hay una serie de salas, generalmente pertenecientes a un único dueño –cuando no de propiedad municipal–, que no se alinean con las grandes empresas dueñas de los complejos. Al contrario de estas últimas, cuentan con una historia de reconocimiento local que atraviesa a más de una generación y se remonta a los años en que el cine solía ser el evento cultural y social por excelencia. En la actualidad funcionan en establecimientos donde antes hubo teatros o grandes cines, que luego se acondicionaron para exhibir películas ante la merma de espectadores. Las llaman “unisalas”. Si bien funcionan como islas, sin relación con los complejos empresariales, también operan dentro del circuito comercial, exhibiendo en sus pantallas las últimas producciones de Hollywood y aledaños. A años luz de sus lejanas primaveras, sin padrinos, sin salvavidas estatales ni arcas lo suficientemente caudalosas, a estos espacios el cambio tecnológico les movió el piso.

Mientras que en Montevideo el circuito de las salas fue engullido por los complejos multisalas, en el Interior hasta el año pasado aún sobrevivían, en total, 13 de aquéllas. Por entonces, un número importante de agentes de todo el país vinculados al sector audiovisual (privado y estatal), luego de algunos meses de trabajo, consensuaron un documento titulado “Compromiso audiovisual 2015-2020”, donde se impusieron metas a alcanzar en torno a los ejes “producción, exhibición, y circulación de contenidos, patrimonio, posicionamiento internacional, formación de públicos, y formación técnico-profesional”. En referencia a la situación de las unisalas, el documento dejaba constancia de que ante el “apagón analógico”, estos espacios corrían el riesgo de cerrar para siempre ya que no podían bancar por sí solos los costos del pasaje al mundo digital.

Frente a esta situación, los dueños de los cines forjaron una unión con el objetivo de presentarse ante las autoridades parlamentarias y del Instituto del Cine y del Audiovisual del Uruguay (ICAU). Lograron que se pusiera a consideración un decreto que exonerara de impuestos la importación de los equipos digitales; aunque, al cierre de esta edición, aún no hay resolución al respecto. Desde el ICAU se indicó a Ajena que “hay voluntad política” para su sanción, pero “la realidad es que los tiempos administrativos están demorados”, dijeron. Y los tiempos administrativos no se acompasan con los tiempos tecnológicos: desde el “Compromiso audiovisual” a la fecha, cinco de los 14 cines incluidos en esta categoría ya no exhiben.

“La burocracia nos cansó”, se desahoga José Luis López, dueño de las dos salas que el cine Doré tiene en Minas (Lavalleja). De ambas, sólo una pudo reconvertirse al digital, a impulso de sus propietarios. “Cerrábamos o lo hacíamos”, sentencia López. En tanto, por ejemplo, el cine Beta, de Tacuarembó, el cine de Atlántida, el cine Miramar, de Piriápolis, y el Uamá, de Carmelo, apagaron sus pantallas en los últimos años. Y una época se apagó con ellas.

Isabel Álvarez recorre los pasadizos y vericuetos desolados del viejo edificio. Pasa frente a la gigantesca pantalla –ahora cubierta por un manto oscuro– y sus pasos truenan en la madera del piso. Ingresa a la sala de luces, baja al subsuelo, sube al cuarto de proyección. Las desiertas y vetustas instalaciones del lugar ofrecen un silencio apenas más intenso que el de allá afuera, el que reina en la pequeña ciudad a mitad de la tarde. Finalmente se sienta, callada, a fumar en la boletería. A su alrededor parece escucharse el bullicio espectral de hace más de cien años atrás, cuando el cine llegó al pueblo, que entonces era un reducto de inmigrantes suizos. Pero no hay nadie más.

Isabel es parte de la comisión directiva que administra el cine Helvético, una mole de alrededor de mil butacas plantada en el corazón de Nueva Helvecia, en Colonia, desde los albores del siglo XX, cuando la industria cinematográfica ni siquiera había experimentado el espasmo del sonido, su primera gran revolución. En 1998, luego de más de una década de cierre, el cine reabrió gracias al esfuerzo de los pobladores. Un año antes había sido declarado monumento histórico nacional. Desde hace un año no proyecta películas porque sólo cuenta con una máquina que reproduce cintas de 35 milímetros. Actualmente funciona una vez al mes como teatro, y una de sus fuentes principales de ingreso es el quiosco que vende golosinas en el hall.

“Andamos atrás de las distribuidoras, y nos dicen que no tienen más películas de 35 porque las mandaron todas a Estados Unidos, que allá las iban a quemar”, dice Isabel en tono ofuscado y escéptico. No obstante, el Centro Regional de Cultura Cine Helvético, que así se llama la asociación que gestiona el local, está en plan de ahorro para adquirir el proyector digital. Tienen una oferta del cine Gran Prix, del Cerrito de la Victoria, en Montevideo (el último bastión de las salas particulares en la capital), que finalmente cerró sus puertas. Mientras tanto se las arreglan con un aporte irrisorio de 8 mil pesos que hace el Municipio, destinado a pagar los “sueldos” de dos personas encargadas del mantenimiento del gran elefante de cemento.

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El cine Helvético tiene capacidad para mil espectadores. Hace un año que no proyecta películas. FOTO: Héctor Piastri.

Desde el año pasado, cuando dejaron de circular las cintas, el cine ya no proyecta películas, y su histórica infraestructura junta polvo mientras sus responsables se esfuerzan por volverlo a la vida. El único cine de Colonia, en tanto, funciona en un shopping y está vinculado a la familia del empresario argentino Juan Carlos López Mena. Debidamente digitalizado, no tiene competencia, y exhibe a sala llena.

El costo de la reconversión a digital oscila entre los 40 mil y los 80 mil dólares. Ésta implica, en primer lugar, la adquisición de un proyector compatible con los formatos oficiales, y una renovación del audio. Así lo manifestó a Ajena el cineasta Fernando Epstein, vinculado a las producciones más emblemáticas del cine nacional, actualmente representante de la Coordinadora para la Programación Regional, entidad que centraliza desde la Ciudad Vieja de Montevideo las películas de la Red de Salas Digitales del Mercosur. Entre ellas, el Complejo Cultural 2 de Mayo, en Castillos (Rocha), propiedad del Municipio; el Auditorio Municipal de Artigas; el Cine Nuevo, de Florida; y el cine Visión, de Fray Bentos Estos últimos de gestión privada.

“El sistema funciona con archivos calidad HD. Las salas reciben el mismo equipamiento: básicamente un servidor que se comunica con el central, y desde Montevideo se les envía la película. Se les trasladan los archivos y ellos hacen play en el momento de la función”, explica Epstein.

Las pantallas que integran la Red de Salas Digitales del Mercosur constituyen un tercer espacio de exhibición de películas en el Interior. Su propuesta fílmica tiene que ver, esencialmente, con películas producida por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Y eventualmente alguna coproducción con otros países. Aunque la idea primaria es la articulación de los productos de la región, se está buscando la manera de traer contenidos europeos. Además de la administración de estas cuatro pantallas, la Red busca oficiar de intermediaria entre los distribuidores y las salas comerciales del Interior (particulares y complejos) para garantizar la presencia del cine nacional en los circuitos comerciales.

Este espacio busca terciar entre el cine de masas, que atrae a los espectadores, y el cine que no llega fácilmente al interior del país. “Nos manejamos dentro de un espectro entre lo comercial y lo autoral que sea lo más amplio posible”, indica Epstein, quien sin embargo en tanto cineasta se declara adversario del cine como modelo de negocios que enfatiza el entretenimiento. “Para mí está virando mucho más entretenimiento que cine. Eso lo considero un problemón, porque el entretenimiento se está morfando al cine, y no para de facturar”, sentencia.

Es el año 1986. En el auto que muerde el asfalto de la ruta 9 a una velocidad que apenas se ciñe a los límites permitidos viajan dos personas, además del chofer, que mantiene la suela pegada al acelerador como si nada más importara que llegar a tiempo. Rumbean hacia el este como una bala. Pablo Díaz viaja en el asiento de atrás. Es argentino y acaba de bajarse de un avión en el Aeropuerto de Carrasco, donde, tras un cartel con la leyenda “Cine Club”, lo esperaba una pareja. Subieron al auto los tres. Cuando lleguen a la ciudad de Rocha la función ya estará por largar, con la sala que desborda.

Pablo Díaz es un sobreviviente. Fue testigo del lúgubre suceso del año 1976 conocido como “La noche de los lápices” –en La Plata, provincia de Buenos Aires–, y guionista luego de la película homónima, que fue estrenada a mediados de los ochenta. El mismo año del estreno fue exhibida ante los espectadores que se amontonaban hasta en los pasillos de la sala del Cine Club de la ciudad de Rocha, con la presencia de uno de los protagonistas y en una noche histórica para la vida cultural de la institución.

El Cine Club de Rocha se fundó en 1953, y desde entonces funciona ininterrumpidamente. Olga Aguiar iba en el auto aquella noche; hoy tiene cerca de 90 años y sigue al firme asistiendo a las funciones. Pablo Almandoz pertenece a una segunda generación de clubistas. Ella es socia fundadora, él es el actual director. Juntos desgranan historia pasada y actual de uno de los primeros cineclubes del país, aún en pie.

Nació como una institución dedicada al cine, y fue en realidad un centro cultural vinculado también a las artes en general, nos indica Olga. Comenzó siendo una entidad itinerante hasta que, luego de una larga temporada de nomadismo, pudieron hacerse de un techo propio, que fueron acondicionando. Los fines de semana las películas agotaban butacas en Montevideo, y los martes el Cine Club las adquiría a un precio rebajado y las devolvía a la capital luego de exhibirlas. Desde entonces, y por ingenio de los clubistas, que siempre se acompasaban a los últimos estrenos, los martes de cine fueron un clásico en la ciudad. Tuvieron algunos traspiés durante la dictadura, cuenta Olga, entre los cuales se cuenta la vez que les prohibieron proyectar La revolución (1973), en la que actuaba Federico Luppi.

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FOTO: Héctor Piastri

La cartelera actualizada en sintonía con las pantallas de la capital continúa, la concurrencia de público, en cambio, no volvió a ser la misma. En los años sesenta llegaron a tener cerca de 1.500 socios, de los cuales sólo quedan cien y monedas que pagan una cuota mensual de 240 pesos y tienen derecho a ver cuatro películas de la programación mensual. La mayoría tiene más de 50 años de edad. Un problema, según el actual director.

“Cine Club siempre se orientó hacia el cine de autor. La gente que viene es conocedora de cine. En contraposición es veterana. No tenemos jóvenes. Tenemos esa contra. Nos ven como un círculo muy ‘culturoso’, y eso es una cosa que no pudimos romper. No supimos llegarles a los gurises. Luchamos contra ese estigma de que es un círculo cerrado”, explica Almandoz.

Desde los viejos concursos de crítica cinematográfica hasta la proyección de películas en cárceles y centros de INAU, el Cine Club de Rocha ha insistido, a lo largo de su historia, en actividades para difundir el amor por el cine que sus socios profesan todos los martes a la noche, y expandirlo entre la población del departamento. Cierta vez cranearon un proyecto llamado Cine Móvil: contrataban ómnibus para traer a niños de las escuelas rurales a ver películas a la ciudad. Pablo recuerda: “Y lo fuimos perfeccionando: contratábamos payasos para que los entretuvieran en el viaje, les dábamos comida, souvenires, de todo. Para nosotros la experiencia del cine es en una sala, y el 99 por ciento de los gurises nunca había visto una”.

“Empezamos utilizando un proyector de carbón, que en ese momento ya era una antigüedad –historia el director–. Luego vino el cambio a lámpara. Vivíamos de lío en lío: la máquina explotaba, se quemaba, era un desastre. Para conseguir repuestos entramos en la dimensión de lo desconocido. Se rompían los engranajes, los tornillos, y al final ya no había con qué darle. No sé cómo, me enteré de que en una parroquia del Tala vendían un proyector; salía unos 1.400 dólares, me parece. Y nos fuimos a buscarlo en una Chevrolet vieja que yo tenía. Tiramos con ese un tiempo más, mientras les comprábamos las lámparas viejas a los Hoyts y los Movie. En unas vacaciones dimos Patoruzito [2004], que nos salvó el año. Pero el maquinista nuestro se había ido. Conseguimos un viejo no sé por dónde. Lo instalamos en un hotel de acá, que era un bichero. La cinta se rompía, se trancaba, y el viejo decía: ‘Es tranquila la gente acá en Rocha, donde yo trabajo si se tranca la película me tiran con todo’.”

Actualmente la sala está equipada con un proyector digital (“un Sony pichi”, detallan) que no es compatible con los formatos oficiales, y un reproductor de Blu Ray. La sala es administrada por una comisión directiva de cuatro o cinco personas, y tiene una suerte de “comisión de notables” integrada por los socios más viejos. Las relaciones institucionales están a cargo de Voltaire Baroni, un veterano fundador que oficia de relacionista con las distribuidoras. “Va a Montevideo una vez por mes y pichulea los precios.” Y al parecer no se reserva los ardides que le faciliten la misión: se habla de una mujer que ya debe de tener “una colección de pañuelos”, y de un reconocido distribuidor muy afecto a la caña con butiá. Inversiones de los clubistas.

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Foto: Héctor Piastri

Otro de los grandes momentos de este cineclub fue cuando se exhibió La Perrera (2006), del director uruguayo Manolo Nieto. Filmada en La Pedrera, con pobladores del lugar como protagonistas, el estreno en la sala (con la presencia del director y el productor, Fernando Epstein) suscitó la concurrencia de un bando de espectadores provenientes del balneario que hacían la fiesta cada vez que se veían en la pantalla. “Vino toda la mersa de La Pedrera –narra Pablo–.  Cada vez que aparecía uno conocido empezaban a los gritos en la sala. Estuvo buenazo. ¿Tú viste La Perrera? Es una cagada. Una cagada. Pero los locos la gozaron como unos campeones.”

Se nos asegura que el Cine Club, a pesar de tener un compromiso con el cine de autor, no reniega de su “parte comercial”, que se manifiesta sobre todo en las vacaciones y les permite sacar algún mango para acondicionar las instalaciones. “Seguimos sobreviviendo, pero no hagan olas”, explicaron. Y si bien no tienen un público que les exija los últimos estrenos, y no están con una soga al cuello que los obligue a reconvertirse oficialmente, sí están interesados. Por ello siguen de cerca el resultado de las negociaciones con el gobierno. Y también analizan reconvertirse totalmente por cuenta propia.

“Siempre hemos sido orejanos –apunta el director, y Olga asiente–. Con las salas digitales del Mercosur tú estás atado al servidor de ellos. Ellos tienen sus películas y eligen. Y nosotros siempre fuimos independientes y queremos seguir así. Si queremos dar una iraní hecha por un perro manco, la damos. Y tampoco nos casamos con las propuestas de las grandes. Eso no quiere decir que reneguemos de lo comercial, pero no queremos atarnos solamente a eso tampoco.”
Ajena abandona Rocha y en el Cine Club los temas son recurrentes entre el representante de la nueva comisión directiva y una integrante de la “comisión de notables”, bastón en mano:

—El espíritu nuestro es el de seguir dando cine de calidad. Cine que diga algo.

Y también nos comemos bagallos. ¿Tú viniste el otro día? Dimos Welcome to New York, con Gerard Depardieu, que es sobre el tema de aquel loco del FMI que casi viola a una azafata. Bueno, Gerard Depardieu es un viejo degenerado.

No hace nada. No cuenta nada, la película. Es una orgía desde que empieza hasta que termina. Tiene una cosa a favor: Jacqueline Bisset es una señora que está impecable…

“Cine para sobrevivientes” es el lema de El Ojo Blindado, un colectivo que, en Canelones, defiende un espacio para compartir películas e intercambiar información sobre la obra cinematográfica nacional e internacional de ahora y de siempre, con un gustito a autogestión. Con paciencia, y luego de una breve pausa, comenzarán a funcionar en Descarril, un espacio cultural autónomo que está siendo levantado en una vieja estación de AFE. El Ojo, junto al Cine Club de Rocha, integran lo que sería el cuarto espacio de exhibición de cine en el interior del país. En el sector audiovisual los clasifican como “espacios aptos para exhibir”. Más bien son el domicilio del cine propiamente dicho, y las últimas trincheras de las carteleras alternativas, sostenidas casi siempre colectivamente y a pulmón. Según los últimos relevamientos oficiales de este año, al igual que las grandes salas, han ido disminuyendo en cantidad. Tienen por eso su sitial de honor en esta historia de sobrevivientes, de agonizantes, salvados, muertos vivos y tercos que no se dejan matar.