Mamarracho lingüístico y símbolo de una realidad vergonzante para algunos, para otros el portuñol es la expresión más acabada y libérrima de la “cuestión fronteriza” que el país siempre eludió mirar. Un grupo de riverenses lanzó la idea: declararlo patrimonio cultural inmaterial de Uruguay. Y allá en el borde se instaló el debate.

A pesar de las políticas lingüísticas que durante todo el siglo XX insistieron con campañas de exaltación del castellano y de construcción de una patria sin estrías, el Estado uruguayo fracasó oficialmente en su intento de acabar con el portuñol, ese engendro idiomático de la historia regional que nadie puede dominar. Hoy, a lo largo de más de mil quilómetros de frontera con Brasil se asienta el 10 por ciento de la población total de Uruguay. Del otro lado, el estado de Río Grande del Sur y sus más de diez millones de habitantes llaman a la puerta. Somos los uruguayos amenazados con caer del mapa, como nos describió el escritor Carlos María Domínguez. Así, aludidos por propios y ajenos durante años, los habitantes de la frontera atraviesan actualmente una primavera de reivindicación de su cultura, en la que partidarios, indiferentes y detractores, se destapan como flores de estación.

Para nosotros, cronista y fotógrafo artiguenses exiliados en Montevideo, Rivera bien podría adjudicarse el título de capital de la frontera, con todo lo que ello implica a nivel de la cultura; sus ventajas y sus miserias. Mientras Artigas duerme la siesta allá donde termina la ruta 30 (una alfombra de pozos y terraplén), en Rivera bautizaron Jodido Bushinshe –“jodido ruido”– a un evento que agrupa a estudiosos y artistas de la frontera en jornadas de arte y pensamiento en torno a la región, con el objetivo de que el portuñol, nuestra lengua madre, se convierta en patrimonio cultural inmaterial del país.

Desde la mitad del siglo XX las particularidades lingüísticas de la frontera son estudiadas principalmente por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Uno de los pioneros fue el lingüista Juan Carlos Rona. Su herencia fue recogida y vuelta a labrar por estudiosos actuales, como Graciela Barrios, Luis Behares y Adolfo Elizaincín. La academia acuñó el concepto de “dialectos del portugués en Uruguay” (DPU) para referirse al portuñol, y recientemente optó por hablar lisa y llanamente de “portugués del Uruguay” (PU). En síntesis: el portuñol uruguayo constituye una simple variación del portugués, como cualquiera al otro lado de la línea.

“El estudio del portuñol, y su reivindicación, partieron de la academia y de algunos artistas locales”, nos explica Alejandra Rivero, riverense y profesora de literatura en el Centro Regional de Profesores de la ciudad (CERP), de espaldas al pizarrón donde acabó su primera clase del día. A su lado, Carla Custodio –artiguense y lingüista– y Alejandro Gau –historiador, también riverense– asienten. Los tres son disertantes en el Jodido Bushinshe y profesores del CERP en diferentes áreas. Evalúan que los hablantes de la frontera son presas de una brutal autorrepresión, fundada en un siglo de prácticas estatales que se propusieron borrar del mapa los vestigios de una cultura poco menos que forastera. Y eso caló hasta los huesos en varias generaciones.

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Mirada “desde el puerto”, la frontera “es o tierra de nadie o lugar de problemas”. Foto: Héctor Piastri.

Alejandro intercala la palabra cara en cada una sus intervenciones: una alusión equiparable al “vo” montevideano. Explica la razón de las reivindicaciones culturales fronterizas: “La historia nacional construida en Uruguay y los historiadores uruguayos tienen una visión desde el puerto. Ahí hay una construcción del discurso. Y en el sistema educativo el punto de partida es ese, cara. Cuando mirás desde ahí, la frontera es o tierra de nadie o lugar de problemas. Pero no hay una producción historiográfica regional, local, fronteriza, que incluya lo nacional, pero desde una perspectiva diferente. El estudiante de Rivera va a saber más de historia nacional que de historia cultural de su región. No es sólo un problema de formación, sino que está asociado a la construcción de nuestras mentalidades. Tematizar sobre lo nuestro es una forma de cambiarlo. Sabiendo, claro, que no somos un mundo aparte”.

Carla Custodio se sonroja al ironizar que logró egresar de la Facultad de Humanidades a pesar de ser artiguense, contra el mal augurio de algunos profesores. Al igual que sus colegas, concuerda en que el Estado uruguayo comenzó a cambiar su postura frente al portuñol luego de su ingreso al Mercosur, cuando tuvo que asumir la “cuestión fronteriza” y abrirse a las distintas manifestaciones lingüísticas. Entre otras medidas de peso implementó en 2003 la enseñanza del portugués en las escuelas de ciudades fronterizas, iniciativa que para los docentes incluye implícitamente el discurso del “purismo” lingüístico a través del cual se sigue buscando combatir al dialecto, y responde a necesidades “nacionalizantes” que acaban por reproducir dicotomías. Según Carla, hoy día las inspecciones de Primaria abogan oficialmente por el respeto a los gurises que se expresan en portuñol, y apuestan a no reprimirlo. “Aunque mucho depende del docente. Hay mucha inseguridad y rechazo. Por eso muchos lo evitan”, agrega. Para Alejandra, trabajar textos de autores fronterizos en sus clases ha sido una experiencia positiva. Asegura que los docentes cuentan con la libertad para hacerlo.

¿Cómo tendría que intervenir el sistema educativo con respecto al portuñol?, les preguntamos. “De ningún modo. Nosotros como hablantes tenemos que tomar postura. Lo que sí tendría que pensarse es en cómo enseñar el español, que acá es una lengua extranjera”, arremeten.

El hecho es que, por primera vez con el Jodido Bushinshe, según los docentes, sucede que la reivindicación erudita del portuñol nace de estudiosos locales, y pretende volverse hacia la comunidad. Por lo que se enfrenta, a sabiendas, al eventual desprecio de la gran masa de sus hablantes, quienes, en definitiva, expresan con mayor crudeza el “portugués del Uruguay” y son la fuente de donde mana la sustancia de esa cultura reivindicada. Esa masa son los pobres de la frontera, ya que no está en discusión que en los suburbios de las capitales fronterizas y en la campaña es donde el portuñol es crudo, nativo, originario. Para referirse a lo popular, al pueblo, en Rivera se dice “bagacera”, o “bagazo”. El portuñol es la lengua del bagazo.

El estudio de CX 144, radio Rivera, queda a unas pocas cuadras del empalme entre Brasil y Uruguay. Producto del Jodido Bushinshe, un programa matinal de la emisora se ha erigido como portavoz de los que no quieren saber nada con el portuñol y aledaños, dedicando sus micrófonos a cuestionar el evento cuando se le presenta la oportunidad. El dueño de un quiosco de la zona nos indica la dirección de la radio, y enterado de a quién buscamos arquea los dedos como poniendo comillas, y repite la palabra “periodista” con una mueca de sarcasmo. Por lo demás, tiene la radio encendida y sintoniza el programa en cuestión. “No hay nada más para escuchar a esta hora”, dice.

Aquel gesto ya lo habíamos reconocido en boca y manos de otros riverenses consultados, que al parecer ponen en duda las credenciales periodísticas de Freddy Fernández Carranza, conductor del programa La mañana del nuevo ritmo –junto a Óscar Rodríguez y Miguel Saravia– y corresponsal del diario El País en Rivera, Artigas y Tacuarembó. Otros de sus detractores fueron más allá y le dedicaron un grafiti algo más ofensivo en la fachada de la radio, que está obligado a mirar cada día. Freddy fue quien dio la primicia a nivel nacional, en el diario El País, de la intención de patrimonializar el portuñol. Se equivocó al confundir a la Comisión de Patrimonio con la Unesco, y de su error se hizo eco El País de Madrid, que en su sitio web publicó que el portuñol iba rumbo a ser patrimonio de la humanidad.

Llegamos a la radio en el horario del programa. Nos invitan cortésmente a pasar y optamos silenciosos por un rincón, evitando la cámara web que trasmite en la red todo lo que pasa en el estudio. Freddy se acomoda al frente del micrófono como si estuviera al volante. Su vista no está en la carretera sino clavada en el operador del otro lado del vidrio. Pone quinta. Juega de memoria. Discurre a mil por hora con una voz que parece haber sido impostada alguna vez, pero que ya adoptó como propia. En el momento menos esperado nos clava el puñal. “Tenemos la visita dos colegas del semanario Brecha”, dice, y salimos al aire de improviso.

En la pausa, Freddy es conciso: “Fui casado con una brasilera. Tengo hijos fronterizos. Salvo algunas bromas que hago por radio yo no hablo en portuñol. Me encanta el portugués. No logro hablar en portugués porque tengo menos oído que un primus. El portuñol es identidad de este pueblo. La movida generó que discutamos de algo que es interesante.

El portuñol del otro lado prácticamente no existe, por el nacionalismo del brasilero. Como son una nación-continente ellos prefieren que vos te agaches a que ellos den un pasito. Y si vas a una tienda, y hablás mil veces, ellos no van a hacer ningún esfuerzo por tratar de entenderte hasta que te hagas entender. Que desde el MEC se impulse este tipo de movidas puede resultar contradictorio. Creo que a lo que hay que apostar es a que se enseñe bien el portugués, y bien el español. Y que seamos capaces de manejar los dos idiomas adecuadamente”. Respira. “Es positivo”, concluye.

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Portugués y castellano están presentes en la vida cotidiana de los fronterizos. Foto: Héctor Piastri.

Quedan algunos minutos de pausa y Óscar, también conductor del programa, dispara: “El portuñol que cada uno lo use como quiera. No lo comparto en medios de comunicación. No lo comparto en situaciones de educación formal e informal. Para mí, hablar ese tipo de idioma, como lo llaman acá, es un símbolo de pérdida de identidad como uruguayos. Acá tenemos vergüenza de usar una bandera uruguaya en una campera. Los brasileros la usan hasta en la ropa interior. Pero para mí es una deformación. No me importa cuánto hace que se usa, no me importa quién lo use. Pero no que lo quieran imponer como un idioma. No me gusta que docentes estén predicando el portuñol en los lugares de estudio, incluso un instituto de formación de docentes, donde el pueblo uruguayo paga por educar en español. Lamento que el MEC esté apoyando una cosa de este tipo. Usarlo oficialmente es un disparate. Acá nos sentimos más brasileros que uruguayos. Yo no soy colombiano ni venezolano ni brasilero. No cambio a Uruguay, ni cambio la bandera”.

Nos despiden amablemente, y La mañana del nuevo ritmo retoma esa extraña amalgama de perfecta locución radial, periodismo entre comillas y una publicidad cada dos palabras.

Kelly vive en Livramento y atiende una de las dos únicas librerías que existen en esta zona de la frontera, ambas del lado brasileño. Nada en ella –en especial su nombre– tiene que ver con Uruguay. A excepción de que nació en Rivera y su padre es uruguayo. Habla un portugués cerrado y sus labios pintados de un morado intenso no vacilan al responder con exactitud –en su idioma, claro– lo que se le refiere en español. “Que interessante. Eu apoio”, contesta de inmediato al enterarse de la patrimonialización.

El Brasil imperial y el Río Grande tradicionalista son casi impenetrables. “O Uruguai e tão pequeno que é mas fácil de se contaminar”, es lo que dice Kelly para explicar que del lado brasileño no se hable una pizca de español. Asegura que ella no lo hace porque tiene miedo de equivocarse, y que sólo lo intenta cuando vienen a su casa parientes uruguayos. Las pocas veces que cruza la línea, cuenta, es para ir a un bar riverense “muito bom”, que aprovecha para recomendar (del país donde nació, es lo que tiene para decir). Los artiguenses de Montevideo nos despedimos de Kelly, la riverense de Livramento, con las mochilas llenas de libros. Entre ellos, la última novela de Chico Buarque y un clásico de Mario de Andrade, imposibles de hallar en su idioma original en la capital. La frontera es movimiento.

Blanca Freire nació en Rivera y no recuerda haber cruzado la línea de frontera hasta que tuvo 12 años. Esa vez fue a tomar un helado con una amiga a un comercio del lado brasileño. En su casa estaba prohibido hablar portugués, leer en portugués, y mirar canales de Brasil en la televisión. Hasta se evitaba comprar productos del país vecino. Es profesora de idioma español y literatura en el CERP y en Educación Secundaria. Aunque se considera absolutamente despojada de aquellas ordenanzas familiares, Blanca cree que la idea de utilizar el portuñol en las aulas no pasa de un “modismo” que “queda bien”, que “es de vanguardia”, pero es algo que no está bien pensado. Admite que lo ha intentado, y la conclusión es que sus estudiantes presentan dificultades para leer los textos en portuñol. Se trancan en la lectura y pierden de vista el contenido.

Argumenta que el nivel de exigencia para la enseñanza del idioma español es cada vez menor. En consecuencia, sin herramientas para la interpretación de los textos, el aprendizaje se vuelve cada vez más difícil. “Y la solución parece estar en apuntar a libros más fáciles –afirma–, facilitando la tarea de interpretación de un libro, que no son un Becker, ni ningún grande de la literatura. ¿Bajamos el nivel de exigencia porque no tenemos cómo darles las herramientas, o apuntamos a retomar la calidad educativa para poder abordar los textos literarios? Creo que facilitar la tarea es subestimar a los estudiantes, y subestimar las obras literarias en general.”

“Los que más lo censuran son los que más lo hablan. Y los que más lo defienden son los que menos lo hablan. Y eso me da a pensar una cosa: la gente, los docentes especialmente, que fomentan el uso del portuñol saben también usar el español, y usan los dos. Y eso deja a los otros en desventaja. Si a mi estudiante le enseño dos o tres códigos, le doy la libertad de usar el que quiera, cuando quiera. Si lo cerceno de la posibilidad de saber un código, lo limito. Hay un peligro ahí. La mayoría de la gente que se embandera a favor del portuñol queda muy bien parada política y socialmente, pero ellos saben dos o tres códigos. Mientras que el estudiante sabe uno o la mitad de uno”, apunta.
“Desproporcionado”, es lo que piensa de la intención de patrimonializar el portuñol. Y explica: “No niego una cultura en común. Pero me parece que defenderla a sable, ya no”.

Anochece. Rivera está tan quieta y gris que a la “Jornada de literatura riverense contemporánea”, organizada en la biblioteca municipal, no vino casi nadie. Al contrario de las noches de conferencias y recitales, que abarrotaron las salas, hoy somos tan pocos que hubo que desarmar la amplificación e improvisar una ronda sin necesidad de micrófono. “Noche portuñolísima”, anunciaba el evento. Raphael Ficher, Santiago Fielitz y Lucía Rodríguez leyeron una serie de textos propios. Como el portuñol es pura oralidad, cada uno escribe como le suena, sin reparos ni fórmulas. Y leen sin dudar, sin dificultad, como si nada. En el centro, una mesa con viejas ediciones de autores riverenses venerados yace como en un ritual. Cada tanto los ruidos de vehículos trillando la calle Brasil acallan las lecturas de estos autores que amasan dos, tres o más libros publicados, de público más que reducido, que hablan de las miserias de la ciudad y de las propias, de las fiestas del pobrerío, de las leyendas oscuras de campo adentro, o de un simple partido de fútbol entre Frontera y el Cuñapirú (el cuadro de los milicos) como una excusa para decir algo de sí mismos en un idioma que todos entienden.

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La frontera entre Rivera y Brasil, un espacio de encuentros. Foto: Héctor Piastri.

Michel Croz, otro de los escritores (“fronterizo desde la geopolíticapoética, y deleuziano desde lo conceptual aplicado al pensamiento”), llegó tarde, pero justo en el momento en que el grupo reflexionaba sobre la percepción de que el portuñol se está convirtiendo en un “espectáculo” y puede perder autenticidad. “Corremos el riesgo de academizar y de que esto se convierta en una especie de portuñol para entendidos”, dijo. “Indefectiblemente, cuando se escribe o se hace un ciclo de ponencias con un tono académico, se va artificializando esa cosa popular, libre, anarca. Pero creo que lo rescatable es un proceso que contribuye a la formación de una conciencia que deje de ser automarginada. Creo que más que mostrar esto allá en el sur, es más importante lo que queda acá”, argumentó otro, marcando las eses.

La idea de patrimonializar el portuñol parte de los MEC de Rivera. Tiene un antecedente directo en 2013, cuando se desarrolló un circuito de música y poesía llamado Sarao do Dialecto, protagonizado por artistas fronterizos que recorrieron Artigas, Tacuarembó, Rivera y Cerro largo. En 2012 el mismo Centro MEC le había propuesto a la Unesco la creación de un fondo para elaborar guiones de cine y teatro en portuñol. La Unesco respondió con un mail en francés, basando su negativa en el argumento de que el portuñol es una lengua viva y no necesita ser salvaguardada. “Si es una lengua viva es un patrimonio cultural inmaterial actual”, dice Enrique da Rosa, impulsor de la idea junto con una serie de académicos de la frontera uruguayo-brasileña.

Los postulantes asumen un riesgo cardinal: el de domesticar una lengua huidiza, que sólo admite como regla la oralidad y la mutación permanente. “La patrimonialización de algunas lenguas, como el guaraní y el gallego, llevaron a su normalización. Se crearon lenguas estándares que terminaron muriendo. Como resultado existen, por ejemplo, el español, el guaraní oficial, y el guaraní que se habla. Queremos escapar a ese riesgo”, afirma Da Rosa, y explica que este proceso no pretende que el portuñol se convierta en una lengua escrita. Argumenta que el riesgo existe siempre y cuando la Comisión del Patrimonio y la academia lo impongan. “Si ese debe ser el camino para la patrimonialización, inmediatamente desistimos.”

“Jesús Ibáñez sostenía que escribir es propio de los amos, y leer es propio de los esclavos. Hablar escapa a las dos lógicas”, recuerda el profesor Alejandro Gau. Y asume entre risas: “De una u otra forma este tipo de movidas pueden estar asociadas con una suerte de discursos contrahegemónicos, pero si vos patrimonializás algo, cara, ¡caemos en el sistema!”. Sin embargo, asume que es necesario utilizar el sello del Estado para intentar lidiar con otra dificultad: llegar a los hablantes. “Lo que a mí me preocupa de estas movidas –reflexiona– es que sean solamente de un grupo de personas. A mí me gusta mucho pensar en que estas cuestiones sólo pueden sostenerse en el tiempo si la comunidad se apropia de esto y la reivindicación pasa a tener una característica que ronda el anonimato.” Clara, desde la lingüística, opina: “Esta movida se puede dar ahora porque el Estado lo asumió. Necesitamos el aval del Estado. La gente va a las charlas porque viene de los Centros MEC. Si viniera de nosotros capaz que iban sólo nuestros estudiantes. Lo necesitamos por la inseguridad lingüística que tenemos. En lo lingüístico no es una contradicción”.

“Siempre fue algo muy vulgar”, nos dijo Mirta en el coqueto café Bistró, ubicado en el centro de la ciudad, antes de volcar el sobre de azúcar en la taza de té. Contó que prefiere que sus hijos aprendan “bien” el portugués y el español. Muy cerca de allí, regentando un carrito de comidas en la Plaza Internacional y mientras tira en la plancha la carne para un baurú, Ortila se alegra al enterarse de que el portuñol va a ser patrimonializado, alegando que esa es la forma en que desde hace años se comunica con los suyos, “y no hay arreglo”. “Aparte, me defiendo bien en los dos idiomas”, suma. A lo lejos, la línea de frontera parte al medio el Cerro del Marco y a los dos liceales que se abrazan, allá arriba, en uno de los bancos de piedra.

A decir verdad, la intención de declarar al portuñol patrimonio inmaterial de Uruguay es una treta. Un caballo de Troya. En parte, es la idea de sus organizadores. Como si el portuñol fuera sólo el portuñol, y no el símbolo de una cultura sumergida, de la miseria de los departamentos con los índices de pobreza más altos del país, de su cultura, de una zona eternamente olvidada por el mismo Estado que ahora quiere poner el sello. “El tema neurálgico de la cuestión es que el proceso de patrimonialización del portuñol pudiera lograr emitir una suerte de mensaje que lo trascendiera como expresión lingüística. El nudo gordiano de todo esto es: el portuñol es mucho más que un idioma, que un dialecto. Es las costumbres del lugar, los hábitos, la poesía, la comida, la religiosidad, la música. Todo lo que va más allá de lo lingüístico pero que se expresa lingüísticamente. Es eso lo que necesitamos poner en el tapete”, explicita Alejandro. Los impulsores están advertidos de las consecuencias de esta “primavera del bagazo”. No sea cosa que los hablantes germinales del portuñol acaben por contar con un aval patrimonial que oficialice su lenguaje, mientras siguen siendo tan relegados como siempre.