“Solitario en los moldes de mi aldea.”
Froilán Vázquez Ledesma (hijo)

I. Domingo a la noche. Enciendo la tele. Un conductor eufórico, con lentes de armazón, recorre en una Vespa los rincones más apartados del país. Ingresa a bailes y pencas criollas con el dejo irónico del capitalino ingenuo. Zapping. Hace morisquetas detrás de un tipo de boina mientras éste, borracho y con los ojos ligeramente desorbitados, monologa frente a la cámara sobre no sé qué asunto. Zapping. Baila a ritmo de samba sobre un carro alegórico en un pueblo de frontera, al tiempo que corteja a una chica bastante linda que canta por unos altoparlantes para un público enardecido. Apago la tele.

A veces se habla del “Interior” como si se tratara de un todo uniforme, compacto. Dicha noción –de por sí problemática– es, se me ocurre, una forma de praxis centralizadora. El Interior es todo lo que no es Montevideo. El Interior se desenvuelve en una suerte de espacio periférico, donde todo tiende a convertirse en reflejo de las proyecciones y representaciones de Montevideo.

II. Nací y vivo desde siempre en la ciudad de Canelones. Algunos la llaman “ciudad dormitorio” por su proximidad con la capital (cualquiera toma un ómnibus y en cuestión de 45 minutos está en su centro de estudio o trabajo). En lo personal, he vivido mi lugar desde el desarraigo. Y fue a través de este sentimiento que hace algún tiempo comencé a interesarme –por absurdo o contradictorio que pueda parecer– por la literatura de aquí. Solía leer todo tipo de textos, pero nunca me había preguntado acerca de la producción literaria que cultivaban los canarios. Para mi sorpresa, se trató de un viaje de ida.1  Allá por las primeras dos décadas del siglo pasado un grupo de jóvenes libertarios agitaban las calles de mi ciudad con innovadoras propuestas poéticas y sociales. Pero, claro, nosotros nos habíamos criado en el imaginario adulto de que en Canelones “nunca pasó nada”.

Por otra parte, tuve oportunidad de entrar en contacto con una infinidad de registros telúricos de zonas aledañas. Payadores sin rostro y sin nombre hasta ese entonces para mí; payadores perdidos en modestos ranchos de tierra, con la voz cascada por los años de trabajo, cantando los dolores de su gente. Historias como la de Juan Pedro López, cuyo grito desde la otra orilla del Río de la Plata todavía me llega, desde un lejano 1920, como una declaración desgarradora de cantor “transterrado”, que supo padecer el “negro desdén”, la indiferencia de su patria.2 Y la lista sigue.

Al día de hoy –y desde hace ya varios años– es notable la efervescencia que hay a nivel de movida de bandas de rock. Uno sale a dar una vuelta por ahí, casi siempre sin rumbo, y de repente se encuentra con que en algún rincón de la ciudad hay un toque (las más de las veces organizado por los propios miembros de las bandas, a puro pulmón). Se trata de una actividad que no llega a visualizarse desde la lente capitalina, de corto alcance. Y sin embargo existe. Como tantas otras cosas que suceden en el “interior” del país y que los grandes medios de prensa no recogen.

III. Para mí, entonces, vivir (en) Canelones es, primero, una forma de azar. Luego, de desarraigo. Finalmente, de búsqueda. Pero principalmente de desarraigo. Creo que todos transitamos (o hemos transitado alguna vez) nuestro lugar de origen con la lejana sensación del forastero, como si una espesa capa de niebla se ciñera sobre todas las cosas del mundo, una distancia que tiene que ver también con el paso del tiempo. En “Camino rural”, el poeta chileno Jorge Teillier expresa: “Temo llegar al pueblo/ porque a otro esperan allí”. Quizá estemos llegando en todo momento a algún lado, siempre, aun cuando no nos movamos de nuestro sitio.

1. Aquellos interesados pueden visitar la columna La palabra soslayada en Portal La Fuente http://www.lafuente.uy/
2. En la canción “Agradecimiento” López, ya consagrado en Argentina, agradece la acogida, manifestando asimismo su amor a Uruguay y el profundo dolor por el abandono en que el país tiene a sus bardos: “no sé qué negro desdén/ tiene allí todo cantor,/ que nunca, nunca un honor/ le hace mi tierra a sus bardos;/ ¡claro! pues somos bastardos,/ hijos sin padre ni amor”.


Mathías tiene 26 años y es docente de literatura en Secundaria. Ha publicado trabajos en diversos suplementos y revistas literarias, y este año obtuvo el primer premio en el VII Concurso Nacional de Poesía Pablo Neruda.  Entre sus proyectos futuros (“que cambian día por medio”) está trasladarse a Montevideo para continuar con estudios vinculados a las letras.

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Ilustración: Bárbara Nilson