Desde el ventanal de la casa del cerro podía ver el campo, verde y extenso, apenas manchado por algún árbol, hasta que se fundía con los cerros de más lejos; si me ladeaba un poco veía la calle que baja hacia la costa y la facultad. Podía ver si alguien llegaba a la casa por la escalera tapada por el pasto o si los perros (seres esenciales de la geografía del lugar) corrían atrás de vaya uno a saber qué. Podía ver el barrio, tan silencioso durante el año, tan calmo que uno no creería que en verano sus calles se llenan de autos y paseantes que bajan a la playa. Yo no vivía allí, como tampoco la mitad de los que nos quedábamos en las noches, pero así recuerdo la vida en aquel primer año en Playa Hermosa.

En el interior de la casa del cerro revoloteaban siempre las ideas. Donde se mirara se descubría a alguien pensando algo. En el sillón había alguien dibujando o escribiendo, seguro; y cerca de la estufa otros debatían sobre cine, tocaban la guitarra o leían en voz alta. En la cocina podía estar inventándose algo para comer, aunque no necesitáramos más alimento que una caja de vino para seguir en nuestras tareas. Así de simple: nos movía algo que no era más que el saber que hacíamos lo que nos gustaba.

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Ilustración: Irene Santa Cruz

En mi memoria separo las habitaciones, pero en realidad todo era una gran estancia, a excepción del baño. Y subiendo la escalera la cosa no cambiaba; si una luz se prendía y apagaba era que alguien estaba probando luces y cámaras. Siempre había quien estaba filmando, aunque fuera por un ejercicio de la facultad o por experimentar el mundo a través de una lente; también se podía ver a alguno durmiendo la siesta o buscando un rincón donde pudiera pensar solo. Porque la casa era así, nos mezclaba en sus memorias de roca, pero nos ofrecía sus espacios donde refugiarnos individualmente, para que no nos cansáramos de esa forma de vida.

Al caer el sol, nos dejara el frío o no, dábamos vida a un fogón en el fondo, y los otros compañeros que vivían en la zona venían atraídos por el calor. Las noches eran momentos sagrados, llegaba bebida y comida sin fin, la música subía y siempre era una fiesta. Siempre. Festejábamos por tener aquello tan único y por tenernos. Los vasos, los cigarros, iban y venían uniendo los cuerpos. No eran ni las doce de la noche cuando cansados y rientes, llenando el suelo de colchones y acostándonos entrelazados frente a una laptop, podíamos asistir a la mejor función de cine.

Al amanecer era hora de ordenar, buscar los championes entre los colchones y las sábanas, recordar dónde habíamos dejado la mochila y preparar algo para comer antes de ir a clase. Había que bajar la calle hacia la playa y allí entre las dunas y la ruta encontrábamos la facultad. Un edificio blanco perdido, donde la gente que llega descubre la otra cara del cine, esa que está detrás de la pantalla. Tras terminada la clase, quienes podían quedarse volvían al cerro o a alguna otra casa, y los que viajaban y ya llevaban días ahí se marchaban a tomar el ómnibus a Montevideo o Maldonado, pero queriendo no irse nunca.

Fue como una explosión que no recuerdo cómo comenzó, algo que nadie veía venir, aquel primer año en Playa Hermosa, aquella generación tan variada, aquellas ganas de vivir y de hacerlo todo. En los siguientes años esa llama fue disminuyendo, no fue cansancio ni falta de ganas, fue como toda pasión que el tiempo amansa. Ahora ya estamos por terminar tercer año, hay otras generaciones experimentando ese primero. Yo ya viví en Playa Hermosa y ahora volví a viajar en ómnibus, ya me he quedado en muchas otras casas de mis compañeros, pero ninguna me enseñó más que la casa del cerro. Y si sus paredes pudieran hablar, llenarían a quien la habite ahora de historias alegres, de chistes, de más de una herida triste, y de una historia de amor tan inusual que nos unió a un puñado de desconocidos hasta convertirnos en algo más que un grupo de amigos.


 

Juan Pedro tiene 22 años. Nació en Montevideo pero desde que tenía un año vive en El Pinar, Canelones. En 2013 comenzó a cursar la Licenciatura en Lenguajes y Medios Audiovisuales (UDELAR) que se imparte en el balneario Playa Hermosa, en Maldonado. Allí vivió el primer año. Ahora cursa tercero y viaja todas las semanas desde El Pinar para tomar clase.

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Ilustración: Irene Santa Cruz