La única fábrica de cerámicas del país está de vuelta gracias a sus trabajadores, que hicieron de la ruina empresarial el emprendimiento autogestionario más grande de Uruguay. Entre incertidumbres y esperanzas retorna también la vida al pueblo, que durante cinco años padeció el cierre de la única fuente laboral propia, de la que depende buena parte de sus habitantes.

Si Empalme Olmos hubiera estado más lejos de Montevideo, el cierre de Metzen y Sena en 2009 lo hubiera convertido casi con seguridad en un pueblo fantasma. Pero si la emblemática fábrica de porcelanas hubiera estado ubicada en la capital, su recuperación habría sido casi imposible: todos sus trabajadores se habrían dispersado, y el efecto sobre el pueblo, a la larga, hubiera sido el mismo. “Hay una identificación casi total entre pueblo y fábrica. Empalme sin la fábrica era una lágrima. Ahora le está cambiando la cara”, dice a Ajena Luis González, uno de los directivos de la Cooperativa de Trabajadores Cerámicos (CTC), que se hizo cargo del predio y las instalaciones de Metzen y Sena y las puso a funcionar “bajo control obrero”, luego de que su último propietario capitalista, Alejandro Barreto, las dejara hechas una ruina.

Pasó con Montes –a unos pocos quilómetros de Empalme– a fines de los ochenta. “Cerró Rausa, el ingenio azucarero que le dio identidad al pueblo, y Montes casi que desapareció como pueblo activo: sufrió una emigración brutal hacia Montevideo, el desempleo y el subempleo campearon, la población cayó, y Montes, que era uno de los lugares más pujantes del Interior canario cercano a Montevideo, hoy es de una tristeza…”, cuenta otro González, Julio.

Julio es hijo y hermano de trabajadores de Metzen y Sena. Vive en Empalme Olmos desde que nació, hace 40 años, y es de los que piensan que “sin la fábrica no da lo mismo: en eso Empalme es bien un pueblo ‘de afuera’, de esos que dependen prácticamente de una sola fuente laboral propia, que cuando falta la notás como si te quedaras huérfano, y si por milagro reaparece hasta el aire cambia”.

A fines de los ochenta, y aun antes, Metzen y Sena absorbió a buena parte de los trabajadores de Rausa, y Empalme Olmos captó “emigrantes” llegados desde Montes y aledaños. Muchas décadas atrás, el pueblo –por entonces una comunidad campesina, de productores ganaderos, agrícolas, lecheros– había visto el desembarco de minioleadas de extranjeros (italianos, españoles, ingleses, húngaros, rusos, alemanes). Un folleto editado por la Asociación de Fomento local dice que en la época Empalme Olmos era “una pequeña y cosmopolita sociedad” que crecía al impulso del ferrocarril. AFE supo ser el principal empleador local; en Empalme tenía un taller industrial, y la estación del pueblo, Víctor Sudriers, “era una romería”, cuenta Julio que le contaba su abuela. Poco queda de ese esplendor ferroviario. Apenas la estación –de las pocas de la zona que no fueron desmanteladas, por las formaciones de carga que todavía paran allí–, pero ya no los trenes de pasajeros que hasta hace un año, a razón de cuatro por día, llevaban a los empalmistas hacia Montevideo más rápido y mucho más barato que los ómnibus.

Aunque Empalme siempre tuvo “una identidad medio volátil, por momentos de pueblo dormitorio”, define Julio, el ferrocarril primero, y “la fábrica” luego, se la fueron consolidando. Hubo un Empalme esencialmente ferroviario, como hubo luego, cuando el tren empezó a decaer, un Empalme esencialmente porcelanero. “Lo curioso es que cuando Metzen cerró, la gente estaba en su momento de menor desapego por el devenir del pueblo: aquellos que habían venido de otros lugares y que lo tomaban sólo como dormitorio –trabajaban en Olmos y volvían los fines de semana– ya se habían asentado.”

Creada a fines de los treinta, Metzen y Sena operó en Empalme como “el gran padre que aseguraba el bienestar de cada familia y de la localidad toda. La prosperidad de la zona se asociaba a sus características endogámicas (lo bueno está acá adentro)”, se decía en una investigación sociológica realizada en febrero de 2010 para la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. “La meta de cada joven era ingresar a Metzen y Sena”, y en ella transcurrir su vida. “Máxime cuando se pagaban salarios relativamente altos y que entre la gente la sensación dominante era que la fábrica era un vector de ascenso social poco menos que eterno. Así fue que llegaron a haber varias generaciones de trabajadores de Metzen en una misma familia, de abuelo a nieto”, dice Julio. “En los buenos tiempos de la fábrica se llevaba a los muchachos a perfeccionarse a Brasil. El que no quería estudiar más no se preocupaba, porque allí estaba Olmos.”

A la fábrica se entraba con 16 o 17 años. Fue esa la edad iniciática de Luis González, que va ahora por los 41, y 24 los pasó en Olmos. “Uno aprendía un oficio que tiene mucho de artesanal. Se formaba en un trabajo que ni la UTU enseña. Pocos conocen que el asa de un pocillo marca Olmos va colada a mano. Igual que los inodoros: un buen porcentaje de su fabricación es artesanal. Y en la fábrica también hay maquetistas, diseñadores. Se requiere todo un saber en este laburo, que en Uruguay sólo acá se adquiría.”

Julio González asegura que Metzen llegó a promover en Empalme una “economía de burbuja”, de prosperidad rara para la zona. Néstor –un almacenero con local sobre Luis Alberto de Herrera, la calle principal del pueblo, relata que cuando sus padres abrieron el negocio, 29 años atrás, “una familia de cuatro personas que viviera de Olmos se sobraba, tenían casa y auto a las risas. El cierre fue un golpazo, pero se veía venir”.

Metzen ya había tenido dos cimbronazos grandes en los años anteriores. El padre de Julio González quedó por el camino en uno de ellos, a mediados de los noventa. “Desde que se retiraron los patriarcas, los viejos Metzen y Sena, hubo sucesivas y desastrosas administraciones. Se fueron poniendo parches, se dejó de invertir, no se reparaban las máquinas, y en los últimos tiempos hubo un proceso de vaciamiento. Los gerentes vendían mercadería por fuera” y el dueño triangulaba plata entre sus diversas empresas, unas ocho, cinco de ellas basadas en Panamá, “bicicleteando la guita que el Estado, a través de la Corporación Nacional para el Desarrollo, le daba para que no se perdieran las fuentes de trabajo y el pueblo no se desmoronara. El cierre fue en etapas. De haber sido más abrupto hubiera sido mucho peor, pero de todas maneras impactó enormemente”.

El 3 de diciembre de 2009, el día que los portones de la fábrica se cerraron por primera vez en 77 años y se inició el proceso de apagado de los hornos, Metzen y Sena empleaba a 753 trabajadores, 90 por ciento de ellos residentes en Empalme Olmos (en una tercera parte mujeres, algo no muy común en una planta industrial). “Es cierto que llegamos a ser mil más, pero la gran mayoría de los habitantes, de manera directa o indirecta, dependían de la fábrica”, dice Patricia, administrativa, empalmista de relativa nueva cepa (“vine de uno de esos pueblitos de 40 o 50 quilómetros a la redonda que fueron entrando en decadencia”). El cierre significó que durante cuatro años, hasta la reapertura, en hogares que tenían hasta cuatro de sus integrantes trabajando en la fábrica pasara a ingresar la mitad de lo que ingresaba, que se quedaran sin actividad camioneros y fleteros, jardineros que cortaban el pasto de las casas de los trabajadores y muchachas que les cuidaban a los hijos, que los comercios vendieran mucho menos o lisa y llanamente se fueran a pique, que en el pueblo “la angustia, la incertidumbre” se convirtieran en las sensaciones más extendidas.

“Se temió una desbandada”, aseguró a Ajena Luis González. Sobre todo una desbandada social, precisó Andrés Soca, secretario de la CTC. “Algunos tuvimos miedo de que Empalme cayera en una depresión colectiva. De eso no se habla habitualmente, pero aquí el índice de suicidios es alto, tradicionalmente alto. Nos temimos que el cierre de la fábrica los disparara. Entre las doscientas y pico de trabajadoras había una buena cantidad de madres solteras. Quedaron bastante desamparadas. Cuando conseguían alguna changa era muy común que fuera lejos, a veces en Montevideo, y además de gastar en transporte plata que antes no gastaban porque la fábrica la tenían a unas cuadras, debían, a veces, dejar a los chicos solos. Temimos también por los chiquilines, que esto se convirtiera en un nido de bocas de pasta base.” O que, como en la Montes post Rausa, aumentaran los casos de violencia doméstica. “Por suerte no pasó nada”, dice Andrés, que no sabe explicar mucho el porqué. “Capaz que porque se generó un sentimiento de solidaridad”, dice, contrastando con la opinión del almacenero Néstor, para quien “ya nunca más hubo lazos aquí como los había antes”, o porque “en el fondo siempre existió la esperanza de que la fábrica reabriera”. Daniel Pereira, maquetista con casi cuarto de siglo “de fábrica al hombro, toda una vida en Empalme, casa a diez minutos de la fábrica y amigos y contactos siempre acá”, asegura que ese fue el motivo, sin duda: la fe. “Todos los que trabajábamos en la fábrica sabíamos lo que daba, que era viable, y nos agarramos a eso.”

Hoy la fábrica es la fuente laboral de 362 personas. Otras 150 esperan la oportunidad.
Hoy la fábrica es la fuente laboral de 362 personas. Otras 150 esperan la oportunidad.

Las ollas populares pautaron el primer año largo de espera. “La primera Navidad fue terrible, y la segunda”, dice Daniel Pereira. “Fue fundamental la gente.” En Empalme se realizaron festivales, rifas, colectas para ayudar a mantener a los “olmistas”, sobre todo a las mujeres jefas de hogar. “Había una convicción general de que la reapertura no podía demorar mucho, pero las cosas se eternizaron”, apunta Luis. “Hasta que conseguimos la entrega precaria de las instalaciones pasaron más de tres años, y durante ese período nos hicimos cargo nosotros de mantener la planta industrial, limpiarla, vender la mucha mercadería que había en estoc, hacer el raleo de las 2.500 hectáreas forestadas propiedad de la empresa, cumplir con tareas administrativas para la sindicatura que asumió el control de la fábrica cuando la dirección anterior fue remplazada.” Y reunir al personal.

La idea de “refundar” la empresa de manera cooperativa rondó la cabeza de una parte de la dirigencia del sindicato casi que desde el pique. Al cabo terminaron ganando la apuesta. En determinado momento, recuerda Luis, invitaron a todo el personal a adherir al sindicato para poder ser parte de la cooperativa, o retirarse. Más de 500 trabajadores, de los 750 y pico, se interesaron. En agosto de 2010 nació formalmente la CTC.

Pero el antiguo propietario, Alejandro Barreto, que había dejado una deuda de más de 100 millones de dólares –27 millones de ellos con el Estado–, resistió todo lo que pudo. Parte de su personal de confianza –unas sesenta o setenta personas– lo secundó en una “ofensiva”, dice Andrés Soca, que llamó “Plan B” y que consistió básicamente en intentar convencer a los trabajadores, y también a los habitantes del pueblo, de que nunca una fábrica como esa podría funcionar “bajo control obrero”. Intervinieron en la radio comunitaria de la zona, montaron un blog en Internet, pusieron avisos en diarios locales, y llegado el caso, cuando las cosas se les iban definitivamente de las manos, le pidieron al sindicato –a cambio de unas cuantas concesiones– que intercediera ante el gobierno para que la fábrica fuera restituida a sus “auténticos dueños”. Una asamblea sindical respondió que no. “El tipo no cejó –cuenta Luis González– y empezó a meter chicanas ante la justicia, incitando también a los acreedores a que nos hicieran la vida imposible. El uso precario, que podríamos haberlo obtenido casi que enseguida, con todas esas joditas recién nos lo dieron en noviembre de 2012.”

Periódicamente el conjunto de los trabajadores, incluso gente del pueblo, pedían a los cooperativistas virtuales que realizaran una asamblea para informar sobre novedades en la marcha del proceso de recuperación de la fábrica. “Hasta que no tuvimos novedades ciertas no quisimos convocar asambleas de ese tipo, para no cortar changas o generar falsas expectativas. La hicimos cuando estuvimos seguros.”

Hay en Empalme quienes descreen de la posibilidad de que “la fábrica” logre despegar sin un patrón tradicional a su frente. Lo dice el almacenero Néstor; lo piensa también José, el dueño de la carnicería del pueblo, y algunos parroquianos del boliche contiguo al club social. Uno de éstos sugiere: “¿Por qué esta gente, a la que conozco de chico y que como yo no tiene idea de cómo se administra una empresa, podría hacerlo mejor que su propietario, que en definitiva ‘nació’ para eso?”.

Julio González entiende que en Empalme Olmos haya mucha gente que piensa así. “Es un pueblo muy conservador”, dice. “El propio gremio de Metzen y Sena era más o menos así. No por nada se llamaba Asociación Laboral Independiente –y no sindicato– de Obreros de la Fábrica Olmos.” La independencia que quería marcar ALIOFO, afirma Julio, era con respecto “a la central”, al PIT-CNT, y su líder por muchos años fue un caudillo blanco, hoy director técnico del club de fútbol local, “con mucha llegada en la gente pero que despuntó el vicio de la política a través de un sindicalismo muy ligado a la dirección de la empresa”.

Luis González admite que “la lucha para probar que los trabajadores podemos hacernos cargo de la empresa la tenemos que dar dentro mismo de los cooperativistas. No todos entienden que tienen que cambiar de registro, que ahora la empresa les pertenece y que de cómo ellos trabajen, de cómo trabajemos todos, dependerá su propio futuro y el de todo el pueblo. Es un combate de todos los días, que por suerte vamos ganando”.

Desde que la CTC puso a rodar nuevamente a la ex Metzen, en julio, con 362 cooperativistas y diez empleados, entre ellos el gerente, ha ido recuperando espacios en un mercado que había sido copado por los importadores, apunta Andrés Soca. “Tuvimos que demostrarles también a los clientes que éramos capaces de, y sostenernos”, agrega Luis González. Tienda Inglesa esperó meses para hacerle a la recuperada CTC su primer pedido de vajilla –“esa clásica vajilla Olmos, de buena calidad, sin cadmio ni plomo, que nosotros, los obreros, fabricábamos, no algún patrón o capataz”–. La agotó a los pocos días, volvió a pedir y reincidió una vez más; Acher y Castro lo mismo, en revestimientos y sanitarios. También están exportando. “Facturamos unos 800 mil dólares mensuales, pero necesitamos llegar al millón para estabilizarnos. Este mes nos demoraremos unos días en pagar los sueldos, porque son lo último que pagamos. El resto está al día”, decía en abril pasado un tercer González, Jorge, el presidente de la cooperativa, al diario El País (11-IV-14). El equilibrio piensan alcanzarlo en julio.

Al cerrar la fábrica muchos temieron “una desbandada”,  pero eso no sucedió y,  lentamente,  Empalme recupera el optimismo.
Al cerrar la fábrica muchos temieron “una desbandada”, pero eso no sucedió y, lentamente, Empalme recupera el optimismo.

En Empalme, los casi 150 ex trabajadores de Metzen que manifestaron su voluntad de sumarse a la CTC y quedaron fuera esperan que el equilibrio se alcance pronto. Hay planes para ir incorporándolos progresivamente, con base en el mismo criterio que se adoptó en julio, cuando se debió definir quiénes empezaban a trabajar: “por capacidad, apuntando al recambio (tenemos una mano de obra envejecida, de una media cercana a los 50 años) y priorizando a la gente del pueblo”, dice Luis González. Los sueldos son muy inferiores a los que pagaba la vieja empresa capitalista (van hasta un máximo de 37 mil nominales, para la categoría 6; hacia 2009 los directores ganaban 150 mil cada uno, y los capataces llegaban a 70 mil).

“Quizás eso incida para que en el pueblo algunos sigan dudando: el consumo todavía no se ha relanzado”, observa Julio González. Jaime Pereira, uno de los parroquianos del boliche, empalmista desde los 5 años (tiene 47), matiza: “Trabajo en el súper (antes estuve en la fábrica), y ahí las ventas se fueron para arriba. Es notorio que las cosas aquí han cambiado”.

“Y está lo más importante –completa Luis González–: se quebró parcialmente la incertidumbre. Queda terminar de quebrarla, porque no contamos con la propiedad definitiva del predio. Todavía tienen que rematarlo. Recién entonces, cuando ganemos el remate –ni queremos imaginar que le entreguen la única fábrica de cerámicas de Uruguay a algún especulador o alguien por el estilo–, podremos decir que cumplimos con uno de los grandes objetivos que nos habíamos fijado: que Empalme no se convirtiera en un nuevo Montes.”

Fotografías: Federico Gutiérrez