El cartel a un costado de la ruta 8, sobre el quilómetro 123 (a tres quilómetros de la ciudad de Minas), llama a la perplejidad: “Mina de oro”, señala. Entrando por el acceso a la Sociedad Agropecuaria de Lavalleja y siguiendo el serpenteante camino por dos quilómetros, un nuevo letrero reafirma con desparpajo “Mina de oro”, quitando al viajero toda posibilidad de duda. Al adentrarse en el terreno señalado puede verse a un lado del camino una choza que oficia como administración, más adelante un pequeño riachuelo y, finalmente, un pequeño cerro. A su pie, una hendidura de unos dos metros y medio de profundidad se abre en la roca. Es la entrada.

Como el día anterior había llovido el agua se escurre ahora por todos lados, en particular sobre esta abertura. El visitante vacila antes de pasar: adentro la oscuridad es completa y, apenas traspasando el goteante umbral, la temperatura baja unos cuantos grados en contraste con el día soleado que se vive en el exterior. Se trata de un estrecho y largo túnel en la roca, con el suelo repleto de charcos. Mientras este cronista se congratula de haber tomado la precaución de llevar botas de lluvia, cae en la cuenta de que habría sido necesario otro elemento: una linterna. Aquí la oscuridad reina, y sólo queda parcialmente aplacada cuando el guía y actual propietario de la mina, Antonio Marmo, enciende un generador que prende las luces que señalan el camino a través de las galerías. Apenas dados unos pasos, Marmo, quien sí lleva linterna y desde hace años orienta a los visitantes, sugiere utilizar un casco para seguir avanzando: “No es reglamentario”, aclara, pero conviene ponérselo para evitar golpearse la cabeza en los tramos donde el techo es muy bajo.

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En algunos intervalos, las chimeneas permiten que entre luz y aire a la mina. FOTO: Mauricio Künhe

Caminando apenas unos metros más se puede comprender la cualidad propiamente laberíntica de la mina: son casi 720 metros de túneles que se entrecruzan; caminos que se abren y llevan a recintos altos o bajísimos, se ensanchan o se estrechan para finalmente terminar en el mismo lugar que uno estaba antes, otros se cortan abruptamente frente a una pared de roca. La iluminación del generador sólo llega a 300 metros de la entrada, hay tramos en una penumbra cerrada, otros apenas iluminados por el débil fulgor de las linternas que avanzan.

En algunos puntos pueden verse “chimeneas” o aperturas en la roca por donde, desde la superficie, llega la luz natural. Es que hace unos 250 años, cuando en la mina los esclavos se deslomaban arqueados picando y cargando rocas, se hicieron esas aperturas para que entrara algo de aire y luz, y a su vez para elevar mediante poleas el material extraído. Marmo hace referencia a las imposibles jornadas de esos esclavos, intoxicándose con polvo de roca, con el aire que escaseaba y sin escapatoria posible.

Las paredes delatan las razones de tal despropósito: un brillo dorado señala una presencia mínima de oro en la roca. Durante la larga “fiebre del oro” exploradores de distintas procedencias se embarcaban en misiones ciclópeas a lo largo y ancho del nuevo continente en busca del preciado metal. A veces daban con esto, parajes recónditos que ofrecían rocas fulgorosas, embelesando los ojos codiciosos. A esta clase de oro en proporciones mínimas se lo llama “el oro de los tontos”; podrían extraerse tres gramos por tonelada de piedra, y aun así llegarían apenas al quilate 14 (el oro puro es 24). En definitiva, la extracción aquí no era en absoluto redituable.

Se cree que fue un español llamado don Cosme Álvarez, vecino de Montevideo, quien comenzó las obstinadas excavaciones por el año 1762, y  probablemente haya comenzado la labor extrayendo de aquí lo que pudo de oro, plata y cobre. Héctor Villagrán, actual titular de los terrenos adyacentes, dice que en 1935 el principal propietario de la mina pasó a ser Tomás Arrospide, quien le dio su nombre. A partir de 1938 comenzó a extraerse cuarzo aurífero, y ahí se dio inicio al gran Pozo de la Calavera, cavándose nuevas galerías subterráneas.

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Carretillas oxidadas evocan tiempos pretéritos. FOTO: Mauricio Künhe

En varios tramos hay pequeños lagos; mínimos en apariencia, pero sumamente profundos. Asegura Marmo que allí, sumergidos, hay dos niveles más de galerías, uno a 12 metros y otro a 24, cada cual con su propia red de laberintos. El último que explotó la mina fue un ente estatal, UTE, que se la arrendó a Arrospide para la extracción de cobre. Así se instalaron bombas y motores para evacuar el agua de los pisos inferiores. El agua de estos lagos es cristalina, perfectamente potable, pero no se alcanza a ver el fondo. De vez en cuando se utilizan para practicar un deporte extremo si los hay: el buceo dentro de las minas es considerado una de las actividades más riesgosas, ya que cualquier problema o mal funcionamiento repentino de los equipos implica desandar todo el camino hecho dentro de la mina. Para colmo las brújulas no suelen funcionar allí abajo porque la presencia de ciertos minerales  las desestabilizan.
Las paredes presentan varias tonalidades, dependiendo del tramo en  que uno se encuentre. Los pequeños brillos dorados son vestigios de oro, el rojo es hierro, el anaranjado arcilla, lo transparente cuarzo aurífero, hay rocas blancas de mármol, vetas amarillas de azufre, y un verde que señala la presencia de cobre. Cuando UTE terminó con la explotación de este último mineral se tapió la entrada de la mina durante varios años, para evitar accidentes a los curiosos y aventureros. Posteriormente se acondicionó la mina para realizar visitas guiadas.

Luego de un rato recorriendo túneles observando distintos detalles se pierde absolutamente la orientación, y la acústica del lugar no ayuda: si en un túnel alguien te habla desde atrás, se escucha como si estuviera más adelante. La noción de tiempo se pierde con facilidad, si es de día o de noche, aunque hay una señal muy clara que marca la diferencia: cuando el sol cae comienzan a salir los murciélagos en bandadas. Durante el día también se los puede ver, si uno es lo suficientemente valiente como para ir hasta su mismo lecho, en las secciones más recónditas de la mina. Allí donde los pasillos se estrechan aun más y hay que empezar a doblar el cuello o andar semiagachado para no golpearse la cabeza, pululan estos mamíferos. Si uno se acerca, comienzan a revolotear en todas las direcciones, pasando tan cerca que te rozan sus alas. En estos tramos el aire escasea, la temperatura aumenta considerablemente y es inevitable sentirse sofocado.

La incursión en este paraje del que poco se conoce y se habla es absolutamente fascinante, la sólida roca machacada y moldurada en forma de galerías esconde historias pretéritas de las que raramente oímos hablar. Aunque el recorrido también puede traer un retrogusto amargo: aquel surgido por el esfuerzo de abstracción que implica descubrir que también supo ser un averno, uno de los recintos en los que tuvo lugar la más salvaje explotación humana que se haya sufrido en territorios de la Banda Oriental.