Esta es la crónica de un verano en bicicleta y mil quilómetros de paisaje. Desde Minas de Corrales, recorriendo balnearios, ciudades, pueblos y pequeños parajes del este y noreste del país, Ajena ahuyenta el frío de invierno pedaleando.

18/02. Cuando me despierto, abro una brecha en el cierre de la carpa y me quedo unos diez o veinte minutos mirando en derredor. Aparecen infinitas cosas. El viento en la copa de los árboles y su murmullo, las gotitas de rocío como una sábana de rosarios de cristal cubriendo todo, el caminito de hormigas que ha tenido que esquivarme, los rayos de sol por entre las ramas. Miro el cielo límpido de Lavalleja, desde mi carpa bajo los árboles, y me acuerdo de lo que dijo Tagore, que los árboles son poemas que la tierra escribe en el cielo. Aquí, en el Salto del Penitente, todos duermen. Escucho una canción de Los Olimareños mientras recorro el camino al salto de agua. Estoy solo, tranquilo, feliz, en los últimos días de mi travesía.

Salí de Minas de Corrales en bicicleta el 15 de enero, con una mochila, una carpa, y 1.000 quilómetros por delante. Lo hice porque podía hacerlo, porque quería hacerlo, y porque era inevitable en mi pecho. Mis primeros caminos fueron los del interior de Rivera, de un pesado barro rojo por la lluvia reciente. Subí las sierras que unen a Blanquillos con Amarillo envuelto en niebla y bajo alguna garúa. El primer almuerzo de viaje fue una feijoada potente que me ofreció don Hider en su casa, al costado de la 27. Eso me dio el empujón para llegar a Vichadero en la tardecita del 16, con las garúas ya convirtiéndose en chaparrones. Las primeras noches fueron las más bravas, las más cuestionadoras. Pero las ganas tienen buena retórica. Por las ganas me enfrenté a la 6 y a la 44 para llegar a Melo. El camino era una calamidad, el asfalto casi no existía en muchos tramos, y el sol era un infierno. Por quilómetros no encontré árboles, ni casas, ni una sola cañadita para refrescarme la cara y el lomo. De vez en cuando pasaba una 4×4 haciéndome tragar polvo, pero durante horas éramos sólo yo y un desierto de pastos pardos. Alrededor de las 19 encontré un pocito de agua a 20 metros de la ruta, y sentí una satisfacción tremenda al tirarme aquella agua embarrada sobre la cabeza y la espalda. Ya cayendo la noche llegué –despedazado de cansancio– a la casa de un policía en Paso Mazangano. Le pedí para pasar allí la noche.

Con los primeros rayos del sol bajé un quilómetro hasta la orilla del Río Negro para pasar el día. Ya mientras bajaba iba divisando unas cuantas carpas alrededor del puente, gente pescando, asando, escuchando folclore, bañándose en el río. Tuve el placer de charlar con doña Adelia que, a pesar de que cree en Dios y yo no, me ofreció su casa en Vichadero por si pasaba por allí en otra travesía. Llovió durante toda la noche, y al amanecer escampó. Todavía estaban las estrellas sobre mí cuando puse todo en la bici, y con la aurora volví a pedalear para llegar a Melo ese mismo día. A unos quilómetros del puente encontré un almacén, donde casi lo único que había (y en abundancia) era Corned Beef. Ese sería mi almuerzo.

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Ilustraciones: Micaela Palermo

04/02. Iba saliendo de Santa Teresa, y cuando doblé la rotonda para seguir hacia Punta del Diablo, oigo que me gritan desde el otro lado de la ruta:

―¡Hey, men!

Era un tipo alto, flaco, barbudo, con lentes de sol, acompañado de una rubia blanquísima, ambos en bicicletas, saliendo del parque.

―¿De dónde es vos? –preguntó el barbudo, con acento.

No les voy a entender el inglés atravesado y estoy apurado, pensé.

―De Rivera, del norte de Uruguay.

―¿Serio? ¡Yo soy de Livramento! ¡Me crié alá! Vivo en Veranópolis. Ella es de Porto Alegre.

―Então fala em português, que vai ser muito mais fácil para os tres –reí.

Me obligaron a ir a la Laguna Negra. Les dije que quería pasar la noche en Punta del Diablo, pero no me hicieron caso. No acostumbraba pedalear de noche. Pero Igor tenía algo de buena persona que se desprendía directamente de su forma de hablar, de pararse y de gesticular, que convencía a cualquiera inmediatamente. El tipo podía matarme –siempre está la opción– o compartir conmigo y con Débora (a quien había conocido unas horas antes) uno de los atardeceres más lindos que vi en mi vida. Y Débora, qué más decir, además de bonita leía a Érico Veríssimo, eso me bastaba.

―No te asustes por lo que voy a decir –dijo el brasuca, quitando importancia al asunto–: tenho crisis de pánico, bipolaridad, y soy borderline.

Cuando vio que agrandé los ojos, agregó con risa, armando un pucho:

―Ahora podés ter una idea de por qué los traje a este lugar lejos…

Pasé tres días en la casa de Gabriel, compañero del CERP y amigo, que me mostró todo Melo en detalle. El 21 de enero Gabriel me acompañó en su moto hasta la salida de Melo, y desde allí seguí viaje hasta Arachania, a donde llegué pasadas las 21. A la mañana siguiente, cuando vi lo bonito del lugar, decidí pasar el día allí. Arachania es un pueblito enclavado entre cuchillas, que duerme la siesta sobre el río Tacuarí. Allí no hay casas con jardines, sino jardines con casas, y las calles ostentan la entrañable juventud de estar todavía cubiertas de pasto. En el bajo, el amplio mantel de agua se hizo irresistible para bañarme de tarde. Salí rumbo a Arbolito, con el espectáculo del sol dorando las sierras de la ruta panorámica.

De madrugada ya estaba en ruta, con 75 quilómetros por delante para llegar a la Quebrada de los Cuervos. A las 2 de la tarde, sufriendo una paliza importante del camino de tierra, llegué. Me instalé, hice el recorrido por la Quebrada, y antes del anochecer fui a cenar en lo de los Olivera, unos vecinos contiguos al parque. Ojalá las señoras que me atendieron tan bien puedan leer esta crónica, pues guardo de ellas, de su casa, de sus comidas, de su jardín, uno de los recuerdos más afectuosos de mi viaje. Son gente con sabor a vida sencilla. Y la cascada y la laguna hacen de su hogar un paraíso.

Me quedé otro día en la Quebrada, para saborearla más. Pasaba horas sentado en el mirador, escuchando a Bach y contemplando a los cuervos que flotaban sobre la garganta imponente. Palmera, agua, piedra, chirca, helecho, iban entrando en mis ojos y en mi piel a medida que yo me perdía en los recovecos de la Quebrada. El 25 arranqué rumbo a Treinta y Tres. Una familia que había ido a pasar el día en la Quebrada, y que había tenido la amabilidad de compartir conmigo su comida, esperó a que llegara al empalme con la ruta 8 para ofrecerme agua fría. Cosas así son como una bajada larga después de mucho subir. Llegué a la capital olimareña y busqué un lugarcito cerca del río donde acampar. Pronosticaban días de tormenta, así que decidí esperar la lluvia allí antes de continuar el viaje.

30/01. Para sortear la soledad tengo dos comodines. Uno de ellos es llamar a mi madre, o a Rebeca, mi novia. Otro, que también tiene que ver con el amor, son mis libros. Llevo cinco en mi mochila, y no pesan, alivian. Viajo doble, por asfalto y por papel, y lleno mi alma de cosas nuevas a cada paso, a cada página. Ahora leo “Historia de un amor turbio”, de Quiroga, recostado contra un eucalipto frente al ancho Cebollatí. Recuerdo que lo que me trajo hasta La Charqueada, lo que la puso en mi itinerario hace un año, fue un libro. En ese libro de Morosoli un albañil le contaba a otro, en medio de una pradera desierta y fría, que nunca había estado en un lugar más lindo, más vivo y más cálido que la desembocadura del Cebollatí. Los pájaros, el río, los árboles, todo aquí es vida y color, y paz.

Paseé por Treinta y Tres, me bañé en el Olimar, cambié las cubiertas de la bici –el viejito gomero no me quiso cobrar: “Me pagás la próxima”, me dijo–, luché contra la inundación de mi carpa, y cuando escampó, después de cuatro días, en la mañana del 29, levanté todo y me fui por la 17 y la 18 a La Charqueada. Recorrí el pueblo, busqué donde acampar, hice amistad con un matrimonio de riobranquenses, y con un camionero que me arregló el pedal de la bici. Pasé todo el día siguiente en el pueblito del histórico puerto, mirando los coloridos barcos que subían y bajaban por el río llevando turistas, o la soledad de algún pescador. El 31 crucé en la balsa y entré a Rocha. Seguí el camino de tierra, abierto como a facón entre el matorral, hasta el pueblo Cebollatí, y allí pregunté qué rumbo tomar para ir al balneario Saglia. A las 13, después de 14 quilómetros de viento en contra, llegué a las orillas de la laguna Merín. Un paraíso, sencillamente. Campo, sol, arena, agua calma y baja, tranquilidad y soledad. Como se veía venir tormenta grande, decidí tomar un ómnibus a mi próximo destino: Fuerte de San Miguel. A las 18.50, bajo la llovizna, llegué al Fuerte. Lo recorrí con la misma voracidad con que se lee O tempo e o vento, es decir, ese no sé qué de nostalgia y fascinación por las manos de otros amores y otras guerras que sacudieron estas praderas, de las que ese montón de piedras, transversal al tiempo y al viento, es testigo. El 2 de febrero pasé por el Chuy al mediodía –con sabor a Rivera pero sin mi portuñol–, y a las 16 llegué a La Coronilla, donde me quedé en casa de Diego Silva, hijo de un amigo de Minas de Corrales. Una lástima ver que las arroceras han hecho de las aguas del balneario un verdadero chiquero… El 3 me fui para el Parque de Santa Teresa. Pasé dos días espectaculares allí, y a la tardecita del 4 de febrero salí del Parque. Conocí a Igor y a Débora en la rotonda, visitamos la Laguna Negra, y caída la noche nos fuimos muy lentamente a Punta del Diablo, hablando atravesadamente sobre literatura, política y frontera. Al día siguiente Débora siguió su viaje, y nosotros recorrimos el pintoresco pueblo pesquero. En un recodo encontré una perlita llamada El Diablo Lector, una librería fenomenal cuya librera reconocí de la feria de libros ambulante, que gesta verdaderas cruzadas librescas por el interior del país. El 6 de febrero salimos con Igor de Punta del Diablo, camino a Aguas Dulces. Después de almorzar en La Esmeralda y de parchar una rueda de mi bici en Castillos, llegamos a Aguas Dulces por la noche.
El 7 fuimos a Valizas, a pasar el día. A media tarde cruzamos con Igor la desembocadura del arroyo y caminamos los tres quilómetros de dunas que separan Valizas de Cabo Polonio. Al atardecer llegamos, demasiado tarde como para subir al faro, pero con la esperanza de ver a los lobos marinos. No encontramos a ninguno, pero sí a un pingüino perdido que se dejó acariciar. Recorrimos el mágico Cabo Polonio bajo el aura de la luz de velas, y ya en plena noche emprendimos la vuelta a Valizas. Por las dunas. Sin linternas. Sin luna. Nos perdimos. Volvimos a la orilla, caminamos, encontramos a unos veteranos acampados en medio de la nada, caminamos, amenazaba llover, caminamos, y a medianoche llegamos al borde del arroyo. La luna llena escondida había hecho lo suyo: donde habíamos cruzado a pie a media tarde, ahora la marea nos cubría dos cabezas. Con billeteras, cámara y celulares embolsados y sostenidos en una mano, cruzamos a nado por la parte del arroyo a la que menos llegaban las olas. Encarangados de frío fuimos en busca de nuestras bicicletas. Cuando quise desencadenar la mía, no encontré la llave. Volví a la playa con bronca, pero Valizas me sonreía con sarcasmo: la llave estaba allí en la arena. Tranqui. A las 3 de la madrugada llegamos a nuestro camping en Aguas Dulces, y dormimos como si no hubiera un mañana. Pero el soleado mañana llegó, y tuvimos un espléndido desayuno con dos jóvenes argentinas que estaban recorriendo Uruguay, con quienes conversamos sobre nuestras desventuras de la noche anterior. Además intercambiamos libros, y gracias a ellas llegué a conocer la vigorosa poesía de Paco Urondo. “Esta vida que maltrata y consuela”, dijera Paco.

14/02. A la mitad de una frase le empezó a dar aquello al tipo. Estábamos en el parque La Estiva, en la ciudad de Rocha, charlando después de almorzar, cuando en medio de una frase empezó a temblar y a retorcerse. Pensé que era joda. Entonces se paró temblando, abrió la boca, alzó un brazo, torció la cabeza, movió una pierna, y cayó de cara al hormigón del piso. Y se quedó ahí, con los ojos desesperadamente abiertos, llenos de tierra, y con la cara lívida como la de un muerto. La puta madre, qué te pasa, qué hago, ayuda, ayuda, y el auto que se va, pero vuelve, y lo cargamos, y lo llevamos al hospital rajando. No es nada, por suerte, no es nada.

Al mediodía dejamos el camping con Igor, y pedaleamos hasta Punta Rubia, un remanso de casitas recostado a La Pedrera. Llegamos a eso de las 18, después de caminar cinco quilómetros con mi bicicleta pinchada. En Punta Rubia nos esperaban Juan José y Verónica, mis primos, y los gurises de ella. El mejor tiempo de todo mi viaje lo pasé con ellos en Punta Rubia, en la casa de Juan. Hay que decir que prácticamente eran desconocidos para mí, esas cosas de familia grande y desparramada. “A vida é a arte do encontro –dice Vinícius de Moraes– embora haja tanto desencontro pela vida.” Igor pasó esos cinco días con nosotros, y sufrió las penas de ser un brasileño rodeado por cinco castelhanos de merda. El “gaúcho punk” –como lo apodó Juan José por su curiosa mezcla de idealismo anarquista y tradicionalismo riograndense– se hizo un Benavídez más, y hoy todavía me invita insistentemente para hacer una travesía a Ushuaia a fin de año.

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Ilustraciones: Micaela Palermo

El 13 de febrero nos despedimos de mis primos y pedaleamos con destino a Rocha, a donde llegamos después de hacer escala en La Paloma, pasadas las 23. Comimos unos chivitos, extrañando los incomparables xis de la frontera, y pasamos la noche en un estacionamiento de camiones. Al otro día fuimos al parque La Estiva, donde almorzamos, y donde a Igor le dio el ataque de pánico. Después de pasar toda la tarde en el hospital, muy bien atendidos, por cierto –“Mãe, se algúm día tú pensa em te mudar, te muda pro Uruguai”, decía Igor al teléfono–, volvimos al estacionamiento de camiones y pasamos allí la noche. Al amanecer nos separamos. Él seguiría su viaje por la costa, con destino a Montevideo y Buenos Aires, y yo remontaría hacia el norte, para atravesar el interior de Lavalleja. El 15 acampé a orillas del arroyo Sarandí de La Paloma, en las afueras de Velázquez, y el 16 me largué para Aiguá. Pero me tropecé con las Grutas de la Salamanca en el camino, y no me resistí. Pasé el día allí, rodeado de un paisaje tremendo, escenario de leyendas de matreros y tesoros escondidos, y con una gente aun más fantástica: una familia de trotamundos uruguayos que recorrieron toda Europa y ahora están re-conociendo al paisito. Me preguntaron si todavía es calentito el corazón uruguayo. Les dije que sí.

Ese mismo día llegué a Aiguá, recorrí la ciudad adornada de casonas viejas de colores vivos, y allí pasé la noche. Al amanecer salí para Villa Serrana, encarando subidas quilométricas. Muriendo llegué allá al mediodía. Con sus casitas desperdigadas por el campo, la villa invitaba a descansar por el resto de la vida. Ese mediodía conocí a un sueco que se había recorrido toda Argentina y ahora andaba por Uruguay. El tipo es médico la mitad del año allá en Suecia, y la otra viaja por el mundo. Qué grande. Y casi sólo come bananas.

El 18 llegué a Minas, a la casa de mi primo Yamandú, y pasamos un buen rato entre charlas sobre minería. Hablamos del aletargamiento que tiene mi pueblo, nuestro pueblo Minas de Corrales, que tapa sus ojos, oídos y bocas ante la explotación (del hombre y de la tierra), por un buen autito u otras cosas imprescindibles. Cosas de esta América.
Como se me acortaba el tiempo para volver a Rivera a inscribirme en el CERP, tuve que hacer un carrerita de Minas a Maldonado, pasando por Pan de Azúcar, Piriápolis y Punta del Este, en un solo lluvioso día.

Al anochecer llegué a lo de Sandra Batalla, en las afueras de Maldonado. Viví dos días de reencuentro con amigos que no veía hacía años. Paseamos con Eliza, Claudia, Sandra, y los chiquitos Débora y Alex por Punta y Maldonado. Un pedido de disculpas, un tácito decir que soy el mismo y soy otro, una constatación de que los abrazos esperan y superan –sin que nosotros sepamos– tiempos y distancias.

22/02. Bicicleta desarmada, pasajes en mano, asiento de Tres Cruces. En unas horas atravesaré el país, más cómodo y más rápido, para estar de vuelta en casa. Abrazaré a mis padres, besaré a mi hermana, y nos sentaremos en el comedor con una conversa que no cabrá en la noche. Luego le diré a mi gato que no morí, e intentaré cerrar los ojos en mi cama. Hice lo que quería –pensaré, y estaré contento–. Pero falta –sonreiré– la otra mitad.