Desde que el ritual de la despedida se convirtió en la única compañía cada mes y medio, emergió con fuerza en mí la necesidad de sentir que pertenezco a algún lugar. La realidad es mucho más compleja que la dicotomía Montevideo-Interior que plantea el modelo que conocemos de país, pero pecaría de mentirosa si ignorara que es bajo ese paradigma que construimos parte de nuestra identidad.

Los provincianos de este punto del mapa que se encuentra bien al sur se acurrucan, porfiados también, al sur. El resto fue disperso, cuentagotas mediante, por zonas aledañas y, pese a la pequeñez del viejo y querido Uruguay, las prácticas y los hábitos se dispersaron también, como la composición del país.

A partir de tal desparramo es que se construye la idea de “afuera” de Montevideo, producida y reproducida por los montevideanos, así como aquella “del Interior”, en referencia a los que viven fuera de la “metrópolis”. Ideas asumidas y defendidas desde el discurso como parte sustantiva de la identidad.

Si trajéramos a un extranjero a conocer nuestra pequeña gran aldea seguramente asumiría, a priori, que no somos otra cosa que pocos y buenos vecinos, y preguntaría, exaltado, ¿por qué tanto trabajo en querer separarse si las vacas y los campos dan en abundancia para todos? ¿Por qué se entrevé tanta carga en eso de ser de afuera o del Interior, si en realidad las distancias geográficas son absurdas? ¿Montevideo no era “colonia” de Buenos Aires? ¿Por qué, entonces?

Porque pese a no reproducir más que viejos, necesitamos de ese quiebre para poder organizarnos, para entrar en conflicto y así pertenecer a algún lugar. Un quiebre que tampoco es una ocurrencia ingenua de alguna de las partes sino todo lo contrario, en buena medida explica el porqué de las rispideces.

Nacer fuera de Montevideo es ir de atrás. Es que las cosas lleguen con cierto retraso, o que directamente no lleguen nunca, es la falsa autonomía de los entes públicos locales, es el abandono, es el no tener nada que hacer. Es la mirada de los expertos empapados de saberes académicos que diseñan políticas para poblaciones que no transitaron los mismos caminos que “los hombres de ciudad”. Es, sobre todo, problematizar falencias a nivel de país que determinaron tu trayecto de vida.

Pero el mundo ya es otro, al fin y al cabo ni el hombre del Interior está tan lejos (y menos aun sigue ordeñando vacas), ni el montevideano es el hombre de ciudad que cree ser (aunque en esta oportunidad lo dejaré tranquilo con sus aires europeos importados, con la absurda fantasía en cuanto a la heterogeneidad de la población y el carácter “cosmopolita” de la querida Montevideo). No obstante lo anterior, estoy convencida de que en el fondo sabe que no es más que ilusión, y asume tímidamente que ese modelo terminó por marearlo con los aplausos.

Terminaré por darle la razón al extranjero que inventé hace un rato, y le diré que Montevideo es la colonia o provincia argentina que no ha sido reconocida aún. De todos modos, porfiados y a paso lento, todos, provincianos, seguiremos jugando a la centralidad y a la Montevideo metrópolis por algún tiempo más.


Victoria tiene 21 años y nació en Melo, Cerro Largo. Al terminar el liceo se trasladó a la capital para estudiar sociología en la Universidad de la República. Trabaja en la fundación Niños con Alas y es profesora “de oficio” de inglés, de historia o “de lo que se necesite”.

Ilustración: Daniela Beracochea