Cultores de una tradición que amenaza con extinguirse y que unánimes definen como un arte, los payadores uruguayos continúan improvisando décimas y se adaptan, como pueden, al siglo XXI.

“Quisiera ser cantor gallo /
cantar inventando el alba.”  
Carlos Molina.

—Yo te tengo en el Facebook a vos. Mucho gusto.

Flaco, de dientes anchos y manos toscas y marrones, el muchacho, que quizás no haya llegado a los 30 años aunque aparente unos cuantos más, extiende su brazo y saluda al “amigo” de la red social. El destinatario del saludo, petiso, de sonrisa amplia y más de 60 años –aunque aparente unos cuantos menos–, devuelve la cortesía. Un tanto tímido, quizás incómodo, pero sin dejar de sonreír, acepta tomarse una foto con el hombre flaco. Apoyado en el estuche de su guitarra como si se tratara de un bastón demasiado alto, negro y deforme, las piernas abiertas, sonríe para la foto que un tercero saca con un celular.

La escena no tendría, a priori, nada de extraño, pero es casi imposible que la situación no resulte llamativa cuando se trata de dos individuos ataviados como gauchos, con sus sombreros, pañuelos, sus botas y sus facones.

La sorpresa se va diluyendo cuando la situación se repite varias veces entre la mayoría de las 40 o 50 personas que se amontonan a un costado del escenario Carlos Molina, donde actúan los payadores durante la Criolla del Prado.
Los artistas conversan, animados, en varios grupos pequeños, donde los mates van y vienen infatigables, y los reencuentros de viejos camaradas se sellan con fuertes abrazos, mientras cada tanto alguien pide permiso para una foto y el resto posa, siempre dispuesto, siempre sonriente.

Si uno cambiara los sombreros, los facones, los pañuelos y las botas que visten y calzan estos hombres por, digamos, jeans rotos, championes All-Star y camperas de cuero, la imagen sería la misma que podría observarse en la puerta de un boliche cualquiera de la ciudad, antes del toque de alguna ignota banda punk. Un idéntico espíritu de “escena”, la certeza de integrar un grupo que comulga con inquietudes e intereses –estéticos, musicales– similares, y que se siente parte de un fenómeno común, sobrevuela el lugar.

Pero no se trata de punks sino de payadores, como se los suele conocer, o improvisadores, como la mayoría de ellos se autodenomina.

Y son quienes mantienen viva una “escena” que parece destinada a desaparecer, aunque lucha por continuar vigente, sin olvidar ni renegar de sus raíces.

Aunque las primeras referencias a gauchos que improvisaban canciones acompañados de sus guitarras se remontan al último cuarto del siglo XVIII, no fue hasta un siglo después que surgió y se afirmó la figura del “payador gaucho”.
Cantor ocasional que narraba los sucesos del momento en sus ratos de ocio, o en un alto en su trabajo como peón, el payador gaucho se caracterizó por textos que podrían definirse “de protesta”.

Pero el proceso de alambramiento de la campaña, ocurrido durante las últimas décadas del siglo XIX, y que modificó la estructura social, económica y política del país, extirpó al gaucho del campo y lo obligó a asentarse en la periferia de las zonas urbanas, llevándose consigo al payador, que de esta manera se urbanizó. “Ya ese payador de las pulperías, que se daba de manera más espontánea, que iba de aquí para allá, errante”, comienza a desaparecer, cuenta el investigador Hamid Nazabay, autor de varios libros sobre la cultura popular uruguaya.1

Este payador vuelto urbano, inserto en la Montevideo cosmopolita de fines del siglo XIX, va a experimentar una serie de cambios radicales en la música, en los temas de sus composiciones y hasta en la vestimenta, a la vez que asiste a la profesionalización y popularización de su arte.

“A medida que se mete en los centros urbanos y empieza a recorrer los bajos de las ciudades, confluye con inmigrantes que van llegando a los mismos lugares, en la misma época de los primeros tangos”, explica Nazabay, para quien esta suma de influencias ambientales y estéticas va formando “un caldo de cultivo del payador”.

Las composiciones ya “no versaban solamente sobre cuestiones gauchescas, ni del campo”, señala el investigador, que destaca que algunos se vestían de gauchos “como evocación”, pero “la mayoría cantaba de saco y corbata, hasta de frac”.

De esta época destacan Juan de Nava, “el primer payador profesional uruguayo”, Pelegrino Torres, “el payador de los cinco continentes”, y Juan Pedro López, para muchos el más grande de la historia.

Lo que para Nazabay fue la “época de oro” de la payada nacional entró en una suerte de ocaso de popularidad en la década de 1920, para resurgir a partir de 1955 con la Gran Cruzada Gaucha, una suerte de gira de cantores populares que recorrió el país y de la que los payadores fueron los grandes animadores.

Esto significó el renacer del género, la consagración de algunos improvisadores que llevaban décadas en la vuelta y el surgimiento de nuevos valores.

“Cuando tenía 6 años empecé a escuchar espacios radiales donde había una gran difusión del payador”, cuenta José Silvio Curbelo. Nacido en 1949 en la localidad de Sauce, en Canelones, los 6 años de Curbelo coincidieron con la explosión de la Gran Cruzada Gaucha.

“Ahí me enamoré de esto; tenía 6 años, pero casi que ahí empecé a decidir lo que iba a hacer, como un juego de niños. Tal es así que iba a la escuela y llevaba una guitarrita de plástico que había encordado con unas gomitas, e improvisaba a la hora del recreo”, recuerda. “Me decían ‘el payador’”, agrega, con su voz caudalosa, sonriente, sin disimular cierto orgullo, antes de subirse al escenario Carlos Molina, donde tendrá que hacer un contrapunto con un payador chileno.

—¿Entonces ya sabía que iba a ser payador?

—Era un sueño que tenía; no sabía si lo iba a poder concretar, pero era mi sueño.

A los 18 años Curbelo se vino a la capital, envalentonado por Gabino Sosa, entonces uno de los grandes nombres de la payada, pero unos años después, ya con la dictadura instalada, se fue para Argentina. “Me fui a la Argentina para seguir camino, y cuando vino el golpe allá, en 1976, me quedé, porque ¿adónde me iba ir?”, pregunta, riendo. Allí vive desde entonces.

Aunque prácticamente nació payador, considera que puede haber un “innatismo”, pero que fundamentalmente hay que “cultivarse mucho”. Asegura que, como la mayoría de sus colegas, aprendió “por un sentido de la emulación”, mirando cómo lo hacían otros.

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“Payador” © Gonzalo Giménez Molina y Fundación F. Molina Campos.

“Los payadores, siempre que suben a un escenario, son maestros sin quererlo, porque con el arte que están practicando, los que están escuchando y están aspirando a hacer eso están adquiriendo esa lección, que no es premeditada, pero están aprendiendo igual”, explica.

Según Curbelo el repentista debe equilibrar las “buenas lecturas” y las enseñanzas de la vida: “estar atento”; si no, afirma, se pueden tener “hallazgos”, pero con “escasez de lenguaje, con limitaciones”. “Tampoco adquirir un dominio del idioma y emplearlo haciendo gala de erudición, porque eso nos distanciaría del público al que pertenecemos, que tiene que entendernos fácilmente. Pero dentro de eso, en lo posible, hay que buscar enriquecer el idioma”, explica.
Nacido en el pueblo olimareño de Isla Patrulla hace 70 años, pero montevideano hace más de 50, Juan Carlos López2 también se volvió payador en la adolescencia, escuchando e intentando imitar… a Gardel.

“Yo escuchaba mucho a Gardel en la radio. Se me había dado como un fanatismo; me peinaba como Gardel”, cuenta, riendo, en su casa de Malvín. “A veces a las letras que no podía retener les agregaba palabras que inventaba sobre la melodía.” Fue un vecino el que le enseñó que eso que hacía era lo que hacían los payadores. Y empezó a observarlos en vivo y en directo, en los programas que tenían en radio América, en el primer piso del Palacio Salvo.

“Yo escuchaba y miraba. Y después me iba, cada vez más asombrado de que la mente pudiera concebir con tanta rapidez, con tanta certeza de la rima y del lenguaje”, dice, todavía con asombro. Allí mamó de algunos de los más grandes, como Aramís Arellano y Clodomiro Pérez. López cree que el repentista tiene que “nacer con ese don, pero es un don al que tenés que alimentar”.

De forma similar se expresa Gustavo Capote, otro de los grandes exponentes de la cultura payadoril. “Sabido es que hay que nacer” para ser payador, dice, aunque concede que para cultivar este arte “hay que aprender, también”, y “pulirse”. Para este hombre nacido en Cerrillos, Canelones, hace poco más de medio siglo, el repentista “diariamente se tiene que nutrir de algo nuevo; no puede estancarse”.

“El payador está catalogado como que quedó en lo mismo, en la historia, los gauchos, el caballo, el mate; y el payador tiene que estar actualizado también”, dice, sentado en su casa de las afueras de la ciudad de Florida, donde reside hace unos cuantos años.

Capote también se inició de pequeño en el arte de la improvisación, “escuchando y aprendiendo” de los payadores que actuaban en las fiestas que se armaban en la zona. Reconoce que en ese momento lo tomaba como una afición, “como el gurí que empieza en el campito a patear la pelota”. Pero señala que fue “un logro importante” haber compartido escenario con esos y otros muy buenos payadores, porque es como que el gurí de campito “pueda jugar con Luis Suárez”. “Tenía 14 años y pateé la pelota con un fenómeno”, dice comparando, y agrega que “a muy temprana” edad empezó a hacer algún dinero y a vivir de improvisar décimas sobre escenarios de toda la campaña.

Hoy las cosas no son tan sencillas. Para seguir viviendo –o sobreviviendo– de esto, la mayoría de los payadores tienen otras actividades. “Se puede decir que vivimos de esto, pero no es un sueldo fijo”, confía. “Es muy difícil para el payador vivir solamente de la actividad.”

Uno de los grandes problemas que enfrenta este arte en nuestro país es la falta de jóvenes que tomen la posta y se lancen a improvisar sus décimas. Un recambio generacional. Pero esto difícilmente ocurra cuando la payada no está entre las preferencias de la juventud del siglo XXI.

“Nos estamos quedando con el público de antes; no hemos generado un nuevo público –se lamenta Capote–. Esa es nuestra gran preocupación, arrastrar un nuevo público hacia nosotros.” Desplazados de los festivales gauchescos de los que alguna vez fueron grandes animadores, y en los que hoy las principales atracciones son artistas como Lucas Sugo o No Te Va Gustar, los payadores se han volcado al relato de las jineteadas.

“Así como está el relator de fútbol, en la jineteada existe el relator, y por lo general son payadores”, cuenta. “Ahí estamos horas y horas hablando de lo que sucede en el ruedo, y lo intercalamos con versos”, continúa. Según Curbelo esta actividad “desdibuja” al payador y lo ubica en un lugar “secundario”. “Me parece que no es lo ideal, pero también hay que hacer los trabajos insalubres”, matiza. “Yo no los hago porque hace mucho que ando en esto, y me voy al exterior y ando por ahí”, agrega.

Capote, sin embargo, considera que el auge de estos festivales en todo el país permite que algunos payadores puedan trabajar todos los fines de semana.

—¿Hoy en día trabaja más relatando jineteadas que como payador?

—En cierto punto, sí.

1. Entre ellos Canto popular. Historia y referentes (Ediciones Cruz del Sur, 2013), que incluye un análisis histórico de la figura del payador y reseñas biográficas de los máximos referentes.
2. No confundir con el comunicador homónimo.

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“Pa’ tizón del infierno” © Gonzalo Giménez Molina y Fundación F. Molina Campos.

El arte de la repentización

La payada es la improvisación de versos recitados en décimas, que el payador canta con un acompañamiento de guitarra. Cuando la payada se da entre dos se conoce como contrapunto, en el cual los improvisadores se contestan el uno al otro. Es la modalidad más popular y conocida.

“El contrapunto es una pelea intelectual, verbal, donde se busca destruir lo que el otro hace, ridiculizarlo un poco”, explica Gustavo Capote. “Hay que tener ingenio y saber dónde apuntás, porque si el otro está preparado te va a refutar”, señala.

Según Juan Carlos López, el público uruguayo “es bien del payador: sabe cuándo está bien, cuándo está mal, cuándo acertaste, cuándo le erraste”. “Eso te estimula, porque si terminás una copla y no recibís la respuesta del aplauso te vas achicando, y el otro te pega por todos lados, te entran todas, y te vas quedando como un pollito mojado. Tiene algo muy visceral el contrapunto”, dice.

La décima, explica por su parte José Silvio Curbelo, “se prepara al revés”. El improvisador comienza la décima con el final en mente. Unas veces sale mejor que otras, asegura. “Y a veces no se dice nada; son diez versos que al oído suenan bien musicalmente, pero no te dejan nada”, admite. Pero, en ocasiones, de la repentización surge la más pura poesía. “El ardor de la payada te lleva a decir cosas que no podés creer, cosas importantes o profundas. Debe de ser un calor de sentimiento, o emocional, que hace que el cerebro tenga otro poder”, ensaya Curbelo.

Capote recuerda al payador Juan Carlos Bares. “Se decía que lo que él improvisaba estaba muy ligado a la poesía”, dice. “La inspiración lo llevaba a decir cosas que de repente a un poeta le llevaban horas”, y dispara, desafiante: “Si la poesía es un arte, el payador es poesía”.

Y aunque una décima improvisada en unos pocos segundos pueda ser considerada poesía, la misma riqueza del verso puede despertar sospechas entre los más escépticos.

“El mayor enemigo del payador es el descreimiento”, sentencia Curbelo.

López, sin embargo, cree que la propia dificultad que conlleva la improvisación es la prueba de que se está payando. “Cuando el verso te sale prolijito, sin una traba, sin un balbuceo, sin un furcio, ahí desconfiale; algo puede haber guardado en la memoria. Pero cuando vos venís luchando y peleando con la idea, y te caés, te levantás y a veces hasta le errás, es bueno, porque estás demostrando cabalmente que estás improvisando”, explica.
Quedarse en blanco, en tanto, no es una opción. “Hay oficio”, coinciden.

En ocasiones el contrapunto sube de tono y en más de una oportunidad la payada se dirimió abajo del escenario, con los facones ocupando el lugar de las rimas y los rasgueos de guitarra.

El más célebre de estos enfrentamientos tuvo lugar a mediados de la década del 50, entre los payadores Carlos Molina y Héctor Umpiérrez.

Anarquista el primero, de extrema derecha el segundo, las diferencias ideológicas los pusieron frente a frente, facón en mano.1

Molina solía cantar en las huelgas de obreros y no fueron pocas las veces que marchó preso, como en Buenos Aires, cuando le dedicó unos versos al Che Guevara.

Umpiérrez, en tanto, supo cantarles al general Augusto Pinochet y a Juan María Bordaberry.
Aunque fueron varias las puñaladas que asestó Molina sobre la humanidad de Umpiérrez, este último sobrevivió a las heridas.

1. La información referida al duelo Molina-Umpiérrez, además del epígrafe de esta nota, están tomados del artículo sobre Carlos Molina “El diablo y el gallo del alba”, escrito por Venancio Acosta y publicado en la revista El Boulevard (octubre de 2012).


Día del payador

El 24 de agosto se celebra en Uruguay el Día del Payador. La fecha, propuesta por Juan Carlos López, es un homenaje al nacimiento de Bartolomé Hidalgo, fundador de la poesía gauchesca a principios del siglo XIX, en épocas de las luchas por la independencia de la corona de España.

Hidalgo no solamente fue el primero en escribir sus versos en “criollo”, sino el primero en hacerlos sobre una temática estrictamente política. Sus composiciones –los cielitos– criticaban y denunciaban a las autoridades virreinales. Es en los versos de Hidalgo donde puede rastrearse el origen de la canción de protesta rioplatense.

Pero no existe prueba alguna de que Bartolomé Hidalgo haya sido payador. “No hay referencias ni documentos para fundamentar tal cosa”, sostiene Hamid Nazabay.

López, por su parte, dice que eligió a Hidalgo por ser “el primer poeta de la patria”, y porque decía “que era medio payador”. “Es la fecha que nos unifica.”