En 2002 se bautizó como dirigente sindical, tenía veintipocos años pero ya cargaba sobre sí las consecuencias del abuso patronal que imperaba en el medio rural.

Edgardo Ferreira tiene 32 años pero hace más de diez que anda en las vueltas del sindicalismo rural. Es de andar tranquilo, no levanta la voz, parece tímido, y cuesta imaginarlo apenas entrado en la veintena batallando entre trabajadores curtidos –pero “adormecidos, derrotados”–, en aquel año 2002 de debacle nacional en que él data su bautismo de fuego. Recién empezaba a trabajar en los naranjales salteños, en los enormes naranjales de la empresa Caputto que se pierden hacia el río Uruguay, allí en Constitución, a unos 40 quilómetros de la frontera con Argentina, cuando le picó el bicho del sindicalismo. Desde entonces no lo soltó, y a Edgardo, que hoy es vicepresidente del Sindicato de Trabajadores de la Industria Citrícola y Afines (SITRACITA), le cuesta pensarse con un futuro fuera del gremialismo, fuera del gremialismo pajuerano, “esa cosa tan especial, tan difícil de imaginar para quienes no viven en el campo. Por lo que me dicen los compañeros de otros gremios y yo mismo veo, tiene los problemas que son comunes a cualquier organización sindical, pero esta realidad es también tan distinta”.

El día que recibió a Ajena llovía parejo, se anunciaban aguaceros récord para las horas posteriores que después no se concretaron, y los gigantescos predios de Caputto estaban vacíos: un jugoso desierto verde superpoblado de árboles de naranjas, mandarinas y limones, que Ernesto iba mostrando y clasificando según las variedades, a un lado y otro de los senderos internos. “A la larga uno logra que este oficio le guste, va conociendo los tiempos de las cosechas, aprendiendo cómo tratar al cítrico”, dice, explicando cómo hacer, con una tijera especial, un alicate, para sacar la fruta del árbol de manera de que “sea útil y no se pierda”. “Si la cortás a mano, zas, está perdida”, y se trata de “mercadería de exportación, que tiene que salir perfecta”.

En los 12 años que lleva en Caputto, Edgardo “probó de todo”: pasó siete en la cosecha, después estuvo en la quinta, hizo tareas de limpieza, plantación, mantenimiento, cura, y llegó hasta el sector de control de calidad, en el que está hoy. “Me gustaba eso de pasarme de un lado a otro, hacer todas las tareas: tenía esa idea de que un buen trabajador, y fundamentalmente un buen sindicalista, debe conocer lo que pasa en cada parte de la cadena”.

Edgardo “llegó al citrus” en plena crisis, en 2002, cuando Constitución todavía no había acabado de hacer el duelo del cierre de El Espinillar, clausurado en los 90 después de un largo proceso de decadencia “en parte querido por quienes manejaban el poder”. “Lo fueron dejando morir de a poco”, cuenta. “La Villa” era una antes del ingenio –poblada por peones que trabajaban como zafrales en las estancias de la zona, en algún viñedo–, fue otra muy distinta con el surgimiento, a fines de los 50, del complejo azucarero de ANCAP, un imán para migrantes de departamentos vecinos, e incluso del sur de Brasil, y fue muy otra después. El Espinillar ocupaba, entre empleos directos e indirectos, a alrededor de una tercera parte de los habitantes de Constitución, que superaron los 5.000 en sus mejores tiempos. “La naranja, los citrus, ya estaban, pero no eran lo que son ahora, la principal fuente de ingresos de la gente, casi que la única.”

Ni en la época de oro del ingenio, Constitución dejó de ser un poblado pobre, de calles de tierra y casas humildes. “Pero entonces tenía más movimiento, y el cierre de El Espinillar tiró a cientos de personas a la calle. Se terminaron yendo en cantidades.” La villa se vació, perdió casi que a la mitad de sus pobladores y orilló convertirse en un pueblo fantasma.

El padre de Edgardo fue uno de los que emigró. Marchó a Buenos Aires. Antes de seguirlo, en 2001, Edgardo trabajó en un tambo, a la entrada de Constitución, en el quilómetro 8. Tenía 18 años, hacía poco que había terminado el bachillerato, “y por capricho nomás desemboqué allí. Necesitaba laburar, pero fue tremendo”. Lo que más recuerda Edgardo del trabajo en el establecimiento lechero –una de las propiedades de la familia Chapuis, ligada a los naranjeros de Caputto, para los que terminaría laburando después– es “la tremenda explotación” que padeció. Al borde del esclavismo. “Estabas de lunes a lunes, por lo menos diez horas, para ganar 100 pesos. Una miseria. Se aprovechaban de que no había sindicato y que la gente tenía miedo de abrir la boca para plantear el más mínimo reclamo. No te daban ropa ni botas, a veces pasabas el día entero mojado o embarrado, y si te lastimabas y perdías jornales de ingresos por lesiones que te habías causado trabajando, como sucedía, miraban para otro lado. Simplemente te jodías.” Las ofertas de empleo en los alrededores eran muy pocas, y los patrones decían “acá las cosas son así, si no te gusta te vas” y con eso compraban silencio.

En el tambo Edgardo empezó, antes de los 20 años, a tener problemas físicos que le provocaron –agachadas constantes, levantadas de peso y jornadas interminables mediante– una hernia de disco. “Era muy joven, me tomé en serio aquello de ‘si no te gusta te vas’ que me lanzó un capataz, y me fui. En aquel momento preferí irme antes que protestar.” Y así partió hacia Argentina, justo en 2001, a reunirse con su padre. “En Buenos Aires hice cualquier cosa, sobre todo en los countries, cortando el pasto, como jardinero, en mantenimiento. Y algunos otros laburos más.” Aguantó un año y pegó la vuelta. Extrañaba, no se “hallaba”, y “Argentina estaba casi igual que acá, o peor”. Era “la” crisis.

Cuando volvió a Uruguay, a Salto, a Constitución, lo que había, si no quería regresar al tambo, era “la naranja”. No quedaba otra. La familia Caputto ya reinaba prácticamente en solitario en la zona, o por lo menos estaba escasamente acompañada. Se había ido expandiendo, comprando a pequeños productores y absorbiendo cientos y cientos de hectáreas de lo que habían sido las tierras del ingenio de El Espinillar. Las dos quintas más grandes de naranjales de Salto son hoy de Caputto, hay una de Guarino, desapareció Solari, y el resto son pequeñas extensiones de entre 40 y 50 hectáreas. En total, Caputto controla actualmente 50 quintas en siete departamentos, empleando a 2.000 personas. La citrícola es, como tantas otras, una industria cada vez más concentrada: seis empresas son propietarias de 11.132 hectáreas, y 327 de poco más de 5.550 hectáreas. Caputto es la que más exporta, a través de su filial Citrícola Salteña, y a la exportación va hoy el 47 por ciento de una producción que comenzó siendo, años ha, sobre todo para el mercado interno.

Perfil 3 - Foto FEDERICO GUTIÉRREZ--
Tiene sólo 32 años, pero no se imagina lejos de Salto: dejar su sindicato le parece impensable. FOTO: Federico Gutiérrez

Ferreira se convirtió entonces en un peón zafral más en una industria en la que entre 70 y 80% de sus compañeros lo son. En total, entre ocasionales y permanentes, la cadena citrícola salteña ocupa a unos 5.000 trabajadores directos. Llegaron a ser el doble, dice Edgardo, pero los cambios en el sistema de producción, la mayor mecanización, redujeron la mano de obra a algo más de la mitad en espacio de dos décadas. “Cosecha y packing son las áreas que más abarcan gente, sobre todo la cosecha; la quinta un poco menos: ahí están los permanentes. Lo bueno es que gracias a que se vende cada vez más afuera, a Europa, a Rusia, a los árabes, y ahora parece que a Estados Unidos, a contraestación, la zafra se ha ido extendiendo y es muy corto el período en que no tenés laburo.” De marzo a diciembre hay conchabo en la naranja, la mandarina, el limón, y se han agregado los arándanos. También surgieron olivares, en Zanja Honda, al costado de la ruta. Emplean todavía poca mano de obra, “pero están prendiendo”. “Lo que quiere actualmente el Ministerio de Trabajo es que se forme una cadena productiva entre la naranja, los arándanos, los olivos, para tener a la gente ocupada los doce meses y que no vaya al seguro de paro”.

Dice Edgardo que los salarios siguen estando sumergidos en la citricultura, y que eso ha provocado que buena parte de los peones haya emigrado hacia la construcción, que paga bastante más y por ahora tiene fuerte demanda. Pero las condiciones laborales sí que han mejorado, asegura, y lo atribuye en gran parte a la acción de los sindicatos, del SITRACITA, y antes del SUDORA y de la UNATRA, “la madre de todos los rurales”, según apunta, y también al “clima” creado en 2005.

Cuando él arrancó en la naranja algunas de las mayores aberraciones que habían caracterizado al trabajo del “cosechero”, del recolector de la fruta, ya no existían. Por ejemplo, habían desaparecido, al menos en las grandes empresas, las llamadas “camisas naranjeras”, unas sacas que el trabajador se colgaba del hombro y ajustaba en la cintura y en las que se apilaban entre 50 y 70 quilos de fruta; una barbaridad, no cuesta calibrar las desviaciones de columna –también enfermedades urinarias– que habrá producido. En Caputto fueron de uso corriente hasta, como mínimo, el año 2000. Como también fue norma que a los trabajadores se los sometiera casi que a una sesión de baño químico –de baño en químicos– para desinfectarlos: cuando despuntaba la jornada, el capataz pasaba con una suerte de manguera y los rociaba con un producto cuya composición la empresa ocultaba. Era habitual que los cosecheros presentaran afecciones respiratorias y cutáneas. La empresa –“las empresas, porque eran todas”– no se hacía cargo de tratamiento alguno. Así pasaban los trabajadores, empapados en ese producto, toda la jornada, a veces de nueve o diez horas, y así llegaban a sus casas, porque no había en las quintas lugar para bañarse, ni siquiera para cambiarse de ropa.

“En 2002 las camisas naranjeras habían sido remplazadas por un bolso que te permite meter hasta 20 quilos de frutas. Hoy te seguís subiendo a una escalera para cortar manualmente la mandarina o la naranja, apilándola en el bolso que te tirás al hombro, pero es obvio que no es lo mismo cargar 20 quilos que cargar 50, 60 o 70.” Los bolsos ya eran de uso en algunas quintas citrícolas del litoral en los años 90, pero Caputto tardó bastante más en incorporarlos. La mayor empresa del sector, la que más produce y vende, fue siempre un hueso duro de roer.

Perfil 4-5 - FEDERICO GUTIÉRREZ--
Las condiciones de trabajo han cambiado para bien, pero los salarios siguen siendo muy bajos. FOTO: Federico Gutiérrez

De sus tiempos iniciales en Caputto Edgardo recuerda que si bien ya no estaban las camisas naranjeras y los trabajadores no eran fumigados “en directo” sobre su cuerpo, “persistían algunos otros abusos”, en materia de condiciones de trabajo, sistema de remuneración y relaciones laborales. Y el clima era de sometimiento al patrón. Sobre todo de parte de los trabajadores más veteranos, acostumbrados a un modo de relacionamiento patriarcal y a que sus derechos empezaran y terminaran donde el empresario lo estableciera. “La gente mayor era la más brava, llevaban el miedo metido adentro, y eran más leales a los patrones.” Con los jóvenes era distinto. “No venían de esa historia, tenían otra actitud, y cuando se les hablaba respondían más rápidamente y eran un poco más corajudos. Fue de todas maneras un trabajo de hormiga, mano a mano, ir convenciendo uno a uno a los compañeros de que valía la pena formar un sindicato.” Los más viejos estaban acostumbrados a que los intentos anteriores de sindicalización terminaran casi que invariablemente en el despido de los “agitadores”, y los más jóvenes no tenían tradición ni experiencia alguna. “Así que entre una cosa y la otra estabas bastante solo.”

Fue ahí que Ferreira se forjó una reputación de batallador, de organizador eficaz que le reconocen colegas de otras zonas.

SITRACITA fue consiguiendo cosas de a puchos. “Me costó un par de años ganarles la cabeza a los compañeros. Yo afilié personalmente a pila de gente. Los juntaba en el portón de la quinta antes de entrar a trabajar. Lo que los decidió a afiliarse fue ver ese trabajo de hormiga, que uno se la jugaba, y a otros ver que los resultados se daban”, dice Edgardo, y remarca varias veces el grado de involucramiento personal que requiere en el campo, sobre todo en el campo, dedicarse a la tarea sindical. Personaliza al punto que cuando se refiere a los varios sindicatos que se formaron en los últimos años los menciona por el nombre de sus dirigentes: “allá en Azucitrus, en Paysandú, el Lucio Soria logró afiliar a cantidad de trabajadores, y en San José, Germán [González, de Utrasurpa] también hizo lo suyo, afilió a todo el mundo”.

Hay que tener bastante vocación, es cierto, quedás muy expuesto cuando querés formar un sindicato en lugares como estos, dice. “Acá en el campo es más fácil que los patrones abusen, se aprovechen, porque hay más ignorancia, porque es muy común que los empleos sean zafrales, precarios, y eso dificulta la organización, y también por el tipo de relaciones que se forman. Muchos patrones, y sus capataces, estaban acostumbrados a tratar a los trabajadores como esclavos, a darles tareas que no correspondían con lo que tenían que hacer, con la función para la que los contrataron, o a tenerlos todo el día a su servicio, como si fueran sus domésticos.”

En febrero pasado en la chacra 29 de Caputto, dice una crónica del diario local El Pueblo, un capataz salió rifle al hombro a increpar a los jornaleros que le reclamaban por las malas condiciones en que estaban las herramientas que les habían entregado. “Acá se trabaja así y punto. Ya van a ver lo que tendrán por revoltosos”, les dijo el hombre, que fue luego protegido por la empresa. “Es normal que el capataz tenga un arma porque se utiliza para matar perdices, unos animales que tanto afectan a las plantaciones”, se escudaron los representantes de Caputto. “Lo normal en el campo –observa Ferreira– ha sido la prepotencia”, los abusos propios de una cultura feudal que costará años erradicar.

Él cree, sin embargo, que se ha avanzado, y que casos como el de la chacra 29 de Caputto, o el que se dio en 2011 en terrenos sanduceros de la empresa de capitales belgas Forbel (180 trabajadores despedidos de un saque en el marco de un intento de liquidar la estructura del sindicato local), van quedando en el pasado.

“Nos cambió la vida que se volviera a convocar a los consejos de salarios. Para la mayoría de los rurales la ley de ocho horas fue como una revolución, que se les pagara las extras por encima de una jornada normal de trabajo, cosa a la que todo el mundo tenía derecho salvo ellos. Se decía ‘para qué quieren trabajar menos si después van y se chupan todo’ y se les negaba hasta el derecho a estar con su familia, porque en jornadas de diez horas y reventado como terminabas, imaginate si eso era posible.” En el citrus, ya antes de que entrara en vigencia la ley, “las ocho horas” estaban extendidas. “En Caputto, y creo que también en Azucitrus y en Forbel, hace bastante que laburamos seis horas pagadas ocho (una hora para ir a la quinta y otra para venir), de lunes a sábado. Pero con los consejos ganamos en otras cosas: logramos que se reglamentara el convenio 184 de la OIT, de seguridad y salud en la agricultura, que significa bastante para los rurales: que te paguen el desgaste de ropa, que se cubran los accidentes, los gastos en salud, cosas así con las que antes ni soñábamos. Aquello de que trabajabas igual si llovía a cántaros o de que te fumigaban encima como si nada y después a llorar al cuartito se ha acabado”. Dice que puede haber alguna excepción, pero que en general eso ya no se ve. Y que en Caputto seguro que ya no. “Ese prototipo del trabajador de la naranja explotado y humillado se está dejando de lado. Por la lucha sindical, claro.”

Perfil 1
“La parte de los trabajadores en la torta” ha crecido, pero la frontera sigue siendo fina entre estar de un lado y otro de la zona de vulnerabilidad. FOTO: Federico Gutiérrez.

SITRACITA consiguió también que las empresas asuman los costos de mamografías y papanicolau de las trabajadoras citrícolas y que los días de inicio y final de clases a las mujeres se los paguen como días trabajados.
La propia pareja de Edgardo, madre de sus dos nenes de 5 y 7 años, está “en la naranja” hace un buen tiempo. “Se ven mujeres en muchas tareas, en la clasificación de frutas, en el packing, hasta conduciendo autoelevadores.” Dice que en la cosecha la relación es de cuatro cada seis hombres.

—¿Se afilian igual que los varones?

—Sí, también se afilian. Se están afiliando todos por estos lados, en realidad.

Como ejemplo cita –y se le encienden los ojos– el del tambo en que trabajó cuando tenía 18 años: “Lo sindicalizó María Flores. El dueño tuvo que pagar multas y las horas extra a sus trabajadores, reconocer que no eran sus esclavos, blanqueó a los que estaban en negro, que no sé si no eran la mayoría. Un gran logro”.

La vivienda podría ser otro. SITRACITA firmó el año pasado un convenio con los ministerios de Agricultura y de Trabajo, la Intendencia de Salto y el Movimiento para la Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural para que unas setenta familias de citrícolas puedan acceder a casa propia. “Nunca MEVIR     había trabajado con un sindicato. Ya están los terrenos y ahora ellos están estudiando cada situación.”

—¿Te va a tocar?

—No, a mí no. Yo estoy construyendo acá al lado, con mucho sacrificio pero puedo ­–apunta, y señala un predio contiguo a la casa donde recibe a Ajena, de tres habitaciones, en la que vive su madre, y por ahora él también, con su mujer y sus dos hijos.

Fundamentalmente queda el salario. “Es en lo que nos estamos concentrando. Está muy bajo. El promedio de hoy es unos 450 pesos por día. Si pasás del número mínimo de cajones que pide la empresa, podés llegar a 700, 800 diarios.” La Unatra reclama la media canasta básica para todo el sector rural. “Estamos también trabajando con la UDELAR y la Unatra en un proyecto de ciencias sociales que estudia cómo los citrícolas podrán acceder al seguro de paro en mejores condiciones: a los trabajadores permanentes se les exige un mínimo de 250 jornadas y a los zafrales 200; queremos que sean 200 y 150.” La industria puede asumir, dice Edgardo. “Las empresas están ganando mucho, y más van a ganar si se concretan las exportaciones de naranjas para Estados Unidos. Se mandaron un par de contenedores a prueba, y parece que puede funcionar. La calidad del producto nacional es muy buena. Si se da, se van a necesitar algunas inversiones, porque las exigencias de ese mercado son grandes y particulares, pero lo que nosotros no queremos es que esas inversiones se realicen manteniendo los salarios en un piso y que luego, cuando las ganancias lleguen, se las lleven los empresarios y a nosotros nada. Ya estamos negociando en esa perspectiva.”

Perfil 5-4 - FEDERICO GUTIÉRREZ--
Mucho del trabajo del recolector de naranjas sigue siendo manual. Es condición para que la calidad del fruto sea buena. FOTO: Federico Gutiérrez

Por ahora Edgardo no se ve lejos de Salto, de Constitución o Belén, el pueblo gemelo, ahí al lado, tan dependiente de “la naranja” como el suyo. Tampoco se imagina fuera de la industria. A sus 32 años dice que se ve quedándose “en la zona”, que ya emigró y volvió, que ya hizo otras cosas. Después de terminar el bachillerato cursó tres años de ingeniería en electrónica en Salto capital, pero no pudo cerrar el ciclo. “Mi abuelo se enfermó y todo se complicó, gastamos mucha plata y tuve que abandonar. Capaz que algún día consiga retomar, y ahí veré. Pero igual. Dejar todo, irme a otra rama, otro departamento, ni que te digo otro país, me complica.” Y debería dejar el sindicato. “Ta bravo.”

* Verso de la canción “Adiós mi Salto”, de Víctor Lima.