La camioneta arrancó rumbo al norte y los recuerdos empezaron a caer. Todo fluía con naturalidad y aburrimiento en esa ruta tantas veces recorrida a lo largo de los años. No conocía el destino del viaje; sí que pernoctaría en un lugar aislado en medio del campo. Imaginaba que sería cerca del pueblo, ese en el que pasé un año de mi vida de estudiante y al que nunca más volví. El vehículo dobló a la derecha y en adelante siguieron algunas horas de saltos, de piedras, montes sembrados y paisajes inéditos. Los recuerdos seguían cayendo pero ahora se empeñaban en comulgar con el camino, empedrados, tristes: los amores y los desamores, las dificultades para adaptarme a los códigos de frontera, la vergüenza por aquel rincón donde la discriminación racial no da tregua. Llegamos casi sin luz y bajo un cielo estrellado. Antes de quedarme solo, pregunté por el lugar al que había que mirar si se quería ver algo del pueblo, alguna cosa que al menos delatara que estaba cerca de él.

Amanecí con la idea fija de mirar para ese lado, tomé la cámara y salí. Fue esta imagen la que me esperaba. Ni un rastro del pueblo, ni una antena, nada. Pero estaba el cerro, y entonces la certeza. A cambio de no verlo, me enredé en tratos con viejos amores y volví a probar el gusto de una gastada indignación.

Regresé esa misma mañana al punto de partida sin la menor curiosidad por ir hasta aquel pueblito que olvidé hace más de cuarenta años. En el lugar donde va la saudade me traje la alegría de unas imágenes que no lo muestran pero que sin embargo no dudan en decir que aún sigue allí.

Texto y foto: Federico Gutiérrez

CLIC - Foto FEDERICO GUTIÉRREZ