Los Olivera viven en Minas de Callorda, en el Durazno más interior, más rural. Aún no tienen energía eléctrica, nunca tuvieron. Cada noche la señora Olivera enciende una vela sobre la mesa de luz, mientras espera, en pocos meses, ser beneficiada por el programa de electrificación rural.

En tanto, siguen las velas, los faroles a querosene o a pila y, cuando es necesario, ruge el generador a gasoil que sustenta un consumo mínimo de lamparitas y una vieja tele blanco y negro que se enciende, como mucho, a la hora del informativo.

La casa es grande, fresca, “bien casa de campo”, pensaría uno que recién llega de la ciudad –y de apartamentos de 45 metros cuadrados–. El pasillo de distribución de las muchas habitaciones mide de ancho lo que los dormitorios de la ciudad de largo; es que en medio de tanto campo lo que falta no es espacio.

Los muros cuentan, dicen y gritan, lo mismo sucede con las paredes de las casas. No son necesarias las consignas o los carteles: cuentan con las grietas, las capas, las texturas. Susurran historias sobre la familia, el paso del tiempo, los recuerdos.

En el estar resalta el almanaque de un negocio del pueblo; en el pasillo hablan solas unas paredes gruesas y antiguas; en el cuarto del hijo mayor asoma la foto del Che Guevara y debajo una cruz católica colgada de una virgen. Afuera del cuarto cuelga un afiche de Juan Pablo II.

En la cocina, Artigas se llena de arrabal y se entrega a un abrazo con Gardel, que se mira de habitación a habitación con Juan Pablo II –el Che encima de la virgen miraría de reojo aquella escena, si no fuera porque está en otra habitación.

Latinoamérica es ese sincretismo, esas mezclas, esos elementos simbiontes que se cruzan y sintetizan en algo nuevo, contradictorio y lleno de colores y retazos y amalgamas de sentires.

En la habitación matrimonial aparece una imagen religiosa con vírgenes que sobrevuelan a un señor que parece (sólo parece) estar tocando el piano. Más hacia el centro, el matrimonio Olivera hace muchos años –quizás 30 o 40, esas cosas no se preguntan– mira a esta versión veterana como cuidándola desde el blanco y negro de otras décadas, desde los recuerdos más anteriores, desde la prolijidad del retrato de época. Abajo de ellos, otra vez, el papa Juan Pablo con los brazos extendidos saludando vaya a saber a qué multitud. Hacia la derecha, la foto de los cuatro hijos varones (sólo uno quedó viviendo y trabajando con ellos en Minas de Callorda); y abajo, por las dudas, la imagen de una virgen. Delante de la foto de un bebé rodeado de hilos y agujas de coser está el almanaque celeste de un escritorio de negocios rurales de Paso de los Toros. Arriba de la vela, el portalámparas para los ratos de generador, y colgada de éste, la bolsita con los remedios.

La memoria, las creencias, las opiniones políticas o culturales, las preferencias por tal o cual ferretería (o la audacia de los comerciantes del pueblo para hacer almanaques o imanes), si yeso o material, si pintura fresca o pared descascarada, si los tonos, si el color o el blanco: es mucha la información que nos brindan las paredes de las casas, los muros de las ciudades.

Deberíamos modificar algunos hábitos y, al entrar por primera vez a un hogar, recorrerlo en silencio deteniéndonos en cada cuadrito y en cada foto, en cada recuerdo de los viajes y en los colores de la pared, para recién después hablar con sus habitantes conociéndolos un poquito más.

casa olivera
Foto: Santiago Mazzarovich.