A 30 quilómetros de Minas, Estación Solís, un pueblo de 55 personas, recibió a unas 400 más el pasado 26. Es que con cada jornada electoral el pueblo se prueba con su pasado, y en el reencuentro la memoria se pone inquieta.

Ulises pasó toda la mañana sentado en uno de los bancos largos bajo el alero de la escuela, conversando con todo el que llegaba. Sin embargo, entró a votar recién pasadas las 12 porque, tal como habíamos quedado, nos esperó para el sufragio. “Se ve gente conocida que da miedo. Es como retroceder 20 años”, le dice a uno de los vecinos del pueblo.

Estación Solís queda a 30 quilómetros de Minas y allí viven 55 personas. El 26 pasado, día de elecciones, se esperaba que llegaran a votar unas 400 más: los de Andreoni, los de los campos cercanos y aquellos que dejaron el pueblo pero nunca cambiaron la credencial. Solís prepara el aluvión con venta de comida a beneficio en la escuela y juego de la taba en el boliche. A los que no les gusta el juego, les basta con acercarse a la escuela a conversar con los vecinos, en particular con aquellos que vuelven cada cinco años. Uno de ellos es Alejandro, que se fue del pueblo con 19 años (hoy tiene 36) pero, confiesa “no cambié nunca la credencial así tengo una excusa para volver”. Enrique se fue con su familia a vivir a Montevideo y no hizo el traslado. Tampoco cuando se mudaron a Canelones. “No lo hice, así me peleo con todos estos viejos cuando vengo, que son todos conocidos.”

Salvo por un par de parches de cinta en los dobleces, la credencial de papel está intacta. “La trato con un cariño bárbaro porque quiero que viva más que yo”, dice Ulises. La secretaria de la mesa empieza a hablar pero se interrumpe. Ulises la anima a seguir. “Di, di, si te conozco desde chica, venías a esta escuela”. Y acto seguido recuerda que cuando niña era él quien cuidaba de su bicicleta. “Es lo único que podía cuidar, porque el boliche lo fundí.” Es que lejos de esconder su pasado, lo confiesa a todo el que quiera escucharlo. “Yo era un bandido bárbaro. Me escapaba en el tren de la noche a Minas para apostar.” Todo el sueldo se iba en esas apuestas y luego había que recurrir a la familia, la madre o la hermana (nunca al padre).

Como buen día de reencuentro, no faltaron las anécdotas de esas que empiezan con “¿te acordás aquella vez…?”. Ulises le recordó al Bebe Torres alguna que otra salida a timbear y Bebe mencionó los campeonatos de truco y casín que se jugaban en el almacén, o en el boliche, depende de como se mire. El mismo negocio que Ulises cuenta que fundió y que por mucho tiempo fue el almacén de ramos generales más grande de la zona.

ELECIONES NACIONALES 2014 1ª VUELTA
Ulises llegó a Solís en bicicleta, en el 57, a trabajar en el almacén de su tío. Uno, que detenido en el tiempo, llegó al cine. FOTO: Mauricio Kühne

Ulises llegó a Solís en bicicleta en el año 57, con 19 años, a trabajar en el almacén de su tío. Además de abastecer a toda la zona, vendían reses enteras a los viajeros del tren que llegaban a la estación buscando sortear la veda. Cuando Bebe, su primo, hijo del dueño del establecimiento se mudó a Minas, Ulises quedó encargado del local. No tardó en poner unas mesas y organizar juegos. Cuando se fundió, cerró todo. Respetando que el comercio no era propio, lo cerró como estaba y no quiso tocar nada. Aún hoy están las cosas como las dejó hace más de quince años. El surtidor de nafta en la puerta, las botellas de whisky vacías, crema para zapatos en los estantes, ventosas y frascos de medicina, una caja registradora de lujo con leones tallados en plata.

Una escenografía así merecía ser filmada y tuvo su oportunidad dos veces. Un cortometraje aprovechó su exterior. Colocaron un letrero en la entrada dándole el nombre de “El tejón caliente”. Cuando se fueron quedó el cartel tallado en madera hasta que un día Ulises decidió quitarlo. El almacén apareció en el cine por segunda vez con Mal día para pescar. “Vinieron como 50 personas con autos y un generador que alcanza para un pueblo y sobra corriente.” El barullo no fue tan bienvenido, y no tanto por los magros pesos que le dieron por usar el almacén durante dos días y dos noches, o por tener a la maestra pendiente de ellos cuando usaban la escuela como comedor a cambio de una botella de licor, sino porque cuando se fueron Ulises se dio cuenta que había desaparecido un barómetro que atesoraba como antigüedad. Dice que se quejó a la productora pero que nunca obtuvo respuesta.

Tras un buen tiempo de conversación, a Bebe lo apuran para que vote, porque se viene el almuerzo. “1541” grita Bebe a la mesa desde la puerta, y para agilizar la búsqueda de su credencial agrega: “Fijate entre los muertos”. A esa hora ya queda menos gente en la escuela. Ulises se aseguró bien temprano el asado con cuero y algunas cosas dulces de las que venden en la escuela, pero antes de irse a almorzar levantó los chorizos de ternera que tenía reservados.

A la escuela asisten 11 niños de siete familias. Trabajan ahí Macarena, la maestra, que viene todos los días desde Minas, Coco Casanova, que hace el mantenimiento y Mirta, la auxiliar, que entre otras cosas es la encargada de preparar el almuerzo para los niños. A Mirta, sin embargo, no le paga Primaria sino la Comisión de Fomento. El sábado los padres prepararon el asado con cuero, chorizos, tortas, pizzas, pastafrola y otros dulces. Aprovecharon también para liquidar los números de la rifa por una heladera. Al mediodía ya no quedaba asado y no hubo votante que no se llevara algo. Los padres se esforzaron mucho para la jornada y no solo porque tienen concurrencia asegurada. Es que “Primaria pone muchas trabas para organizar eventos”. Tienen miedo de que pase algo porque, de ser así, la maestra, la escuela y la Comisión serían los responsables. Al preguntar por el balotaje, sin embargo, la maestra duda de que se arme algo. “Es mucho trabajo y no todos colaboran.”

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El asado con cuero no falta en las elecciones. FOTO: Mauricio Kühne

Pero el asado de la Comisión Fomento no es el único en el local de la escuela. Marischal, policía de Estación Solís y custodia en una de las dos mesas de votación (en la otra está el policía de Andreoni) prepara un asado en el parrillero del fondo para él y los miembros de las mesas. Todos son empleados públicos de Minas. Durante el curso los seis que viajaron al pueblo armaron un grupo y unos días antes de ir levantaron un vale de 500 pesos para la nafta. El transporte lo pone uno de ellos. Ese día se encontraron en la oficina de la Corte Electoral en la capital de Lavalleja a las seis de la mañana. Retiraron las urnas y se fueron juntos a Solís. No había suplentes citados y tuvieron que estar en la escuela a las siete, incluyendo los custodios, que esperaban allí. Aunque en día libre, Coco Casanova fue el primero en llegar para abrir la escuela y levantar la bandera. De tanto en tanto prendía la bomba por miedo a que los votantes quedaran sin agua.

Coco vive en la zona desde chico y su primer trabajo fue en el mantenimiento de las vías de AFE en Estación Solís. Todos recuerdan que al tiempo que dejó de pasar el tren llegó un camión con la noticia de que se iba a cambiar el techo de la estación y los galpones. Se llevó todas las tejas pero nunca volvió con techo nuevo. Por esa época llegó otra delegación de AFE preguntando si no habían visto quién se había llevado las cosas de oficina (teléfono, telégrafo, escritorios…). Ahora lo único que se puede encontrar ahí son algunos chanchos criados en uno de los viejos galpones.

La hora pico en el boliche es al mediodía. La juerga empezó la noche anterior sin rastros de veda alcohólica. Unas horas de sueño y volvió a activarse en la mañana. El bar es una pieza de bloques con un billar, dos mesas y una barra. Agua corriente no tiene y su dueño carga todos los fines de semana un tanque desde su casa para abastecer el local. Al frente, una cancha de bochas y al fondo el baño y la cancha de taba preparada especialmente para el día de votación. Por alguna razón sólo juegan en elecciones y esta vez la cosa se armó recién caída la tarde. El partido de bochas empezó cuando terminó el de truco y el recambio de gente se dio cuando un grupo se fue a ver las carreras de caballo a Canelones y los payadores trasladaron el canto de la casa al boliche.

El partido de bochas lo organizó Luis Gutiérrez, caudillo nacionalista que vive a diez quilómetros y es suplente de Alfredo Villalba, candidato a diputado por la lista 4 que recientemente renunció al Partido Nacional y adelantó que en la segunda vuelta votaría a Vázquez. Gutiérrez reparte listas con un sachet de jabón bajo el eslogan “Para lavar la política”. “También teníamos el voto dulce, que era con un alfajor de maicena, pero se me acabaron”. “Lavar la política” aprovecha un juego de palabras con las primeras cuatro letras del departamento y las iniciales de los titulares de la lista (Lacalle, Abreu, Villalba y Arrillaga).

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En la mesa, los madrugadores empleados públicos de Minas. FOTO: Mauricio Kühne

Villalba ganó su fama como alguien que triunfó luchándola desde abajo. De hogar sustituto a empresario local, coordina varias obras benéficas como la fundación Chiquillada. En las elecciones pasadas hizo un acuerdo político con Adriana Peña, actual intendenta de Lavalleja, por el que se aseguró el cargo de suplente y un puesto como director de Desarrollo Social. La relación no terminó nada bien y a Villalba lo destituyeron del cargo en octubre de 2010 por presuntas irregularidades tras cinco meses de haber asumido. “Alfredo es de los tipos que arregla primero y después hace los trámites. Hay cosas que no pueden esperar, como el caso de aquel hombre de 83 años con problemas de asma viviendo en un rancho de lata. Alfredo cazó unos camiones de la Intendencia, se llevó unos bloques, contrató albañiles e hizo cocina, baño, todo completo. Después hizo los papeles. Y vino una denuncia de la Intendencia por el camión ese de bloques”, aclara Gutiérrez.

Los conflictos siguieron menos de un año después cuando Peña viajó a Europa y Villalba quedó como intendente suplente. “Se me entregó la Intendencia de Lavalleja como el boliche de doña Porota”, declaró Villalba a El Espectador (1-VI-11). “La señora intendenta abandona el departamento y no se nos notifica, no se hace el arqueo de caja, no se nos informa la clave de la computadora, no se nos dice dónde está la llave”. Durante los diez días que duró la suplencia, muchos directores pidieron licencia y a los demás se les recomendó que lo hicieran “para que no se vean perjudicados… porque queremos ser responsables de lo que hagamos”. Este año la lista de Villalba obtuvo 2.500 votos en todo el departamento, la menos votada entre las listas nacionalistas. Las demás, en Lavalleja, fueron la 404 (también con delegado todo el día en Estación Solís) con 8.362 votos y la 5158 con 8.574. En el pueblo la lista 4 tuvo 36 votos de los 238 del Partido Nacional. A éste lo sigue el Partido Colorado con 66 votos y el Frente Amplio con 32, solo 10 más que los anulados y en blanco juntos. En el panorama general del departamento, sin embargo, el Frente Amplio está segundo con 16.117 votos, luego del Partido Nacional que suma 19.671.

Se acerca el escrutinio y el boliche se llena, pero no sólo de locatarios. Muchos usan la excusa de la votación para dar un paseo. Dos familias enteras con niños llegan al boliche (aunque en un día normal no recibiría mujeres). “La señora de él vivía acá” explica Marcelo. “Vinimos a acompañarla a votar y pasear un poco”. Viviana, la votante, vivió allí hasta los 14 años. Sus padres siguen en el pueblo y con la excusa de volver nunca quiso poner otro lugar como dirección. Maximiliano cuenta una historia parecida a la de Marcelo. “Vinimos nueve de Minas, pero sólo uno vota”. Estaban en un asado cuando decidieron ir todos a acompañar al único del grupo que alguna vez vivió en Solís. “Esta es la fiesta. Llegas y te tratan bárbaro. Todos quieren escuchar sobre tu vida. Acá hacés cosas que por ahí en la ciudad no hacés. En Minas, por ejemplo, no podés entrar a un bar sin remera.”

Sin embargo, no todos ven lo que pasó el 26 como la fiesta que pinta Maximiliano. Bebe recuerda que hace 50 años en Solís había 1.757 habilitados para votar. Carlos y Mirtha, que llegaron acompañando al padre de Carlos, también reparan en ello. “Vos venías a votar y ya te daban la comida. Los mismos convencionales de la zona hacían un asado. Ibas al puesto y te daban.”

Pero no es que el pueblo haya sido numeroso alguna vez. En su época de esplendor, década del 50, lo habitaron 285 personas. Sin embargo, los campos de la zona estaban más poblados, con familias con siete u ocho hijos cada una. Así, la escuela a la que hoy asisten 11 niños, por aquellos años recibía a unos 150. “Había cuatro familias que juntaban 48 hijos”, cuenta Bebe. Y que “había comisario, segundo, escribiente, subescribientes y un lote de agentes. Tres boliches con casín, carnicería, un zapatero que hacía los zapatones para el campo, nuevos, de cero. Herrerías había cuatro o cinco”. Donde hoy hay sólo un policía antes trabajaban 13 o 14, pero cuando dejó de pasar el ferrocarril los trasladaron a Villa Rosario.

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La espera para votar es un buen momento para ponerse al día. FOTO: Mauricio Kühne

El tren dejó de pasar el 31 de diciembre de 1987, aunque la última vez que partió fue sin pasajeros, cuando un 2 de enero alguien llegó al pueblo para llevarse la máquina a Minas. Nunca más paró un tren en Solís, pero todos los 19 de abril las vías dan paso a uno que, expreso, se dirige a Verdún.

En la estación trabajaban unas 15 personas, de las que sólo quedó Coco. Tras el fin de la estación tanto los policías como los obreros del tren se fueron del pueblo con sus familias. También fue de mucho impacto el cierre del ingenio azucarero RAUSA. Muchas personas de la zona vivían de producir para la azucarera y cuando ésta entró en crisis tuvieron que buscar otros rumbos. “Toda la muchachada tenía trabajo porque existía RAUSA. Empezaban cosechando la remolacha que terminaba en abril. Y en abril todos a plantar maíz”, recuerda Coco. De esos jóvenes, muchos se fueron a Empalme Olmos a trabajar en Metzen y Sena. “Ya no hay gente joven, casi todos son jubilados acá”. Bebe reconoce otros cambios además de la migración. Cuando empezó a vender seguros por el año 53 o 54, todos sus clientes eran arrendatarios. “Propietarios no había muchos. Últimamente son todos propietarios. Van comprando el campito que usaban.”

Antes de que empiece el escrutinio, Luis, delegado de la lista 4, deja las bochas, se pone la camisa y camina hacia la escuela. Ya no habrá más votantes por lo que los padres empiezan a guardar las cosas. A pesar de ser domingo todos los niños están en la escuela. Un par de niñas festeja la venta del último número de la rifa mientras el resto juega al fútbol. Antes de irnos, otra vez Ulises sentado en un banco, esta vez bajo el alero del almacén al frente de su casa, nos pregunta si en el bar ya se armó la taba y nos despide antes de sumarse al grupo. Dice que sólo va a mirar: “Yo tuve todos los vicios que se pueden tener en la vida, pero los dejé por propia voluntad”.

GALERÍA por Mauricio Kühne