“Un trabajo lento en un mundo donde todo va rápido”, así lo define el hombre del oficio en extinción. El constructor se da maña para seleccionar y encajar las piedras. Y luego, el placer de ver la pieza adecuada en el lugar exacto.

De entrada una advertencia: picapedrero no es lo mismo que pedrero. Parece tonta la aclaración, pero es importante. Los primeros cortaron y armaron las “mangueras” de piedra épocas atrás, mientras que los segundos las reparan hoy. Alberto pertenece a este último grupo, aunque bromea que tendría que hacer algo con el nombre, porque suena demasiado simple para tan esforzada labor. Técnico en piedra podría ajustarse más, se ríe.

A lo que Alberto, y su compañero de labores, “Paco”, se dedican es a reparar esos cercos de origen misterioso, sobrevivientes de los siglos en que se introdujo la ganadería al país.

Una estancia en Flores, cerca del poblado de Cerro Colorado, es la que los recibe esta vez para reparar un corral circular de unos 250 metros de perímetro con embarcadero incluido que, les dijeron sus dueños, está en pie desde 1850. A la vista: campo, soja, unas vaquitas, más campo resentido por la sequía, y a unos dos quilómetros allá arriba la estancia entre los árboles.

“Hay poca gente en este oficio, y se dice que es trabajo de esclavo. A mí me gusta y a él le gusta también”, dice Alberto mientras señala con la cabeza a su partenaire. Paco (Pablo, 26) se vino de Tambores siguiendo la invitación de Alberto, pero sabiendo que pronto volverá a ver a sus cuatro niños y a Carolina, su esposa. En el medio del campo, es verdad que Paco también disfruta de lo que han logrado, porque no hay mejor cosa que trabajar en lo que a uno le gusta.

“Traé aquella más grande, vos que todavía sos joven y tenés fuerza”, le dice en broma el veterano al aprendiz. Bromean entre ellos todo el tiempo, y cuando toman confianza, les hacen chanzas en equipo a los preguntones atrevidos.

“Palhas para cigarros. Especial Neve”, dice la etiqueta. Envueltas en un nailon prolijo, las 15 hojillas de chala de maíz esperan a ser enrolladas alrededor de un tabaco de cuerda. Con el facón corta el naco de a poco —“Yo fumo tabaco de hombre”, bromea con uno de los más jóvenes que acaba de encender un Coronado– y luego desarma las hebras de tabaco prensado sobre la palma de la mano. Cuidadosamente arma el cigarro y lo ata con una tirita que saca de la misma chala. Ambos productos los compró en el almacén de Tambores, pero su origen es el otro lado de la frontera.
De la boca a los dedos, de los dedos a la oreja, de la oreja a la boca, así es el circuito del naco, repetido tantas veces hasta dejar un reguero de moñitas que se esparcen como regalitos en el pasto. Alberto quizás tenga un rostro fácil de olvidar, pero ese humo dulce que suelta su boca es de los que se graban irremediablemente para siempre.

Alberto Rodríguez Brum. Se presenta con ambos apellidos porque “los Brum eran conocidos por guapos” y es nombre hasta de presidente de la República. “Yo soy español y portugués”, agrega, aunque nació en el pueblo sanducero de Beisso 57 años atrás y hace 19 que vive en Tambores, pueblo en el límite de Tacuarembó y Paysandú. Viene de una familia numerosa: es el séptimo de diez hermanos; y deja como herencia cuatro hijos, que le dieron su vez siete nietos (“¡Son lindos los gurises chicos!”). Con Sofía llevan 34 años de casados y “creo que todavía nos queremos”, confiesa.
Hombre de varios oficios dignos de la campaña, Alberto empezó a los 14 años trabajando en la esquila, se fue luego un tiempo a El Espinillar de Salto –“cuando era joven y soltero”– a cortar caña de azúcar, después tuvo un comercio que no marchó muy bien, lo dejó y volvió al campo como encargado de una estancia. Más tarde se mudó pal’ pueblo y hace unos veinte años que se dedica a la piedra.

MKH_0512
Alberto Rodríguez vive en Tambores y repara muros de piedra por todo el país. FOTO: Mauricio Kühne

Probablemente no le guste que hablemos en esta nota –menos que pongamos la foto– de su sombrero con la copa medio destartalada de tanto engancharse en las espinas de los talas. Y deberíamos respetar ese detalle, porque Alberto prometió leernos. “Soy muy de la lectura, y leo lo que encuentro”, advierte. Se declara asiduo concurrente a la biblioteca de Tambores y cada vez que va al pueblo se compra algún diario. A veces El Observador y nunca El País, porque le queda muy grande e incómodo. Pero lo que más le gusta leer, sobre todo en los días de lluvia, cuando el trabajo mengua, son libros de historia. Artigas le parece fantástico: “¡Qué inteligencia para esa época! No va a haber otro igual”. Ese hombre del Reglamento de Tierras le resulta fuera de su tiempo. También admira a Aparicio Saravia y sus batallas, donde, parece, los hombres que iban al frente tomaban caña con pólvora para enfrentar con más coraje al enemigo; eso se le quedó grabado de alguna lectura. Y menciona el gran cerco de piedra de Masoller, que se dice fue resguardo de las fuerzas gubernativas en el episodio en que Aparicio recibió la herida fatal.

Alberto confiesa que puede leer, mirar la tele y escuchar la radio al mismo tiempo, y pone atención a las tres cosas. De noche, cuando ya está en la cama, engancha algunas radios argentinas (“lo de Nisman no se va a saber nunca”, arriesga, “y la vieja es peor que el tuerto”, coincide con el Pepe Mujica), aunque se sintonicen más o menos.

MKH_1038
El corral de piedra que reconstruye Alberto está en pie desde 1850, según sus dueños. FOTO: Mauricio Kühne

“La política es como el asado de cuarto de oveja, tiene sus partes buenas y sus partes malas.” Piensa que las cosas han cambiado porque antes los peones votaban lo que votaban los patrones, pero ya no, y que el Pepe Mujica “va a quedar en la historia por su sencillez”. Pero en definitiva los colores no importan, es la gente la que importa, dice.

Terminó la escuela recién en 2014, gracias al programa Uruguay Estudia, que incentiva a que los adultos retomen sus estudios. Dice tener una relación rara con las matemáticas: los maestros que le tomaron los exámenes el año pasado le dijeron que no entienden cómo llegó a los resultados correctos con tan intrincados y exóticos procedimientos. Y el encargado de la estancia le dijo que el presupuesto de gastos que le esbozó a lápiz y papel lo va a enmarcar en un cuadrito.

Alberto se declara hincha de Defensor Sporting, y le encanta el fútbol a pesar de que cuando era chico lo mandaban siempre de golero, muy en contra de su voluntad. “Tendríamos que ser de Rampla, del picapiedra”, bromea Paco, mientras de lejos tira una piedra mediana que queda incrustada en el lugar exacto. Se conocen tan bien que Paco le termina las frases a su compañero. “Y de los dibujitos, elegimos a Los Picapiedras”, continúan la serie de chistes.
Alberto también confiesa que de vez en cuando, y siempre durante sus días libres, le gusta tomarse unas copas: “A veces me río, me siento más alegre, a veces lloro. A veces me caigo, a veces me derrumbo…”.

El día comienza a las seis de la mañana en la vieja estancia. Mate y tabaco obligatorios al menos una hora antes, para así poder arrancar a trabajar. Las piezas con cocina, baño y cuartos acondicionados para los trabajadores están a unos cien metros del casco de la estancia. De hecho, están más cerca de los corrales que de la casa.

Trabajan ocho horas, con una pausa en el medio: desde las 7 a las 11 de la mañana, y de las 14.30 a 18.30, aunque los horarios pueden variar a voluntad de los peones. Juan, un veterano que está dando unos antibióticos a los terneros dentro del corral que Alberto está arreglando, dice que esta es la primera vez, la primera estancia, donde trabaja con el régimen de ocho horas. Que antes la jornada era de sol a sol. Al grito de ¡iiiija! hace que los ingenuos bichos pasen uno a uno por el brete; terminan con los ojos violetas, y al fin libres corren  medio cegados –pero curados de su conjuntivitis– lejos de Juan.

Aunque se conocen apenas desde hace un mes, han tenido que convivir y es “como si los conocieras de toda la vida”, dice Alberto. Y así cada vez. El oficio de pedrero los acostumbra a viajar por todo el país y a conocer gente nueva todo el tiempo.

MKH_1090
Un prisma macizo y rectangular es el elegido para el remate. A su lado irá la portera. FOTO: Mauricio Kühne

Con Paco trabajan hasta 30 días de corrido, fines de semana incluidos. Luego paran unos días para visitar a sus familias allá en Tambores. “Empezamos a extrañar a los gurises”, larga Alberto, mate en mano, luego de un prolongado silencio.

Suena la campana en el casco de la estancia. Se levantan sincronizadamente de sus sillas a la sombra de unos sauces. A los pocos minutos llegan los fideos con tuco. Raquel carga con una bandeja humeante y generosa, justo a tiempo luego de que Alberto, Paco y los demás se han tomado unos mates, lavado las manos y refrescado la cara para almorzar.

Quien maneja la técnica, desarrolla un ojo clínico. Para armar ese puzle a “piedra seca” se construye un cajón con las piezas más grandes por fuera y luego se llena de piedritas el hueco del centro. Se logra una mejor terminación si por encima se le coloca una “tapa”, una piedra chata que una las dos paredes.

El trabajo con barro se cobra más porque es más trabajoso –sobre todo en invierno–, se usa piedra más chica y queda más lindo. Y si el patrón pide hormigón, le ponen hormigón; pero no lleva, explica Alberto.

Si es necesario se sacan algunos bordes de las rocas con unos marronazos, y con el martillo se les da un golpe certero que las deja como nacidas en el lugar. Si están bien encajadas, las mismas piezas generan la presión suficiente para lograr una estructura de alta estabilidad: a mayor superficie de contacto entre cada piedra, mayor es la rigidez y persistencia de la obra.

Por ese motivo las grandes construcciones antiguas siempre llamaron poderosamente la atención de Alberto. La Isla de Pascua y sus estatuas, el Coliseo, el Partenón, Machu Picchu… ¡las pirámides! Qué trabajo ese. “Me llamaron como tres veces para reparar la muralla china”, bromea ya en confianza. “¡20 mil quilómetros de largo! Fijate que de Montevideo a Bella Unión hay sólo 600 quilómetros. Si agarro esa changa no me vengo más”, ríe.
Les pagan por metro de muro, así que “no nos apuramos. Vamos suave, para que quede bien”, explica. En el oficio de pedrero se sobrevive de recomendaciones, así que lograr un trabajo sólido –literalmente– es la clave para mantenerse en él. “El nuestro es un trabajo garantido por al menos 50 años”, dice. Trabajar con estructuras de piedra de tal antigüedad les hace tener otra dimensión del tiempo; está el respeto por algo que alguien construyó hace tanto con tanta ciencia y paciencia aplicadas. Entiende que su trabajo no puede ser perecedero, que debe ser firme y serio como la roca. “Si me llaman de un trabajo para decir que la manga que hice se derrumbó a los cinco días, directamente me muero”, reflexiona, serio.

MKH_0117
Un golpe certero con el martillo deja las piedras como nacidas en el lugar. FOTO: Mauricio Kühne.

“No se permite usar guantes en esta empresa”, bromea con Paco. Las manos ásperas y toscas levantan una piedra enorme; son las mismas que logran precisión de relojero al armarle la moñita al tabaco.

Quedan pocas horas de sol. Alberto mira, se para y desenrolla la cinta métrica, saca cuentas, arma otro cigarro de rico olor, van cerrando el círculo del corral y tienen que medir bien el espacio para el futuro embarcadero y la portera. Dos hilos marcan los límites. Hacen palanca con los barrotes largos, que hacen las veces de pisón para apretar la tierra o abrir un pozo. “¿Cuál va primero?”, “Hay que correrla para acá, cosa que no nos apriete mucho”, “¿Quedó en línea ahí?”, “Es ésa, no se habla más”, le dice a Paco, que le entiende la intención, la mayoría de las veces sin mediar palabra. Ambos dejan el pisón al mismo tiempo, como coordinados sin querer.

A unos metros, la piedra que remata el muro, donde irá después la portera, tiene que ser grande y hay que elegirla bien. Se la juegan por un prisma rectangular macizo y pesado que levantan con ayuda de la grúa de tres puntos adosada al tractor. Una “piedra motorizada”, le llaman en broma. Calza justito, y de nuevo el placer de ver la pieza del rompecabezas en el lugar exacto.

Ahora de fondo –además de los gritos al mejor estilo cowboy de Juan, que arrea a los terneros hacia el aerosol violeta– se escucha la radio. Es Sergio Landi en La cruz del sur, que le gusta a Alberto porque es un programa “medio gaucho”. De hecho, varias veces eligió esa audición para pasar su anuncio: “Reparo mangueras de piedra”, dice el locutor, junto con su nombre y su número de celular. Luego Landi se dedica a los mensajes de los oyentes: con su tono campechano saluda a los camioneros que cruzan las rutas del país en plena zafra de soja, a Mabel, del Tala, que manda un saludo para toda la familia y que lo felicita por el programa, al “Canario Marcelo”, de Cerrillos, que lo escucha todas las tardes.

MKH_0429
Alberto, a la hora del almuerzo. FOTO: Mauricio Kühne.

Está linda la tardecita. Es lindo el tiempo de otoño. “Aunque en invierno vas entrando en calor y te vas sacando el abrigo. El verano es matador bajo el sol. Y cuando llueve no se trabaja, no hay más remedio.”

En cualquier momento aparecen los zorros. Cada vez se ven más zorros en el campo. Parece que los bichos andan medio desordenados: la cotorra volvió a ser plaga, y las palomas también, porque se comen los granos de los silos y se multiplican por miles. Los dueños de las estancias envenenan algunos granos para matar a las palomas, y los carroñeros que se comen a las palomas envenenadas también marchan al espiedo. Los zorros se reproducen cada vez más rápido y se comen cada vez más gallinas y huevos…, todo un equilibrio natural desequilibrado.

“A mí me gusta ver campo, lejos, mirar lejos… Y mirar el cielo allá arriba”, señala con las manos en alto. Alberto se sacude la tierra de dentro de las alpargatas de jean, que son lo más cómodo que hay para trabajar pero que a lo sumo le duran diez días y ya casi están dejando entrever el dedo gordo del pie. Hace poco se compró unas de cuero de chancho y suela de goma, pero son tan lindas que le dio lástima y las dejó pa’ salir. Le corre el nudo de chala al tabaco para poder fumarlo hasta el final. “Se aguantó, ¿viste?, recién esta noche va a llover. Tengo buena suerte.”


Las huellas del ayer

Las mangueras de piedra se construyeron luego de que se introdujera el ganado en la Banda Oriental, mucho antes de la llegada del alambrado. Las barreras naturales resultaban insuficientes para controlar a los animales dentro de áreas limitadas. En los inicios de la producción ganadera se instrumentaron los “cercos vivos”: palmeras, tunas, acacias, uñas de gato y talas contenían a los animales. Más tarde, con el arraigo de las primeras familias en el campo aparecieron los corrales para los caballos y vacas lecheras.

Muchos de los corrales se construían con piques de ñandubay –madera dura y resistente– clavados en la tierra. En otros casos se eligió un material muy barato y abundante en ciertas zonas del país: la piedra. Ahí comenzaron a construirse las mangueras (la palabra “corrales” se reserva para los cercos de madera).

Se acepta que la mayoría de las mangueras todavía existentes fueron construidas luego de la Guerra Grande (1839-1851) por comparsas de vascos e italianos inmigrantes, pero muchas de estas construcciones en piedra son anteriores, de la época jesuítica y misionera.

El alambrado recién comenzó a utilizarse para delimitar campos en la década de 1860, y la estancia La Paz, de Ricardo Hughes, en Paysandú, es considerada la primera estancia alambrada en Uruguay. La competencia entre alambrado y piedra se extendió por décadas. En 1874 el costo de cercar un campo era la tercera parte del valor de la tierra. Con el reglamento de medianía forzosa los costos bajaron y ya en 1882 costaba cerca de la doceava parte del valor de la tierra. Hasta que la piedra se volvió más cara y perdió vigencia.

El valor histórico y patrimonial de estas construcciones que aún perduran en el paisaje rural uruguayo no se considera en su justo punto. A excepción de un decreto de protección que promulgó la Junta Departamental de Tacuarembó en 2005 (declarando patrimonio histórico departamental a los “cerritos de indios” y “cercos, corrales y mangueras de piedra”), el país no cuenta con disposiciones para proteger este patrimonio.


 

Fuentes utilizadas

“Piedra sobre Piedra”, de Silvia Soler, en el Almanaque del Banco de Seguros del Estado, 2014.
“Relevamiento y caracterización de mangueras y cercos de piedra construidos durante las primeras etapas de la ganadería en el Uruguay”, de Ricardo Sienra. Facultad de Veterinaria, 2010 (disponible en www.patriada.com.uy/cercos-y-mangueras/mangueras-y-cercos-de-piedra/).
“Informe arqueológico e histórico del cerco de piedra de la Sierra de los Caracoles”, de Andrés Florines, Jacqueline Geymonat y Arturo Toscano, elaborado para CSI Ingenieros. Maldonado, 2011.