A Tacuarembó se fueron el periodista y la fotógrafa de Ajena, en pleno mormazo de verano, para zambullirse sin dudar en el mundo de Circe Maia, una de las mayores poetas de nuestro país. En el resultado se nota el disfrute.

“Lo bueno de estos lugares –dice– es que no terminan de conocerse.” El horizonte recorta un cerro al que Circe Maia le ha dedicado “objetivos asequibles”: primero subirlo a pie, luego estar cerca, ahora contemplarlo a lo lejos. Desde aquí se ve el Iporá, abajo, y más allá el contorno de otro lago, rodeado de árboles. Ariel Ferreira se detuvo en el mirador, a 7 quilómetros del centro de Tacuarembó, y dio algunas referencias del paisaje. Poco antes del mediodía eran los únicos que disfrutaban del agua, incluso del entorno. Cuando salieron del lago había llegado una pareja con una niña. Circe recogió una hoja amarilla y la apreció. “¿Quién hablaba de los álamos?”, dice, “¿Ida o Idea?”. “Los álamos/ no lamentan sequías/ ni el viento/ que desmenuza/ cada murmullo,/ ni las guerras”, escribió Ida Vitale en un poema. Amanda Berenguer tiene esos árboles a la vista en el comienzo de “Viaje”, aquel canto a los amigos. Circe olvida su propio poema a los álamos y dice un verso en una lengua incomprensible. “¿Cómo suena, no? Conmueve. Es Pushkin.” Y luego habla de las amatistas y las ágatas, las piedras semipreciosas tierra adentro, y algo le recuerda, al fluir, una escena atormentada de Agustín de Hipona. “Escuchaba voces –dice– en latín.” A ella le dio por estudiar griego moderno y desde entonces nombra a los poetas que tradujo, de quienes no se aleja.

Circe Maia vive en un tiempo que se resiste a la fugacidad. En el camino del lago, que suele recorrer con Ariel, habla de Goya, pasión que heredó de su padre, y de Buñuel, a quien evoca con Barradas y Lorca. Regresa a un punto perdido de la conversación, avanza hacia las películas mexicanas y vuelve a la pintura. Hace poco un cronista presentó la antología La pesadora de perlas, editada en Córdoba, Argentina, le dio la bienvenida a México y apuró un cierto origen: “Continuadora de obras como las de Idea Vilariño e Ida Vitale, y cercana a las de Washington Benavides y Walter Ortiz y Ayala, Maia ha insistido en la importancia del tono en la poesía, el que descubriría en Antonio Machado y en Federico García Lorca a partir de las lecturas iniciáticas al lado de su hermana”. En el suplemento cultural de Milenio, Mauricio Flores hizo una semblanza breve a partir de la lectura de “Conversaciones con María Teresa Andruetto”, prólogo de La pesadora de perlas, y reconoció a distancia lo que puede encontrar quien la tiene delante: “su humildad de poeta buena, de esas que lamentablemente no se dan en racimo”.

La suerte de Tacuarembó ha cambiado desde que ella vive allí. En el año 47 José Pedro Díaz viajó desde Montevideo, en tren, para dar una conferencia en homenaje a los 400 años del nacimiento de Cervantes. Buscó a un escritor, no encontró a nadie y anotó en su Diario que en la ciudad no había más que “un poeta, empleado”, preso por desfalco. Un poco antes o poco después, con un resultado venturoso, el profesor Roberto Ibáñez hizo el mismo viaje: preguntó en el liceo quiénes eran los alumnos destacados en literatura y pudo conocer a Benavides y a Ortiz y Ayala, jóvenes que le daban dignidad al hecho de ser poeta en Tacuarembó. Eran las primeras señales de una época que abría, y por entonces Circe Maia viajaba desde Montevideo y visitaba la ciudad en verano. En 1962 volvió con su esposo y dos hijas chicas y allí permanece. Cualquiera que llegue y busque a un poeta dará con ella: sería tan fácil como preguntarle a la gente que camina por la calle o a la que observa tras los tejidos y los zaguanes. Quienes conocen sus libros podrán encontrarla si recogen las imágenes de una ciudad, tal vez esta, en otro tiempo.

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Circe nació en Montevideo pero desde 1962 vive en Tacuarembó.. FOTO: Manuela Aldabe.

Si Tacuarembó se ve deshabitada y lenta por costumbre, en un mediodía con 40 grados a la sombra es una estampa uruguaya, un pueblo inmóvil. Cuando acepta la visita y aconseja llevar “traje de baño”, Circe se detiene en el nombre: “Ajena, qué palabra, no estar en ningún lugar, no pertenecer a nadie”. Sus maneras de pensar, sujetas a derivaciones sorpresivas, se avienen con una idea griega y antigua del diálogo, un modelo imposible de seguir pues nadie alcanza el grado de atención de Simmias y de Fedón, personajes que admira. Basta estar cerca y oír hablar a Circe, cuyo estilo es más bien presocrático: la conversación se da en secuencias discontinuas, diferidas, en fragmentos interrumpidos y aislados, con huecos de silencio. En lugar de entrevista habrá sesiones de fotografía.

Antes de que Manuela Aldabe haga el camino a Tacuarembó, Circe le pregunta por teléfono “para qué fotos”. La respuesta será dada en el comedor de su casa, al otro día, en una sala apagada donde funcionó un consultorio, en la escalera que aparece en un poema, en el piso alto, en el balcón. El resultado es una serie extraordinaria y quizá Circe no lo sepa. El despliegue con la luz de la mañana había sido tan extraño que cuando me dio la mano, serio, el esposo de Circe me preguntó si me había enviado el New York Times. No hay manera de evitar la presencia sabia del médico humanista, retirado, a quien los pacientes aún piden consejo. Este hombre encantador, nacido y criado en Tacuarembó, compañero de escuela del poeta Benavides, conoció a Circe en Montevideo cuando ella tenía 18 años. Se los ve vivir con el mecanismo de relojería del que hablaba Germaine Krull: “el principio de conservación está ligado al paso del tiempo”. Cuando las noticias entran en la zona de la obra de Circe, que Ariel conoce bien, le recuerdo, para que no se vaya, quién nos ha enviado a Tacuarembó. “El Washington Post”, dice.

Las alusiones a los diarios del norte no caen de la nada. Para disculpar la ironía de su esposo Circe cuenta que hace poco The New Yorker le publicó un poema, “Hummingbirds”, en el último número de noviembre de 2013. Con 89 años The New Yorker es la revista cultural, no sólo literaria, más prestigiosa del mundo anglosajón, tal vez de todo Occidente. Hay que imaginar “Colibríes” en otra lengua, impreso en papel satinado dentro de una revista magnífica que llegó a los suscriptores unos días antes de un invierno de altas temperaturas bajo cero. Circe se orienta con el mapa de Torres García (“nuestro norte es el Sur”) y no le da demasiada importancia a lo que sucede en otra parte, excepto a los problemas de la traducción literaria. Enumera las dificultades que encontró al cruzar de un hemisferio a otro las especies de pájaros y árboles de un poeta escocés que vive en Noruega.

A la hora de la siesta, el hall del hotel Tacuarembó es el mejor lugar para leer Poemas, de Robin Fulton, en la edición que Circe Maia acaba de publicar. A las 4 de la tarde llega al hotel, frente a su casa, con un vestido floreado, una toalla al hombro y unos lentes de sol como los que usaban Pasolini y Godard. Camina por el pasillo que da al patio y habla de la virtud del agua. No sólo visita el hotel para resistir la “ola de calor”: tiene indicados ejercicios para recuperar la plenitud de un brazo lesionado. Por el mismo motivo ha vuelto al piano. “Cuando volvamos a casa voy a tocar un vals de Chopin”, dice.

En la piscina no hay nadie y la fotógrafa se mueve rápido por la orilla. Circe le pide que entre, que deje de trabajar. “Es una yogui –dice por lo bajo–, no siente calor.” Sus movimientos forman parte de un ritual. Tal vez a esta hora, ayer, estaba sola. Cuando se detiene deja palabras suspendidas en el aire. “Un poema no se hace con lo concreto ni con la idea.” Sería desatento y absurdo salir de la piscina para tomar notas que perderán el tono de la voz, la “figura” que compone Circe Maia al hablar. A partir de los apuntes se hará un perfil. “¡Como los asesinos!”, dice. Su padre era actuario en los juzgados y ella, con 14 años, leía las actas de los crímenes como una ficción. “Ese tipo de escritura, fría, hecha por un funcionario sin pretensiones literarias, puede conmover.” La intensidad de la compañía de Circe Maia, que bajo una sombrilla comenta las novelas de Mankel, no cabe en una libreta y esta escena, como las otras, se salvaría si fuera parte de una película de Aldo Garay.

En una carta que le envió en 1979 desde Montevideo, Amanda Berenguer decía que los poemas de Cambios, permanencias la dejaban ante una sensación de “lentitud pasajera” que su esposo José Pedro Díaz asociaba a las ciudades del Interior. Circe le respondió que no imaginara la “vermeeriana paz pueblerina” pues su casa era una “constante agitación: muchos niños, mucha gente entrando y saliendo, mucho timbre, mucho teléfono”. Aunque así es todavía, no ha de ser igual al tiempo en el que convivía con seis hijos. Hace tres días pasó la Nochebuena y en el patio se reunieron los Ferreira, gente de todas las edades. Cada uno se presentó a su turno e hicieron música. Además del tango “Danza maligna” al piano, “con errores”, Circe se encargó de dirigir un “pequeño teatro”, el acontecimiento de la noche, en el que ella era narradora y bruja y dos de sus nietos, de 6 años, niños perdidos en el bosque. Circe transformó Hansel y Gretel con una variante que encontró en Tolkien: el hechizo transforma a la bruja en muñeca. “Una experiencia escandinava”, dice. Antes del 24 sus nietos iban a ensayar temprano: a las ocho de la mañana esperaban en la vereda a que alguien les abriera la puerta. Fueron tan buenos el día de la representación, con “la expectativa que crea la oscuridad”, que dijeron frases memorables fuera de libreto. Circe se asombra: “piensan a través de imágenes, como en un sueño”.

De paseo en el lago Iporá, lugar que frecuenta con su esposo Ariel.
De paseo en el lago Iporá, lugar que frecuenta con su esposo Ariel. FOTO: Manuela Aldabe.

En Tacuarembó son recordadas algunas representaciones que hizo con sus alumnos de filosofía. “El herrero y la muerte” y “Esperando la carroza” forman parte de la memoria incluso de quienes asumieron papeles secundarios hace más de 40 años. Desde fines de los noventa Circe dirige un grupo en la Universidad de la Tercera Edad, ahora conformado por un elenco de señoras, entre las que hubo, hasta que perdió la memoria, un hombre. A los 86, la mayor fue “la perfecta dueña del jardín de los cerezos” en la obra de Chéjov. En el patio de la Casa de la Universidad, en una reunión mansa, se puede ubicar a algunos actores. Nefer y Myriam vienen de hacer Chéjov y Gustavo Bornia estuvo en “Esperando la carroza” en la época del liceo. Cualquier elogio es sostenido y emocionante y detrás, siempre, como una sombra, está la poeta. “Circe es atrapante por los conocimientos”, dice la señora Nefer. Sabe interpretar a las personas y puede dirigir una obra “en poco espacio”. Myriam es una mujer firme y se expresa con sencillez y carácter. El día que presentan una función al público la recorre un escalofrío. “¿Cómo vas a defraudar a un ser que te dio tanto?”, dice.

Las palabras de respeto de quienes tienen cerca a Circe Maia no guardan distancia con las de aquellos que, donde sea, leen sus poemas. Como la antigua idea helénica, la bondad y la belleza se fusionan, se dan juntas, los valores morales tienen la altura de los valores estéticos. La elegante Nefer habla de la pureza de Circe, sabe mucho (“ahora le dio por el piano”), y admira el dominio de las lenguas y las etimologías. Cuando en un taller de francés, en la Uni 3, el ejercicio era describir un cuadro, “Circe fue el súmmum”. “Todo lo que puede ver, lo que puede decir, no se compara.” “Es completa y pintoresca y parece estar ausente”, añade.

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“La gente la aprecia, la quiere, también los jóvenes”, dice Bornia, un periodista local que la evoca, igual que otros, como profesora: por las cualidades humanas, por la dedicación, por el teatro. Ella no da noticias, dice, “está en la ciudad pero no está”. En todo caso vive bajo un lema de Pound: “la literatura es una noticia que permanece como noticia”. Su presencia ausente, el hecho de pasar inadvertida y parecer “distraída”, es un rasgo común en la mirada de los otros. La Circe mítica se ve como el sabio griego que cayó en un pozo por caminar con la cabeza puesta en las estrellas. Se puede creer lo contrario: Circe Maia lo observa todo y no pierde detalle de lo que tiene delante. Dumas Oroño pintó una mirada atenta, penetrante, ya de muy joven. El retrato está colgado en un rincón iluminado de la casa, bajo la escalera flotante, y es la única imagen en la que está sola.

¿De dónde viene esa canasta de mimbre? ¿Lo que está sobre la mesa es una “campana de cristal”? Desde el lugar donde suele leer, Circe habla de Sylvia Plath y de su marido Ted Hughes, también poeta. Busca un cuaderno, de otra época, y muestra un texto que escribió en un examen de inglés, en el Anglo, en Tacuarembó, cuando Hughes estaba vivo y habitaba la lejana West Yorkshire. Junto a ese cuaderno hay otros, de hojas amarillentas con poemas y una entrevista, manuscrita, en la que va al gran grano y trata asuntos de poética. Los objetos de interior, también los cuadernos, tienen al menos dos dimensiones, dado el “doble movimiento de las cosas” que dice en De lo visible, una intuición que también recorre su poesía anterior a 1998. El tiempo no es la unidad en la que los románticos ponían pasiones y tormentos sino una apariencia múltiple que actúa de diferente manera en cada cosa, en cada sustancia. Los objetos “Se hacen en el tiempo/ y están hechos de tiempo”. En “Poemas de Caraguatá”, de Dos voces, encuentra que “Varios relojes invisibles miden/ el pasaje de distintos tiempos./ Tiempo lento: las piedras/ vueltas arena y cauce/ del río”.

Entre la poesía y la vida de todos los días no hay distancias. Si hubiese que ubicarla, “la poesía es la entrada”. Circe busca otras palabras para decir que su trabajo consiste en “investigaciones de la realidad vivida”. Entre las cosas que tienen dos lados y dos tiempos, busca una “aproximación oblicua al mundo” que encontró en Fulton, y antes que nadie en Antonio Machado y acaso en la “mirada al sesgo” de Felisberto Hernández, “la única apta para descubrir secretos que la mirada normal no percibe”, como escribió Ida Vitale. Circe Maia elimina la gravedad, “el peso del yo, resabio del romanticismo”, y escribe en la superficie donde borrosamente se divide el mundo interior del mundo exterior. No está rodeada del aura que se inventan los poetas, “la insoportable comedia de los ‘queridos maestros’” (Rubén Darío dixit), no malgasta palabras ni emociones, no se afecta en un papel. Es la mujer que sale del agua, se seca y piensa en un poema ajeno. Es la artífice de un teatro para pocos. “Nunca me propuse ser poeta”, dice, aunque siempre lo ha sido. Antes de que su padre hiciera imprimir Plumitas, poemas de los 11 y 12 años, Felisberto le dedicó un ejemplar de El caballo perdido: “a la poeta niña”.

Con Presencia diaria, de 1964, Circe Maia entra en un “arte doméstico” en el sentido que John Berger le da a la pintura de Zurbarán (“el espacio humano está siempre partido y es de naturaleza doble”), algo que podría extenderse a Vermeer, a quien ella ha dedicado observaciones. Hasta ahora mantiene un registro de matices de la experiencia cotidiana, “el lenguaje directo, sobrio, abierto”, y la nitidez para crear imágenes. El cuaderno donde escribe los poemas de “un libro póstumo” tiene partes dominadas por la écfrasis, técnica mediante la cual el poeta lleva a palabras una representación visual. Desde el principio Circe Maia extiende el espacio que la imagen no capta, el lado al que llega la palabra escrita y en el que la pintura y luego la fotografía se pierden. También sus poemas prueban hasta qué región resisten los ecos del sonido, la vida de la voz. En una sala con luz baja lee “Dos láminas egipcias” y levanta figuras que han resistido más de dos mil años. Cuando entra Ariel y dice que es la hora de salir, acaba el poema de manera pausada: “Los signos, como siempre, indescifrables”.

Ya en la calle el tránsito da forma a una conversación en la que se interponen desvíos (un árbol, una esquina, un recuerdo). La memoria de su madre, nacida en la frontera, la lleva al rumor del portugués y a la poesía de Brasil. Cuando va a decir algo inmenso sobre Drummond de Andrade, tal vez sobre “A máquina do mundo”, su atención se cruza y calla. Ariel recomienda dos veces O tempo e o vento de Érico Veríssimo y aconseja leerlo en su lengua. Cuando más tarde muestre con orgullo las obras ilustradas y completas de Lewis Carroll, y hable de Los viajes de Gulliver como el otro libro del que no se separa, antecedentes directos de su sentido del humor, pide que se lean en inglés porque en español “no tienen nada que ver”. Escucha un aforismo y, yéndose a la cocina, dice que Jonathan Swift a esa altura estaba completamente loco.

Si alguien llega a Tacuarembó con intenciones de entrevistar a la poeta es posible que sea  blanco de la curiosidad de los Ferreira-Maia. “¿Has leído a Wenceslao Varela?”, dice una de las hijas. En el extremo de la mesa Ariel comenta que un capitán de avión murió en medio de un vuelo, y con esa historia, a la que le crea un final, mueve la serie de noticias extravagantes que cuenta con asombro. Circe cuenta un sueño en el que “la nutria mató al erizo” y el mediodía de sábado, después del baño en el lago, se llena de voces. Mesurada, sobria, ella vive en la frecuencia de su poesía. Al lado están algunos de los hijos que la acompañan en los viajes, y la mesa, puesta en medio de la “sala de conversación”, es el centro de una comedia que está haciéndose. Parece común oír que ella es la única que no es de allí sino de otra parte, aunque haya crecido en Tacuarembó. ¿Cuál es el lugar de Circe Maia? “La ciudad te ha de seguir”, tradujo de Kavafis. “Todos los seres estamos hechos de tiempo y no de espacio”, dice, “hay que salir de lo geográfico”.

Aunque el cine funcione a veces y el teatro sea un hecho aislado, la ciudad no es un desierto: “Siempre hay con quién hablar, y aquí están los libros”. Literatura y medicina, enciclopedias, diccionarios, todo mezclado con discos, recuerdos, objetos de casa, libros de arte. En el estante cerrado de un mueble modesto Circe Maia guarda las ediciones de sus libros, en desorden, junto a recortes de diarios. Muy cerca está la Teogonía en una edición popular. Se puede suponer que Julio Maia lee a Hesíodo en ese ejemplar que le llegó desde Valencia en 1931. En las últimas páginas aparece Circe, la diosa hechicera, y él encuentra el nombre para su hija, que nace en el invierno del año 32. Ariel también fue nombrado por una lectura, en memoria del sutil personaje de Rodó. Los libros eran (tal vez todavía son) destinos. De la suma caótica de literatura y tratados de medicina resulta, quizá, que el lenguaje poético sea visto “como una piel”.

Todavía hay tiempo de cruzar la calle y entrar en el hotel por última vez. Esta ya no es la piscina ajena sino el túnel por el que circula el agua alrededor de una poeta. No se oye nada y Circe piensa con fascinación y felicidad. El mundo es una esfera de silencio y no hace falta ir a los Andes para contemplarlo. “El silencio”, dice, y se aleja en una fuga lenta. Más tarde se hará la noche y leerá las cartas que le escribió a Amanda Berenguer, mientras Ariel busca empecinadamente un reloj, negado a la idea de que pueda perderse dentro de la casa. “Pasaron 40 años”, dice Circe al dejar las cartas. Va del comedor a la cocina y acerca de la memoria piensa que algunos pueden lavarse por dentro “como se lavan los platos”. Regresa a la sala y recita a su manera una estrofa de un soneto a la muerte. Muchos caminos la llevan a Destrucciones, un libro fuerte, de 1986, que pudo abrir con esas trémulas palabras de Quevedo. Para despedirse cuenta un sueño sobre algo que no escribió en ninguna parte. Fue en la noche de ayer, fue esta tarde. “No, fue hace mucho”, dice. Igual que la casa dividida por una escalera, el sueño tiene fácil la entrada y difícil la salida.

En pocas semanas el otoño ocupará el verano y en 20 días no deja de llover. Enero y febrero serán recordados por las inundaciones, las rutas cortadas y la gente echada a la suerte. Circe habla de “tormentas raras” y de rayos que caen cerca. Ahora todo está inundado: la Laguna de las Lavanderas, a la que dedicó “Múltiples paseos a un lugar desconocido”, el lago Iporá en el que se bañaba a solas con Ariel, entre las flores flotantes que ya no existen y le traían a la mente los estanques y arroyos de Monet. La piscina del hotel ya no tendrá la quietud de las tardes de sol. El fluir constante de las cosas, la voluntad de la naturaleza, en pocos días no habrá en Tacuarembó mayor contraste. “¿Es que no ocurren a nuestro alrededor, silenciosamente, asombrosas destrucciones?”, escribió alguna vez. “Cuando el instante presente desaparece, y pasa, de ser algo real y sólido y vivo a ser un fantasma habitando la memoria. (Y a veces, ni siquiera allí)”. Apenas se puede “restaurar”, dice, todo lo que se ha perdido, lo que el tiempo arrastra.

Fotografías: Manuela Aldabe