—¿Se te ocurre alguien bien «crá» con quien podamos hacer un perfil para Ajena? —El interrogado entrecerró los ojos un instante y dijo sin dudar:
—El Laucha Prieto. Es antropólogo, musicólogo, compositor, es de Treinta y Tres, tiene un museo allá con todas las cosas que encontró en los cerritos.
Así, breve, fue la conversación con Coriún Aharonián, acodados en la barra de la administración de Brecha una tarde que recuerdo gris. Yo le agradecí, y él se escurrió por el pasillo oscuro de la redacción. Fue en 2015, cuando todavía se dejaba ver esporádicamente por la casa de la calle Uruguay. Mucha agua corrió hasta la concreción de su idea: Coriún murió en octubre de 2017, y ese mismo año Daniel Erosa presentó su libro Serrano Abella: La voz desnuda, sobre el periodista nacido en Treinta y Tres que mucho compartió con el Laucha. En su búsqueda del Serrano y del ambiente fermental que vivió la cultura olimareña por los años sesenta, Daniel se topó con Prieto, una figura de relevancia tal que le dedicó un capítulo entero del libro.
Las observaciones de Daniel situaban al Laucha como pilar de un fenómeno cultural muy particular, nacido y crecido en el este del país.Una movida forjada entre intelectuales, bohemios y peones de campo, con jóvenes y viejos; en espacios por donde circulaba la música y la poesía, donde había tiempo para el truco y para las discusiones políticas, y que lo mismo aceptaba la influencia de las ideas europeas como la idiosincrasia del hombre de campo. Aquello no hizo más que confirmar que Coriún había dado en el clavo y que en Óscar Prieto se conjugaban entonces una vida singular y una época muy particular de la cultura de Treinta y Tres, y que todo eso ameritaba esta nota de Ajena.


Antropólogo y arqueólogo autodidacta. Investigador, escritor, poeta, concertista de guitarra clásica y guitarrero de quilombo. Amigo de Víctor Lima y Rubén Lena, alma mater de Los Olimareños. Niño que pasó hambre y frío, y se hizo guerrillero. Anarco desencantado que cumplió este febrero 92 años, pero que aún sigue pensando en plurales. ¿Cuántas vidas caben en la vida del Laucha Prieto?


Fotografías: Manuela Aldabe y Juan Manuel Chaves

Nació en 1926 en Molles de Olimar Chico, en Treinta y Tres. Cuando tenía 6 años, su familia se mudó a las sierras. A un paraje conocido como Cañada del Brujo, cercano a la Quebrada de los Cuervos. De ese tiempo y de esa geografía proviene su relación con la naturaleza y su vocación incansable por entender de dónde venimos. En aquel silencio apenas roto por el viento silbando entre los cerros nació su amor por la guitarra. En ese amanecer de pobreza, de «gurí huraño, chúcaro, de pata en el suelo», forjó una sensibilidad social que luego se transformó en compromiso político de acción directa: se sumó a la guerrilla y fue encarcelado varios años. Óscar «Laucha» Prieto es un hacedor cultural. No terminó la escuela, pero habla con erudición de fenómenos geológicos que sucedieron hace 10 mil años, de la cuarta glaciación, de cuando el mar cubría parte de Rocha y Treinta y Tres. No pisó la academia, pero es uno de los investigadores que más sabe sobre nuestro pasado indígena, descubrió un centenar de cerritos indios y fundó en los pagos de Vergara un completo e informado museo de piezas arqueológicas. Fue guitarrero de quilombo, pero también compositor prolífico y disciplinado, concertista de academia, profesor de música y referente central junto al maestro Rubén Lena de ese fenómeno de la cultura popular que se llamó Los Olimareños. Escritor, poeta, amigo de Víctor Lima, fue su socio creador… Hay muchas vidas contenidas en la vida de este viejo anarco que, como dijera Serrano Abella en la última edición del Festival del Olimar, «vino a ponerle dulzura a las guitarras».

Foto: Juan Manuel Chaves

En un apartamento pequeño y luminoso de la calle Achiras, en Montevideo, ordena con cuidado su memoria y comienza hablando de su infancia. «Me acuerdo de la mudada en dos carretas con bueyes. No había camino, ni calle, eran trillos cambiantes. En el paso del Polo Sasías hay un desnivel de unos 200 metros para llegar al arroyo. Era complicado bajarlos con la carreta. Yo los vi a Olivera
—un carrero conocido de la época— y a Justo Lima lidiar con esa bajada. Se las ingeniaron dividiendo los bueyes. Prendieron una yunta adelante y otra atrás para que hiciera de freno. Muy sabios.» Apenas comienza el relato un recuerdo le brilla en la mirada. Un instante musical que debe haber dejado una huella en aquel niño: «Después, mientras Olivera y mis hermanos carneaban una oveja, vi por primera vez a Justo Lima tocar la guitarra. Se sentó lejos del fogón, con las bombachas remendadas en las rodillas, de suecos, camisa de tartán y sombrero. Tocaba una milonga que todavía recuerdo, los sonidos rebotaban entre los cerros. Era algo bellísimo».

Al tiempo se dio cuenta de que la belleza era habitual en las sierras: los atardeceres, los cielos infinitos, los pájaros, el agua corriendo entre los cerros. Le nutrían el alma, pero no le llenaban la panza ni le daban abrigo. «Era muy duro vivir en la quebrada, lo único que había eran chivos, cuervos y miseria. Nosotros sólo teníamos para comer porotos secos, maíz, boniato, leche y carne de oveja vieja. Allí se pasaba hambre y frío. Mis hermanas y yo siempre anduvimos descalzos; la maleza y la piedra rompían todo el calzado.»
Eran diez hermanos y los mayores se iban yendo, no tenían trabajo, no tenían comida, no producían… «Era común que las familias que no podían mantener a sus hijos se los dieran a otras personas para que los cuidaran. A mí me pasó. A los 10 años me dieron a otra familia y me fui para el pueblo, en el carro de don Clotildo. Al año se vinieron mi madre y mis dos hermanas, de a pie; sólo trajeron unos trapos personales, cucharas, unos cuchillos marca Toledo y una tijera Solinger. Cerraron las puertas de los ranchos y nunca más volvimos. El hambre nos corrió de las sierras como a tantas otras familias.»

A los 92 años recién cumplidos Prieto cree que su sensibilidad y su carácter se forjaron ahí, entre piedras, espinas y carobas. «La sierra cambia al hombre. En la llanura, para ver amanecer se mira al horizonte, en la sierra hay que mirar para arriba, cuando se ve el sol es porque ya salió. La sierra determina la forma incluso física. El caballo de la sierra tiene el vaso chico, el de la llanura, grande. No hay ceibos en la sierra, pero no se encuentran coronilla ni algarrobo en la llanura. El hombre de llanura es agricultor e implora, le pide a la nube que llueva. El de la sierra es cazador e impone su mando. En el Olimar Chico estaba acostumbrado al sonidito del agua besando las piedras del lecho del río; cuando llegamos a la sierra, me impresionaba el rezongar del agua corriendo a toda velocidad entre los cerros. Toda esa tierra tiene olores y dolores. El hambre tiene olor y dolor. El niño tiene una cara triste. Su madre, su padre y él están mal vestidos. No le pueden dar ni trapos ni comida. Se forma un ser solitario protestando contra todo. ¿Por qué lo dieron? Yo conocí a uno de mis hermanos cuando tenía 30 años. No hay juego íntimo entre padre e hijo. La madre es triste, mira lejos, siempre triste revolviendo la latita de aceite donde cocina algo para acompañar un pedazo de galleta. Usted no puede ser feliz viendo eso.»

Pero a la vez cuenta que logró una comunión muy profunda con esa vida silvestre y dura. Recuerda que amaba los pájaros, el río, los perros. Y que de grande se iba al monte solo: «Cuando volvía de tardecita estaba como nuevo. El viento, las flores, las mariposas. El silencio. Con todo eso se me limaban todas las asperezas, era terapéutico».

Guitarrero siete oficios

Foto: Manuela Aldabe

El niño Óscar Prieto fue peón de chacra, arador con yunta de bueyes y chofer del sulky de la maestra. En el Arrozal Treinta y Tres fue peón y cocinero de los taiperos. Apenas asomado al brocal del pueblo, fue pastelero en las carreras de caballos, vendedor de pan puerta a puerta, mandadero, aguatero, mozo de bar y de hotel. Después, fue cantor y guitarrero, guarda de ómnibus, profesor de música y empleado de la OSE.

Recuerda que «cuando tenía 14 años, trabajando en la empresa de Tomás Guarino y Hermanos, tuve mi acto de rebeldía. Nos hacían cargar el agua de una cañada en un barril de lata y le echábamos apio picado fino para darle un gustito mentolado, y se la llevábamos a los hombres que trabajan en las canteras. La dejábamos bajo la sombra de un árbol, y los hombres, cuando hacían un descanso, venían a tomar. Pero mientras los hombres tomaban agua, nos obligaban a nosotros —que éramos todos menores— a cargar gratis un camión con las palas que dejaban libres los hombres. No me parecía justo. Hablé con los seis aguateros que había y nos fuimos. De noche nos fueron a buscar de la empresa a ver si íbamos a seguir trabajando y arreglamos que sí, pero que no corría más la cargada gratis».

Vendiendo pan en la calle se vinculó con mucha gente que se reunía en una suerte de centros sociales y culturales llamados «ranchos» o «cotorros» (véase recuadro), y como tenía vocación y facilidad para tocar la guitarra, unos amigos lo mandaron a estudiar. Manuel Justo Martínez fue su primer profesor.

«Después tuve una beca municipal para estudiar música en Montevideo con un amigo de Agustín Barrios. Estudié armonía y composición. Después volví para mis pagos y empecé a dar clase de música en el Instituto Normal y en el liceo.»

En la Quebrada de los Cuervos aprendió a tocar la guitarra con músicos populares. «Mi primera guitarra la construí con una lata de dulce que conseguí en el boliche de Juan María. Las cuerdas eran de hilo de coser torneados, mango de palo y clavijas de madera. Allá en la sierras se quedó sola, colgada de un clavo en la pared del rancho. Allá en la sierra, sola y muda.»

«Ese hombre no toca, borda», dicen que dijo Atahualpa Yupanqui de visita en Treinta y Tres, allá por los años cincuenta, mientras contemplaba el envolvente bordoneo de una guitarra olimareña. Dicen que estaban en un asado —seguramente a orillas del Olimar—, y que don Ata no quiso desenfundar su «vigüela» para que quedaran sonando en el aire las notas que el Laucha Prieto desgranaba cuerda a cuerda.

Lima, Lena y Los Olimareños

Quizás debido a su cultivado bajo perfil no se sabe tanto sobre su vida y su obra. Pero Óscar Prieto
—bendecido por Yupanqui, respetado y admirado por todos los demás— aparece siempre como protagonista de aquel movimiento social y cultural que germinó y floreció en el Treinta y Tres de mediados de los sesenta. Fue el puente entre Braulio López, Pepe Guerra y Rubén Lena. Si se pudiera hablar de un cuarto Olimareño, ese sería el Laucha. Fue quien los juntó antes de que fuera el reconocido dúo de cantores populares. Lena era el director de la escuela del barrio donde vivía Pepe Guerra y en una fiesta organizada por la comisión fomento los invitó a todos a cantar.

Foto: Juan Manuel Chaves

Espejo formador en lo artístico, pero también por su calidad humana. Precursor con Los Arrieros de la Canción —un conjunto del que participó junto a Oribe Mariño y Albano «Carao» Peralta— de esa música que después se fue perfeccionando y definiendo una identidad. Orientador en el contenido, referente en lo estético. Su casa —según dijo Braulio alguna vez—, era «como un santuario» para toda esa gurisada que «quería cantar, aprender la guitarra, conocer algo de los poetas, de la literatura, de la cerámica. Era como un consultor para todos». Fue él también quien contactó a Víctor Lima con el dúo y a la vez, o mientras tanto, se iba convirtiendo en delicado concertista de guitarra, en arqueólogo de oficio, en antropólogo vocacional y en rabdomante involuntario…

Laucha Prieto tiene varias cocardas entre «toda esa gente que hizo tanto para que el hombre no perdiera su capacidad espiritual de expresarse con el arte», como definió Braulio a esa camada de artistas. Y gracias a su guía, dice, «llegué a cantar cosas de Lima». López —que fue alumno de Prieto y lo conoció antes que Pepe Guerra, porque eran vecinos en el barrio Tanco— recuerda que «ibas a aprender guitarra y no querías irte nunca de allí. Pasabas todo el día. Era muy humano, atrayente, por su carisma, transparencia». Pepe Guerra también reconoce la importancia de Laucha en su formación musical: «El Laucha era un guitarrista clásico, su técnica estaba muy por encima de la mía, que era más bien de dedo gordo. Yo lo observaba y escuchaba, y aunque no te lo propusieras, algo te quedaba».

Con Lima salían por ahí, y en cualquier rancho que hubiera guitarra se arrimaban. Recuerda Prieto que a Lima le gustaba recitar y que recorrían juntos las calles de Treinta y Tres. «Yo iba con la guitarra por una vereda y él iba recitando a García Lorca y a Miguel Hernández por la otra. Lima no tocaba nada. Sabía mucho de literatura. Era un tipo muy bueno. A veces no tenía ni para comer. Y yo le propuse escribirle la música de sus canciones para que las presentara en agadu y cobrara derechos de autor. Se paró de golpe y me dijo: “No, compañerito, esas cosas son del pueblo y las cosas del pueblo no se venden”. Dijo eso medio enojado y se fue. Para mí fue como una patada en el hígado. Al poco tiempo vino, me dio un abrazo. Se había olvidado. Al tiempo me dedicó un poema. Me mandó el original escrito en una servilleta…» (Recita de memoria: ¡Qué suave, Prieto, tu sonido suena!/ en tus dedos duendea una paloma/ Cuando el alma a las manos se te asoma/ el aire está de música serena.)

Ha compuesto 130 obras para guitarra. Si bien antes de vivir en La Charqueada ya había escrito, musicalizado y arreglado varios temas propios y ajenos, fue a orillas del Cebollatí que creó casi toda su obra para guitarra clásica.

 

Pablo Olalde, cantor y guitarrista que fue alumno de Prieto cuando tenía 9 años, ahora es su amigo y uno de sus principales admiradores: «Además de tocar la guitarra como los dioses, es un ser que no para de aprender. Es un referente para todos. Y fue un gran articulador. Tiene 92 años y siempre está haciendo cosas. Va al hueso y nunca se pone en personaje».

Foto: Juan Manuel Chaves

Esa cualidad, Olalde la ejemplifica con una anécdota de hace más de veinte años: «Es un tipo que sabe oír. Un primero de mayo por ahí por el 86, íbamos en una bañadera al acto. Óscar, con su boina y su campera vaquera. Nos pusimos a hablar de Víctor Lima y las Milongas de Peñaflor, una obra fundamental del salteño. Yo le dije que era una pena que se hubiera perdido ese trabajo. Se quedó callado y cambiamos de tema. Como a los tres meses me llama.

—Compañerito, voy en la página 28.
—¿De qué me hablás, Laucha?
—Le estoy poniendo música a las Milongas de Peñaflor —me contestó».

Su tarea en la música también se mezcló con su afán por la investigación histórica. En un libro publicado junto con su compañera Beatriz Bustamante, llamado Historia de la guitarra y la milonga en Treinta y Tres, hacen una guía didáctica sobre la música y los músicos de la sociedad olimareña. En la elaboración de ese material realizan un rescate de viejas «afinaciones que suponemos deben de venir de la vigüela» que registraron con un grabadorcito casero y mucho trabajo de campo. «La música criolla nuestra viene de la “mulonga” africana y llega de los esclavos. En el Martín Fierro aparece la milonga como sinónimo de baile orillero. También conocido como fandango o de cojinillo a la cintura. Después se mezcla ese ritmo con la poesía europea y se forma la milonga cantada», cuenta y parece un libro abierto. «El primer cordófono que se conoce en América era el arco de Tacuabé, que seguramente no era charrúa, sino guaraní, como Guyunusa. Los músicos de las misiones jesuitas son los guaraníes, el charrúa no toca ningún instrumento.»

Cerritos indios

«En el año 63 un maestro llamado Alfredo Álvarez, al que le había dado clases de música alguna vez, me avisa que en la escuela número 70 de El Chajá, donde él estaba, había cerritos indios. Cada vez que se desmoronaba un pedazo de tierra aparecía mucho material. El maestro empezó a juntar, y un día fuimos a excavar. Armamos un equipo en serio con Álvarez, Gerardo Arbenoiz, Ángel Vesidi, Juan A Pena de los Santos y yo. De ahí salió el Informe preliminar sobre investigaciones arqueológicas en el departamento de Treinta y Tres. Antes había estudiado con Antonio Taddei, propulsor de la arqueología científica en nuestro país, salíamos al campo con un cojinillo y unas galletas.» Así relata Prieto sus inicios de investigador antropológico, su faena arqueológica. Su motivación era clara y precisa: «Empecé a investigar por amor al indio, por amor a nuestros antepasados. Yo estudié muy poco. Apenas hice unos años de escuela, pero después seguí solo. Porque se me generó la curiosidad hacia el hombre, de dónde vino. Nadie sabía mucho. Ahora sabemos cómo llegamos, de dónde venimos y cuánto demoramos».

A pesar de que su trabajo como investigador es autodidacta y que su formación formal fue hasta segundo año de primaria, varios exponentes de la academia valoran su aporte. Consultado para esta nota, Daniel Vidart dijo: «Admiro al intrépido Laucha. Lo considero un autodidacta excepcional, de gran inteligencia y, como ser humano, un ejemplo de coraje y de convicción respaldado por su militancia de honestidad moral a toda prueba. El museo que fundó en el corazón de Treinta y Tres, excelente, ordenado, es el fruto de su desvelada arqueología. Supo ver y aprender. Logró estudiar en el libro abierto de los paisajes las marcas del pasado indígena. Pasé con él una tarde inolvidable en los cerritos que estudió y excavó junto con arqueólogos extranjeros de gran valor académico. Su relevante informe acerca de esta tarea fue recogido en mi libro Los cerritos de los indios del este uruguayo, de Banda Oriental».

Cuenta Laucha: «Cuando salí de la cárcel nos fuimos a La Charqueada a plantar la tierra y a estudiar cerritos de indios. Cultivando un área de 400 metros, pueden comer bien seis personas. Nosotros plantábamos y regalábamos. Yo además daba clases de guitarra gratis. Estuvimos 29 años con Beatriz viviendo allí. Ahí hice la mayoría de las composiciones y escribimos juntos varios libros (Historia de aquí nomás; Cosas olvidadas; El apóstol de La Charqueada; Construcciones indígenas; Historia de la guitarra y la milonga en Treinta y Tres; Río Cebollatí, río Parao, sus islas y río Olimar). Ahí encontramos rastros de la mega fauna que existió en Treinta y Tres. Y con lo que encontramos hicimos un museo en Vergara que armamos y dirigimos con Beatriz».

Olalde da fe de que Prieto es «un tipo honesto, austero, de perfil bajo, con sentido del sacrificio y la entrega. No pide nada a cambio. Cuando daba clases muchas veces no quería cobrar o te preguntaba antes de cobrar si no precisabas la plata. Vos sabías que él estaba pasando mal». Serrano Abella, que lo conoce de toda la vida, también da cuenta de que su prescindencia por lo material viene de lejos: «Él tenía un flaco sueldo de ose, y su museo indigenista le ocasionaba muchos gastos, porque todo lo financiaba él. Además tenía familia: mujer, dos hijas. Al salón de las viviendas donde él tenía todos los hallazgos indígenas le llamábamos “La Caverna”. Yo empecé a estudiar guitarra con él; tenía alumnos y cobraba.

Cuando llegó el mes, le pagué y me dijo: “¡Qué hacés, Serrano, llevá esa plata!”. Cuando llegué a la puerta me dice: “Esperá que te voy a acompañar”. Era de tardecita. Fuimos hablando de cosas nimias hasta llegar a mi casa. Allí sacó la plata que traía en el bolsillo, me miró serio y me dijo: “Tomá, dejate de joder”. No quise agarrarla, entonces tiró la plata en una cuneta tupida de pasto y berros florecidos, y se fue caminando manso».

Por motivos de salud Óscar y Beatriz tuvieron que abandonar La Charqueada y radicarse en Montevideo. Antes de irse, regalaron la casa, las herramientas y todo lo que tenían. Mirando por la ventana, con contenida frustración, hace silencio, se queda pensativo un rato, toma un trago de agua y como si hubiera encontrado un reflejo amargo en su memoria, dice: «Ahora están arando toda esa zona para la soja. Ya no existen los cerritos indios».

Tupamaros, cárcel y después

Artigas Gándaro es otro maestro oriundo del Olimar que conoció a Prieto en las misiones pedagógicas de Puntas del Parao, en el límite entre Treinta y Tres y Cerro Largo.1 «Laucha tendría unos treinta años y se sumó. Llegó después de empezada la misión junto a un profesor de ciencias naturales que estudiaba medicina. Se integró muy bien. Éramos unos treinta, la mayoría estudiantes de magisterio, y del hormigón. De campo no sabíamos nada. Nos costaba a veces la conversación y ayudar en las tareas. Y en eso el Laucha fue muy importante porque sin darnos clase, él, que había sido un niño del campo, nos ayudaba a comunicarnos y nos enseñaba».

Además, su guitarra no sólo era una atracción para aquellos vecinos de la campaña, también para los misioneros.

Gándaro y Prieto se hicieron amigos. Por eso conoce el proceso que hizo el Laucha tanto en su actividad artística como política. «Tenía formación de guitarrero popular, pero estudió armonía. Y estaba claro que tenía talento para ser concertista de guitarra. Pasaba muchas horas haciendo técnica y otras horas sacando partituras y elaborando versiones. Un día llegué a su casa y le había metido un cuchillo a la guitarra y había cortado todas las cuerdas. Me dijo que, con el trabajo, las clases y con el estudio, le sacaba muchas horas para atender a su familia. Ahí creo que inicia un proceso por el cual se va negando su condición de artista solista. Sigue vinculado a la música, pero corta su formación individual. Se va volcando más hacia la sociedad, a la investigación, a los procesos colectivos. Con el tiempo eso desemboca en un compromiso político que lo lleva a integrar el mln. Fue preso, torturado, le quebraron un brazo.»
Cuenta Gándaro —que también estuvo preso— que en el penal se había formado una escuela. «Había cañeros y otros compañeros que eran analfabetos. Era una escuela de mucho nivel, porque había una cantidad de maestros presos, pero además había una cantidad de especialistas. Si se iba a dar el aparato digestivo, llamábamos a un médico que lo diera. Para cada materia había un entendido. Y el Laucha era alumno, porque él no había terminado la escuela. Pero cuando se trató el tema de los indígenas, él era el profesor experto.»

Foto: Manuela Aldabe

Otra anécdota de Prieto en la cárcel perfila claramente su actitud y su humildad. Cuenta Gándaro: «Parece que estaban con otro compañero que también tocaba la guitarra. Y éste empieza a sacar una pieza que conocía. Y en determinada parte, el Laucha le decía que estaba mal. Y el otro porfiaba. Hasta que el Laucha le dijo: “Bueno, compañerito, si usted quiere que sea así, tóquela como usted quiera”. La cosa es que la canción era del Laucha y nunca lo mencionó en la discusión». Dicen también que «estando en Canadá», como le gusta decir, le enseñó a otros presos a tocar la guitarra. De hecho existe un cuaderno que él hizo con ese propósito, que tiene una cantidad de partituras como para aprender a tocar la guitarra.

«Después que salimos de la cana —recuerda Gándaro—, lo encontré a Laucha trabajando en una cooperativa de vivienda en Montevideo. Hacía horas para su familia. Estaba contento, decía que ese trabajo se parecía a lo que pasaba en las misiones pedagógicas. Esa horizontalidad de todos trabajando para una misma causa, en clave de “naide” es más que nadie.» Gándaro ve en el trabajo de investigación y rescate del pasado que llevó adelante Prieto una idea principal: «Tanto el vinculado con los registros de viejos guitarreros con sus afinaciones y toques antiguos, como el dar a conocer el mundo indígena. No es sólo volver atrás por nostalgia. Creo que su idea es que el pasado puede iluminar el presente».
Después de ocho años «a la sombra», Prieto salió en libertad y al poco tiempo se radicó en La Charqueada. Ahora ya no quiere hablar de política. Pero la pregunta se imponía:

—¿Por qué se hizo tupamaro?
—Porque pensé que Artigas tenía razón. Y eso era lo que se expresaba en los documentos del mln.
—¿A la luz de la historia, volvería a tomar ese camino?
—Es difícil. Tal vez que no. Las causas son las mismas, tienen cada vez más razón. Lo difícil es hacer una revolución. No hay revolucionarios, me parece a mí. Por eso no hablo más de política. Me cansé de esperar. Mi padre y mi madre murieron en el hospital, tirados, y yo estaba preso. No los pude ver. Me metieron preso porque dije que no me gustaba ver a los niños con hambre. Yo pasé hambre de chico. No mentí y me tuvieron ocho años en el Penal de Libertad. Ahora ya no creo en nadie. Aquí estoy, hecho un simple. Esperando a la patuda.

Laucha no quiso cobrar la pensión especial reparatoria, una indemnización que otorga el Banco de Previsión Social a personas que estuvieron privadas de libertad por razones políticas a partir del 9 de febrero de 1973. Tiene su razón: «Yo no me metí en la guerrilla para cobrar una pensión. Y además nadie me obligó. A mí no me vendieron el Frente, yo me liberé, no voto».