Era una de esas típicas tardes de verano en Salto, en las que la siesta se hacía obligada y los cuerpos echados acompañaban el oscilar del ventilador de pie Philips que estaba en el living. Suena el teléfono, mi padre atiende, cuelga enseguida y, sin mediar palabra, comienza a aprontarse. Minutos después vuelve: mate, termo y dos reposeras bajo el brazo: «Arriba, nos vamos», dice, esperanzado en que con esas palabras yo despegara mi rostro de la almohada transpirada. «Nos vamos al rancho de los Iurato, apurate», dijo antes de enfilar hacia la calle con una idea fija. Había que seguirlo, aunque yo no sabía muy bien a dónde me llevaba.

Fotografías: Gabriel Bibbó.

El rancho de los Iurato queda sobre la ruta 3 vieja, yendo para la represa de Salto Grande, a nueve quilómetros de la ciudad, sobre la laguna que se forma en el arroyo San Antonio. Para llegar, hay que desviarse de la ruta por un camino de tierra, pasar una portera de alambre y luego internarse unos metros entre un monte de espinillo, sarandíes y uñas de gato. Sobre el final del camino aparecen la laguna, el rancho y las cachoeiras.

Los pocos afortunados que conocen el lugar les llaman «las cachuelas de San Antonio», pero la Real Academia Española no reconoce esa denominación. «Cachuelas» sería una deformación del término portugués «cachoeiras», que significa ‘corriente de agua que cae en forma de cascada, catarata o salto de agua’. Sin dudas que, para el caso, la acepción que mejor aplica es la de «salto de agua», las otras resultan desproporcionadas.

La descripción que podría hacer del lugar, según el recuerdo de aquella primera visita, es algo limitada: un lago de unos 50 metros de diámetro, rodeado de monte nativo con un cuidado sendero interior, donde los árboles fusionan sus copas hasta formar un túnel vegetal. Sobre uno de los extremos, las inmensas piedras anuncian la proximidad de las cachoeiras. A medida que uno se acerca, el sonido del agua chocando contra las rocas se hace intenso. Allí están: no son rápidos para hacer rafting, tampoco es una cascada vertiginosa con arco iris incluido, como las de las postales que venden en la feria. Lo recuerdo más bien como una carrera del agua contra el agua para encontrar el camino más rápido hacia la paz del lago.

Del otro lado del salto, unas rocas enormes, cercanas a los cuatro metros de alto, invitaban a un clavado. Pero podía ser peligroso tirarse de cabeza sin conocer la profundidad, por eso el primer salto —el que rompió la tranquilidad del espejo de agua— fue el clásico «bomba». Ya mojados, supimos que el temor era innecesario: hay al menos 10 metros de distancia entre la superficie y el fondo.

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En las cachoeiras el paisaje visual y el sonoro compiten en belleza. La mezcla de sonidos de la naturaleza crea una atmósfera que envuelve de tal manera que uno queda absorto ante el paisaje. Esa competencia ha sido siempre un disfrute para Enrique Iurato, el menor de los tres hermanos, que compró el lugar para preservarlo tal como lo había conocido en su infancia. «La historia es más rica de lo que te puedo contar», avisa Enrique, mientras intenta reconstruir en su mente el pasado de aquella bella geografía. Los relatos que recuerda hablan de que hace alrededor de setenta años el sitio pertenecía a un tal Gaudín, y que las cachoeiras eran un punto de encuentro de la sociedad salteña más pudiente. Los ciudadanos de alcurnia pasaban sus tardes de verano refrescándose en esas aguas, que cambiaban de rápidas a mansas apenas atravesaban el salto y llegaban a la laguna. En el recuerdo algo difuso de Enrique está también un señor que se había construido una caseta sobre la portera que daba a la calle, y desde allí cobraba la visita al predio. Así fue durante algunos años. O mejor dicho: hasta que Gaudín se cansó de los visitantes y les prohibió la entrada. A tal punto fue radical su decisión que «corría a tiros» a los intrusos que osaban desobedecerlo.

En su afán por impedir el ingreso, Gaudín —que para ese entonces había generado una buena relación con Roberto Iurato, padre de Enrique— le permitió a su amigo construir un rancho, a cambio de que se encargara de controlar el lugar. Desde esos tiempos la familia Iurato y sus amigos son casi los únicos privilegiados que pueden disfrutar de ese paraíso natural de agua y piedra.

Si bien Gaudín le entregó el lugar en custodia a Roberto, nunca hubo un papel firmado que lo registrara. Por eso en 1998 Enrique compró el predio y tomó posesión del lago, los saltos y unas 20 hectáreas de monte nativo y de eucaliptus, que va desde las márgenes del arroyo San Antonio hasta llegar al cruce con la antigua ruta 3.

La historia del lugar está un poco perdida en la memoria de Enrique, pero encierra rumores de todo tipo. Por ejemplo, recuerda —y algunos protagonistas consultados para esta nota lo confirmaron— que entre 1970 y 1972 existieron «aguantaderos» del mln. Era un sitio propicio, alejado de toda civilización y a la vez a menos de 15 minutos de la ciudad de Salto. Allí pasaban las noches, planificaban acciones y hasta hacían prácticas de tiro.

Gustavo Cousin, vecino de Enrique y propietario de un establecimiento turístico llamado Pachamama, aporta otra anécdota. Su familia es muy católica y por eso «los Viernes Santo no se trabaja. Pero una vez yo estaba trabajando igual, arriba del tractor, cuando de repente se apagó el motor y no quiso arrancar más. Al mismo tiempo mi perro se pone como loco y sale corriendo desquiciado para las cachuelas. Corrí detrás de él. Cuando llego lo veo parado frente a la bomba de agua que utilizo para el riego del campo. La bomba estaba en la orilla, totalmente desarmada. El perro la miraba, se erizaba y reculaba. Yo no veía nada más que las piezas de la máquina. Fue muy extraño, dicen que el lugar tiene una energía particular». Las historias mágicas abundan en esa zona; es común oír cuentos de lugares asombrados, lobizones o avistamiento de extraterrestres. Tal vez aquello tenga algo de cierto, aunque más que nada parecen ser parte de una buena estrategia para mantener alejados a los curiosos.

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Enrique tuvo varias ofertas de compra del lugar. El último le puso 300 mil dólares encima de la mesa. Pero él siempre se ha negado a vender. Entiende que es necesario preservar el lugar tal como lo conoce desde los 4 años. Todos los fines de semana de su infancia y adolescencia sucedieron allí. Ahora las visitas ya son más espaciadas, y aunque le han planteado varios proyectos para hacer un complejo turístico con cabañas y spa —y su formación en arquitectura lo ha tentado— siempre desestima las ideas: «Todos los proyectos que me presentaron hacían que el lugar perdiera el significado que tiene para mí», resume.

En las cachuelas, Enrique prohíbe cazar. Por eso comúnmente pueden verse carpinchos y lobos de río. Permite pescar a los visitantes autorizados, pero sólo con un fin recreativo. Mantener ese ecosistema se ha vuelto su obsesión. Por eso cuida que nadie tire desechos ni modifique el lugar. Hace unos años hubo una mortandad de peces muy grande y pensó que se debía a la utilización de algún agrotóxico en las plantaciones de arándanos vecinas. De inmediato solicitó que se analizara el agua, pero no encontraron rastros de químicos y la cosa quedó ahí.

También hace algún tiempo apareció una nueva amenaza: existe en estudio un proyecto de navegabilidad del río Uruguay a través de la creación de esclusas sobre el arroyo San Antonio. De esa manera barcos de mediano porte podrán «saltear» la represa de Salto Grande a través de un canal que uniría el lago que forma la represa con el río Uruguay. El proyecto despierta simpatía en aquellos que añoran las épocas de Salto como ciudad puerto. La idea de navegabilidad aportaría al crecimiento productivo del departamento, pero destruiría el rancho de los Iurato, y eso a Enrique le preocupa.

Hace 15 años conocí las cachuelas de San Antonio, y este ar­tícul­o me dio la excusa perfecta para volver a visitarlas. Le pedí a mi padre que me acompañara; desde aquella visita nunca más había vuelto. Nos sentamos y estuvimos un rato en silencio, algo extasiados, mirando el agua. Retraté ese momento con una foto del celular que él quiso compartir con su amigo Roberto (hermano de Enrique) junto al texto: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». Por suerte, el lugar sigue teniendo el mismo encanto que ayer.

 


¿Dónde están ubicadas las cachoeiras de San Antonio?

Mapa


Paisaje audiovisual

Cámara y edición: Gabriel Bibbó.


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Sobre los autores

Juan Manuel Chaves. Es un chovinista salteño que siempre busca la forma de destacar a su ciudad sobre el resto. En Brecha se las ha ingeniado para escribir sobre la cuchilada, las pirañas en el río Uruguay, el tren Salto-Concordia, las canteras de El Terrible; también de Enrique Amorim, Alicia Cano y Edinson Cavani. Vino a Montevideo a estudiar periodismo y antes de terminar la facultad ya había armado una revista: El Boulevard. Ahora empuja de muy diversas formas tanto a Brecha como a Ajena para que salgan a la calle.

 

Gabriel Bibbó. Es el clásico polifuncional salteño que juega en cualquier puesto, y lo hace bien. Es realizador audiovisual, sonidista, editor, posproductor, asistente de cámara, productor, locacionista…y en un apuro te tira unos cables y te enchufa lo que necesites. Si un proyecto le gusta, se hace un espacio y participa. Cuando le llegó la propuesta de Ajena sólo dijo: «Dale, ¿cuándo arrancamos?».