Cuando la «revuelta» del campo partió como un rayo la tranquilidad veraniega en Uruguay, y todo se hizo entrevero, hubo que aguzar los sentidos y la atención para no confundirse: ¿Quiénes reclamaban, y en nombre de quiénes lo hacían? ¿Tenía sentido pensar, como algunos proclamaban, que pequeños y grandes productores estaban haciendo un frente común, aquejados por problemas compartidos? ¿Acaso una parte de los problemas de los pequeños no los provocan los grandes?

En medio del entrevero alguien lanzó: «La alianza debe ser entre productores familiares, asalariados rurales y trabajadores urbanos organizados». Era Ramón Gutiérrez, presidente de la cooperativa agraria Cololó, cerquita de Mercedes, en una entrevista en el portal Hemisferio Izquierdo. Y remató con contundencia: «Los burgueses podrán sumarse si se animan a enfrentar a los terratenientes, pero no hay indicios de que así sea». Lo dijo en febrero, y su voz pasó más desapercibida de lo deseable. ¿Quién era ese que desde «las mejores tierras del país» proclamaba la unión de los pequeños? Indagando en el proyecto que hoy lidera seguramente encontraremos varias respuestas a nuestras preguntas.


Vivir sin patrón no es una aventura del espíritu. Día a día, desde que despunta la mañana hasta el crepúsculo, los trabajadores que lograron formalmente prescindir de esta figura lo comprueban. En Soriano hay 25 personas que –a la luz del esfuerzo del trabajo colectivo, las tensiones de la vida en común y el camino cuesta arriba que significa la renta de la tierra al Estado– alientan modelos alternativos de vida en el campo.


Fotografía: Héctor Piastri

Antes del amanecer subimos al viejo Dodge. El camión —un armatoste del siglo pasado que a simple vista amenazaba con venirse abajo en la primera esquina— muerde con firmeza el camino adoquinado del centro de Mercedes. Todavía está oscuro. A cada metro la carrocería del vehículo crepita estridentemente, asordinando la charla que pretendemos tener en la cabina. Desde allí, apenas se escucha el paso raudo de los autitos chinos que nos rebasan sin dificultad. El Dodge sigue la marcha, inmutable: el panel derruido, la ventana del acompañante inutilizada, el chirrido de la caja de cambios, el tufo aceitoso del motor Perkins trabajando sin descanso. «Este es un símbolo de la Cooperaria», vocifera el conductor entre risas y por encima de una sinfonía de barullo metálico.

Salimos a la ruta 14 y nos metemos por un largo camino de tierra a la izquierda del asfalto. El sol ya rompió en el horizonte. Ramón Gutiérrez está al volante: el actual presidente de la Unidad Cooperaria Nº 1, emblema del trabajo rural asociado en Uruguay, ubicada en el departamento de Soriano desde hace más de sesenta años. Un empecinado proyecto de producción y vida en común; otro armatoste del siglo pasado —derruido y chirriante—, pero firme en el camino. Su alegoría perfecta es el camionazo de fierro que acaba de sacarnos de la ciudad.

›››

Llamado así por su proximidad con el arroyo homónimo, el paraje Cololó queda aproximadamente a 30 quilómetros de la capital de Soriano. En esta zona, en 1959, el Estado consumó una considerable expropiación de tierras, y lo que alguna vez fue la estancia Las Mercedes pasó a llamarse —en lengua oficial y como lo indica un cartel a la entrada del predio— Colonia Instrucciones del año XIII. Aunque más bien se conoce como la Cooperaria: un pedazo de tierra donde hoy viven y trabajan 15 familias agrupadas en una cooperativa de producción de 25 socios. Desarrollan seis ramos de actividad: tambo, agricultura, industria de derivados lácteos, ganadería, cría de suinos y mantenimiento de un local comercial en Mercedes, donde se concentra la venta de los productos.

Coronando el predio principal, 12 casas de quincho rodean, en forma de herradura, un parque central de frondosa sombra. Algunos afirman que se inspiraron en los kibutz israelíes; hoy son las viviendas de los socios. Además hay una escuela, una posada y un enorme galpón central. Parte del casco de la antigua finca expoliada también fue utilizado para construir el salón comunal y otros espacios de uso general. Luego la inmensidad del campo rodeándolo todo.

Foto: Hector Piastri (3)
Foto: Héctor Piastri.

Es temprano y en el tambo los animales ya pujan por entrar a la sala de ordeñe. Rocío es una de las socias encargadas de imprimirle orden al procedimiento. Hace unos instantes arreaba a la manada que pastaba en desorden lejos del corral. Ahora pasa revista a los animales que tropezando ingresan al lugar donde, por once pesos el litro, abandonarán su preciado líquido. El camión de Conaprole viene a media tarde. Al lado, funciona el reducto industrial de la cooperativa, donde la leche muta en dulce, manteca, quesos y yogures. Allí, María Elena amenaza con resbalar en la humedad del piso, ocupada en higienizar los inmensos toneles de metal. Es transitoriamente la encargada de sección. Con el rostro húmedo por el calor, recorre sin pausa el pequeño recinto, mientras internamente repasa los tiempos de cada producto, atenta —como un alquimista— a no echar a perder el proceso. Bastante más lejos, Gerardo recorre en el tractor los plantíos de trigo y cebada, comprometidos por la falta de lluvia. Enfundado en un mameluco oscuro, el encargado de la agricultura (cada sección tiene uno) parece traducir su preocupación vaciando progresivamente la caja de puchos que guarda en uno de los bolsillos. Se escuchan, lejanos, los gritos del gaucho Hernández y de Daniel —joven jinete que lo acompaña mascando un pasto fino—, quienes persiguen a campo traviesa el ganado de carne.

La Cooperaria vive su cuarto nacimiento. Hace menos de cinco años sufrió su última crisis interna, que decantó en un nuevo proyecto encabezado por Ramón en la dirección y una reorganización del trabajo productivo, sacrificado talón de Aquiles del proyecto. Lidiando, como ya es costumbre, con las adversidades climáticas que suelen frustrar el envión, las complejidades del vivir en común y las inclemencias del mercado que nunca juega a favor de los peces chicos. Estas personas, su tierra, sus animales y las construcciones que les dan cobijo defienden un presente de «vida comunitaria y trabajo asociado», como reza el leitmotiv de la organización, pero también arrastran una historia que los trasciende. Y el cotidiano en el que se encarna esta frase no refiere precisamente al sueño militante o a un paraíso romántico en un entorno añorado.

Todavía se especula acerca de cómo un sujeto de nombre Epimenio Bachini, hacia finales de los años cincuenta, hizo aprobar varias leyes que le concedieron, a través de una expropiación, el usufructo de un campo de 2.228 hectáreas, en las tierras más fértiles del país, destinado a un delirio cooperativo insólito para la época.

Por esos años, el tal Bachini —un funcionario público que escribía poesías y tramaba experiencias que pocos alcanzaban a comprender— ya había escrito algunos libros en los que abogaba por un modelo agropecuario de trabajo y vida colectiva, a contrapelo del modo en que hasta el día de hoy está organizado el campo uruguayo. Comenzó entonces, junto a un grupo de jóvenes de Soriano, una campaña en busca de recursos. Y encontró en el Poder Ejecutivo un respaldo para aquella aventura: en 1954, por ley se les concedió el préstamo de un millón de pesos. Más tarde, el Instituto Nacional de Colonización (inc) les entregó las tierras donde, con pompa oficial, se levantaron nueve viviendas y un granero. Era el primer nacimiento de la Unidad Cooperaria Nº 1.

Más de uno entiende los logros de Bachini en virtud de una supuesta amistad con el entonces presidente Andrés Martínez Trueba. Y están quienes le achacan vínculos masónicos, lo cual en algún momento también pareció explicar el diseño triangular de los gallineros. O quienes, cierta vez, vieron tendencias religiosas en su súbita voluntad de degollar a todos los cerdos del lugar. Los estudiosos de la experiencia rescatan, a la vez, alguna de sus epístolas, sugiriendo al arquitecto del predio el diseño de viviendas propicias para que las mujeres no quedaran ajenas a los asuntos que se trataban en las reuniones. No faltaba el Bachini anarquista, por sus aparentes vínculos con la Comunidad del Sur; o el déspota, que se vio obligado a renunciar al proyecto por su afán de imponerse a los demás.

Todavía se especula acerca de cómo un sujeto de nombre Epimenio Bachini hizo aprobar varias leyes que le concedieron, a través de una expropiación, el usufructo de 2.228 hectáreas, en las tierras más fértiles del país, destinado a un delirio cooperativo insólito para la época.

Como quiera que sea, Bachini se fue en el 70, cuando su viejo sueño hizo agua por primera vez. Riñas internas, mala administración y una producción que no alcanzaba a cubrir las deudas con el Estado fueron parte de los problemas que lo obligaron a renunciar. A partir de allí, la cooperativa fue intervenida y luego regenteada por comisiones administradoras. Más allá de las mejoras puntuales del establecimiento (se construyó una escuela y algunas edificaciones más), de algún año bueno y del contacto establecido con otras experiencias del movimiento cooperativo a nivel nacional, este segundo nacimiento no fue más que una larga y empecinada pelea por no desaparecer.

Los productos de la Cooperaria se venden en un local que tienen en Mercedes.

A principios de los noventa la Cooperaria era un barco sin timonel a punto de encallar. Un millón de dólares en deuda, más de sesenta acreedores, rentabilidad nula y una crisis social casi irreversible. Esta vez, la historia oficial le concede la épica a otro personaje que entra en escena: el ingeniero agrónomo Mario Costa. Era el año 1992. A pesar de tener ante sí un proyecto agonizante, y desanimado por varios economistas, Costa accedió a la gestión técnica de aquel «muerto», acaso alentado por una idea fija: con él ingresarían cuatro jóvenes del hogar La Huella, un proyecto socioeducativo rural de Canelones (vinculado también a Luis «Perico» Pérez Aguirre). Y a la vez, serían excluidos varios de los viejos socios por actividades irregulares.

El nuevo período —con varias innovaciones, como el «campo de recría»— permitió un rescate económico del proyecto, no ausente de endeudamiento ni tensiones internas. Muchas de ellas vinculadas a la convivencia entre la Cooperaria «vieja» y los llamados «huelleros», quienes se posicionaron como un reducto fuerte dentro de la organización. Mario Costa se alejó del proyecto en 2011. Pero ya en 2009, un documento del inc expresaba un diagnóstico contundente de la situación: «gran disparidad de ingresos»; «visión subjetiva inconforme»; «elevada conflictividad grupal»; «carencia de autoridad colectiva»; «deslegitimación de espacios de decisión». Y destacaba: «En términos generales, se observó una lógica de asalariado de los cooperativistas más que de productor cooperativo, explicado fundamentalmente por la ausencia de autoridad colectiva, la figura de los técnicos como conductores, la irresponsabilidad sobre los compromisos asumidos (deudas) y la forma de remuneración».
Era el fin del tercer nacimiento del proyecto.

«El quiebre del que somos parte ocurre pocos años para atrás», nos dice el actual presidente, Ramón Gutiérrez, refiriéndose a la historia reciente de la experiencia. «A partir de la incorporación de algunos de nosotros —asegura— se logró patear la puerta y terminar con el esquema de una cooperativa cerrada, donde la corrupción se había vuelto ley.» Es que actualmente la composición de socios volvió a cambiar, y el acumulado histórico de varias décadas pesa en la mochila de la cooperativa tal vez como nunca antes. Lo cual ha sido útil para no caer en las mismas trampas.

Hoy, en cada una de las secciones de trabajo, se entreveran varias generaciones de socios con sus historias disímiles a cuestas y sus mañas en el oficio. Gauchos con cuchillo a la cintura, hombrecitos que conquistan el oficio, niños con el campo a su disposición y universitarios «culo al sol» devenidos peones. También las mujeres rurales se abren camino: si bien no han logrado conquistar un lugar en rubros como la ganadería, sostienen el trabajo en la industria de lácteos y en el tambo. Además, por fuera de los sectores oficiales, varias trabajadoras cooperarias llevan adelante un grupo de panadería, que elabora y vende panes y galletas en el mercado de Mercedes; y un incipiente taller de costura, que incluso ha logrado presentarse a proyectos de financiación. No obstante, no han logrado incorporarse como otra sección de producción, en un ambiente rural históricamente dominado por los hombres y en medio de una cooperativa que —según sus directivos— no se puede dar el lujo de incursionar en experiencias de dudoso rédito. Además, se busca no abarcar orgánicamente toda la vida de la comunidad.

«Las debilidades que tenemos en el proceso son las debilidades que tienen los trabajadores asalariados que siempre estuvieron subordinados y fueron expropiados de un conjunto de herramientas para lidiar con las tensiones propias de cualquier proceso colectivo. Y acá estamos haciendo los mayores esfuerzos para que el poder esté repartido.»

Este es el paisaje actual del grupo de colonos que explotan estas tierras. La cara del cuarto nacimiento de la experiencia.

Gerardo, el encargado de la sección agricultura.

La familiarización de los conflictos es un sello de la Cooperaria, que en cierto momento de su historia no fue más que propiedad de grupos cerrados. «Antes acá había clanes», recuerda Gerardo. «Había uno que eran como ocho o diez. Cambiaba la directiva y siempre terminaba siendo de ellos. Tenían a toda la familia. Y un par de votitos que pellizcaran… siempre había alguno metido. Te hacían la guerra por todos lados. Tenían mucho poder.» El presidente acota: «Había una familia, que era la de mayor poder, que tenía sobreingresos significativos, y organizaban el trabajo de la mitad de la colonia».

Desde hace pocos años hay dos medidas que conspiran contra estos errores del pasado: el impulso para que todos los trabajadores, luego de un año de trabajo, pasaran a ser socios, restringiendo la participación familiar (que limita a dos el número de votos en los espacios de incidencia de la cooperativa, independientemente del número de integrantes) y el sistema de compensaciones. Los socios reciben un sueldo base, aunque pueden verse favorecidos por un porcentaje de compensación si el sector en el que trabajan es autosuficiente: «la compensación te obliga a ser consciente acerca del resultado que está generando tu sección. Te obliga a pensar los nudos problemáticos de la producción. Desalienta un poco. La idea de fondo es que yo tengo que estar estimulado a trabajar por el conjunto de la cooperativa, donde la apropiación del proyecto colectivo sea cada vez mayor. Es un horizonte. Es un proceso, uno abona y cada uno va hasta donde va», explica Ramón al respecto.

Marta integra la cooperativa Tierra que Anda.

«Hay gente que todavía no asumió que por más que seas socio, también tenés que trabajar. Y no asumen lo que es la cooperativa», pone el pecho Fabián, al volver del tambo, vaciando la yerba en un yuyal. Rocío, su compañera de sección, acota súbitamente: «Como son socios se creen que son patrones también. Y acá lo único que hacés es trabajar por el sueldo.

No te vas a ir rico ni con un auto cero quilómetro». Es que, a pesar de todo, hay contradicciones que no dejan de expresarse entre los socios, sobre todo vinculadas al trabajo y las retribuciones. Al respecto, consultado sobre si el inc o la Universidad de la República han propuesto la integración de algún «técnico social» —como es costumbre— para ayudar a lidiar con las desavenencias internas del proceso, Ramón contesta que actualmente no. Y agrega: «Honestamente no le encuentro razones para que venga nadie a formar en lo colectivo. Los procesos colectivos son fundamentalmente políticos, de construcción de poder.

Lo que he visto es que el afuerismo no construye. Nosotros, para construir un modelo más democrático adentro de la cooperativa (y que esto no se vaya al bombo, haciéndoles el caldo gordo a los patrones que dicen que los trabajadores no se pueden hacer cargo de los medios), nos metimos. No vinimos de afuera a dar consejos. Esto se juega en la cotidiana. Construimos poder real, que permitió cortarle la cabeza al despotismo patronal zarpado que había. Un asesor no le va a decir a la familia que controlaba todo: “Mirá, tienen demasiado poder, ganan demasiada plata, sería bueno que… etcétera, etcétera”. No funciona así. Mi experiencia dice que si venís de afuera, tenés muy poca incidencia, ahora sufrí con ellos, viví y ganá lo mismo que ellos…».

En la escuela número 105 estudian catorce niños.

¿Dependerán siempre los proyectos colectivos de inciertas épicas individuales? En algún momento del fin de la tarde volvimos a Mercedes en una camioneta maltrecha. En medio del camino, le espetamos a Ramón —en tono de pregunta— que en la Cooperaria parece existir una vanguardia universitaria-militante que, de algún modo, ha sustituido la relación patrón/empleado como organizador de la colonia. Interesado en el asunto, al punto de desatender la conducción del vehículo en marcha, contestó:

—Objetivamente, en el proceso actual de la Cooperaria, algunos de los compañeros fuimos protagonistas principales para que eso pudiera ocurrir y sostenerse. La cooperativa hace cinco años no era capaz de transformarse en una cooperativa de todos los trabajadores; paritaria, donde los que tenemos formación técnica y los que no la tienen ganen lo mismo, y ninguno vale más que otro. Voz, voto y salario. Y eso es posible por las capacidades organizativas. Decir otra cosa es deshonesto. En el trabajo, la barra la lleva bien. Ahora, en el proceso organizativo es más jodido.

—¿Tiene su importancia la cabeza militante que se metió ahí?

—Vos pensá que si desaparece el patrón, revientan todas las contradicciones. Se fue la figura de poder que había y el trabajo democrático que queda es saber manejar los conflictos. Ahora, vas a Bella Unión y las experiencias de cooperativa de trabajadores reventaron en mil pedazos. Hecha mierda la contradicción capital-trabajo, a los compañeros se les dio un pedazo de tierra y se hicieron mierda. Tenés que tener capacidad de ponerle la cara, el cuerpo, la palabra. Porque también hay militancia «reunionera» que no sabe mucho de ninguna medida disciplinar, por ejemplo la universitaria: en la que nadie te enseña cómo ponerle el hombro a un emprendimiento como este, en el que se va la vida de 15 familias.

Ramón, el actual presidente de la cooperativa.

Vos podés tener las mejores intenciones antivanguardistas, pero ¿cuál es la forma? ¿Cuál es el método? Mi lectura es que tiene que ver con la responsabilidad. Ese es el poder. Y acá, en ese sentido, el grueso del poder está en los compañeros. La prueba es lo que hacés, no en negar que exista esa tensión. Para mí no es un problema ¿Hay poder? Sí, siempre. ¿Hay capacidades técnicas distintas? Sí. Ahora, hay poderes que son determinantes que están en otros compañeros. Acá hay algunos que, si faltan, paran la olla de la cooperativa. Creo que las debilidades que tenemos en el proceso son las debilidades que tienen los trabajadores asalariados que siempre estuvieron subordinados y fueron expropiados de un conjunto de herramientas para lidiar con las tensiones propias de cualquier proceso colectivo. Y acá estamos haciendo los mayores esfuerzos para que el poder esté repartido. Acá hay una artillería pesada para lograr eso, después lo dirimen los hechos. No hay magias. Ni hay ningún proceso puro.

›››

Más de medio siglo de una experiencia que acompaña el proceso de despoblamiento del campo y la extraña idea de vivir y trabajar en común. La historia de la Cooperaria es también la historia general de los escollos que hacen al trabajo asociado en el medio rural. Sobre todo la de las experiencias que cargan con el peso de la renta de tierras al Estado. Mezquindades y expectativas individuales, tensiones comunitarias, épicas solitarias, liderazgos incipientes, diferencias a la orden del día. Más de un río que cruzar. «Si no aprendemos a enfrentar las contradicciones colectivas, vamos a permitir siempre que el patrón nos pise la cabeza», sintetiza Ramón. «Hay que agarrar el fierro caliente.»


Repaso del esquema económico de la Cooperaria

Cuentas claras

Las distintas secciones de producción de la cooperativa trabajan actualmente bajo un mandato tajante: todas deben ser autosuficientes.

La dimensión económica de la Unidad Cooperaria se resume aproximadamente en un millón de dólares de facturación anual. Un activo actualmente en riesgo, teniendo en cuenta las condiciones climáticas adversas que afectaron la rentabilidad del sector agrícola en el último año. De modo que es esperable que la cifra se vea diezmada.

Por lo demás —y grosso modo— el 25 por ciento de ese dinero se va en la renta de la tierra al Estado (que cuenta con un subsidio variable) y en una deuda fija con el inc. Otra cuarta parte está destinada a las retribuciones salariales, que incluyen los salarios más el gasto en la asistencia contable y el asesoramiento técnico del emprendimiento. Y el resto son inversiones y gastos de funcionamiento.

El destino de lo producido en la colonia es variado. La leche se remite a Conaprole (80 por ciento) y se destina a la industria, y luego al comercio local (20 por ciento). El campo de recría abastece a más de veinte productores agremiados. Los granos y la carne se comercializan a través de las empresas Calmer y Copagran. No obstante, siempre se busca canalizar la producción a través de emprendimientos con proyectos similares, lo cual se ha logrado, por ejemplo, remitiendo productos a redes de comercio colaborativo como la Asociación Barrial de Consumo (ASOBACO) y el Mercado Popular de Subsistencia en Montevideo.

Las distintas secciones de producción de la cooperativa trabajan actualmente bajo un mandato tajante: todas deben ser autosuficientes. No obstante, la organización carga con algunos de ellos funcionando a pérdida, gracias a los sectores que salvan su costo. «La postura es que nos bancamos entre todos, siempre y cuando haya un movimiento tendiente a superar las dificultades», dice el presidente. «Hoy la industria, los chanchos y el local dan pérdida. Pero la consigna es: mientras nos estemos moviendo hacemos un esfuerzo colectivo. Pero tiene que haber indicios de que la cosa está marchando.»

Hasta ahora, se ha tramitado la situación a través de varios frentes: ampliación del mercado de productos, énfasis en el asesoramiento técnico, monitoreo de los integrantes de cada sección, compra de insumos, reorganizaciones internas. En cuanto a la asistencia técnica, se mantiene un fluido intercambio con la Universidad de la República. En cuanto a las alianzas políticas, la presencia de la Comisión Nacional de Fomento Rural así como de algunas organizaciones políticas (gremiales, sindicales o asociativas), sirven de brazo aliado para abrir algunos caminos.

Hasta 2027, la Cooperaria deberá pagar 135 mil pesos mensuales al inc, producto de una herencia histórica. Además de eso, se encuentra saldando dos cuentas (de fondos y préstamos), producto de una crisis económica aguda de algunos años atrás y dos créditos por compra de ganado. «Es un año de endeudamiento porque hay que producir y la naturaleza nos jugó una mala pasada. El mecanismo es este», nos dice Ramón Gutiérrez, resignado. «La renta sigue corriendo y el laburo nuestro también, así que hay que ganar quilos de carne, litros de leche y toneladas de grano. Este año eso ocurrirá a fuerza de endeudamiento, porque el flujo se resintió primero por el invierno cálido y lluvioso, y ahora por la sequía que aún nos golpea.»


El caso de la escuela tomada

Desobediencia civil

En la escuela número 105 estudian catorce niños: once hijos de los cooperativistas y tres provenientes de estancias cercanas.

A fines de 2017 todas las viviendas del predio estaban ocupadas. El aumento de los socios en los últimos años derivó en una falta de albergue para las familias que llegaban a trabajar a la colonia. Se presentó entonces la necesidad de que una de ellas se instalara en el segundo piso de la escuela rural número 105, donde existía un lugar sin aprovechar, independiente del centro educativo. Desde hace meses la cooperativa está intentando cerrar acuerdos con el inc para la construcción de más casas, pero los intercambios no han decantado en nada concreto. Así que no hubo dudas.

La escuela número 105 fue construida por la propia cooperativa hace décadas, en el mismo terreno de la colonia. Hoy es un amplio predio de dos plantas donde estudian catorce niños: once hijos de los cooperativistas y tres provenientes de estancias cercanas. En una de las viviendas de la planta alta vive la maestra Ana —oriunda de Mercedes—, encargada de atender a un grupo diverso, que comprende varias edades. La Comisión Directiva le propuso el tema de la vivienda y, luego de acordar, envió una misiva a la inspección departamental en Mercedes, solicitando la autorización formal.

Para sorpresa de todos los socios, la respuesta fue automática. Y fue negativa: anep negaba el espacio inutilizado de la escuela para albergar momentáneamente a los socios de la cooperativa. La misma cooperativa que construyó el edificio, lo mantuvo, lo amuebló y corre con los gastos de luz y agua se vio impedida de dar techo a una familia de socios. Pues no menos firme fue la respuesta a anep. En una carta de respuesta titulada «Declaración de desobediencia civil de la Unidad Cooperaria Nº 1», la organización se decide por la insólita medida de ocupar la vivienda en cuestión.

Entre los considerandos del documento se lee: «De ninguna manera permitiremos que una familia nuestra deba seguir sosteniendo un alquiler en Mercedes a precio de usura, teniendo una casa libre en nuestra comunidad, por el dictamen de un reglamento general que desconoce la estrechísima vinculación de la Cooperativa y la Escuela». Y entre las declaraciones (además de citar a los maestros Julio Castro, Miguel Soler Roca y Jesualdo Sosa), finaliza avisando medidas: «En caso de que Primaria decidiera llevar el asunto a nivel judicial, cortar el suministro de luz y agua brindado por nuestra Cooperativa a las instalaciones de la Escuela Nº 105 (…), retirar todo el amoblado propiedad de la cooperaria, poniendo inmediatamente nuestras instalaciones (salón comunal y cocina comunitaria) al servicio de la maestra y auxiliar para no afectar la actividad escolar».

El caso llegó directamente al consejero de anep, Héctor Florit, y la medida dio sus frutos. Hoy viven allí una pareja de jóvenes, con dos niños a cargo. La convivencia con la escuela no presenta dificultades. En tanto, la maestra Ana espera hace meses a un sanitario de la administración que vuelva a habilitar dos de los tres baños del edificio.


Galería de imágenes


Sobre los autores

Venancio Acosta. Nació en la frontera: a minutos del sur de Brasil, el día más frío del año, en el recodo de un río oscuro que cada verano entraba en la ciudad.De ahí su primera impugnación a la idea de patria. Y la explicación primigenia de su miedo insuperable a lidiar con las corrientes de agua. Llegó tarde a lo mejor del siglo. Y demasiado temprano a un oficio al que ingresó por la puerta de atrás. Está siempre disconforme con lo que todavía no escribió; un estado del espíritu del que su editora (al cabo de culminar con la rutinaria poda de adjetivos y oraciones subordinadas) recoge una alegría por cada mil escollos. Como periodista es más bien un buen tipo.

Héctor Piastri. Su absoluta devoción por la fotografía en blanco y negro ha llevado a sus seres más cercanos a dudar seriamente de la capacidad de este hombre para percibir los colores como el resto de los mortales. Devoción que ignoran sus editores, con quienes se congratula compartiendo fotos en tonalidades exultantes, mientras los odia en secreto. Discrepa con casi todos los criterios estéticos del fotoperiodismo uruguayo, y del mundo en general.