El faro de Alejandría, una de las siete maravillas del mundo antiguo, guió a miles de navegantes que durante siglos surcaron las aguas del mar Mediterráneo. Lo mandó construir Ptolomeo I, rey de Egipto, tres siglos antes de que naciera Cristo. El constructor, Sóstrato, enamorado de su obra, rogó al rey que le permitiera estampar su firma en aquella maravilla. Pero Ptolomeo se lo prohibió: allí debía recordarse su reinado y no a un simple constructor. Desilusionado, Sóstrato acató la orden. Pero a medias. Labró el nombre de Ptolomeo sobre un material no duradero, y debajo, sobre el mármol, talló su nombre. Con el tiempo, el nombre del rey se desvaneció y apareció triunfante el sello del constructor: “Sóstrato de Cnido, hijo de Dimocrates, a los dioses salvadores y a los que navegan por el mar”.

Dos mil trescientos años después, el director de la escuela número 2 de Durazno evoca la leyenda griega. No para rendir tributo a los dioses salvadores (aunque incumbe a Artigas, el dios laico de los uruguayos), sino para dimensionar las batallas por la memoria histórica. La añeja escuela duraznense fue reformada el año pasado. Antes, los docentes mudaron los bancos, los libros, las oficinas y a los pequeños de moña azul para el piso superior. Cuando descolgaron un pizarrón amurado a una pared del corredor que da al patio central, apareció una frase de José Artigas que los sorprendió: “Todo tirano tiembla y enmudece al marchar majestuoso de los hombres libres”.

Ni Raúl Pintos, el director de la escuela, ni los docentes, ni los padres sabían que allí abajo estuvo oculta durante décadas una frase artiguista con reminiscencias militares que apunta claramente contra el despotismo. Tampoco la recordaban los ex alumnos ni las maestras más memoriosas.

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Algunos padres protestaron: una escuela laica no es lugar para frases con ribetes políticos. FOTO: Ignacio Iturrioz

Las especulaciones no tardaron en aparecer: ¿quién fue el Ptolomeo que ordenó eliminarla y quién el Sóstrato que la preservó? El rumor ganó adeptos: evidentemente era un acto de resistencia, un grito de advertencia contra el golpe de Estado que perpetró en 1973 Juan María Bordaberry, un influyente terrateniente del departamento. Era un grito silenciado por un pizarrón. Algunos padres protestaron. Acudieron a los medios locales para advertir que en una escuela laica no podía permitirse una frase con ribetes políticos –aunque fuera del padre Artigas–, inadecuada para los tiempos que corren. Había que eliminarla inmediatamente. Pero en respuesta otro grupo protestó: si detrás de ese pizarrón alguien preservó la memoria de un acto de resistencia a la tiranía, la frase debía permanecer. La polémica se escabulló y llegó a las redes sociales. Desbordó las fronteras departamentales y se enredó con otras batallas por la memoria. Hubo quienes vincularon el caso a otras pintadas de resistencia aparecidas en esa época en liceos públicos de Montevideo; otros recordaron que el Estado sigue sin cumplir el mandato de una ley de 2009 que exige que se coloquen placas recordatorias en los cuarteles y comisarías donde se violaron los derechos humanos. Y hubo quienes llegaron a juntar voluntades para dirigirse a la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación y pedir: “Que no se borre” y “se tomen medidas para restaurar y conservar el muro donde está la leyenda, así como la instalación de un cartel explicativo”, según reza el petitorio firmado por 554 ciudadanos.

En el calor de la disputa un medio local, Durazno digital, esbozó una hipótesis que no desarrolló: “En la historia del edificio podría estar la explicación”, subtituló. Y reprodujo la historia para que cada lector saque sus propias conclusiones. Pero su historia no daba muchas pistas, aunque decía mucho sobre las asociaciones simbólicas que se estaban montando. Ubicado en pleno centro de la ciudad, en el paradójico cruce de las calles Manuel Oribe y Fructuoso Rivera, el predio fue comprado en el siglo XIX por el poderoso terrateniente Carlos Genaro Reyles, quien construyó el edificio actual y  lo legó a su hijo, el escritor Carlos Reyles. Y como la familia Bordaberry le compró las tierras a los Reyles, hubo quienes concluyeron que la construcción (que fue liceo en 1912 y escuela desde 1921) está vinculada de alguna forma al dictador. Y el argumento, un poco forzado, se regó por las candentes redes sociales.

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La escuela número 2 de Durazno, en el cruce de las calles Oribe y Rivera. FOTO: Ignacio Iturrioz

Enrabada con otras memorias sumergidas y a punto de ebullición, a la frase se la fue rodeando de sentidos latentes o en construcción. “¿Por qué se la vinculó con la dictadura? Bueno, la escuela 2 siempre tuvo un carácter un poco más pro militar que la escuela 1. En la 2 no había muchos docentes efectivos. Entonces, cuando había traslados de oficiales de la base aérea, el cuartel o la Policía, sus parejas tenían derecho a elegir interinatos y normalmente recalaban en la escuela 2. Capaz que alguna directora pro militar mandó tapar la pintada y alguno medio zurdo la quiso dejar. Esa es la idea que manejamos al principio, aunque no sabemos cuándo se pintó ni con qué intención se ocultó. Por la manera de ser de los duraznenses y las circunstancias de la escuela, no sé si fue escrita ex profeso. Hubiera estado notable que alguien se negara a borrar la frase poniendo el pizarrón encima”, dice con entusiasmo el director evocando, indirectamente, a algún Sóstrato local.

Pero lo curioso es que las palabras de Artigas no fueron pintadas en la dictadura, sino mucho antes. Fue una ex alumna quien proporcionó la primera prueba: le acercó al director una fotografía desteñida, que atribuyó a los años cincuenta, donde aparece la famosa frase. Otras pruebas vendrían de ex docentes memoriosos. Por su parte, Griselda Matonte, de 85 años, ingresó como maestra a la escuela en 1952, en la plenitud del Uruguay de las vacas gordas, y no recuerda haber visto ninguna frase en esa pared. “Trabajé más de treinta años en esa escuela y ese pizarrón siempre estuvo allí”, cuenta a Ajena.

Un año después de su aparición, en la pared blanca que da al patio de la escuela luce orgullosa la frase de Artigas. La polémica parece saldada, pero el debate abrió un agujerito para curiosear por dónde andan las memorias sumergidas y las que pugnan por aparecer. No sólo mostró que en cuestión de memorias hay disputas entre los Ptolomeo y los Sóstrato, sino que las memorias cambian con el paso del tiempo, se adscriben a luchas políticas y sociales más amplias, y sobre todo se recuerdan en base a preocupaciones del presente. Porque aunque nadie sabe con exactitud cuándo, cómo y por qué se “ocultó” o se “tapó” esa frase, algo empujó a dejarla expuesta en el presente. “En esa época ‒concluye el director‒ las frases importantes se pintaban en la pared, y ahora esta frase quedará como un sello de la escuela.”

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Durante décadas la frase de Artigas permaneció oculta tras un pizarrón. Al descubrirse muchos pensaron que estaba dirigida a Juan M. Bordaberry. FOTO: Ignacio Iturrioz