En marzo, el aire se impregna de una densidad dulzona. El aire otoñal refresca el cuerpo pegado a la túnica blanca desacomodada, mientras la antigua bicicleta avanza a paso cansino al borde de la ruta. De un lado y del otro, está la vid.

Entre las hileras de hojas verdes asoman cabezas cubiertas, apresuradas por terminar otro cajón que sumará unos pesos al jornal. En unas horas, estos vecinos itinerantes pararán para comer al borde de alguna zanja, a la sombra de los árboles. El ruido de un viejo camión invade el sosegado silencio del campo. Pasa a mi lado lentamente y, entre pozo y pozo, va dejando caer algunos racimos que cuelgan de las cajas traseras. Los recojo antes de que sumen otra mancha bordó al camino y –sacudida mediante– los granos estallan su jugo en mi boca sedienta. En la mochila llevo, arrugada, la corrección de los deberes del día, recurrente tarea que las maestras adoran pedir en las escuelas de la zona: una redacción sobre la vendimia.

Aquel texto, que hoy reescribo, fue hecho con la ayuda del tío Alfredo. Un hombre alto, de cara y manos curtidas que aprendió del campo y de la vid con su padre, Avelino Lorenzut. “El nono”, como le decían, había emigrado de un pequeño pueblo llamado Morano, cerca de Údine, en el norte de Italia. Huyendo de la Primera Guerra Mundial y del hambre vino a Uruguay con sus tres hermanos mayores, en busca de trabajo y dejando atrás al resto de su familia y a su novia, Asunta Vechiet.

Su primer trabajo fue como medianeros, y con la estabilidad llegó el resto de la familia: su madre, sus hermanas y Ottavio, el más pequeño de los hermanos, quien jamás perdió su acento ni olvidó cómo contar fantásticas historias de migrante. Solo faltaba Asunta. El amor la impulsó a realizar la travesía transatlántica sola, soltera y sin la aprobación de su familia. Esperaba llegar al puerto y casarse en el barco, con las palabras que, soñaba, diría el capitán. La historia no se concretó allí, sino varios días después; mientras, Asunta se amparó bajo el techo de otros inmigrantes italianos.

Asentados y casados, Avelino pudo ahorrar para comprar, junto a su hermano Ottavio, una quinta que llegó a ocupar ocho hectáreas. Bastante para la época y poco para hoy. Al borde de las hileras, los árboles frutales daban alimento fresco y restos maduros, que obligaban a jornadas enteras de preparación de dulce o frutas secas, almacenadas luego para el resto del año. Pero en febrero y marzo la prioridad familiar –y de la que todos dependían– era la vendimia. Mujeres, hombres y niños ayudaban en la afanosa tarea de llenar cajones que marchaban a la bodega Santa Rosa. Entre aquellas tareas, alguien quiso una vez guardar para siempre testimonio del momento y tomó esta fotografía, 60 años atrás. Llegó a mí cortada, guardada en una pequeña cajita de jabón preservada por mi abuela. Ana aparece delante de la fotografía, aún joven y soltera, posando imperturbable ante el viento que tiró su sombrero. En la mano, las tijeras recuerdan la manualidad de la vendimia: tomar un racimo, moverlo hasta encontrar el cabito –a veces escondido entre los granos de uva– y cortar, con las manos teñidas de negro por la uva tannat.

Los niños de aquella época solían corretear entre las viñas, ayudando con los cajones vacíos y cortando uvas de a ratos. Pero su tarea predilecta era en la bodega, inundada del olor dulzón que ahora es recuerdo de mi infancia. La diversión consistía en hacer girar una manija con fuerza para movilizar dos rodillos que, pegados uno al otro, recibían los granos y los apretaban hasta molerlos. Todo pasaba por ellos, incluso el escobajo que hoy se quita para hacer vino. Cuando la diversión terminaba, se dejaba fermentar el vino con el que a su tiempo almorzarían todos.

Testimonio de mi historia y de una familia que casi no conocí, la fotografía devuelve rostros, relatos de amores y peleas italianas. Y el cariño por la vid, el vino y el campo.

La abuela Ana (a la izquierda) guardó esta imagen en una cajita de jabón que preservó durante 60 años. Ottavio posa parado en el extremo derecho de la foto.
La abuela Ana (a la izquierda) guardó esta imagen en una cajita de jabón que preservó durante 60 años. Ottavio posa parado en el extremo derecho de la foto.