Desde el manejo de maquinaria hasta el trato con animales, de lo que pueden ser colaboraciones esporádicas a las rutinas diarias de cualquier peón, todas son formas de trabajo prohibidas para menores de 18 años. Pero la realidad inhibe los cortes gruesos y el modo de vida opaca los límites. En nuestros campos hay un línea frágil que divide a los gurises en dos bandos: los que laburan y los que “ayudan en las casas”. Una familia de Puntas de Maciel, en Florida, reconoce bien la diferencia.

De cara a la vía de tren, que desde 1874 une a la capital con el departamento de Durazno, es que se da con el paraje Puntas de Maciel. Un poblado de Florida con cerca de 160 habitantes, que se esconde un quilómetro y medio de la Ruta 5, y que hasta hace muy pocos años se descolgaba del mapa cada vez que arreciaban los chaparrones fuertes de los inviernos. En Maciel hay una plaza, una comisión de fomento de vecinos y, al atravesar la vía que abre dos caminos, la Escuela número 10. Frente por frente, y con el rumbo de los trenes de por medio, la escuela se mira con la estación de la Administración de Ferrocarriles del Estado (AFE). La edificación construida sobre la vía tiene un sistema de agua que termina en un aljibe, anchas paredes que no dejan colgar adorno alguno, cuartos altos que aseguran buena temperatura en verano y puertas que garantizan la entrada por dos costados.

María Flores está casada, tiene tres hijos, y la casa de AFE sobre la vía del tren de la estación Puntas de Maciel es su hogar. Ebelio, su marido, alambra cuando sale la changa, pero es el encargado de mantener en buen estado a la estación y a la vía. María es tambera y una de las referentes de los asalariados rurales, porque desde hace años se ganó por voto de sus compañeros la presidencia del Sindicato Único de Trabajadores del Tambo y Afines.

Casi sin preámbulo María presenta a su familia y dice que hace años decidieron mudarse buscando mejor salario. Eligieron no vivir donde trabajan “porque siempre terminas haciendo más horas y tareas que no corresponden a tu categoría”. María no sabe cómo es la realidad de los adolescentes que trabajan en Montevideo, pero conoce la de los del campo: “cuando los gurises te piden porque les gusta es una cosa, pero cuando los obligas y trabajan con horario a la par de cualquier hombre, es otra la situación”.

Puntas de Maciel 2 - MANUELA ALDABE
A Macarena le gusta acompañar a su padre en la recorrida de la mañana. FOTO: Manuela Aldabe

En cada uno de los parajes del Uruguay los gurises tienen una vida que depende de la actividad a que se dedica su familia, de las distancias de la casa más próxima y del tiempo y el camino que tengan que transitar para poder ir a estudiar. Las escuelas rurales cada vez son menos, y el último censo rural muestra que la emigración al medio suburbano y urbano va en aumento. “Me gusta levantarme temprano, a las ocho salgo con papá a hacer toda la recorrida y ya a las diez cruzo a la escuela”. Esta es la rutina de la menor de la familia, Macarena, “porque la otra ya es casada, trabaja en un tambo con su marido”.

La familia de Macarena tiene sobre la vía unas pocas vacas holando que ordeñan a mano y algunos novillos: el de más suerte se quedó para reproducción y ya pasó a toro. Además hay chanchos y gallinas. También les duran un par de perros que sólo se alborotan con el zumbido de las abejas. Macarena, que cursa cuarto año de escuela, dice que “escuchan el ruido y ya salen corriendo”.

Por la edad, porque es mujer, o muy “padrera”, es que la menor de la casa le pone tantas ganas a las actividades del campo, cuenta María. “Porque con Ebelito es otra cosa, a él no le gusta”. El segundo hijo de la pareja va a la escuela de Goñi, el pueblo siguiente si es que uno va hacia Durazno, cursa octavo y sabe que se va a encontrar con una gran diferencia de nivel cuando quiera entrar a cuarto de liceo. Son pocos los docentes para las materias que hay, pero Ebelio no sabe bien qué, ni cómo van a hacer, pero él quiere seguir estudiando.

La mayoría de los trabajos y/o colaboraciones que los adolescentes realizan en el campo están prohibidos por el artículo 16 del convenio internacional del trabajo Nº 184 de la Organización Internacional del Trabajo, y sólo pueden ser realizados una vez alcanzada la mayoría de edad. A los gurises les están vedadas incluso las tareas domésticas: el manejo o la trata con animales está prohibido; no pueden montar caballos, usar sus manos para ordeñar las vacas, ni llevarle las sobras a los chanchos. Tampoco pueden dedicarse a la pesca o a la forestación. Claro que todas estas prohibiciones están dirigidas al ámbito de los trabajos formales. Las tres razones básicas por las que el INAU no otorga permisos tienen que ver con la naturaleza de la tarea, las horas diarias que implica el trabajo, así como por ser menor de 15 años. Pero en lo concreto el Instituto casi no da habilitaciones a menores de edad para que se desempeñen en tareas rurales, y la razón es simple: la mayoría de esos trabajos están prohibidos por el peligro que implican.
Ani Durán, participante del Comité Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil por el Instituto del Niño y el Adolescentes del Uruguay (INAU) explica que la gran mayoría de los trabajos de los adolescentes en el campo uruguayo están en el marco de la ilegalidad, terreno que el INAU no logra controlar. Y para poner esta realidad en cifras sólo hay que ir al último informe realizado por el Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre trabajo infantil, presentando en el año 2010 y donde se detalla que el 21,1 por ciento de los niños y adolescentes del medio rural se desempeña en tareas que generan valor económico. A nivel urbano el fenómeno baja a la mitad: el 10,9 por ciento del total de la población de 5 a 17 años trabaja.

Puntas de Maciel 7 - MANUELA ALDABE
María Flores, presidenta del Sindicato Único de Trabajadores del Tambo y Afines, junto a su marido Ebelio. FOTO: Manuela Aldabe

“Magnitud y características del trabajo infantil en el Uruguay” es el nombre de este informe que revela que en las áreas rurales más de la mitad de los adolescentes varones trabaja. Y dentro de este 55,6 por ciento, que suma los trabajos legales a los ilegales, los varones adolescentes dedican un promedio de 28,7 horas semanales.

La legislación internacional ratificada por el Parlamento uruguayo es clara, pero para la licenciada en trabajo social Cecilia Menoni, de la ONG Gurises Unidos, hay que desmitificar la idea de que trabajar es algo de por sí dañino para poder comprender mejor el tema. “El trabajo en sí mismo no es malo. Porque pude ir al liceo y trabajar, hay que borrar esa línea de está bien o mal, porque esa barrera no tiene contenido.” Para quien coordinó por años el área de trabajo infantil de Gurises Unidos la clave está en el sistema educativo, ya en el medio rural como en el urbano. Las distancias, los medios de transporte, el poco atractivo que la educación ofrece de cara al trabajo suelen ser factores determinantes para que los gurises se alejen del sistema escolar.

La familia González-Flores tiene eso claro, pero sabe que más allá de las distancias hay otros aspectos que frenan la educación en el campo y que indefectiblemente llega el momento de optar: se trabaja o se estudia. “Los gurises quieren tener plata, para salir, comprarse ropa y championes.” Más allá de los deseos naturales de la adolescencia, para María el problema está en los padres, en las pocas responsabilidades que toman sobre sus hijos y en la incapacidad que tienen algunos para entender por dónde puede ir su futuro.

El único hijo varón de la familia revisa los detalles de los deberes escolares, que firmados con el apellido de su madre, dividen a modo de esquema distintos períodos del arte clásico. Sin argumento, sin entender por qué hay que tener una razón clara, seseando y medio entre dientes dice que no ve en el campo su futuro. Distraído por la vuelta del mate y enojado con uno de sus perros, le pide a la madre que al otro día no lo llame hasta después de las once, y mirando esa vía que lo regresa a lo cotidiano, suelta que “Kevin –un compañero de clase– está pasado”.

Kevin trabaja con el padre en un tambo, no uno familiar, porque la zona está ocupada por empresas que producen litros y litros de leche diarios; algunas de ellas son extranjeras y cuentan con las salas de ordeñe con más tecnología del país. Con pocas palabras, un poco más interesado en saber cómo pelear a su hermana que otra cosa, el hijo de María dice que su compañero va a dejar de ir al liceo, y no porque se aburra: es que no le da el tiempo ni para descansar y se duerme sentado en la clase.

La naturaleza del trabajo, sumada a una rutina rígida en horas, y al distanciamiento del sistema educativo, deberían ser elementos determinantes para una intervención social. Entonces estaríamos ante un panorama de derechos vulnerados. Según Cecilia Menoni, de Gurises Unidos, la realidad en el medio rural no es tan diferente a la urbana, pero a la primera se le suma un asunto clave: “uno tiene que ser más fino, y poder distinguir cuándo estamos hablando de un modo de vida y cuándo de trabajo”.

Las distancias que recorren, el magro acceso a las ofertas educativas, culturales, sociales y recreativas, son para Menoni factores que imposibilitan que muchos menores tengan sus derechos garantizados. Hoy son más los caminos de balastro y pedregullo que los de tierra, los medios de transporte y la demanda de servicios aumentaron entre los pobladores rurales, pero muchos de los puntos de encuentro del campo ya no existen. La disminución de la población rural, la emigración a pueblos y ciudades y la desarticulación de grandes familias o grupos nucleados en un paraje, es también la realidad de Puntas de Maciel.

La trabajadora social de Gurises Unidos opina que ante una situación de derechos vulnerados la intervención social se vuelve indiscutible. Pero hablamos de niños que tienen dos o tres compañeros de clase –sigue Menoni– y entonces la problemática va mucho más allá de si trabajan o no. El desafío con el trabajo de los adolescentes en el medio rural radica en buscar “cómo lograr combinar una realidad del campo con un marco de derechos que les garantice el cumplimiento y el desarrollo adecuados”.

Puntas de Maciel 8 - MANUELA ALDABE
Para María “los obligados a trabajar nada tienen que ver con los que dan una mano en las casas”. FOTO: Manuela Aldabe

Por las condiciones del terreno y por lo recursos humanos, ni el INAU ni la inspección del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social pueden controlar las situaciones de trabajo peligroso. Y más allá de lo intransigente que se es desde lo legal, para la abogada Susana Falca, de Unicef, el problema está en que no se ha logrado que la reglamentación de trabajos prohibidos acceda a una categoría mayor que el mero decreto de INAU, lo que limita las sanciones y controles.

Para la abogada, fuera de lo que legalmente se establece, en nuestro país falta cultura de control y entiende que tanto las instituciones de salud como las educativas tendrían que denunciar los trabajos de menores. Este tema para María es “impresionante”, y más de una historia hay sobre gurises que fumigan, están en las siembras o en las cosechas. Le da tiempo para impulsar su cuerpo hacia atrás y explicar, tras un suspiro, que “acá en Uruguay todo se sabe”.

Hace unos años se denunció en el Ministerio de Trabajo que algunos de los tractoristas de un campo eran menores. Eso fue en el departamento de Florida, a unos pocos quilómetros de Puntas de Maciel. Pasó sólo un día para que un inspector del Ministerio estuviera parado en el predio denunciado, pero sólo se encontró con dos tractores a la entrada de un monte y nada se pudo comprobar. Fingiendo las voces del patrón y el inspector, María recuerda que para el dueño del predio “nadie manejaba” esos tractores, y a la fila de árboles que escondía a todo aquel que no quería ser visto no había “pa qué ir, si en el monte no hay nadie”.
“La situación era obvia. Claro que había menores dentro del monte”. Pero “esa no fue la realidad que el inspector pudo corroborar”. Para María es simple: las lógicas del campo suelen burlar los mecanismos de control de nuestro Estado. “Porque es eso de querer encubrir, entonces es muy difícil, vos vas, ves y denuncias, pero el inspector tiene que certificar lo que él mismo ve.”

Estos gurises, en muchos casos obligados a trabajar, nada tienen que ver con los que “dan una mano en las casas, y que ‘chiveando’ en verano de vacaciones te lavan la planchada del tambo. Es muy distinto”. Tan diferentes son para María estas dos realidades, que busca el tiempo para parar la conversación, detenerse y ya sin mate, hablar pausado y articular las palabras. Porque más allá de los casos concretos en algunos predios, lo peor se ve en los trabajos zafrales.

Puntas de Maciel 4 - MANUELA ALDABE
El poblado de Florida hoy tiene unos 160 habitantes. FOTO: Manuela Aldabe

Las noches son dormidas en camas que sus madres no pueden tender, y las mañanas los descubren en parajes siempre distintos, donde ese día toca trabajar. La labor de zafra para empresas que venden servicios de siembra, cosecha y/o fertilización, es el peor panorama para controlar la presencia de menores. “¿Qué es lo que pasa? Te fumigan una zona y se van, no están al otro día, son los mismos que van de un lado a otro. Hay hasta cocineros menores, y cuando vos decís y ves la situación, ya está, en esa misma noche se fueron.”

La responsabilidad en los padres, y la irresponsabilidad también. O así lo cree María. Las decisiones son de los adultos, pero como mujer conocedora del campo y su gente, de la necesidad y el sacrificio, mueve la cabeza para negar lo que dice y reconoce que muchos no tienen la opción de elegir. La abogada Susana Falca va justo en la misma línea: “¿Dónde está el plus de derechos que los menores tienen?” Cuando no se han vivido más de 18 primaveras, es deber del Estado velar por el buen cumplimiento de los derechos, los menores son individuos que deben de recibir un plus de protección. “Pero en la práctica esa diferencia no está, nadie sabe qué es un plus. Los menores están en pleno proceso y el Estado tiene que garantizar que se desarrollen, al menos con un piso mínimo en común.”

En el campo, la ciudad o en donde la necesidad toque la puerta es que los menores se ven obligados a salir a trabajar. “Están hipotecado su presente y su futuro”, y para Falca permitir que esto siga ocurriendo es entre otras cosas legitimar que el trabajo desplace a la educación. Sin instrucciones mínimas, hay niños que se hacen hombres a los apuros para integrarse a una sociedad que los recibe como “ciudadanos de segunda o de tercera”.

La abogada de Unicef opina que el problema de base está en la simplificación del problema: “No hay una comprensión del fenómeno, porque no se trata de decir que los niños no pueden trabajar porque sí, porque es malo”.

Puntas de Maciel 10 - MANUELA ALDABE
La casa de AFE sobre la vía del tren es el hogar de la familia. FOTO: Manuela Aldabe

Cerca de Durazno, pero en Florida, allí es donde viven los González-Flores. Justo entre las paredes de la casa de AFE, al costado de la vía, en la estación Puntas de Maciel, está su hogar. El que fue y es el primer y principal centro de educación de María, Ebelito y Maca, los tres hijos del matrimonio. Del otro lado del camino del tren, la escuela; para un lado Montevideo y tantos que no entienden. Para el otro Rivera, punto final de un mapa en donde a tantos niños les toca vivir con horarios, crecer con responsabilidades, y mal madurar su adolescencia, con suerte y a veces, por unos pocos pesos.

GALERÍA por Manuela Aldabe: