Cada mañana, antes del alba, y desde hace 46 años, la voz profunda de Walter “Serrano” Abella parte desde Melo e inunda campos y ciudades del Interior. Padre y conductor del programa radial Hora del campo, Abella es un referente obligado tanto para los trabajadores rurales como para los empresarios agropecuarios. En la pluma del escritor olimareño Gustavo Espinosa, Ajena presenta esta semblanza de uno de los periodistas más influyentes del país.

En Treinta y Tres, el pago menos occidental, a principios de los 70 el ciclismo era una épica. Esto es: era una fabulación oral. En los rincones del campo, sin electricidad ni pantallas, la gente escuchaba la radio e imaginaba las caras de los héroes mayores: Ruben Darío Mesones y Pedro Omar Castillo. Los niños también escuchábamos la radio, y memorizábamos la sonoridad de ciertos nombres, para inventar lugares y personajes: Felicísimo Prais, Repecho Negro, Taller El Paraíso, Isla Larga, Mil Millas Orientales, Eufrasio Ferreyra, etcétera. La voz de Walter Abella expandía la narración, sus peripecias y colores, sus estribillos y epítetos por los Domingos de Treinta y Tres. No es fácil trasponer aquella voz en escritura: una entidad abovedada y oscura, una materia convincente que se derramaba, exaltada y lenta, en barrios y parajes. La misma voz, menos tensa entonces, más serena y nocturna, colocaba el epílogo al año, con un editorial retrospectivo que todo Treinta y Tres oía conmovido cada 31 de diciembre a las doce de la noche; allí se evocaban las victorias deportivas, las crecientes del río, los muertos queridos o meramente ilustres. La misma voz –desde 1968 supe después– anunciaba cada amanecer, con fondo de gallos y mugidos, una consigna dramática que abría la Hora del campo: “El país se salva con el agro o perece con él”.

Todo –se sabe– era más sólido entonces. Todas aquellas cosas, aunque ocurrían en el éter, como aún se decía, parecían estar ahí de un modo natural y continuo, como el obelisco de hormigón en el eje u ombligo del pueblo. Aquella voz, las cosas que evocaba o anunciaba, no parecían venir de la deliberación y el trabajo de un hombre; aquella voz tenía la realidad de un cerro lejano, “un elefante azul nadando el horizonte”, según la metáfora algo desaforada de Pedro Leandro Ipuche.

Dicen, sin embargo, que los paisanos, los que oían aquella voz madrugadora informando el precio de las vacas gordas o haciendo cuentos de aparecidos en la Hora del campo, se desconcertaban cuando al fin podían ver a un hombre joven, de pelo largo y jeans: ese muchacho no podía ser Abella. Yo recuerdo un retrato retocado y serio –probablemente de Hilario Favero, el fotógrafo del pueblo– en el copete de un relato publicado en la Revista de la Semana del Arroz, en 1973. No retengo detalles de aquel cuento; no olvido, sin embargo, que en él había moscas y miseria, que todo me pareció muy doloroso y que me dieron ganas de escribir algo como aquello. Al pie del texto sólo se leía: “Serrano”.

1978 fue un año intenso para mí. Como oyente y cantor –esto último es lo que quería ser entonces– empezaba a mudarme del folclore al rock. Por otro lado, una hermana de mi padre se estaba muriendo. Esta mujer era la dueña del primer pasadiscos que vi en mi vida. En aquel aparato ella me había hecho conocer cada disco de Los Olimareños, pero también a Abbey Road o Almendra. También me había ido arrimando los libros del boom (sobre todo Cortázar) o de Felisberto Hernández, y había mostrado más entusiasmo que nadie por las cancioncitas que yo escribía. Durante su agonía, yo iba a visitarla dos o tres veces por día. Recuerdo haberme quedado rígido, como en la orilla de un incendio, viéndola retorcerse e insultar de dolor. Pero también es verdad que muchas veces discutíamos o nos reíamos, olvidados del cáncer. Una noche húmeda de aquel invierno, al llegar a la esquina del barrio Olimar (casi todo se llama así en Treinta y Tres: clubes de fúbol, panaderías, una radio, últimamente un sex shop), vi el Pontiac de mi padre y un par de autos desconocidos estacionados frente a la casa donde mi tía vivió toda su vida. Al abrir la puerta del líving vi una mujer hermosa, disfrazada. La enferma también estaba vestida con una superposición de ropas colorinches, sombrero y maquillaje medio expresionista o ridículo. También estaba Pepe Guerra (la mujer hermosa era Solange, su esposa de entonces). Y estaba el Serrano Abella y su familia. Aquella fiesta triste, sitiada por el invierno y por la dictadura, era dos despedidas: Pepe no tenía más remedio que irse del país, nadie sabía hasta cuándo. Mi tía también se iba.

Recuerdo que Guerra y su mujer cantaron “Funeral de um lavrador”, de Chico Buarque, y el tango “Una canción”: “La dura desventura de los dos/ nos lleva al mismo rumbo, siempre igual…”.

Serrano 2 - AA
Serrano en su escritorio, un buen lugar para escucharlo contar recuerdos. FOTO: Alejandro Arigón.

Porque mi narcisismo y un poco de vino pudieron con la timidez, Abella y los demás tuvieron que escucharme cantar.
Volví a encontrarme con el Serrano treinta años después, en su casa de Melo. Me recibió diciendo, con su voz densa de radio valvular, los versos iniciales de la canción que yo había cantado tres décadas antes.

La historia nacional ha terminado por instituir la convicción de que a mediados del siglo XX, tiempos de vacas gordas y eufóricos en los cuales Uruguay ganó su segundo Campeonato Mundial de Fútbol, se había completado la modernización del país. A partir de esa creencia se ha vulgarizado la imagen de una especie de edad de oro urbana y mesocrática bajo la tutela igualadora del Estado de bienestar. Pero la historia es, necesariamente, un constructo ideologizado, una geometrización de la existencia: la vida o los recuerdos de la vida a menudo desdicen las representaciones de la historia.

El Barrio Sosa es la parte de la ciudad de Treinta y Tres situada al oeste de la ruta 8: a la izquierda del pueblo, si uno viene entrando a él desde Montevideo. Ya no queda casi nadie que se refiera como “la chacra de Sosa” a ese lugar achatado, arrinconado por el Olimar y el Yerbal. Allí, bien lejos de la Suiza de América, ocurren los primeros recuerdos del Serrano Abella (había nacido en el 42) junto a sus cinco hermanos y muchos perros. La familia criaba unas pocas ovejas, tal vez alguna vaca, en aquellos terrenos que en invierno eran ocupados por las crecientes descomunales del Yerbal. El padre sacaba leña de los montes: de esas cosas vivían. A él, al gurí de aquella arcadia pobre, le gustaba escaparse desnudo para los montes. Una noche del 49 alguien vino a avisarles que en el boliche de Pizzorno, en medio de una confusión de barajas, habían matado al padre.

Inés Palacio, la madre, vendió todo lo que tenían para comprar un caserón altísimo, a menos de tres cuadras de la plaza principal, con aire de casco de estancia o de cuartel, de frente a una calle de tierra (Manuel Lavalleja), rodeado de terrenos llenos de hinojos, ciruelos e higueras torcidas. Ahora la estructura primordial de aquella casa, lindera a un chalé futurista de los años 60, frente a una agencia de ómnibus interdepartamentales, deja entrever por sus ventanales velados una acumulación de raros artefactos blancos; allí funciona desde hace algún tiempo el único centro de diálisis de Treinta y Tres. Cuando los siete Abella (la viuda y sus seis hijos) vinieron desde la chacra de Sosa para allí, trajeron también los trece perros viaderos que había dejado el padre. No hay resentimiento ni melodrama en el retumbo de la voz cuando recuerda, más de seis décadas después, la miseria radical de aquellos tiempos; tampoco imposta un idilio bucólico. Sus evocaciones parecen, más bien, episodios de picaresca melancólica: un día asaltó al vendedor de bizcochos en el patio de la escuela. Otra vez, entre las higueras y los transparentes del fondo, un salchichón fue el botín que obtuvo de un niño rico, vecino suyo, usando ardides de western. El amigo tenía revólveres con culatas de nácar; Walter usaba una carretilla de oveja: bang bang. Durante algunos años, hasta que llegó una pensión para la viudez de la madre, la comida diaria de la familia fue una olla de ensopado hecho con cuarto quilo de aguja.

Sin embargo, además de los perros quisquillosos, entre las pocas cosas que la familia había traído desde la chacra, figuraban los libros de Salgari que doña Inés leía para su prole en las noches de invierno. Y había también una radio de madera donde escuchaban, sobre todo, radios argentinas que trasmitían música mexicana: “En la batalla entre la suela y el suelo, deje que gane la suela. Calzados Grimoldi con suela marca Bisonte presenta la voz de Miguel Aceves Mejía”.

Serrano 3 - AA
Entre cuentos de pencas e información sobre los precios internacionales, Hora del campo es referencia para todos quienes están vinculados al agro. FOTO: Alejandro Arigón.

Pero mejor que la radio, mejor aun que la lectura, era cuando la madre contaba historias.

El estudio Saúl Urbina de AM 1340 La Voz de Melo es amplio y bien iluminado. Del mismo modo, aunque más verdadero y nítido, se puede describir el día, viernes 28 de noviembre, que empieza a crecer sobre la ciudad. Alrededor del redondel de la mesa cuyo centro es el micrófono, me reciben el Serrano, su hijo el “Polilla” (entrecano, tiene 50 años), el locutor comercial y el diputado Yerú Pardiñas, columnista de los viernes que me cede su lugar, de espaldas a la cabina del operador. En esta emisora funciona desde principios de 1982 (el estudio, su decoración, su austeridad, parecen ser más recientes) Hora del campo. Cuando escribo “funciona”

Hora del campo no me dejo ir en la inercia naturalizada de la escritura: intento ser preciso. El programa es un artefacto eficiente, una máquina de comunicar en perfecto estado de mantenimiento, una especie de tren que echa a andar en el aire, sin prisas y sin pausas.

La tramoya (en el sentido teatral) sutil y férrea que lo hace marchar no se oye, a menos que uno esté allí, en la mesa circular del estudio Saúl Urbina, junto a los Abella (padre e hijo), junto al locutor comercial y de espaldas al acuario del operador. Entrecruzan ademanes y palabras entrecortadas, cuentan cuántas fichas le quedan por leer al locutor, acuerdan lo que debe ocurrir (lo que debe salir al aire, lo que debe escucharse en Rincón de Pi, en Avestruz Chico, en Etiopía –departamento de Lavalleja– o cualquier paraje remoto) dentro de algunos segundos.

Walter tiene el pelo ralo y blanco, parece algo más pequeño que el hombre que vemos presentando folcloristas bajo los focos antiaéreos del Festival de Folklore de Treinta y Tres, que aquel que veíamos trepado en el techo de la Chevrolet 51 de la Difusora relatando la llegada de una Doble Melo. Cuando habla, sin embargo, parece crecer otra vez. La gravedad incontestable y terminante de la voz transfiere un aire de sentencia antigua a las verdades efímeras que anuncia:

—Cuarenta y dos de las seis, país. Dieciséis grados. Mañana habrá luna nueva.

La audición es un alternancia entretejida donde, sin entrecortarse ni superponerse, fluyen noticias, mensajes leídos de los oyentes, informes sobre mercados trasnacionales o ferias regionales, anuncios de remates ganaderos, ofertas de la tienda La Continental.

Escribe un oyente, y Abella (padre) lee desde la pantalla:

—Mientras disminuye el cáncer por el tabaco, aumenta por los agrotóxicos. El tabaco es para quien quiere. Los agrotóxicos van al barrer.
Otro radioescucha celebra que la veda electoral nos haya librado del ruido de la campaña política:

—Por lo menos elegimos y nos damos la suerte que queremos como pueblo –señala el Serrano, deplorando de paso que haya habido alguna vez tantos años de silencio.

En estos intercambios se configura una editorialización continua e intensa. Abella no deja nunca de repentizar su opinión sobre cualquier asunto, ya sea una indignación de una doña de Melo, una declaración del ministro Aguerre, un discurso de Obama.

—Cincuenta y dos de las seis. Todavía queda medio costillar de Hora del campo para disfrutar –promete de pronto.

Serrano 4 - AA
La voz, su timbre, su tamaño, son la forma más precisa de su identidad, por más que si lo oyéramos sin verlo nos imaginaríamos otra cara. FOTO: Alejandro Arigón.

Me toca estar, de siete a ocho, en la parte final del programa: es el segmento más urbano y global, donde se oye hablar del fracking y se anuncia que los carnavaleros de Montevideo homenajearon a la embajadora de Estados Unidos. Cada día, sin embargo, todo empieza a las cinco de la mañana con la grabación de alguna payada, con conversaciones pausadas (puede hablarse de las sequías, de pencas y raids, pueden ser cuentos de aparecidos y lobizones) dirigidas a los peones, a las familias que todavía quedan madrugando en campaña, sin terminar de preocuparse demasiado por las oscilaciones de los precios en Nueva Zelanda.

—Hora del campo, esa manera de saberlo todo ‒repite cada tanto el Serrano, a modo de estribillo o separador.

El centro del programa, de seis a siete, es información dura: la parte tecno, los guarismos y tendencias destinadas a los empresarios y administradores, que ya se habrán incorporado a la audiencia, aunque no vivan en el campo.

El patio de la casa de la calle Navarrete, en Melo, es enorme y geométrico; no se puede designar con la palabra “fondo”, ni “sitio”, ni “terreno”: todo eso sugeriría la maraña de cañaverales y tártagos que rodeaban, hace tanto, el caserón de Treinta y Tres. En un rincón de este patio melense, apartado del trajín familiar de la casa, el escritorio del Serrano es un buen lugar para escucharlo contar recuerdos. Las paredes están cubiertas de fotos, casi todas en blanco y negro. En una de tantas se ven dos muchachos entrajados de negro, graves y flacos: Walter Abella y Alfredo Zitarrosa, en la fonoplatea de Difusora Treinta y Tres, alguna noche de hace medio siglo. Eran compañeros en la Asociación de Empleados Radiotelefónicos. Cuando Zitarrosa se transformó en cantor, el Serrano le organizó giras por Vergara, Treinta y Tres, Varela y Lascano. Mirando la foto de aquellos tiempos me vuelve el asombro ante la incongruencia entre la voz grande y tenebrosa de Alfredo y su aspecto esmirriado. Se dijo –me recuerda el Serrano– que el cantor tenía voz de otro.

Abella, sin embargo, tiene voz de sí mismo: la voz, su timbre, su tamaño, son la forma más precisa de su identidad, por más que si lo oyéramos sin verlo nos imaginaríamos otra cara. Como la memoria es un hipertexto intrincado, la imagen del cerro o elefante azul de Ipuche, que recordé al principio, me trajo –tal vez– otro cerro y otro verso: “La realidad de un cerro y el talento de un hombre”, escribió el chileno Pablo de Rokha señalando los atributos del lenguaje de un poeta. No está mal para definir la voz del Serrano: hombre con voz de cerro y de sí mismo. Fue esa voz la que ganó el concurso para locutor-operador de Difusora Treinta y Tres, al que se habían presentado 132 postulantes. Empezó en la radio el 1 de mayo de 1961. Pero no se trataba sólo de una sonoridad pomposa y nítida para leer propaganda. El dueño de la voz ya había sido iniciado en otras cosas menos profanas que el entretenimiento: Sandokán leído por la madre, Martín Aquino recordado por ella, el intercambio de libros (Morosoli, Osiris Rodríguez Castillos) con Julio Macedo, maestro legendario de Treinta y Tres. Además, según cierta mitología o cierta nostalgia, por aquellos años en que Abella empezaba, todo brillaba más en Treinta y Tres: no había televisión, y hubo –se dice– tres elencos de teatro independiente. En uno de ellos, el Experimental, anduvo el Serrano como actor en El caso de Isabel Collins, de Elsa Shelley, Procesado 1040, de Juan Carlos Patrón, y en una adaptación de El diario de Ana Frank. En la radio, entonces, empezaron a ocurrir cosas.

Son cosas de esta vida fue el primer programa, libretado (con la amplitud que indica el título) y leído por él. Tuvo, luego, a su cargo El rincón del oyente. Recuerdo la cortina (“Barrilito de cerveza”) y el cruce de cartas sobre el uso del pelo largo por los hombres. Todo era epistolar y se admitía el anónimo. Un jueves llegaron a aquel correo de oyentes unas décimas de protesta por la falta de luz en ciertas periferias, firmadas por “el poeta de los barrios oscuros”. El Serrano olfateó en aquellos versos una potencia de comunicación, y replicó bajo el seudónimo de “el poeta de los barrios iluminados”. La polémica aumentó cada jueves, hasta que los rivales (que se desconocían entre sí en aquel mundo sin redes) terminaron retándose a duelo en la punta de uno de los puentes del Olimar: allí se amontonó una multitud.

Serrano 5 - AA
Una cuchilla de hoja Infante al filo y grabados en oro. Obsequio de César “Titín” Aguiar , quien fuera presidente de la Sociedad Criolla La Lata Vieja, de Cardona. FOTO: Alejandro Arigón.

Después, una serie de tormentas y accidentes (entre ellos el de un avión que no pudo traer a Cerro Chato a Isidro Alberto Zaccara) terminó convirtiendo al Serrano en relator de carreras de caballos y de bicicletas. En ese género encontró el espacio para narrar y describir, para el desborde sin libretos de la emotividad. Y ahí se pudo realizar su talante épico, el mismo que activa para evocar las aventuras titánicas de Basilio Muñoz y de Saravia.

Pero todo empezó de verdad el 21 de mayo de 1968 a las seis de la mañana, cuando también de manera medio casual salió al aire por primera vez Hora del campo.

Pronto aquello se convirtió en el espacio más vivo y poderoso de la radio regional. Ya lo era cuando llegó la dictadura. Entonces se transformó, de un modo solapado, pero menos oblicuo y prudente de lo que parecía sensato, en un lugar de resistencia. Por eso, un colaboracionista escrupuloso censuró una entrevista a cierto dirigente de la Asociación Rural (aunque éste no fuese un izquierdista, ni mucho menos), y ante la imposibilidad de convencer a Abella de no poner el reportaje al aire, ordenó interrumpir la trasmisión de la radio. Así terminó la fase fundacional de Hora del campo.

Después de una etapa en Radio Olimar, que habían comprado con un grupo de militantes blancos, y de la cual también tuvo que irse por asuntos parecidos, el Serrano, su familia y su audición terminaron mudándose a Melo.

Cuarenta y seis años después de aquella primera madrugada de junio, sabiendo que hago una pregunta desmesurada, pido un concepto, una síntesis que defina o explique Hora del campo. No espero que se me hable de target, ni de ciencias de la comunicación; tampoco me había imaginado la repuesta natural y solemne de Abella:

—Es mi tercer hijo.


Martín Aquino

Creo que el libro de Abella, que también comenzó a generarse en los 60 registrando testimonios en grabadores de cinta, que parte –entre otras fuentes– de la mala sintaxis ensangrentada de la crónica policial, para elevarla a una dimensión estética, podría figurar con precisión en esta categoría: una versión local y cimarrona del “nuevo periodismo”. Al respecto, tal vez no sea inoportuno agregar que, si bien los estadounidenses fueron quienes etiquetaron este tipo de escritura, quienes la pusieron a funcionar en el mercado mediante los mecanismos de la cultura de masas, algunos críticos más allegados al Sur sostienen que el libro Operación Masacre (1957), del escritor argentino Rodolfo Walsh (quien murió en los 70 tan acribillado como Aquino), es el texto que inaugura esta especie de narrativa. Por mi parte, me permito agregar un antecedente más lejano en el tiempo, y más cercano a nosotros en todo lo demás: se trata de Crónica de un crimen del escritor de Cerro Largo Justino Zavala Muniz (1926), donde se reconstruye con tácticas de novelista las peripecias de un asesino de aquellos pagos apodado el “Carancho”, ocurridas muy poco antes de que Aquino llegara por allí.

(Fragmento de “Un libro degenerado”, texto inédito del autor de esta nota leído en ocasión de la presentación de Martín Aquino, el matrero en Treinta y Tres.)

Serrano - AA (2)
Cincuenta y dos de las seis. Todavía queda medio costillar de Hora del campo para disfrutar.” FOTO: Alejandro Arigón.

Abella según Mujica

—Salía de madrugada los jueves, caminando desde la chacra y en el ómnibus de la Onda iba para algún lado. Un día llegué a Melo, a las siete de la mañana –en invierno– para ir a la audición de Serrano Abella, que Montevideo no tiene ni idea de quién es Serrano Abella. Pero a Serrano Abella lo escuchan en Rivera, Tacuarembó, en cada lugar que no te imaginás. Eso es laburo.

—Es un líder popular ese tipo.

—Por favor, ¡es blanco!, pero blanco progresista; no facha. Es un tipo abierto, claro, tiene mística de blanco, no puede renunciar a ella. Pero yo me preguntaba ¿por qué no lo traen para una radio en Montevideo?
Y allá me di cuenta. Tiene más avisos que Radio Carve y El Espectador juntas. ¡Dios me libre! Tiene audiencia a rolete.

(José Mujica, en Pepe coloquios, serie de entrevistas de Alfredo García. Fin de Siglo, Montevideo, 2013, novena edición.)

 

Galería por Alejandro Arigón