Trepada a un impensado mar de piedra en pleno Cerro de los Conventos, interrumpiendo el extenso tapiz verde de esta pradera redondeada en lomas de la décimo primera sección de Cerro Largo, está La Saida.

O lo que queda de aquella planta industrializadora que nació a mediados del siglo pasado para embotellar y llevar a los pobladores de Melo su primera agua mineral. La fábrica como tal solo funcionó unos pocos años, pero la fuente natural que se esconde en la panza del cerro y arrastra un pasado mítico que se remonta hasta las misiones jesuitas, todavía está viva. Y a la vez que encierra el agua en el sombrío silencio de la piedra, le permite brotar a la superficie en pequeñas dosis diarias. La misma agua que deja de ser muda cuando escapa del bolsón rocoso que la mineraliza corre –alimentando un arroyito– entre helechos frondosos y árboles nativos que babean el líquen de los tiempos y filtran el sol. La escena: un trazo líquido al centro y un sendero íntimo al pie de la enorme piedra. La luz: mágica.

En la cima, las ruinas de la fábrica descansan sobre un lomo gris de roca, envueltas en la atmósfera fantasmal del abandono: hay arbolitos naciendo desde las paredes agrietadas y dibujos de musgo en las escaleras sin baranda, hay techos caídos y ventanas sin marco, hay azulejos partidos en habitaciones sin puerta, tanques vacíos, tramos de cañerías inútiles, botellas deshechas y un galpón enorme y luminoso, refugio de unos cuantos trastos, una carreta blanca y una nutrida colonia de murciélagos. Pero hay otra cosa que suma en el carácter espectral de La Saida, y es la rareza de encontrarse de golpe con ese eslabón industrial perdido y roto en el paisaje rural.

A comienzos del Novecientos Orestes Araújo describía el lugar con cierta belleza en su Diccionario Geográfico del Uruguay: “Por la parte meridional es de difícil subida, pues además de ser muy pendiente se encuentra amurallado por paredones altos de piedra unida y escabrosa en el corte vertical: por esta parte se interna una profunda cuenca en cuya cima se alzan peñascos y espesa arboleda donde posan constantemente millares de cuervos, que al remontar el vuelo producen un ruido cavernoso extraordinario semejante al de un lejano y prolongado trueno”.

Pero la historia de la fuente de agua mineral comienza mucho antes que la planta embotelladora e incluso antes de que Orestes Araújo la consignara en su libro. Y en parte es por eso que este puñado de rocas respira un aire legendario. El propio Araújo fue quien aludió al contacto que tuvieron las misiones jesuitas con la zona y según explica “de ahí dimana la denominación de tal cerro del Convento, que el vulgo ha pluralizado, desde el siglo pasado, conjuntamente con la denominación del arroyo del mismo nombre”. Porque ese manantial es la naciente del arroyo Conventos, que estriba en la cuchilla Grande y desagua en el río Tacuarí y habría sido también la fuente de agua de los misioneros que anduvieron por la zona hace 300 años.

Los intentos de resurgir la fábrica fueron infructuosos. Pese a su excelente calidad, la cantidad de agua que brota de la fuente hace que el negocio no sea redituable.
Los intentos de resurgir la fábrica fueron infructuosos. Pese a su excelente calidad, la cantidad de agua que brota de la fuente hace que el negocio no sea redituable.

Concretamente dice el libro: “En uno de los paredones de piedra unida, y en el corte vertical más regular de los que forman el borde superior de la mencionada cuenca de los cuervos, se distingue una inscripción que data del siglo XVII, la cual hace presumir fuera grabada por algún misionero religioso”. Esa historia aparentemente esculpida en la roca ha corrido como el agua de generación en generación pero nadie que esté vivo ha podido corroborarla. El historiador arachán Germán Gil contó a Ajena que personalmente ha buscado “esas inscripciones y nunca encontré nada”. Sin embargo el mito no parece descabellado “porque en esa zona hay muchas ruinas jesuitas, corrales y pedazos de muro”, explica.

Quizás pueda discutirse si los jesuitas disfrutaron hace tanto tiempo de las bondades del agua de La Saida y si verdaderamente grabaron un texto en el muro rocoso, pero lo que parece no tener discusión es la calidad del agua que se esconde en aquellas piedras.

Al menos eso pudo comprobar el empresario de Melo, Romeo Silveira, que pensando en reflotar la embotelladora hizo analizar el fluido que nace de la fuente y aseguró hablando con Ajena que “es mejor agua que la propia agua Salus”.

Un impensado mar de piedra en el Cerro de los Conventos.
Un impensado mar de piedra en el Cerro de los Conventos.

Silveira supo, investigando la historia del proyecto que data de 1950, que los dueños del emprendimiento fueron Juan Gioso (que estaba al frente de la planta), López Benítez (que era el dueño de la estancia Las Piedras, donde se encuentra el manantial) y un tercero del que nadie recuerda el nombre que abandonó la empresa para dedicarse a trabajar en Salus. Al comienzo la idea era abastecer Melo de agua mineral embotellada en sifones y “una naranjita que se parecía a la Fanta” y luego extenderse a Montevideo (negocio que no prosperó porque el costo del flete les dejaba el precio fuera de competencia). Silveira dice que familiares de los Gioso le explicaron que “tenían dos camiones en los que llevaban el agua a la ciudad, y como los caminos eran muy malos, cuando llovía se enterraban y no llegaban con el agua ni siquiera para abastecer a Melo”. Por estos contratiempos logísticos y otras razones no conocidas, la planta habría dejado de funcionar cuatro o cinco años después de su inauguración. Algunos vecinos de la zona recuerdan que luego de cerrada, en el galpón principal se hacían bailes y a veces “se hacían asados políticos de los que participaba Chicotazo. Eran como unos congresos a los que la gente llegaba a caballo”.

Pero el agua siguió manando igual de pura y Silveira en 1999 le dedicó dos años a hacer una prospección para la que contrató a un geólogo. “El problema es que es un pozo con poca capacidad de extracción”: unos 400 litros la hora en el mejor de los casos, unos nueve mil litros diarios. Para viabilizar el negocio y justificar la inversión necesaria “habría que hacer otro pozo, el geólogo dice que hay otra vertiente cercana, pero no se sabe si es de la misma calidad”, explica.

Ya no hay conventos jesuitas por aquí, ni misioneros esculpiendo la piedra, ni millares de cuervos ensombreciendo el cielo al remontar vuelo. Ni hay planta embotelladora, ni hay asados políticos, ni hay un proyecto para comercializar lo que sale de la fuente. Pero La Saida igual está ahí, indiferente a cada historia, soltando borbotones de agua que se desliza cristalina y corre pendiente abajo.

Fotografías: Daniel Erosa