Cuentan que hace mucho tiempo en el Baño de la India la joven Yagua-Pitá se bañaba en la laguna que forma la cañada. Un día un muchacho llamado Carapé la descubrió y comenzó a espiarla. Luego de un rato, escondió el quillapí que ella usaba para cubrir su cuerpo. Yagua-Pitá, avergonzada, permaneció largo tiempo en el agua a pesar del frío del invierno, hasta que finalmente murió.

Todos en la tribu salieron a buscarla, y la encontraron flotando en la pequeña laguna. Carapé, muy dolido, contó lo que había sucedido al cacique Yrivú, padre de la joven, quien furioso y avergonzado por no haber cuidado mejor a su hija mandó ajusticiarlo, para que la historia nunca fuera olvidada.

Hoy se dice que Yagua-Pitá se baña en la laguna, espiada por Carapé transformado en cerro, y que el cacique Yrivú es ahora un cuervo que vigila desde arriba la comarca.

Los lugareños me relatan la historia y señalan, en lo alto del cerro, un cuervo volando en el cielo.

Bajando por la sierra abriéndose paso entre los arbustos, se puede escuchar el bullicio del agua que corre hasta encontrar la cañada, y así seguir el hilo cristalino, entre piedras, peces y renacuajos tan grandes como para dudar si se trata de futuros sapos o si bien son lagartos. Allí se forman pequeñas piscinas casi heladas que al mojar los pies me recuerdan la existencia de cada uno mis poros.

Andar con la cámara fotográfica es un desafío, no sólo porque algunas rocas se mueven a pesar del tiempo inmemorial que llevan ahí, sino porque las imágenes constituyen un todo armonioso que casi no se puede segmentar. Se hace difícil elegir qué dejar y qué poner en este rectángulo que en el mejor de los casos sería una pintura inacabada, ya que la magia del lugar es casi imposible de capturar. En tal encrucijada teórica, y con miedo de producir postales conocidas, sólo evocar a un maestro pudo darme respuestas, y así, descalza entre los pastos verdes y el agua helada, recordé las palabras del famoso fotógrafo Minor White: “Mientras crea, la mente del fotógrafo está en blanco. Debería añadir que esta condición se da sólo en casos especiales, principalmente cuando se buscan imágenes. Mientras el fotógrafo está en esta condición, hay algo que le impide descarrilarse, que le impide caer por las alcantarillas o incrustarse contra los parachoques… Es un estado mental muy activo, un estado mental muy receptivo, listo para en cualquier momento atrapar una imagen, sin tener sin embargo una imagen preformada. Tal estado se asemeja al de una película virgen: parece inerte, pero es tan sensitiva que una fracción de segundo genera vida en ella (no sólo vida sino una vida)”. Transportar sus palabras urbanas a la naturaleza serrense no podía ser muy complicado, las alcantarillas encajaban perfectamente con las rocas de la cañada, los parachoques con las ramas que cortaban el camino…

La subida, o la bajada –depende si miramos desde el Observatorio o desde la represa–, se volvió entonces más interesante. El objetivo, más allá del lente, era lograr la mente en blanco, fundirse en el lugar y dejar que el propio paso del agua comenzara a dibujar.

El tiempo pasaba y el día tocaba el zenit. Incansable, casi quemándose con el sol, un cuervo seguía dando vueltas en el cielo, vigilando la cañada como si en ella se escondiera un gran tesoro.
Entonces lo sencillo, lo insignificante, aquello que casi no se ve fue la única intención que tuve en cada disparo.

Fuentes: Entre valles y sierras, de Andrés Nogara, en www.villaserrana.info “El ojo y la mente de la cámara”, de Minor White, en Estética fotográfica; selección de textos: Joan Fontcuberta (org.), Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 1990.

Villa Serrana. Foto: MANUELA ALDABE
Villa Serrana. Foto: MANUELA ALDABE