Qué linda que está la tardecita hoy. A muchos les da tristeza, pero a mí no. A mí me pone feliz. Tal vez porque me pone melancólico, y eso es dulce. Pero no triste. Triste es otra cosa. Triste es olvidarse. Olvidarse, por ejemplo, del nombre de un viejo amigo, o del propio. Peor es olvidarse del propio nombre. Claro que no te olvidás de tu nombre, ese que suena cuando juntás todas las letritas. Pero triste es decir tu nombre y que no te suene, que se te haya olvidado cómo lo decía mamá, o vos mismo cuando te lo preguntaban cuando eras gurí y tú lo decías. Eso es triste. Más que olvidarse, saber que olvidás algo pero que no podés acordarte porque se te enreda una cerrazón en el corazón.

Eso pasa a veces con Rivera, me parece. Y me da pena, porque la veo triste, atrás de tanta pantalla y cartel, atrás de tanto vidrio y luz, como una gurisa que llora atrás del mostrador. Me parece a veces, cuando voy mirando las veredas y las casas que acarician la ventanilla del Boreal, que escucho a Rivera decir el nombre de ella, y lo dice, y lo dice, y lo dice. Pero no lo encuentra.

Ah, pero a veces lo encuentra. Suena, por ejemplo, en los talones encardidos que juegan en el obelisco, sin saber de estados, en las casitas de madera de la Estiva, en los boliches de Amarillo o Cerro Pelado, y en los galpones que juntan un bandoneón con una guitarra y adoban la noche con una buena milonga. Suena sí. Y suena como siempre. Con gustito a ticholo, y a polvo. Esencialmente a polvo, polvo y color, polvo y pasto, polvo y cuero. Cuero curtido por el sol y por el frío, y por el polvo.

Rivera es feliz. A pesar de todo, y también gracias a todo, es feliz. Con la gurisada que se junta en la rampla vieja de AFE a la salida del liceo, los veteranos que se sientan a tomar mate enfrente a la ruta, y los borrachos de siempre que se juntan en aquel bar de la calle Brasil, que no me acuerdo el nombre. Y mi abuela también, aunque le gusta más la campaña, como a mí. Pero la soledad es fría a veces, como helada de julio. Y las tardecitas se van amontonando como sombras del tiempo, y van arrinconando a los viejos contra la ciudad.

Voy a ir a ver a la abuela un día de estos. Tengo ganas de verla. Hablar con ella tiene gustito a Blanquillos. Se saborea monte y pan casero cuando se habla con ella, y fogón a leña y estufa, y ropa lavada a mano, y arroyo, y manzanillas, y tangerinas, y guiso de arroz, y florcitas del campo y también de jardín, y dulce de leche con nuditos, y siesta y chicharras, y mataojos, y tapera con paredes de terrón y techo de paja, y horneros, y sacrificio de todos los días y de todos los años, y portuñol, sí, mi portuñol. A eso tienen gusto las palabras de mi abuela. Y a tardecita también.
Este es el mundito que me gusta, el de mi abuela, el del tío Miguel, que está allá en Rivera Chico bolicheando como siempre, y el del Chiquinote, que vive todavía allá en campaña y es todo un héroe sin saberlo. Este es mi lugar. A veces me corrigen alguna brasileriada, y los gurises de la residencia se ríen de mi acento. Pero no son brasileriadas, son de otra patria, de la frontera, de la mía. Me acuerdo del día que la maestra nos enseñó que las palabras en portuñol tenían que escribirse entre comillas, como si no fueran mías. Se las podía invitar, a esas palabras descalzas, pero sin dejarlas pasar de la puerta. Desde entonces las comillas siempre me parecieron dedos de vieja dengosa. Me acuerdo que a la salida armábamos carreras con los gurises, y con el galope de la petisa las comillas iban cayendo, iban quedando tiradas por el camino, tapadas por el polvo que levantaban los cascos y la alegría, la alegría auténtica.

Uno se pone a acordarse tanto que parece que no está contento acá. Pero uno está contento acá. Aunque se calienta a veces con lo que ve, porque Rivera no se tapa sólo con lucecitas, también con cartones, con esos cartones de aire acondicionado, y uno tiene que suspender la paz. Rivera es así, ácida, y dulce. Como un ticholo. Oscura, pero envuelta en papelito transparente. Inevitable. Rivera es polvo, y yo sombra, siempre sombra. Sombra de polvo. Pero hay gente aquí que es sol, es siempre sol, y dan ganas de asomarse, aunque ya sea de tardecita. Habrá que entrar ahora y dejar de ver. Pero mañana hay que levantarse tempranito, a ver, a pensar, pero sobre todo, a taparse de polvo colorado. Que no lo hay en cualquier lado.

ditardisina
Ilustración por ca_teter