“Traiga cuentos la guitarra
de cuando el fierro brillaba,
cuentos de truco y de taba,
de cuadreras y de copas,
cuentos de la Costa Brava
y el Camino de las Tropas.”

Jorge Luis Borges
(Fragmento de “Milonga de dos hermanos”)

Endomingados, salen temprano de las casas, aprovisionados para todo el día. A caballo –los menos a esta altura–, en moto, en camioneta o en auto, formando como un camino de hormigas multicolor, van llegando en procesión pagana al punto de reunión; puede ser una escuela rural, un local de feria o las instalaciones de alguna sociedad agropecuaria. Hombres, mujeres y niños de botas recién lustradas, ropa y sombrero de salir, y algún peso en el bolsillo, se juntan a hacer “sociales” cuando hay carreras o hay “beneficio” en la escuela. Algunos llegan temprano para chamuscar una paleta de oveja, y mientras esperan las pencas o el baile de la noche, “grande o chico, siempre hay un jueguito de taba”. Porque si bien la ruralidad está bastante transformada y hay menos caballos que motos y más smartphones que lazos, algunas tradiciones lúdicas de la campaña se mantienen casi intactas. La taba es una de ellas.

No es un juego autóctono ni un invento de los gauchos. Fue introducido por los españoles en toda América y tiene antecedentes aun más lejanos. Pero la paisanada lo asumió como propio y lo mantiene hasta hoy. Como escribió el argentino Jorge Luis Borges, uno de los más lúcidos observadores del gaucho: “sus preferencias fueron la guitarra (…), la taba, las cuadreras, la redonda rueda del mate junto al fuego de leña y el truco hecho de tiempo, no de codicia”.
Aunque fueron definidos por algunos autores como “entretenimientos pacíficos, el de la taba y los gallos”, ambos se prohibieron en tiempos de matreros y gobiernos autoritarios. Demasiadas veces, decían, el alcohol y las apuestas desataban la violencia de aquellos hombres que ponían el coraje por encima de cualquier valor y estaban habituados a resolver sus conflictos a filo de facón: “Murió en reyertas de baraja y taba;/ dio su vida a la patria, que ignoraba,/ Y así perdiendo, fue perdiendo todo”, dijo también Borges en un poema titulado “Gaucho”.

En Uruguay la primera norma que reguló los juegos de azar vio la luz bajo la presidencia del general Máximo Santos. Es la ley 1.595, del 16 de diciembre de 1882, y establece como “absolutamente prohibidos los juegos de suerte, o azar, o de fortuna o en que intervenga envite”. Luego el Código Penal estableció en varios artículos que la explotación y la participación en juegos de azar constituían una falta y no un delito. Pero los avances de la modernidad ya habían metido en el corral de lo clandestino a aquellas costumbres primitivas y al omnipresente juego.

“El disciplinamiento del caos bárbaro, con las pulsiones a menudo desbocadas, fue uno de los resultados de la conversión del trabajo en sagrado y del juego en pecado”, dice Barrán en su Historia de la sensibilidad en el Uruguay. “El Novecientos –sigue– que descubrió las libertades inventó también las disciplinas. El obrero obtuvo la jornada de ocho horas pero dejó de jugar.” En la campaña la ley de las ocho horas demoró más de un siglo en llegar, pero el juego todavía no terminó.

La taba es un hueso que tienen los cuadrúpedos en la pierna, en la parte que forma el garrón. El que se usa para el juego es el del vacuno, si es de buey o toro viejo, mejor (ver recuadro). Compiten dos jugadores, un “canchero” o “coimero” arbitra y lleva las apuestas, y los demás son apostadores. Consiste en tirar al aire ese hueso (también conocido como astrágalo) que tiene una parte cóncava en forma de S, llamada “suerte”, y del lado opuesto una parte lisa que se denomina “culo”. La taba puede caer en tres posiciones válidas: suerte (la parte lisa hacia arriba), y se gana; culo (la parte hueca hacia arriba), y se pierde; y en forma vertical, llamada pinino (que es siempre ganadora y se paga doble o triple según se haya acordado). En cualquier otra posición que caiga no se valida la jugada.

cuadro N° 2 para taba
«Ta juerte el sol», Molina Campos. Témperas sobre papel, s/f.

Muchos piensan que es un juego antiguo y olvidado, pero aún se lo practica con entusiasmo en todos los rincones del Uruguay rural. Se juega en los beneficios que hacen las escuelas de campaña, en la previa de las carreras de caballo y en alguna que otra yerra de esas que se hacen a la antigua, con vecinos invitados, asado con cuero y pasteles. Siempre al fondo, a un costado, medio escondida en un bosquecito, se arma la cancha despejando el suelo de pastos, humedeciendo un poco el terreno si hace falta, y marcando las líneas con la punta del cuchillo o una tirada de alambre fino. Las canchas tienen en general un largo de seis pasos, pero hay algunas de tiro largo, de hasta nueve pasos. Los jugadores, enfrentados, realizan su tiro hacia el lado contrario, teniendo que sobrepasar la línea divisoria para que la jugada valga.

Las apuestas se cruzan a los gritos.

—¡Cien al que tira! –provoca el primero.
—¡Agarro! –le contestan.
—¡Van otros 200! –dicen del otro lado.
—No puedo…
—Voy 500 por fuera
—Voy… –dice uno que recién llega.

Luego de acordadas las apuestas, los billetes se tiran al piso y se los sujeta con una piedra, o simplemente uno de los apostadores los pisa para que no se vuelen. El coimero se lleva el 10% de la apuesta. Los únicos tiros que no le dejan nada son los que se invalidan cuando la taba cae de costado. Tampoco agarra nada de lo que corre por fuera, que suelen ser las apuestas más elevadas.

 “El coimero siempre saca, salga lo que salga; sólo que la taba caiga de costado, pero ahí nadie cobra nada. Y es el que gana más, siempre gana más que cualquier uno que juegue. Es el único que come en todas las vueltas”, cuenta Rodolfo, que se pasó la tarde de coimero en una taba organizada en la previa de una carrera de potros que se corrió ese domingo en Cruz de Piedra, un paraje situado en pleno campo, entre Melo y Aceguá. “Y juegan 100 p’acá, 100 p’allá, y sacás plata al final. Antes, cuando había que pagarle el sueldo a las cocineras de la escuela se hacían beneficios para recaudar fondos, y con la taba vos sacabas la mitad de lo que te daba el beneficio”, recuerda.

—¿Y cuánto dinero se juega en una tarde?

—Ah, es incalculable la plata que se juega, porque juegan de 100, de 200, de 500 por tirada, pero se juega otro tanto, o más fuerte, por afuera. En un rato juegan 20 mil pesos igual. Y depende la altura del mes, pero si se ponen a tirar por mil o 2 mil pesos, que ahora pasa, el coimero hace 8 o 10 mil en la tarde que no tiene ni gracia.

Pero a pesar de lo que cuenta, Rodolfo cree que la taba “no es un juego de mucha plata. No se hacen vales o cheques: yo nunca vi. Porque tampoco juega gente de plata. Es un juego de gente de trabajo y de borrachos”, se ríe.

La taba es un juego de hombres, y aunque “en estos juegos chicos o en algún asado familiar alguna mujer se entrevera”, no es lo habitual. Los jugadores y apostadores, parados o en cuclillas, rodean la cancha. Algunos esperan el tiro mansos, masticando un pastito, armando un tabaco con una sola mano o sacándole el cuerpo al humo del asado que hace llorar los ojos. Otros agitan el ambiente pasando una botella de caña, que vuelta tras vuelta se va quedando seca. Tiro va, tiro viene, el griterío y las bromas se multiplican y la plata cambia de manos a cada rato.

La taba se tira de vuelta y media y de dos vueltas; son los tiros más comunes. “O tirás para adelante o tirás para atrás, pero hay muchos que no te llevan la tirada para adelante porque el que es práctico la clava siempre. La ponen con el culo para arriba y la tiran de modo que dé una media vuelta hacia adelante, y siempre cae suerte clavada. De casualidad te erran un tiro”, explica el viejo Miguel, que trabaja de casero en una estancia y le gusta “tirar el hueso” si hay oportunidad.

Los buenos tiradores clavan una y otra vez el hueso del lado de la suerte en la tierra húmeda entre aclamaciones y risotadas. Pero nunca falta un chambón que manda la taba rodando como pelota y desata todo tipo de bromas y cargadas. Porque es un juego simple pero requiere maña y cabeza fría. En cada tiro los jugadores, más que ganar la apuesta, parecen querer demostrar la habilidad que poseen. Y cada vez que el hueso gira en el aire va en juego su orgullo y su destreza. “Es como una jineteada o cualquier competencia –dice Rodolfo–: hay algunos que son más habilidosos. Los taberos que son clavadores pierden de casualidad. Pero de repente alguno que no sabe nada o un borracho tira a lo loco, así, y le gana… ahora, para ganar seguro no hay nada. Sólo gana el conservador, ese que aprovecha seis o siete manos de corrido y cuando empieza a perder se retira, y deja pasar un rato y se mete de nuevo; esos son los que ganan. Es un juego de rachas. A veces es la cabeza del tipo: uno que es frío juega mejor, y siempre hay alguno que se acalambra y pierde pa’ el más jodido.”

Pero no todo está en la individualidad del jugador. También pesa “si somos o no compañeros, porque si estás jugando por la joda, tirás en contra de uno que es amigo; pero cuando el juego se pone fuerte, ahí se arman barras de un lado y del otro. Por lo general se enfrentan a jugar los que son de zonas diferentes. Hay una cuestión de territorio.”

Los tataranietos de aquellos gauchos sin alambrado, ese 5% de la población que todavía vive en la campaña, saben que “antiguamente” sólo se jugaba a la vista de todo el mundo cuando había elecciones. “Cuando yo era chico era así, porque ese día la Policía no te prendía ni que estuvieras armando relajo”, cuenta Miguel mientras sigue de reojo la parábola de la taba en el aire. “Se jugaba siempre cuando había que votar. La gente llegaba a caballo, hacían asado en la escuela y pasaba el día jugando… Y en las carreras también siempre hay taba”, explica. Pero a decir verdad, la de la taba es una clandestinidad en el papel ya que salvo que “venga un milico muy baboso, no te hacen problemas”, dice el presidente de la comisión fomento de la escuela. Muchas veces la taba es el rubro que más ganancias deja para la escuela cuando se hacen beneficios. Se saca plata de la entrada, de las pizzas y tortas que las madres llevan para vender, del asado y los chorizos que algún vecino donó, de las bebidas, y de las comisiones que deja la taba. Y es que todavía hoy, con poca discreción y la tolerancia cómplice de las autoridades uniformadas, se juega a la taba en casi todo el país. Igual que antes, como describe el libro La vida rural en el Uruguay: “No puede haber reunión sin unos tiros de taba.”

—Pero al fin de cuentas, ¿está prohibido o no?

—Yo nunca tuve problemas, pero había un milico en La Rata que era temible, lo veían llegar y había que disparar. Iba derechito a las tabas y no dejaba jugar. Te sacaba las tabas –cuenta Rodolfo–. La gente juntaba de apuro los billetes del piso, pero la plata del coimero, con las fichas, marchaba con el milico. Hay cada milico baboso, de esos que les gusta que los vean. O que vienen con el comisario y quieren ganar puntos. Pero en vez de hacerse notar por las buenas… Hasta a los gurises les da asco, porque estás tratando de hacer un peso para la escuela, no es lucro para nadie.

—¿Y hay otro tipo de policías, más permisivos?

—Unos se arriman a mirar o a jugar nomás. Había uno que era seco para jugar, si estaba de guardia jugaba, y si no, de particular, andaba en todas las carreras del lado de la taba. Era loco por jugar a la taba. Llegaba temprano, y si no había él mismo te hacía de coimero; era macanudo. A las escuelas, cuando vienen milicos que dejan jugar, les queda bruto beneficio.

—¿Y es cierto que dos por tres se arman problemas con las apuestas?

—A veces cuando hay borrachos empalagosos que se marean entre ellos, y cuando se marean quieren tener siempre la razón. Pero son los que siempre tienen problemas, sea con la taba o con el cantinero porque le sirvió la copa muy llena.

Taba 1 PRINCIPAL - Molina Campos --
“La taba”, de Florencio Molina Campos. Témpera sobre papel, 1958.

El que se encarniza, pierde

Había llegado medio adobado, y antes de ir a relojear el apronte del tordillo favorito de la carrera de fondo, se compró otra cerveza en la cantina. Y mientras el matungo se comía la pista, apenas rozando los remos sobre la gramilla, él se bajó unos tragos de caña que le convidaron. De boina blanca, camisa roja, bombacha beige y unas botas de caña blanda medio amarillas. Cuando vio que la carrera demoraba, pasó por la cantina a reponer y se fue derechito a la taba. Sacó “una chala de 500” de un paquetito de plata que traía en el bolsillo, miró de ojos firmes al que tiraba y gritó:

—500 al tiro, 500 al tiro…

—¡Voy! –le contestó un veterano de camisa a cuadros y pelo teñido, tirándole un billete a los pies.
Perdió. Manoteó el bolsillo y se quedó parado, en un balanceo mínimo que iba del taco a la punta de la bota. Volvió a jugar.

Siempre de apostador, perdió cuatro manos de 500 y ganó una. Empecinado, pidió el turno pisando la taba y se puso a tirar. Perdió otra vez. Recostado sobre la pared de costaneros de un baño improvisado para la ocasión, metió la mano en el bolsillo, contó lo que quedaba, lo guardó y enderezó hacia la cantina.

El hombre del pelo teñido se juntó a conversar con un moreno que tiraba hacía rato y ganaba siempre, y con otro más, que andaba con un bolso con varias tabas, fichas, cartas, una suerte de casino de campaña portátil.

—¿Ya se fue? –preguntó el veterano

—Yo lo voy a buscar. Él viene, si quedó con la sangre en ojo –dijo el del bolso.

Al ratito, acomodándose la boina con la palma de la mano, mirando fijo para no marearse, volvió:

—Mil al tiro que ya terminé de perder –dijo envalentonado.

—¡Toy! –dijo el moreno, y lo dejó ganar un par de manos.

Después entre los tres, en un mareo de apuestas cruzadas, le pelaron “más de seis palos”, decía luego, arrepentido.
En toda timba debe haber una trampa, pero en este juego, además de alguna taba culera,1 siempre hay una barrita que juega en equipo. Vienen juntos, pero se separan y juegan en contra del que aparezca. Por lo general hay dos buenos tiradores y uno que pone el capital y provoca las apuestas por fuera del coimero. Cuando va a tirar el jugador de ellos, “se le apilan contra el que está enfrente. Si vos estás con plata te ofrecen pagarte más, igual. Viven de eso, andan en todas las timbas y se cuadran pal lado del que tiene plata. Recorren todas las carreras y si ven que no hay coimero, copan el juego. Un fin de semana medio bueno comen asado de arriba y te sacan 4 o 5 mil pesos”, explica un veterano que estaba mirando toda la jugada y además los conoce.

“En el juego, a lo largo siempre te pelan. Y el borracho tira toda la plata en una mano sola, igual. Es así: el que se encarniza pierde”, remata.

1. Es una taba cargada para que siempre caiga sin suerte, de ahí lo de “culera”.


Yerra de terneros y taba de buey

Era la tercera yerra de la semana, medias tardías, pero aprovechando las vacaciones de primavera de los gurises. Y en este tipo de yerra, hechas a la antigua, invitando vecinos a comer una vaquillona con cuero, a practicar las destrezas del lazo y a dar una mano en la tarea, hay bastante trabajo pero también hay bastante diversión. Porque “al que le gusta el lazo, disfruta un buen pial”, y porque además casi con seguridad habrá abundante de comer y de tomar, fútbol para los más jóvenes… y para los grandes, taba. Las mismas manos que hasta hace un rato hacían silbar el lazo en las mangueras, revoleando el sobeo sobre las cabezas y pialando a la ternerada arisca, ahora están tentando suerte con el hueso.

Seguramente quedan pocos lugares que hagan estas fiestas de trabajo, pero quedan. Acá en la campaña de Cerro Largo hay varios vecinos que lo hacen, aunque eso sí, a la taba juegan “por joder, sin plata”, dice Miguel.

Y si bien el juego es más familiar y las apuestas son simbólicas, todos saben que la mejor taba es la del buey. Un animal viejo que pasó la vida afirmando los garrones para arar las chacras. “Se sacan del buey porque es más grande, y cuanto más grande, más estable y es mejor para el coimero, porque tiene pocas posibilidades de caer en una posición inválida, y entonces cobra siempre. Si son chiquitas se vuelcan y el coimero queda de mirón, sin cobrar nada”, cuenta.